Ecuador. Capítulo 3. Malinde..
El martes 7 de abril de 2015, en
Butembo, República Democrática del Congo, amaneció por tercera vez en veinticuatro
horas, justo las que yo llevaba sin dormir. Ese día fue para mí el de los tres
milagros: el meteorito 2015-DA33, contra todo pronóstico, no chocó contra la
tierra, Celine sobrevivió milagrosamente; y lo más increíble de todo, Reyes
Monreal “La Monro ”
cambió, convirtiéndose en una persona entrañable.
El reencuentro de Celine con sus
padres fue un gran alivio para ellos y también para todos nosotros, pero
aumentó la necesidad de buscar a nuestros seres queridos hasta el límite de la
desesperación.
Con la mañana regresó al hospital
la mayoría del personal sanitario que había corrido el día anterior a reunirse
con los suyos. Decenas de familiares y voluntarios vinieron también a ayudar.
Me sorprendió la serenidad y la voluntad de cooperación que mostraba todo el
mundo.
Todavía muy atolondrados por los
graves acontecimientos que habíamos vivido, nos reunidos para tratar de evaluar
nuestra situación y ver qué podíamos hacer. Mantuvimos una conversación, que
hoy pienso estuvo llena de incoherencias propias de nuestro estado de shock,
por ejemplo: cuando el Ranger aseguró reiteradamente, y muy enfadado, que el
conductor se había largado, llevándose consigo su fusil, cuando yo llamé Sara a
Tuhmanina, o cuando Athanase rompió a llorar, mientras Mizelede se reía sin
saber a fin de qué. Después de varias propuestas, todas inviables, fuimos
capaces de decidir que nos acercaríamos hasta el cuartel de la MONUC en busca de apoyo para
encontrar a los padres de Athanase y así llevarles a todos a Malinde.
No había que perder tiempo, metí
en mi mochila agua, unos cuantos víveres que nos preparó Amandine, y nos
pusimos los siete en camino. Las calles estaban repletas de gente. Confiados
por una de las mañanas más luminosas, con el cielo más limpio y azul que
recuerde, los habitantes de Butembo permanecían en torno a las brasas de las
hogueras que les habían calentado durante la noche, o sentados en los
soportales de sus casas. Las calles estaban llenas de papeles, bidones de
plástico, planchas de acero galvanizado y ondulado tiradas por doquier, muros
derruidos, árboles arrancados de cuajo, motos y coches abandonados, en torno a
los cuales multitud de mecánicos aficionados, se afanaban infructuosamente en
su empeño por ponerlos en marcha.
Paradójicamente, en contra de lo esperado
para aquellas latitudes, y más después de lo ocurrido, no había disturbios, no
se oía prácticamente nada, apenas el rumor de la fauna en la lejanía. La gente
susurraba y se comportaba con languidez. Los soldados, con sus fusiles
extraviados, o colgando con despreocupación de sus manos, haraganeaban de
cuatro en cuatro en torno a las tiendas y los mercados que, curiosamente, aún
estaban casi desiertos. Lo más tétrico y doloroso eran las carretas
improvisadas en las que se trasportaban cadáveres; vimos unas cuantas, empujadas
por hombres que iban turnándose y seguidas en silencio por cortejos fúnebres.
No sé en el resto del planeta,
pero en Butembo, sin terminar de entrar en el siglo XXI occidental, habíamos
regresado de un revés a la
Edad Media Europea. No se veía ni oía nada sobre lo que
pudiera decirse “funciona”.
Entorpecidos por escombros y
escenas de desolación, nos costó casi media hora llegar al cuartel de la MONUC. Cuando llegamos nadie
custodiaba las puertas que estaban totalmente abiertas; el Ranger, extrañado y
prevenido, nos pidió con un gesto de su enorme mano blanca que esperáramos en
la calle, y se adentró en el patio de armas.
Tardó un rato en volver; traía un
gesto de extrañeza y dos fusiles de asalto en cada mano.
—
Se han largado todos ___dijo.
—
¿No queda
nadie? ___preguntó David, incrédulo.
—
Vivo, no ___contestó
el Ranger, mientras me ofrecía un fusil.
—
¿Qué esperas
que haga con esto? ___le pregunté.
—
Sin la
intermediación de los Cascos Azules, esto no tardará en reventar.
—
Lo mío son las
fotos, nunca he manejado un arma ___le previne.
—
Bueno, tú cógela
___me ordenó, y añadió___: cuando yo la necesite me la
devuelves, aunque dudo mucho que entonces quieras desprenderte de ella.
Acojonado obedecí, David y Reyes hicieron otro tanto. No
era del todo cierto que nunca hubiera manejado un arma; yo había sido de los
últimos españoles en hacer el servicio militar obligatorio, así que, al menos, recordaba
cómo se aflojaba la correa para colgarme
el fusil al hombro. Volver a sentir el tacto y la solidez del arma no me
excitó, ni me trajo recuerdos de la “mili”; en su lugar, de inmediato, me
imaginé blandiéndola con la escusa de defender a mi pequeña Sara. <<___¿Cómo
estará ahora?>> ___me pregunté. No podía, ni quería,
quitármela de la cabeza.
El Ranger encabezó nuestra marcha con el fusil colgando de
su cuello a modo de guitarra eléctrica, David y Reyes le seguían a pocos pasos;
detrás, Mizelede y Athanase, muy aliviados por la mejoría de Celine, ya tenían
ganas de ir bromeando, avanzaban entre abrazos y empujones, tras ellos,
Tuhmaina, no paraba de llamarles al orden. Cerrando filas, yo les seguía echando
de menos me querida cámara de fotos.
A nuestro paso, la gente, se afanaba en recoger sus
enseres, y evitaba cruzarse con nosotros; así, sin contratiempos ni controles
militares, abandonamos Butembo y nos encaminamos hacia Malinde. Nos extrañó
muchísimo que nadie transitara por la pista. Poco después, el Ranger, inquieto
por el camino fantasma, paró, nos agrupó en un claro del bosque y, en apenas cinco
minutos, nos instruyó lo suficiente como para saber disparar “al bulto”, y lo
peor de todo: nos dejó con los fusiles armados y desbloqueados. <<___¡Qué
temerario!>> ___pensé.
—
¡Vamos!
¡Adelante! Pero ahora apuntando al suelo y con el dedo fuera del gatillo. ¿¡Eh!?
¡No lo olvidéis! ___nos previno el Ranger, antes de reanudar la
marcha.
No tardamos en descubrir que la razón de que el camino
apareciera desierto ante nosotros era nuestro aspecto de pelotón armado; lo
supimos al ver a unas mujeres abandonar a toda prisa un camión varado en medio
del camino, para ocultarse en la selva; y es que, a diferencia de la ciudad,
aquí todos nos sentíamos más vulnerables.
Caminamos aterrorizándonos ante cualquier ruido; incluso
los muchachos, que habían hecho este camino cientos de veces rodeados de
peligro, avanzaban ahora agrupados y en completo silencio.
De vez en cuando, yo me giraba para comprobar que nadie nos
seguía y observaba cómo, al alejarnos, emergían cabecitas temerosas de entre la
vegetación; eso me tranquilizó y pensé <<___Lo más peligroso
que transita ahora por aquí somos nosotros, pero esta pobre gente hace bien en
esconderse. Vaya peligro: tres novatos acojonados y armados con
kalashnikov>>. Cuando nos acercábamos a la cuesta donde nos asaltaron los
niños “soldado”, me invadió una sensación de angustia: íbamos a pasar por el
lugar donde aún podía estar el asaltante muerto.
En efecto, en cuanto pasamos lo más alto de la rasante,
vimos su cuerpo tendido del mismo modo en que lo dejamos. Entonces, el Ranger,
obligó a Reyes a salir del camino con los chicos, y esconderse entre la maleza.
Nos llevó consigo a David y a mí.
Nunca había tocado un muerto, y menos aún tan joven. A
pesar de que el Ranger le había tapado la cabeza agujereada antes de que David
y yo llegáramos, la experiencia fue aterradora. El Ranger lo agarró por los
hombros y, aunque le sobraba fuerza para moverlo, para evitar arrastrarlo, pidió
a David que le ayudara cogiéndolo por los tobillos; David hizo un intento
sincero pero desistió entre retortijones y vómitos; entonces lo tomé yo. No
olvidaré nunca la sensación que me produjo la rigidez de aquél cuerpo frío y
pálido; a punto estuve de abandonar también, pero el Ranger no me dio
oportunidad, en cuanto lo pusimos en el aire, tiró de él para sacarlo del
camino.
En la jungla es muy difícil encontrar piedras, pues todo es
tierra roja, así que, como tampoco llevábamos herramientas, el enterramiento
fue una auténtica chapuza: un pequeño hoyo excavado con nuestras manos y la
ayuda del machete del Ranger, un montón escaso de tierra sobre él cadáver, y
muchas hojas aromáticas para distraer a las alimañas. Para marcar el lugar: una
cruz hecha con dos ramas, atadas con el cinturón del muchacho muerto. Fue
horrible.
Llegamos a Malinde cuando el Sol marcaba el mediodía. La
pequeña aldea estaba tan desierta como el camino, lo cual no era del todo
extraño pues, al ser lunes, a los jóvenes el incidente del meteorito los había
cogido cien kilómetros al norte, en los campos de algodón; y sin vehículos, aún
no podrían haber vuelto. A los niños, como era el caso de nuestros compañeros,
los cogió camino del colegio, entonces sólo debían quedar ancianos, y como en
el Congo odian a los perros desde la época colonial; pues eso, que no salió a
recibirnos ni el perro.
A pesar de todo, la calma era excesiva; así que nuestro
guía volvió a extremar las precauciones aminorando el paso, bajando el centro
de gravedad de su cuerpo, y pidiendo silencio con un gesto marcial de su mano.
De nada le sirvió tanto esfuerzo; en cuanto los muchachos avistaron sus casas,
salieron corriendo entre gritos:
— ¡Hola
Abuela! ___gritó Mizelede.
—
¡Estamos aquí! ¡Mabibi! ___gritó Tuhmaina, que le siguió de cerca.
No pudimos
evitarlo. Fueron demasiado rápidos. Los tres entraron en tropel dentro de lo que
parecía ser la casa de Tuhmaina. Pasaron apenas tres segundos antes de que un
grito desgarrador de Tuhmaina despertara nuestros peores presentimientos:
—
¡Nooo! ¡Mabibi! ¡Nooo! ___chilló, la muchacha aterrorizada.
Cuando entramos en la modesta estancia, encontramos de pie a
Athanase y Mizelede frente al lecho donde yacía una anciana, arrodillada junto
a la cama, Tuhmaina reposaba su cabeza sobre el pecho de su abuela. Estaba
muerta.
La
muchacha lloraba sin consuelo y, si alguna vez desde aquella fatídica noche cinco
años atrás, maldijo a aquél criminal que le cercenó con un machete los dos
antebrazos, fue precisamente en ese momento, en que no podía dar a su querida abuelita,
su último abrazo.
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