viernes, 20 de febrero de 2015

VAGABUNDO: - Rotonda desde el aire- CAPÍTULO XI Y ÚLTIMO.

Desde la ventanilla del avión, Rotonda, azotada por el frío y cubierta de nieve, parece una cebolla partida por la mitad, con sus múltiples capas blancas y jugosas, y su corazón ligeramente verdoso, en cuyo centro ya apenas se adivina el minúsculo Agujero Negro que acabará por devorarla completamente. 

Las cebollas partidas siempre me han hecho llorar. Lloro, pero mis lágrimas ya no riegan la tierra exhausta de Rotonda; no lo harán nunca más; ahora vuelan hacia el campo lejano donde un día brotara la semilla de la Humanidad.

Dejo Rotonda. Oiré los cantos de sus sirenas en sueños y despierto, pero no volveré a verla jamás, como no volvieron las oscuras golondrinas en cuanto se aprendieron nuestros nombres verdaderos:

- ¿Armonía? No, Amenaza.
- ¿Sostenibilidad? No, Expoliación.
- ¿Respeto? No, Invasión.
- ¿Naturalidad? No, Artificio.

Porque yo también me he aprendido nuestros nombres auténticos: 

- ¿Sabiduría? No, Fe.
- ¿Cultura? No, Costumbre.
- ¿Fraternidad? No, Tiranía. 
- ¿Libertad? No, Esclavitud. 
- ¿Igualdad? No, Exclusión.

...

¡No volveré! Dejaré que la tierra africana absorba hasta el último humus de mi Existencia para que un día, aún muy lejano, nazca de ella la Cosecha Nueva .

Ha comenzado el Principio de otra Oportunidad. Mis pies de Vagabundo dejarán de dar vueltas sin sentido en torno a Rotonda, echarán raíces en esa tierra roja que dio color a nuestro único elemento común: nuestra Sangre.

Definitivamente dejo atrás a mi madre adoptiva y a mis tres hermanas. En realidad, hace tanto tiempo que las abandoné que, ya ni lo lamento; o fueron ellas las que me abandonaron a mí, ya no lo recuerdo. Más sentiré la ausencia de esos buenos amigos que en los peores momentos de penuria me ayudaron a salir adelante en mi querido Reyno de Rotonda. No fueron muchos, fueron poquísimos; bueno, lo cierto es que fueron sólo tres: Manuel, el anciano siempre joven; Phineas, el novelista novel, y su esposa adorable, Martha. De estos últimos siempre guardaré el mejor recuerdo, y la radio de "cuerda", que cada noche llena de calurosa compañía las horas frías de mis noches de vagabundo.

--¿Estás seguro de lo que vas ha hacer? -me preguntó Martha antes de darme un abrazo fuerte y maternal, en la terminal del aeropuerto.

--Completamente. He tenido tiempo para pensarlo. Después de cientos de vueltas a Rotonda, y miles a mi cabeza, estoy seguro de que esta es mi misión -le respondí, sonriendo para tranquilizarla.

--Tío, me das vértigo, pero es el mismo vértigo que siempre me han dado las alturas, si no fuera por eso hubiera sido alpinista. ¡Qué envidia! Cuídate -me dijo Phineas.

--Y Tú, cuida de esta mujer, amigo -le dije al oído, abrazado a él, y algo celoso de su suerte.

--No te olvides de escribir -me pidió Phineas.

--Descuida, lo haré. Y tú cuenta, cuanto te cuente. Haz que llegue a todo el Mundo -le rogué yo.

--No me dejaré detalle -me prometió.

--Martha, Phineas, sois geniales; no os olvidaré nunca. Gracias -les di un beso, y me embarqué.

...

Han pasado varias horas, no sé cuántas, la tiranía redonda de mi reloj de pulsera quedó sepultada en una papelera de la Avenida de la Constitución de la, ahora lejana, Rotonda.

Amanece, y desde la ventanilla del avión observo una Tierra Nueva: la isla de Bioko.

Termina VAGABUNDO y comienzan las CRÓNICAS AFRICANAS de Israel Jordán (Rey abdicado de Rotonda).

martes, 10 de febrero de 2015

El gusano Pin


Una vez existió un país llamado Moréria, donde vivían dos hadas: Luz, un hada buena, y Rufa, un hada malvada.

Todo iba bien en Moréria, porque el hada Luz, se encargaba de que Rufa no hiciera nada que estropeara demasiado la tranquilidad de sus habitantes. Para ello, se valía de su Magia más poderosa.
Un día, que la niebla inundó la campiña; mientras Luz dormía, Rufa aprovechó para robarle el cofre donde guardaba su Magia. Cuando levantó la niebla, Luz despertó y se asustó mucho al comprobar que le habían robado. Enseguida sospechó de Rufa, así que fue a verla. Ésta, que no negó su mala acción, le dijo con prepotencia:

Incapaz de hacerle frente, Luz volvió desesperada al bosque donde vivía. Al encontrarse a sus amigos, rompió a llorar.

Al verla tan triste, extrañados, todos los ciudadanos del bosque de Moréria la rodearon, preguntándole qué le pasaba.

Tras enjugarse las lagrimas con una bolita de algodón, Luz les explicó lo ocurrido:

Y tenía razón. Llevaron a Rufa vestidos preciosos: de lino, de algodón, de lana; pero ninguno le gustó.

Mientras tanto,  en el Gran Bosque de las Moreras, y ajeno a estas tribulaciones, vivía Pin, el gusano de seda. Se encontraba casi siempre solo y un poco triste, porque le hubiera gustado ser pájaro y poder volar; así que estaba de continuo soñando con ello. Oculto tras las hojas de morera, disfrutaba mirando a los pájaros volar de rama en rama, de árbol en árbol.

Para mitigar su tristeza, Pin fabricaba metros y metros de hilos de seda que amontonaba en ovillos.
Un día, un ave lo descubrió en su escondite, Pin se quedó paralizado del susto. El pájaro en lugar de comérselo le dijo:

Pin le mostró el último ovillo que había tejido. La paloma tiró del hilo con su pico, sacando un buen trozo.

Y marchó volando hacia el cielo, con el capullo en el pico.

Dos días después, una bandada de doscientas palomas mensajeras volvió a la morera de Pin.

Dicho y hecho, en pocos minutos el tesoro de Pin estaba vacío y una bandada de doscientas palomas desaparecía en el cielo con un ovillo en cada pico, y otros dos en cada pata.

Con la seda de Pin, Aracnia, la hilandera, tejió el retal más hermoso que Clotilde viera jamás. La Modista cosió con él un vestido blanco precioso, el más bonito que alguien viera antes en Moréria.

Al fin Luz, ingenua e ilusionada, le llevó el vestido a Rufa; ésta, al verlo dijo:

Luz volvió con sus vecinos, desconsolada, y sin magia. Sólo quedaba un día.

Eso lo arreglo yo rápido –afirmó Betún, el pájaro carbonero, y añadió–: dadnos ese vestido –Luz, desesperada, se lo entregó.

Al día siguiente, Betún y sus amigos trajeron volando el vestido; sólo que ahora, en vez de blanco inmaculado, era negro azabache.

Luz, desanimada y sin esperanza de éxito, llevó de nuevo el vestido a Rufa.

Luz, no se lo pensó dos veces, tomó su cofre y salió corriendo de la gruta de Rufa. Aún no había llegado a la salida, cuando la oyó gritar arrepentida al fondo de la galería:

Ya de vuelta a su casita del bosque, Luz, en presencia de todos sus amigos, acariciaba feliz el único ovillito de seda que había sobrado; entonces, le preguntó a la paloma:

Entonces, Luz, abrió su Cofre de la Magia, sacó de él su pequeña varita mágica y, mientras decía unas palabras hermosas e incomprensibles para todos los presentes: giró tres veces la varita en el aire, y luego dio un toque apenas perceptible sobre el ovillito, que por un momento brilló como si fuera de oro.

La paloma voló al árbol donde vivía Pin, le contó las Buenas Noticias, le dio las gracias en nombre de todos, y le pidió lo que el Hada le había dicho.

Pin, contento del éxito de su seda, obedeció a la paloma sin poner objeciones, y esa misma noche, se envolvió con aquél ovillo de seda formando con él un capullito, y se dispuso a dormir.

Pin durmió tan a gusto, que lo hizo durante diez días; cuando al fin se despertó, abrió el capullo y, cuando el Sol dio sobre él, mirándose en el espejo del río, descubrió que el hada Luz le había hecho el mejor de los regalos posibles, Pin se había convertido en una hermosísima mariposa blanca, y lo mejor de todo: podía VOLAR.

viernes, 6 de febrero de 2015

VAGABUNDO X -Adiós a Rotonda-


Rotonda no es el Jardín del Eden, si no la patria distópica de los náufragos de nuestra Sociedad. Por mí, perdida en su memoria narcotizada por el agrio fermento de su dulce esperanza podrida, puede seguir vacía y olvidada por tanto tiempo como la casualidad desee. Mientras tanto, atado al mástil de mi comodidad, escucho en la noche cantos de sirenas de destellantes rojiazules, y la observo tan atraído como receloso: imaginándome vagabundeando por sus praderas verdes, buscando la atención de una juventud que ya no escucha a sus ancianos, o miccionando penitente entre los setos; y me aterrorizo pensando: <<ese no sería mi peor destino, el peor sería que en lugar de ser yo el náufrago, lo fuera alguno de mis hijos>>.

Quizá la Humanidad lleva varios centenares de miles de años caminando por un sendero, no quiero decir equivocado, si no errado. Errados son los pasos que no conducen a ningún sitio, acaso a girar, una y otra vez, en torno a un espacio finito, el Paraíso. La Humanidad, embarcada en sus distintas Civilizaciones, gira y gira como el asno que acciona la noria para sacar mucha más agua de la que necesita para subsistir, ¿por qué lo hace? Mejor dicho: ¿para quién lo hace?

Después de más de medio siglo dándole vueltas al asunto, y dos años navegando alrededor del Reyno de la Isla de Rotonda: observando sus costas, sus paisajes, sus pobladores, sus costumbres, sus virtudes, sus pecados, sus riquezas y sus miserias; ahora que ha sido abandonada por la Gracia de su Monarca, he comprendido que así no voy a ninguna parte, y que nuestra Civilización, embarcada en esos grandes buques que son las Culturas, tampoco.

La Historia se repite una y otra vez. La fuerza centrípeta de la fe mantiene atadas las Culturas al centro geométrico de las Creencias Ancestrales; cada Una tiene el suyo, y cuando en su rotación interfieren entre sí dos o más Culturas, el choque es brutal: unas se hunden, otras son abordadas; algunas juntan tripulaciones con ansias de supervivencia, y por un tiempo mantienen una engañosa "calma chicha". Al final unas pierden, otras ganan, y vuelta a empezar.

Las tres grandes Culturas Monoteístas, como derviches extasiados, están creando con su vertiginoso giro exponencial, un torbellino en cuyo centro se ha abierto un finísimo Agujero Negro que lo engulle todo: la Libertad, la Igualdad, la Fraternidad, las almas de todos los que estamos a su alcance, y las de aquellos pobres desdichados que, atraídos por la irresistible abducción del pozo sin fondo, acaban aplastados contra el filtro metálico de las fronteras adornadas de concertinas, o engullidos con sus "pateras" en el sumidero Oceánico.

El Océano que rodea Rotonda es inmenso, ¿por qué he de pasar el resto de mi existencia dándole vueltas a una isla desierta luchando contra la corriente para evitar que me haga desaparecer para siempre? 

Ha llegado el momento de apuntar proa hacia el horizonte.

Desplegar el velamen no sirve, el viento arremolinado impide escapar de los farallones rocosos de la Costumbre y la Comodidad, que nos encierran. Remar tampoco es la solución, casi nadie consigue vencer la corriente. 

La solución es ponerse alas y echar a volar, pero no como el malogrado Ícaro, si no como el previsor Dédalo, un vuelo lo suficientemente alto como para escapar del tornado, pero no tanto como para sufrir el efecto abrasador del Sol  

Hay que escapar volando, pero... ¿En qué dirección?

Israel, el Rey de Rotonda ha encontrado la suya.

Me lo dijo un momento antes de tomar su avión:

--Amigo Phineas, si la laberíntica espiral en la que nos encontramos tiene su salida en un Agujero Negro, para escapar hay que ir a la entrada, al principio del sendero ensortijado; hay que volver a la Madre, hay que regresar a ÁFRICA.

viernes, 30 de enero de 2015

LA LLAMA ETERNA: Relato XLV - Los tres “Ratas” -

 Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

   La Puerta del Sol, estaba a rebosar aquella tarde de enero, cada uno en su respectivo puesto, las manos hundidas en sus abrigos; contemplaban el trasiego del paisanaje humano, con aparente indiferencia.

“El Piñata”, se encontraba frente a la Casa de Correos; “Canovitas”, en la parte que da a la Plaza Mayor; mientras que “Gurriato”, controlaba la zona a los parroquianos que se dirigían a la misa en “El Buen Suceso”.

Había helado, y el pavimento deparaba desagradables sorpresas a los viandantes; por ejemplo, a una ancianita que resbaló y punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo; “Gurriato”, la sujetó a tiempo, a lo que la anciana replicó con un agradecido encogimiento de hombros.

“El Piñata”, miró la hora en el reloj de la Casa de Correos; pronto se haría de noche, y era menester ir pensando en la retirada. Abandonó su puesto, e hizo señas a los otros, que se le acercaron, arrastrando sendas cortinas de vaho emergiendo de sus bocas.

Y, comprobando que no estuviese cerca ningún miembro de la “Respetable”, sacó de su bolsillo una abultada cartera, y un reloj que, o les engañaba la cetrina luz del atardecer, o… ¡era de oro!

Se frotaron los ojos, y “El Piñata” le hizo señas de que volviera a esconder aquello; al menos el reloj.

Y examinó la abultada pieza, trabajada en oloroso cuero. Una labor de artesanía, sin duda alguna. La abrió con la misma delicadeza con la que hubiese abierto un paquete de regalo, y examinó su contenido.

¡Billetes de los grandes! Ya tenía pensado lo que hacer con ellos: se iba a comprar un traje de pana, para llevarlo los domingos al Retiro con su moza, “La Carracuca”; así, vestidos ambos de gente honorable, podrían hacer su “agosto” en aquel crudo invierno.

“El Piñata”, siguió examinando la cartera, donde encontró una fotografía, una carta, y un documento acreditativo de la identidad del “desplumado”; al ojearlo, empalideció.

“Canovitas” dijo que, a esas alturas, ya podían echarle un galgo; porque, pasaban ya cinco minutos del “usufructo”. Tanto “Gurriato”, como él, no se explicaban lo que le pasaba al Patrón. “Piñata”, reparó entonces en el Salón de Té de Garín, que también era una afamada confitería.

Entraron, y en efecto; allí encontraron al hombre del bigote, revolviendo sus bolsillos un tanto azorado, mientras uno de los dependientes sostenía, ante Él, una bandeja de pasteles.

Chueca, los miró de arriba abajo un tanto desconcertado. El Dependiente, que les conocía de sobra, le susurró algo al oído. El Músico palideció desconcertado pero, antes de que dijera nada, “Piñata” pidió cuatro cafés y mesa. “¿Les importaría tomar algo con ellos?”. Chueca dudó, pero aceptó. Una vez sentado, “Piñata” le hizo solemne entrega de la cartera y el reloj.

Chueca, asintió azorado. ¿Qué podía decir si no: gracias? Les firmó varios autógrafos y después, se retiró maravillado. Ni siquiera le dejaron pagar la cuenta. Ardía en deseos de ver a Valverde, y contarle el extraño suceso que le había acontecido; y se preguntaba si sería abordado en alguna otra ocasión por más personajes de sus obras, como “La Menegilda”.

Esa noche, al irse a dormir, descubriría con más estupor, que en la cartera había nada menos que trescientas pesetas; un donativo de los “Tres Ratas”, al parecer fruto de la recaudación del día.

En el Salón de Té, los “Ratas”, contemplaban extasiados los autógrafos. El Camarero les miraba de vez en cuando con ganas de pasarles la minuta.

“Gurriato”, se llevó las manos a los bolsillos, y luego abrió la boca incrédulo:



jueves, 29 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLIV – El prodigio del Argentino poco hablador -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    Nadia Boulanger, había sido la primera en advertirlo. Tras ojear sus partituras por encima, se las devolvió torciendo el labio.

Trató de explicarle el impacto que había constituido para Él, “La Consagración de la Primavera”, y como su primitivismo, había despertado sus ganas de crear, de partir de la destrucción purificadora del fuego, para que reverdeciera en Él una personalidad musical. Era algo de lo que había hablado en muchas ocasiones con su maestro Ginastera. Boulange resopló.

¿Qué hiciera tangos? Pero… ¿No era, al fin y al cabo, un género arrabalero? ¿Un son de casas de “mala nota”?

Al principio, el consejo, o más bien orden, le desazonó; pero, cuando se puso a ello, se dio cuenta que Boulange tenía razón. Lo llevaba en la sangre, y salían de Él con la misma naturalidad con la que hablaba. Mejor aún, porque, no era precisamente muy ducho en palabras; de echo, toda la vida lamentaría, no haberse atrevido a hablar antes con Gardel. Supo durante bastante tiempo de su estancia en Nueva York, y se lo encontró en muchas ocasiones, cuando Él sólo era un “pive” de trece años. Pero, cada vez que pensaba en dirigirle la palabra, le entraba un temblor tal, que le era imposible dominarse, a menos que echase a correr y perdiera de vista a su ídolo.

Sin embargo, el Destino los juntó al fin: pidieron extras para el rodaje de “El día que me quieras”, y allí fue a parar Él con su bandoleón. A Gardel, le hizo la gracia la forma en que interpretaba.

Él se avergonzó. Era cierto. No podía disimular haberse criado lejos de la Argentina. En realidad, era un estilo impostado. Hablaba el español sólo en casa, con sus padres, con cierto acento yanqui incluso. Se sentía extraño en aquel plató, con su ídolo riéndose de su forma de tocar. Pero, Gardel, lo animó, y al final del rodaje, le dijo:

Y lo hizo. Plegó la sonoridad del bandoleón, al prodigioso caudal vocal del zorzal criollo. Y es ahí, cuando sintió por primera vez que el Tango, ya no penetraba; si no que salía verdaderamente de él. Gardel lo abrazó emotivamente al acabar. Luego, visitaron juntos Little Italy, haciéndole Él de intérprete; y el Genio, abandonó luego Estados Unidos. Como lamentaba no haberse atrevido a abordarle antes.

Y ahora, veinticinco años después, se veía en la misma tesitura: su amigo, Albino Gómez, lo invitaba al Metropolitan de Nueva York, con motivo de la presencia de Victoria Ocampo, que venía a presentar el Festival de Cine de Mar de Plata. Y… ¿Sabía lo mejor? Stravinsky estaría entre los invitados.

No estaba para bromas. Albino insistió. Con lo que le admiraba; ¿iba a dejar pasar aquella ocasión?
Acabó aceptando a regañadientes. Y llegó el día. Había cientos de personas allí; lo que le tranquilizó. Decidió hacerse el huidizo entre las mesas de los canapés; pero Albino dio con Él, y lo cogió del brazo, llevándolo a un corrillo en cuyo centro se encontraba un anciano bajito y vivaracho, que arrancaba constantes risas de los demás, con sus comentarios.

Albino se lo presentó. Stravinsky, sin dejar de sonreír, le tendió la mano; la estrechó, estaba un poco fría; o, ¿era que a Él le había subido repentinamente la temperatura? El Ruso, inmediatamente le expresó su interés por la Argentina y su música, y recordó los tangos que él mismo había escrito, uno de ellos para “La Historia del Soldado”.

Él no dijo nada, no podía. Era peor que cuando no se atrevía a dirigirle la palabra a Gardel. Llegó un momento en que la locuacidad de Stravinsky alcanzó el peligroso límite de la irritación por no obtener una respuesta. El Genio, soltó su mano; los dedos que habían escrito “La Consagración”.

Se dio la vuelta, y salió corriendo de allí; quizá masculló algo así como: “le admiro Maestro”; pero, en todo caso, cuando lo dijo, sólo pudo escucharlo un camarero que recogía copas vacías de una mesa.
El disgusto fue tan grande, que estuvo sin coger el teléfono varios días; por si era Albino quien llamaba. No se equivocaba, éste fue a buscarle a su casa.

Y fueron. Stravinsky estaba avisado del encuentro, y les aguardaba en el bar de su elegante hotel. Fingiendo amigablemente que el anterior encuentro no había pasado, se levantó y le dio la mano.

“Me alegro de conocerle. ¿Qué tal? Y, bla, bla, bla…”, pero Él seguía incapaz de emitir sonido alguno. Albino empezó a sudar copiosamente; y el Ruso, ya daba nuevamente muestras de impaciencia. Esta vez fue él, el que se dio la vuelta airado, dispuesto a meterse en el ascensor. En esto, el apocado Músico, vio su salvación en el salón del bar: un piano. Se sentó en él, y empezó a tocar. Primero “Arrabal amargo”, y luego sus propias creaciones. Si su boca no era capaz de transmitir lo su alma experimentaba; por fortuna contaba con un Lenguaje secreto, más poderoso que el inglés, el francés y el español, juntos; y ése, Stravinsky lo comprendía muy bien.

Cuando acabó de tocar, se dio la vuelta, y descubrió al viejo Maestro conmovido, con las manos contraídas en un aplauso; y, le pareció advertir que, por vez primera, las tornas habían cambiado. Y es que, si en su juventud, Él había deseado ser Igor Stravinsky; ahora, le estaba pareciendo, que por un momento, era Stravinsky quien deseaba, por unos instantes ser, como Astor Piazzola.

miércoles, 28 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLIII – ¡¡Vamos, Hijos de la Patria…!!

 Texto gentileza de Martín Llade, Director del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana"

     Fue su amigo el alcalde de Estrasburgo el que le sugirió un canto patriótico que inflamase el coraje de los soldados ante la declaración de guerra del rey de Bohemia y de Hungría. Se habían enterado cinco días atrás de esta nueva provocación y la ciudad entera clamaba por entrar pronto en combate.

El capitán se sintió un tanto abrumado. Había escrito alguna cancioncita de campaña y poco más. Pero él también se sentía enardecido por el desafío de los extranjeros y anhelaba, igualmente, acallarlos para siempre. Así que se dio una vuelta por la ciudad aquella mañana y contempló la agitación reinante y las paradas militares del batallón “Los hijos de la patria”.

En las paredes de Estrasburgo había un bando que exhortaba a la lucha “¡A las armas ciudadanos! -clamaba- si persistimos en la libertad, todas las potencias europeas urdirán siniestros complots contra nosotros. Que tiemblen. Desarmemos a los déspotas” y más arriba “Ya ha sonado la señal. El estandarte sangriento se ha alzado”.

Aquellas palabras se quedaron profundamente grabadas en él, a la vez que los cascos de los caballos en el empedrado, el entrechocar de los aceros en los ejercicios de los cadetes, el traqueteo de los carros y los aplausos de la multitud cada vez que se veía un uniformado en la calle.

Se fue a casa y cogió su violín. Probó varias melodías y estuvo dándoles vueltas durante toda la noche, de forma que no dejó ni dormir al gato. Al amanecer había una partitura de trazo entusiasta sobre su cómoda. Decidió llevársela al barón de Dietrich, que ofrecía esa noche una cena a los prohombres de la ciudad. Sabía que poseía una hermosa voz de tenor. ¿Aceptaría cantarla? El barón repuso que sería un orgullo y a su vez propuso a su propia esposa para que le acompañase desde el clave.

El “Canto de guerra del ejército del Rin” sonó a los postres. Su efecto fue más fulminante que el del vino de la cena. Los presentes se levantaron haciendo entrechocar sus copas, a la vez que daban vivas a Francia.

Y el alcalde determinó hacer circular, pagadas de su propio bolsillo, cientos de copias de la partitura.
Pasó el tiempo, se ganó aquella batalla y otras muchas. Pero vino entonces una guerra que nadie podía prever y en la que era muy difícil luchar, porque los contendientes no iban de uniforme, de hecho vestían igual y hablaban la misma lengua. El Terror. El propio barón, entusiasta primer intérprete del “Canto de guerra del ejército del Rin” acabó en la guillotina. Al capitán lo acusaron de realista y lo degradaron en varias ocasiones y, finalmente, se puso precio a su cabeza. Tuvo entonces que escapar. Decidió atravesar las montañas fronterizas con el territorio germano, pero el paso estaba nevado. Sobornó a un pastor de la zona para que le ayudase. Sin embargo, cuando faltaba todavía mucho para llegar a territorio seguro, sintió en el viento helado de la montaña el aliento de sus perseguidores. Estaban muy cerca y para darse calor, cantaban. ¿Cuántos serían? ¿Veinte, treinta?

El corazón del capitán estuvo a punto de pararse por el pánico. De repente se dio cuenta de que conocía aquel canto que ahora se constituía en marcha fúnebre para él. ¿No era su propio himno escrito apenas un año atrás? Lo que nació de un noble y ardoroso impulso de su mente y corazón le provocaba ahora una terrible desolación.

¿No lo conocéis? Lo llaman “La Marsellesa”.

martes, 27 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLII -¡Rásquese hasta el hueso, Sergei!-

 Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

El Compositor titubeó.

Lo intentó, pero ni siquiera podía sentirlos; debían estar entumecidos. En realidad, en los últimos tiempos, había dejado hasta de tocar el piano.

El Paciente meditó, y al tomar conciencia de que estaba padeciendo aquél eccema desde hacía meses, experimentó una comezón, que le devolvió a la naturaleza quebradiza de su envoltura humana. Sintió deseos de rascarse una vez más en las regiones afectadas de su piel; y al hacerlo, volvió a sentir sus enormes dedos materializándose en aquel vacío en el que se encontraba envuelto.

Se rascó hasta que sintió un profundo ardor. Se estaba dejando en carne viva el antebrazo.

La bruma comenzaba a disiparse. Sergei Vasilievich, ya no se encontraba dentro de la Sala de Conciertos; ni siquiera en la consulta del Doctor Dahl. Estaba en mitad del océano, en un pequeño islote apenas más grande que sus pies. Le dijo al Doctor lo que veía:


Sergei Rachmaninov, se desprendió del dolor, y lo lanzó al fondo del mar, donde se hundió sin dejar cicatrices en el agua. Comenzó a nadar con sus inmensas manos; llegaría a la costa, sí; podía hacerlo, porque, una vez más, se sentía con fuerzas para ello; y vaya que sí lo haría.