Comenzaba un nuevo día en el que tampoco saldría el Sol. Después de comprobar varias veces el interior de su saco mágico, incluso volviéndole del revés, Papá Noel lo recompuso, lo plegó, lo depositó junto a sus pies, y dejó caer su pesado cuerpo sobre el asiento del trineo, dando un largo resoplido de profundo cansancio. Llevaba toda la noche repartiendo regalos, desde Ushuaia, en la antípoda astral, hasta Skarsvåg, el pueblo más al norte en el que, además de rudos pescadores, también hay tres niñas, y un niño. Cerró los ojos satisfecho, una vez más había cumplido su misión: satisfacer los buenos deseos de todos los niños del mundo. Rodolfo, el reno director, atento, mantenía en alto su luminosa y roja nariz observada con impaciencia por sus ocho compañeros: Trueno, Rayo, Bromista, Cupido, Cometa, Alegre, Bailarín y Saltarín, que estaban también deseosos de volver a su establo para descansar. No faltaba mucho, pues e...