Ecuador. Capítulo 2. Butembo
Conocí a estos cuatro muchachos en la carretera, a medio
camino entre Butembo y Goma. Los mantenía enfocados con mi cámara mientras se
aproximaban caminando hacia nuestro vehículo aparcado en la cuneta. Ella iba
delante, con la mirada clavada en el infinito, Celine cabizbaja, la seguía a un
paso; un par más detrás, venían los dos muchachos dándose codazos y empujones.
Era un lunes a primeros de abril de 2015. Yo cubría imágenes
para el programa de una reportera prominente de la televisión española: Reyes
Monreal; y puedo garantizar que la experiencia estaba en perfecta armonía con
el escenario en el que nos encontrábamos: un infierno en el paraíso ecuatorial.
La “petarda”, experta hasta la fecha en prensa rosa y amarilla, y concubina de
un destacado politiquillo cercano a la Dirección del “Ente Público”, se las había
ingeniado para conseguir una primavera excitante en una zona en conflicto. Eso
sí: lo suficientemente caliente como para adornar un currículo de ex-reportera
con el que conseguir vender sus futuras novelas a lo Pérez-Reverte, lo bastante
fría como para que no se corriese el rimel y donde se hablara francés, pues
ella lo hablaba muy bien, aunque seguramente no tan bien como lo practicaba.
La tía, que apenas llevaba cuatro días en África, era tan
cínica e imprudente que, incapaz de asimilar que no se encontraba entre
“travelos” y lumis nocturnas de la
Gran Vía madrileña, nada más llegar a Ruanda se había
dedicado a dar a entender entre los camareros del Hotel Lake Kivu Serena de
Gisenyi, que se trataba de un equipo dispuesto a comprar un episodio bélico
“posado”, así que, al segundo día, su equipo de producción se puso enfermo
atrincherándose en el hotel.
Casualmente yo me encontraba cerca de allí, en Goma, el
barrio occidental de la ciudad de Gisenyi. Goma y Gisenyi están tan cerca que
sólo las separa una calle, la
Avenida l’Umganda, pero la distancia social es
sustancialmente mayor: enorme. Para empezar, Gisenyi está en Ruanda y Goma en la RDC. Ambas ciudades
comparten las orillas del lago Kivu, pero mientras que Goma tiene playas de
rocas volcánicas aún humeantes, a Gisenyi le tocaron playas preciosas de arena
blanca y fina por lo que es una especie de Marbella interior y africana,
destino de descanso de unos pocos privilegiados; es decir: miembros del
ejército ruandés, funcionarios del gobierno, traficantes de armas y wazungu
(guiris), bien estén de vacaciones o por trabajo, en “proyectos de
cooperación”.
Había ido para tomar fotos de los alrededores del lago Kivu
y del volcán Nyiragongo, con la idea de endosárselas a una conocida revista de
geografía, pero apenas había podido trabajar porque llovía a mares, así que
pasé un par de días dormitando en una pensión, tan económica como incómoda y
sucia.
El sábado, por los 33 agujeros de bala del tejado de chapa
galvanizada y ondulada, dejó de entrar agua y por fin entró el sol. Armado con
mi cámara, me disponía a salir apresurado cuando sonó mi teléfono móvil. Era
Toni, el gerente de mi agencia. Estaba histérico. Quería que trabajara para
Reyes Monreal.
—
¿Cuánto tiempo hace que no echas un polvo
como Dios manda? ___me preguntó el muy
capullo, tentándome.
— ¡No me toques los cojones, tío! Sabes que no me van tus
rollos ___le contesté prevenido y serio.
— Serán
dos días, grabas con la cámara, sacas tus fotos, te la tiras, os zampáis dos
botellas de champán sudafricano, antes de irse te pasa la VISA por la raja del culo
mientras duermes la mona y listo: serán 6.000 limpios.
— Grabar,
¿dices? Hace siglos que no lo hago, y menos como reportero de guerra.
— ¿Guerra?
¡Vamos! No me vengas con chorradas. Llevan años sin que pase algo por ahí.
— En
eso te equivocas, capullo. Aquí la lían a tiros a diario.
— Entonces
será como volver a tu queridísimo barrio de Usera.
— No
tienes ni puta idea. ¿Por qué no vienes tú a hacerle el trabajito a la Monro ? ___así era como se conocía a Reyes Monreal en el
mundillo del periodismo___. Veo que la conoces bien. Seguro que os
entendéis de maravilla ___Toni ignoró mi propuesta.
— ¿Te
pasaste dos años detrás del impresentable aquél que iba por la jungla en
chancletas fosforito, y le haces ascos a una tía bombón? ¿No te habrás vuelto
maricón?
— ¡Vete
a la mierda! Aquello era otra cosa. Los riesgos estaban controlados. ___contesté realmente enfadado.
— Y
aquí también. Es teatro, amigo mío, puro teatro. Todo estará bajo control.
Créeme.
El cabrón de Toni andaba metido en problemas de “polvos” y
no me refiero precisamente a sexo. Le debía pasta al amante de la reportera. Y
yo le debía a él el favor de tener trabajo.
— No
me enviaste aquí para eso. Busca a otro, tengo trabajo por hacer ___insistí.
— ¿Las
fotos del volcán?
— Exacto.
Llevo tres días esperando a que salga el sol. Hoy es mi oportunidad.
— De
eso te quería hablar: han llamado los de la revista con el cuadradito amarillo.
— Dispara
___intuí malas noticias.
— Han
cambiado la editorial de su próximo monográfico.
— ¿Qué
quieres decir con “cambiado”?
— Que,
de momento, no necesitan fotos del “Ñingañoño” ese, por muy fogoso que esté.
— ¿De
momento? ¿Por qué?
— No
dijeron mucho más. Parece ser que están preparando un especial sobre
astronomía.
— ¿Astronomía?
¡No me jodas! Esa revista trabaja siempre sobre la Tierra. Te lo estás
inventando.
— ¿De
qué no me he enterado?
— Está
todo el mundo alborotado. ¿Es que no ves las noticias?
— ¿Aquí?
¿Dónde te crees que estoy? ¿En el Ritz? Doy gracias de que sale agua para
ducharme y que hay cobertura veinte minutos al día ___Toni
no respondió.
— ¿Toni?
¿Toni…? ¡Maldito capullo!
La cobertura se había esfumado.
Decidido a no darme por enterado, salí rumbo al río de lava
congelada, con idea de sacar buenas fotos del Nyiragongo que humeaba amenazante
bajo el arcoíris. Acaba de cruzar la calle cuando zumbó el soniquete de mi
móvil, había recibido un mensaje. Era de Toni:
olvdte jiñahondo lunes
7am htel vip palas goma, pregunta x david. lleva calzncillos lmpios de rpuesto XD. Toni
<<___Será
cabrón>> ___pensé.
No podía negarme, los estudios de mi hija en un colegio
privado dependían de ello. No tenía más remedio que aceptar un trabajo
“pesebre”, así es como denominamos los fotógrafos a ciertos trabajos
obligatorios en los que hay que quedar bien para poder seguir comiendo.
Siguiendo las instrucciones de mi agente, me presenté en el
VIP Palace a la hora indicada. De nada me sirvió llegar puntual. Ya me
esperaban delante de la entrada metidos en un todoterreno con el motor en
marcha. Supe que eran ellos por el cartel “PRESS” y porque cuando me disponía a
entrar tranquilamente en el hotel, sin más preámbulos, ella me espetó:
— ¡Llegas
tarde! ___reconocí su voz
televisiva.
— Toni
me dijo a las siete, y son menos cuarto ___me
defendí, levantándome las gafas de sol para asegurarme de que era tan guapa
como se la veía en la tele.
— ¡Vamos!
¡Sube! No tenemos tiempo que perder ___me
dijo quien luego se presentó tendiéndome la mano___:
David, asistente de dirección.
— Gil
___respondí, ofreciéndole la mía mientras
me acomodaba junto a él en el asiento trasero.
Ni el Ranger pulcramente uniformado, tocado con una boina
verde, armado con un Kalashnikov y tan grande que nos dejaba a David y a mí la
mitad del asiento trasero, ni el tembloroso conductor africano, ni, por
supuesto, Reyes Monreal, se molestaron siquiera en mirarme. Aún no había
terminado de abrocharme el cinturón de seguridad cuando Reyes espoleó al
conductor:
— ¡Vámos!
¡Rápido!
Al rato, aprovechando que salíamos del caótico marasmo del
tráfico de Goma, para meternos en una carretera bacheada; traté de romper el
silencio, preguntando:
— Supongo
que tenemos permiso para grabar.
— Descuida,
está todo controlado ___me dijo
David esgrimiendo una sonrisa temblorosa.
— ¿Y
la cámara?
— Pero
en qué estaré pensando ___dijo
David, soltándose el cinturón para rebuscar en el maletero.
David luchó durante un par de minutos contra los embates
marineros de los baches y la maraña de material que llevaban en la trasera del
Pathfinder, y no acabó también dentro porque me decidí a agarrarlo por la
cinturilla de su pantalón vaquero.
— Gracias
Gil. Aquí la tienes. Está lista ___dijo
suspirando y ofreciéndome un precioso maletín de aluminio.
Me quedé de piedra cuando la abrí y vi lo que había dentro.
David, que además de un pelota profesional debía saber del oficio, estaba
aguardando mi reacción:
— ¿Sorprendido?
___preguntó.
— ¡Una
pe-eme-uvedoble doscientos equis-de-cam! ¿Se la habéis mangado al Sistiaga?
Herida en su orgullo de reportera dicharachera, Reyes
reaccionó:
— ¿Sabrás
utilizarla?
— Dame
veinte minutos.
— Tienes
hora y media ___replicó seca.
Afortunadamente ya había utilizado el modelo anterior. Ésta
era mucho más pequeña y ligera, y traía nuevas aplicaciones que no conocía,
pero que no esperaba tener que utilizar en exteriores, y menos alumbrado por la
mejor luz del amanecer ecuatorial. El traqueteo me hizo desistir de leer el
libro de instrucciones y me puse manos a la obra.
Con el ojo detrás de la cámara me sentí más seguro; tanto,
que me atreví a tentar a la jefa:
— ¿Alguna voluntaria para probar el detector de
sonrisas?
— ¿De
dónde habéis sacado a éste “gil y pollas”? ___preguntó
Reyes a David, sin miramientos.
David que no sabía si sonreír o llorar trató de
justificarme:
— Es
de la agencia de Toni Flores.
— ¿Flores?
¡Cielo Santo! ¡Estamos perdidos! ___gritó
histérica.
Escandalizada e inconsciente de su ubicación, hizo ademán de
llamar por teléfono para pedir ayuda. Arrastró su índice, aún con la uña
pintada, por la pantalla pero, como no había cobertura, rehusó y dejó el
teléfono con desaire sobre el salpicadero. Faltó tiempo para que un bache lo
arrojara al suelo del coche. Aterrorizada por la suerte de su móvil
maravilloso, comenzó a blasfemar mientras lo buscaba:
— ¡Joder!
¿Dónde se ha metido? ¿Cuca?
Con la cabeza entre las piernas, zarandeada por la carretera
seguía buscando su móvil al que parecía haberle puesto nombre de perra. Como no
lo encontraba, gritó al conductor:
— ¡Para!
El conductor, que conocía de sobra el riesgo de pararse en
cualquier sitio, disminuyó la marcha, pero antes de parar se volvió para
conocer la opinión del Ranger, éste abrió la boca por vez primera:
— ¡No!
¡No! ¡Parar aquí no! Seguir, seguir.
Desesperada, pidió ayuda a David.
— ¡Ayúdame!
— Ya
lo busco, pero no está por aquí.
— ¡Tened
mucho cuidado! No lo vayáis a pisar.
— Descuida,
tengo los pies levantados y “Papa Tom” parece pegado al coche, ni se cantea.
— ¿Y
ese? ___refiriéndose a mí.
— Ten
cuidado Gil ___me advirtió David
acojonado.
En ese momento un volantazo a la izquierda para esquivar a
una persona que yacía tirada en el suelo, centrifugó todo el contenido del
vehículo. Sentí que algo chocaba contra la suela de mi bota. Era el móvil de
Reyes. La tentación de aplastarlo como a una cucaracha era grande, pero ganó mi
angelito bueno. Sin soltar la cámara que mantenía enfocando a la reportera, me
agaché y lo tomé.
— ¿Se
le ha perdido a alguien una polvera rosa con la foto de una yorkshire en una
cara y una manzanita plateada y mordida en la otra?
— ¡Dámelo!
___gritó ella.
Mientras con una mano sostenía la cámara, con la otra se lo
entregué; entonces debió ver el pilotito rojo.
— Estás
grabando ___me descubrió,
amenazadora.
— Se
supone que he venido para eso ___dije
sin levantar el dedo del gatillo.
— David,
haz el favor de borrarlo.
El lacayo me pidió educadamente la cámara y, como no era
mía, se la di. David, que no había tocado una cámara profesional en su vida, me
hizo señas para que le indicara cómo se hacía. La inquisidora, que no nos
quitaba ojo por el retrovisor interior, se volvió de repente y se la arrebató.
— Trae
eso. ¡Atontao!
¡Oh, sorpresa! La tía manejaba la cámara con total soltura.
Borró lo grabado, la puso en “stand-by” y me la devolvió.
— Graba
cuando yo te lo diga.
— ¿Y
fotos? ___pregunté impertinente,
mostrándole mi Pentax con aire de cachondeo.
— ¡Vete
a la mierda! ___esa fue su
respuesta.
Aunque me lo hubiera prohibido, desde luego no le habría
hecho caso. Saqué mi cámara de su funda y lo primero que hice fue enfocar al
Ranger. El tío era un vanidoso del copón, pues fue verse ante la cámara y
empezó a poner muecas de tío duro. Intrigado por el carácter desabrido de la Monro , traté de preguntarle
a David qué le pasaba para estar tan rara. Éste, también con disimulo, se llevó
las palmas de las manos al vientre y puso cara de dolor.
— ¿La-re-gla?
___vocalicé si articular sonido, y
controlándola de reojo.
— Nooo
___exclamó él, también en silencio.
— ¿Em-ba-ra-za-da?
David, se puso rojo como un tomate y tuvo que llevarse las
manos a la boca para controlar una carcajada. Ello lo pilló.
— ¿No
irás a vomitar otra vez? Aquí no podemos parar.
— No,
no. Descuida, es que he dormido mal y estaba bostezando.
— ¿Mal?
Si no te hubieras zampado toda la botella de bourbon ___añadió
ella, sin la menor empatía.
Aprovechando que se distraía blasfemando porque el conductor
no se atrevía a adelantar a un camión abarrotado de viajeros, volví a
interrogar a David.
— ¿Mal-fo-lla-da?
—
Nooo. Ti-e-ne co-li-tis.
— ¿Cómo?
___quería asegurarme de que le
había entendido bien.
— Se-ca-ga-vi-va
___vocalizó
de nuevo.
Esta vez nos pilló a los dos conteniendo las carcajadas. Al
Ranger, que aparentemente no entendía ni papa, le caían lágrimas por debajo de
sus Ray-Ban.
— ¿Se
puede saber qué cachondeo os lleváis ahí detrás? ___dijo,
girándose furiosa.
— Perdona
Reyes, nos ha hecho mucha gracia un tío que iba con una moto de madera ___improvisó David, pues yo no lo había
visto.
— ¿Es
que no os da pena esta pobre gente miserable que nos rodea? ¡Sois patéticos!
Terminada su breve diatriba moralizante, se quedó mirándome
con reprobación. Fue la primera vez que le sostuve la mirada. La verdad es que,
aunque tenía ojeras profundas y cara de mala leche, era aún más hermosa que en
la tele, y enfadada estaba de lo más fotogénica. Sin pensarlo dos veces, encaré
y disparé.
— ¿Será
posible? ¿Pero quien te crees que eres? Dame ahora mismo esa cámara,
“paparachi”.
— Antes
muerto ___respondí.
— ¿David? ___pidió ayuda.
— Por
favor Miguel, hemos venido a trabajar ___me
solicitó él.
— Descuida,
tío, ya la borro. ¿Contenta? ___dije
mostrándole mi acción.
— Gracias
___contestó David.
Reyes, agitada por la carretera infernal, volvió a girarse
hacia delante aparentemente satisfecha.
Mientras el guardia armado seguía sonriendo por lo “bajini”,
David y yo, un poco avergonzados por nuestra actitud machista, cambiamos de
tema.
Me contó que habían llegado a Ruanda con el propósito de
filmar durante una semana la actualidad de la zona, pero todo el equipo se había
puesto enfermo justo al día siguiente de llegar. Pensaban regresar de
inmediato, pero al confirmarles que podían contar conmigo, Reyes había decidido
seguir adelante sola con la ayuda de David, que no había enfermado, pues era el
único que había sustituido el agua por Bourbon desde el primer momento.
Habían cruzado la frontera sin más compañía local que la del
chofer ruandés. El Ranger, lo habían “alquilado” de entre la guardia del Parque
Nacional de Garamba, dirigido curiosamente por un madrileño.
Le conté a David que conocía a ese hombre desde un par de
años atrás. Enviado por mi redacción, había pasado una semana sacando
fotografías del parque. El tipo, con unos cojones como los de un elefante,
vivía con su esposa guapa y joven en una tienda de campaña dentro del parque;
y, además de sus obligaciones de biólogo y director, ejercía de máxima
autoridad militar entre los más de cien Rangers que defendían el parque de los
furtivos y del saqueo criminal de las diversas milicias que operan por la zona.
David se sorprendió mucho cuando le dije que, cada mañana, formaba a la tropa
para novedades y que, en las dependencias del parque, los únicos enjaulados
eran los cazadores furtivos, capturados vivos y retenidos hasta que viniese a
por ellos la Policía
Nacional Congoleña.
— ¿Cómo
habéis dado con él? ___le pregunté
a David.
— Nos
pusieron en contacto a través de la embajada, pero tengo entendido que también
es conocido de alguien del equipo.
— La
esposa de Luis y yo nos conocemos desde que íbamos al colegio ___puntualizó Reyes presumida, y más
serena.
— Pues
tienes una amiga maravillosa, y muy valiente ___añadí,
pero ella no dijo nada más.
— ¿Dónde
vamos? ___le pregunté a David.
— Nos
hemos enterado de que últimamente se están produciendo frecuentes asaltos en
las inmediaciones de Butembo. Estamos buscando la oportunidad de presenciar
algo, aunque sean los efectos de algún ataque ___me
explicó.
Luego supe que al fin la siembra de Reyes había dado sus
frutos: un chivatazo aseguraba que esta mañana se escenificaría algo “sustancial”
en la pista de tierra que une Butembo con la región del monte Kisangani.
Después de hora y media recorriendo una carretera malísima,
cruzamos la bulliciosa ciudad de Butembo y nos dirigimos hacia el este.
Avanzamos unos tres kilómetros y al fin llegamos al punto indicado por el
confidente: la carcasa vacía y oxidada de una tanqueta reventada años atrás por
una mina.
Llevábamos apenas un cuarto de hora esperando aparcados en
la cuneta. Dentro del coche, el conductor ruandés no paraba de mirar el reloj,
creo que anhelaba el momento de volver a cruzar la frontera hacia su país.
Reyes, a su lado, acariciaba el rostro digital de su mascota. En el asiento
trasero, a la derecha, el Ranger podía estar durmiendo bajo sus gafas oscuras,
lo que me producía cierta tranquilidad. David, en medio, observaba a Reyes por
el retrovisor, y yo sacaba fotos por la ventanilla a las personas y a los
escasos vehículos que transitaban: aparte de la miseria acostumbrada, nada
relevante. De repente, Reyes abrió la puerta del coche, agarró su mochila y
salió corriendo hacia la selva.
— ¡¿Dónde
vas?! ___gritó David, sobresaltado.
El grito de David activó al Ranger, y al ver que la mujer
desaparecía entre la vegetación, salió corriendo tras ella, David les siguió a la carrera. Por un momento
pensé que el conductor también huiría, pero estaba tan agarrado al volante que
ni se movió. Desaparecieron los tres.
Di por sentado que el motivo de la urgencia era la
indisposición intestinal de Reyes y estuve tentado de salir a filmar la escena:
una pija agazapada entre frondosos matojos, con el culo al aire, escoltada en
retaguardia por metro noventa y nueve de paramilitar armado y en vanguardia por
su mozo de cámara, ambos mirando para otro lado; bueno, el soldado seguramente
no. Una vez más ganó mi angelito bueno y decidí esperar a que volvieran los
tíos diciendo que se la había llevado King Kong.
El lugar donde nos encontrábamos estaba en una cuesta por la
que ascendía un grupo numeroso de transeúntes desganados cerrado, a poca
distancia, por Tuhmaina y sus compañeros. En sentido contrario no venía nadie.
Desde el primer momento que la vi quedé atrapado por la fuerza de su imagen,
con la misma urgencia que Reyes, pero con diferente necesidad, bajé del coche y
comencé a hacerle fotos desde la lejanía.
Cuando el grupo que precedía a los muchachos me sobrepasó y
desapareció tras del cambio de rasante, me puse frente a ella para tomarle
primeros planos. Tuhmaina ni se inmutó, tenía fija la mirada en el confín del
camino que le quedaba por andar. Ni siquiera cuando estuvo a mi altura se dio
por aludida. <<___¡Que
carácter!>> ___pensé. Al ver
que la cosía a fotos, Celine apuró el paso, se puso delante de ella, y estropeó
la mejor foto de mi vida sacando la lengua con una mueca.
Mizelede y Athanase en cambio se mostraron de lo más
extrovertidos, posaron simpáticos para una foto y luego me preguntaron de qué
país venía.
— De
España ___les informé.
— ¿Espagna?
¡Real Maddriddt! ___gritó,
Mizelede.
— Bargsa
___le replicó Athanase, en perfecto
catalán.
Mientras bromeaba con los muchachos, apareció por la rasante
de la cuesta una pick-up blanca destartalada cargada de jóvenes armados. Venía
a gran velocidad y, curiosamente, marcha atrás. Se detuvieron en seco cortando
el paso de las chicas. De la caja trasera bajaron cuatro “niños soldado”
armados con machetes, y de la cabina un joven con un Kalashnikov en ristre. Nos
rodearon y nos agruparon.
En aquel momento prometí no volver a burlarme nunca más de
quien padeciera incontinencia. A puntito estuve de cagarme encima. Sólo lo
impidió que, para sorpresa mía, mostraron cierta cortesía al obligar a Tuhmaina
y sus compañeros a posar junto a ellos para que yo les hiciera fotos: los
guerrilleros blandiendo amenazadores sus armas y los niños completamente
acongojados. Luego incluyeron en la pose una foto tamaño folio de su líder, un
militar africano obeso en cuyo rostro no destacaban las gafas negras pero sí
los abundantes dientes de oro que lucía en su sonrisa.
Acabadas las fotos comenzaron a incordiar a las muchachas y
no tardaron mucho en manosearlas, lo que enfadó muchísimo a Mizelede y
Athanase. De las burlas y la tensión contenida, se pasó a los insultos y las
amenazas y, mientras el joven armado apuntaba a mi barriga, les obligaron con
violencia a subir en la caja de la pick-up. Tuhmaina se negó en redondo
resistiéndose y, de un empujón con su hombro atlético, tiró al suelo a uno de
los jovencísimos asaltantes, entonces, otro “niño soldado”, mucho más crecido,
alzó su machete con intención inequívoca de partir en dos la cabeza de la
muchacha. Se me cortó la respiración.
Un sonido seco y atronador congeló para siempre en mi cámara
la imagen de un muchacho desplomándose hacia el suelo blandiendo un machete
enorme al tiempo que la vida le salía a chorro de su cabeza rapada y
agujereada. El Ranger le había atravesado la frente de un disparo.
La contundente y sorpresiva respuesta del Ranger, hizo
cundir el pánico entre los asaltantes quienes, abandonando a su compañero
tendido en el barro, corrieron a subirse en el coche tan rápido como Celine,
Mizelede y Athanase, se bajaban de él.
Entonces comprendí porqué habían llegado marcha atrás: sin
entretenerse en dar la vuelta, marcharon a toda prisa por donde habían venido.
El incidente no acabó ahí, antes de desaparecer al final de
la cuesta, el asaltante armado nos ametralló disparando al bulto desde la
distancia. Sin contemplaciones, ni por mi cámara, me tiré cuerpo a tierra.
Pasó al menos medio minuto desde que dejaron de oírse los
disparos hasta que me atreví a levantar la cabeza, mi oído tardó unos segundos
más en reaccionar.
Al incorporarme vi que Mizelede, sentado en el suelo,
lloraba desconsoladamente; en sus brazos Celine agonizaba. Athanase, agachado,
consolaba a su amigo y también lloraba, Tuhmaina, de pié, observaba la escena
en silencio.
Los “adultos”, incluidos David y Reyes, que salían corriendo
de la selva, nos acercamos a los muchachos arrastrando los pies como zombies.
Entonces David, dirigiéndose a Reyes, estalló:
— ¡¿Ésta
es la fabulosa escena bélica por la que hemos pagado mil dólares?! ¡¡¿El
secuestro de unos niños?!!
Reyes, desbordada, pálida y enferma, no lo soportó más y se
desmayó.
Me quedé paralizado, por primera vez en mi vida no tenía
fuerzas ni para levantar mi cámara. Ante nuestra ineptitud, el Ranger tomó las
riendas de la situación: ordenó al chofer que diera la vuelta, vació sin
contemplaciones todo el contenido del maletero, ordenó a los tres muchachos
ilesos que se metieran dentro, sentó a Celine en el asiento trasero, la aseguró
con el cinturón, se sentó junto a ella, la abrazó, y ordenó al chófer que
arrancara.
— Está
viva. A Butembo. ¡Rápido! ___gritó
el Ranger.
Con el coche ya en movimiento, David, con Reyes inerte en
sus brazos, se acomodó como pudo en el asiento delantero y, gracias a que el
conductor hizo una parada de dos segundos, no me quedé abandonado en la
carretera.
Traté de hacer balance de la situación: Celine tenía una
herida de bala en el hombro izquierdo, estaba semiconsciente, sudaba en
abundancia pero no sangraba porque el Ranger presionaba con fuerza un pañuelo
sobre la herida. Entre lamentos Celine llamaba a Tuhmaina y ésta, desde el
maletero, trataba de consolarla besándole en la cabeza. Ésa fue la primera vez
que oí sus nombres.
Reyes, sentada sobre David y abrazada a él, miraba hacia
detrás por encima de su hombro. Había despertado pero se la veía francamente
mal. Incapaz de mirar a Celine, tenía los ojos clavados en mí, con tal
persistencia que no la vi parpadear en todo el camino. Tratando de consolarla,
le sonreí varias veces con la intención de que se sintiera exculpada. No sirvió
de nada, me miraba pero no me veía.
Yo también me sentía muy mal, la ansiedad por lo ocurrido me
atenazó el estómago. No me podía quitar de la cabeza la imagen del “niño
soldado” con el cráneo reventado tendido en el suelo a merced de las alimañas.
¡Qué horror! Se me nubló la vista tanto
que pensé que iba a perder el conocimiento; pero no era eso: el sol, que
brillaba intenso apenas un minuto atrás,
se había esfumado. El ambiente era tan abrumador que pareció hacerse de
noche. Era evidente que de un momento a otro iba a descargar una tormenta.
Tal vez fuera la urgencia por salvar la vida de una niña,
quizá, lo más seguro, que encaraba dirección a su patria, pero lo cierto es que
nuestro chófer corría tanto que parecía volar, pues ahora apenas se notaban los
vaivenes de la pista. Tardé un poco en percatarme de que en el camino, que
media hora antes era un hormiguero de gente, no nos encontrábamos absolutamente
a nadie, todo el mundo se había apartado antes de que llegáramos. <<___Se habrán escondido de los
forajidos>> ___pensé al
principio. Pero entonces, alcanzamos un par de vehículos abandonados que
tuvimos que esquivar. Sus propietarios se asomaban temerosos entre los árboles
y miraban al cielo con caras de espanto.
— ¿Qué ocurre? ___preguntó
el Ranger al conductor que tenia mejor visión.
— No
sé, y no pienso parar a preguntar ___le
respondió.
— Parece
que va a caer una buena ___dije yo,
observando como se oscurecía el cielo.
— Está
bien. Sigue, sigue ___ordenó el
Ranger.
Entonces, Celine, que tenía la cabeza apoyada contra el
cristal del coche, para extrañeza de todos suspiró:
— ¡Mira
Tuhmaina! ¡Tu estrella! ___y se
desmayó.
— ¡Corre!
¡Corre! ___insistió el Ranger
mientras levantaba la cabeza de la muchacha.
De repente:
— ¡Ostia!
¡Mira Reyes! ¡Mira cariño! ¡Tenían razón! ___gritó
David sorprendido, pero ella, en estado de shock, ni se inmutó.
— ¿A
qué te refieres? ___le pregunté
alarmado.
— ¡El
puto meteorito! ¡No era una fábula!
— ¿Un
meteorito? ¿Dónde? ___ pregunté de
nuevo, pues no veía nada.
— ¡¡Los
putos iraníes tenían razón!! ¡¡Es el fin!! ¡¡No te lo pierdas!! ¡¡Despierta
Reyes, es el fin!! ___gritó David,
cada vez más fuera de sí.
Alarmado por los gritos de David, busqué la raja de cielo gris
que se veía a lo largo de los muros de vegetación frondosa. Incorporándome, al
fin pude verlo. No nos cubría una tormenta, era algo que tantas veces había
visto en películas y animaciones, pero exageradamente más espectacular: una
patata enorme y negra había comenzado a cubrir el Sol. No era la típica escena
de un meteorito en llamas cruzando el cielo a toda ostia, delante de una estela
de humo negro; apenas se movía, en realidad más que desplazarse, que también,
parecía que estuviera creciendo por momentos.
— ¿Eso
es un meteorito? Pero, si apenas se mueve ___le
pregunté ingenuo.
— Un
meteorito, no ¡Es el puto Armageddon! ___gritó
David, más entusiasmado que asustado___.
Apareció en el espacio hace cinco días. Los iraníes lo dijeron.
— ¡¿Me
estas diciendo que sabíais que hoy es el jodido día del fin del mundo, y en
lugar de volver corriendo a casa con vuestros seres queridos, os habéis metido
en esta mierda?! ¡Y a mí con vosotros! ___les
grité, indignado.
— ¡No
lo sabíamos! ___dijo David, y continuó___. La NASA lleva días desmintiendo los rumores de los
persas. Decían que era propaganda. Aborrecen no ser los primeros en descubrirlo
todo.
— ¡Serán
cabrones! ___blasfemé.
— ¿Qué
hago? ___interrumpió en francés el
conductor, que no alcanzaba a entender nuestro español, ni a comprender lo que
estaba ocurriendo.
— ¡Tú,
corre al hospital! ___le amenazó el
Ranger, decidido a salvar la vida de Celine a cambio de la que acababa de
arrebatar.
Dicho esto, en lo primero que pensé fue en mi pequeña Sara.
Tenía que llamarla. ¡Oh! ¡Milagro! Había cobertura. Marqué su número, pero no
llegó la llamada. Insistí sin parar. Nada, todas las líneas ocupadas. ¡Mierda! Al
momento la cobertura se esfumó. <<___¿Dónde
estará ahora?>> ___pensé. <<___Son casi las diez. En el patio, jugando.
Espero que las monjas la pongan a cubierto. ¡¿A cubierto?! ¡¿Cómo puede uno
ponerse a cubierto de eso?! >>
Aterrorizado, decidí tomar una vieja
estrategia de autoprotección, típica de los reporteros de guerra: salir del
plano donde se estaba escenificando el Fin del Mundo, para ponerme a salvo
detrás de la cámara que lo podría filmar. Con calma: bajé la ventanilla,
conecté la cámara y, con el móvil pitando en el oído derecho y el visor en el
ojo izquierdo, me puse a grabar. A partir de aquél momento dejé de sentir miedo.
Estaba completamente enajenado.
Sin más obstáculos que una horrible lluvia de pájaros
desorientados que chocaban contra el parabrisas, llegamos a Butembo en pocos
minutos. La ciudad aparecía casi a oscuras y paralizada, lo que facilitó
nuestra carrera. Grupos numerosos, sólo de hombres, señalaban con sus manos al
halo dorado que delataba en la noche la silueta del meteorito. Molestos por
nuestro paso y extrañados de nuestra precipitación indiferente, algunos nos
hacían señas para que nos paráramos a mirar. Los ignoramos. Al pasar frente a
un cuartel de la MONUC
(United Nations Organization Mission in
the Democratic Republic of the Congo), una patrulla de cascos azules
pakistaníes nos echó el alto; tan pronto como comprendieron nuestra situación,
nos escoltaron el resto del camino, pero, en cuanto llegamos al Hospital, se
largaron.
Entramos en el hospital Wanamahika de Butembo en estampida:
el Ranger, con Celine en brazos y rodeado por los muchachos, avanzaba dos
metros cada paso que daba. David, detrás, tiraba de Reyes que caminaba
desganada; yo, el último, seguía grabando. Nadie esperaba en el modesto
recibidor de urgencias. Alumbrado por el foco de mi cámara, me adelanté buscando
alguna enfermera por las habitaciones.
Dentro, la mayoría de los
enfermos, demasiado débiles como para interesarse por lo que ocurría fuera,
permanecían en sus camas dolientes e indiferentes. Otros, los menos graves,
acompañados por los escasos familiares que no se habían largado, observaban boquiabiertos
el espectáculo celestial: eran las diez de la mañana y en el cielo ecuatorial
ya brillaban las estrellas.
Gritamos pidiendo ayuda; nadie respondía. Finalmente, en un
cuarto amplio lleno de velas encendidas y que parecía ser la capilla, encontramos
varias personas rezando: monjas, enfermeras, enfermos y algunas madres con niños
muy pequeños en brazos.
—
¡Cielo Santo! ¿Qué les ha pasado? ___preguntó la mayor de las monjas: una anciana
encantadora y africana; al ver a Celine en brazos del guardia y a Reyes descompuesta
y casi desmayada.
—
Está herida. ¡Llamen
al doctor! ___exigió el Ranger.
— Los doctores se han ido. ___respondió
seca, otra monja adusta y europea.
— Hagan
ustedes algo ___suplicó el Ranger.
— Llévenlas
al FEPSI (Centre Hospitalier de Femme
Engagée pour la Promotion
de la Santé Intégrale ),
allí atienden a las mujeres violadas ___añadió
la monja jefa.
— No
las han violado. Nos han disparado en la carretera de Malinde. ¡La muchacha se
está muriendo! ___exclamó
finalmente el Ranger, muy enfadado.
— ¿Y
qué pretende que hagamos nosotras? ___le
replicó la monja, autoritaria___ ¿Acaso
no se ha dado cuenta de que ya nada tiene remedio? No hay salvación para
nuestros cuerpos. Es hora de ocuparse de nuestras almas.
— Algo
podrán hacer por ésta pobre muchacha. ¿No?
— No
sufre. Rezaremos por ella ___concluyó
la monja fanática.
—
Mama Dominique ___le
interrumpió una enfermera africana, joven y atrevida___.
Creo que el doctor Nzanzu está todavía en su despacho.
— ¿Ese?
No me extraña ___dijo Mama
Dominique, con aire despectivo___.
Está bien Amandine, vaya a buscarle. Edith, atienda a las muchachas. Vosotras,
acompañadme. ___ordenó Mama Dominique a
las enfermeras, antes de retirarse a su oración, y aún con tiempo de
recriminarme por estar grabando___: apague eso, hombre. ¿No
le da vergüenza?
El doctor, acompañado de Amandine, bajó a toda prisa.
Celine, que ya se encontraba en una camilla y le habían colocado un gotero a la
luz de una linterna, tenía los labios blancos y secos, y los ojos abiertos y
amarillos. Pobrecilla. Estaba convencido de que no lo contaría.
Las enfermeras nos dijeron que se había ido la luz nada más
empezar a oscurecerse el cielo. El grupo electrógeno no arrancaba, y al mozo
que se debía encargar de él no había forma de encontrarlo. Sin pensarlo dos
veces, apagué la cámara y pedí que me acompañaran hasta el cuarto del generador.
— Vamos,
deja que se ocupen de ellas. Necesito que me ayudes ___le
dije a David, que me siguió reticente.
—
¿Sabes algo de electricidad? ___me preguntó, desconfiado.
—
Bastante.
Trabajé en una central eléctrica hasta que me harté de arreglar averías.
—
¿Eres
ingeniero?
—
No hace falta
ser ingeniero para poner en marcha este trasto.
Al generador no le pasaba nada, ni
siquiera le faltaba combustible. El relé detector de falta de tensión estaba
reventado. Lo puenteé y de inmediato el motor Deutz rugió con sus doscientas
kaveas de potencia eléctrica, que convirtieron al hospital en un transatlántico
refulgente en la extraña noche del mediodía ecuatorial.
Las enfermeras me aplaudían tan
rápido como subían las escaleras camino del quirófano. No había tiempo que
perder.
Las seguimos hasta la típica
puerta abatible con dos ventanas circulares que limitaba la zona estéril de
cirugía y a la que, obviamente, no nos dejaron pasar. Ahí comenzó nuestra
espera: sentados en el suelo del pasillo, los amigos de Celine, el conductor y
yo permanecíamos junto a la puerta del quirófano. De vez en cuando, ante la
mirada inquisitiva de Tuhmaina, me levantaba y escudriñaba por los ventanos
redondos, a la vez que insistía en llamar a mi hija. Sin noticias de una ni de
otra, desesperado, buscando cobertura, me fui hasta la camilla donde David,
observado por el Ranger, vigilaba el gotero de Reyes. Por cada gota de suero
que entraba en su cuerpo, salían dos lágrimas de sus ojos verdes. <<___Así
no se reanimará nunca>> ___pensé. David trataba de calmarla
diciéndole que no había sido culpa suya, pero ella estaba tan afligida que sólo
hacía que negar con la cabeza y repetir aturdida:
—
No me lo
perdonaré jamás. ¿Cómo he podido ser tan egoísta?
Nada que ver con la reportera
engreída que acababa de conocer un par de horas atrás.
—
No te
mortifiques. No ha sido culpa nuestra ___le decía David.
—
David, por
favor, ve a ver cómo está la chica___insistía,
ella.
—
Está bien,
ahora voy; pero antes procura calmarte ___le pidió él.
—
Déjame. Estoy
bien. Anda, ve a ver.
—
Todavía está en
el quirófano ___les informé___. Es normal que tarden; si
no tardaran, sería porque las cosas no han ido bien.
Mis palabras no la tranquilizaron.
A pesar de su debilidad, Reyes estaba tan nerviosa que forcejeaba con David por
levantarse; entonces, vino una enfermera y le administró un calmante por el
mismo gotero. Al fin, Reyes se durmió y sus mejillas fueron recuperando color
gradualmente.
Algo más sosegados: David y yo
dejamos a Reyes bajo la atenta mirada del mercenario y nos acercamos hasta la ventana.
Saqué el brazo para buscar cobertura, pero nada.
—
¡Hostia la cosa
esa sigue ahí! ___dijo David, que se había olvidado por completo del
meteorito.
Incapaces de asimilar la magnitud
de la amenaza que se cernía sobre todos nosotros, Nos quedamos embobados
observando el espectáculo más grandioso de toda la historia de la Humanidad. El enorme
objeto celestial había ocultado completamente al Sol. En la oscuridad vimos cómo,
en su superficie, se producían pequeños destellos. David exclamó:
—
¡Mira, lo están
bombardeando los americanos!
—
No creo ___disentí.
—
Entonces… ¿Qué son
esos flashes? ___me preguntó.
—
Eso, deben ser
nuestros queridos satélites de comunicaciones reducidos a polvo estelar cuando
chocan contra él ___le dije, mostrándole mi móvil sin cobertura.
—
¡Mierda!
Entonces ya está muy cerca ¿Crees que va a acabar con todo? ___me
preguntó él.
—
Seguramente sí.
Bueno, como siempre puede que alguna criatura asquerosa se salve ___contesté
sarcástico y esbozando una sonrisa trémula y falsa.
—
Pues a mí, después
de lo ocurrido esta mañana, ya no me importará morir; la verdad ___dijo
David, resignado.
—
¿Cómo puedes decir
eso? Tú lo has dicho: no ha sido culpa vuestra. Aquí ocurren tragedias como esa
a diario. Pero nada comparado con esto ___dije, señalando al
meteorito.
—
Ya sé, pero no
me refiero sólo a eso.
—
¿A qué te
refieres?
David se giró, miró a su jefa para
asegurarse de que dormía plácidamente, tragó una buena bocanada de silencio
antes de responderme, y me confesó:
—
Cuando se sufre
de desamor hasta el punto de desear la muerte, nada se puede igualar a morir
con la persona amada entre los brazos.
—
Ahora comprendo
por qué cuando viste el meteorito parecías más emocionado que asustado. ¡Estás
colado por esa…! ___arpía, iba a decir, pero me contuve.
—
¿Te sorprende
verdad?
—
No. Bueno, sí,
el amor es así, pero… ¡¿Has visto cómo
trata a todo el mundo?! ¡Tío, debes estar loco enamorándote de alguien
así!
—
Es verdad que
odia a los fotógrafos, cree que sois todos unos “paparachis”, pero no siempre se
comporta como hoy. Está enferma, nerviosa, asustada y muy mal aconsejada por el
hijo-puta de su novio.
—
¿Mal
aconsejada? ¿No será que es un poquito ambiciosa?
—
También, pero
es él quien ha diseñado el recorrido histriónico de su carrera. Otros las
obligan a prostituirse, éste conoce su valor mediático, sus aptitudes para la
narrativa y quiere explotar su talento.
—
¿Narrativa?
¿Reyes escribe?
—
Y muy bien, por
cierto.
—
Si tú lo dices.
Perdona que no conozca aún ninguna de sus novelas.
—
Es que todavía
no las ha publicado.
—
¿Y eso?
—
No le deja
hacerlo, son temas poco… “apropiados”, para los objetivos de ese gilipollas.
—
¿Novela rosa?
—
Sí, pero de
calidad.
—
Ya. Y digo yo:
¿no sería más fácil que le dieras dos hostias a ese fulano, que esperar al fin
del mundo para tener un final romántico?
—
Si supieras de
quién te hablo, no me dirías eso.
—
¿El capo de los
Tigres del Cáucaso? ___dije, exagerando a conciencia.
David sonrió algo escandalizado
antes de decirme:
—
Peor: el Secretario
de Estado para la
Comunicación ___dijo David, bajando la voz.
—
¡¿El puto amo?!
—
El mismo ___susurró.
—
Entonces Reyes
no tiene arreglo. Si ha tocado el Olimpo de la política, no se conformará con
tu Nirvana terrenal. Olvídala.
Convencido de que yo tenía razón y
tocado en su orgullo, David quebró su sonrisa y se quedó en silencio. Incapaz
de afrontar su destino, cambió de asunto:
—
Perdona Gil. He sido muy egoísta pensando sólo
en mí, en un momento como éste.
—
No te preocupes
tío, poco pueden importar ahora tus deseos y los míos ante la magnitud de lo
que nos amenaza. A ese pedrusco se la suda la Humanidad entera.
—
¿Y a ti? ¿Te
espera alguien? ___me preguntó, más simpático.
—
Una niña ___respondí,
mientras sacaba mi mano con su foto del bolsillo donde la había guardado en el
mismo momento en que pensé que probablemente no volvería a verla.
—
Es preciosa.
¿Cómo se llama?
—
Sara. Tiene
doce años.
—
¿Nadie más?
—
No.
No quise explicarle mis miserias
que, casualmente, se parecían bastante a las suyas, sólo que… más evolucionadas.
<<___Cuestión de tiempo>> ___Pensé.
¡¿Tiempo?! Miré mi reloj: faltaban
segundos para las doce. Me acordé del famoso reloj del Apocalipsis Nuclear.
<<___Estúpidos Humanos, al fin había llegado nuestra hora. Estábamos
a pocos segundos de la extinción total. Y yo, ¿qué podía hacer?>> ___Me
preguntaba a mi mismo. Incapaz de otra cosa, me convencí a mí mismo de que, si
cuidaba de éstos niños, alguien cuidaría de mi hija en Madrid. Al fin y al cabo,
ése era el más noble de los valores humanos: velar por los más débiles en
tiempos difíciles, y éste era el más difícil de todos, de eso no cabía duda. Sin
embargo, había visto tantas veces obrar justo al contrario. La rabia contenida
y la impotencia hicieron brotar lágrimas de mis ojos. Tomé mi cámara y me puse
a grabar el halo dorado de nuestro verdugo.
Entonces, los sonidos de la
ciudad: voces, animales furiosos, motocicletas, coches a toda velocidad,
llantos de bebés, algún disparo; a los que, obsesionados por nuestra propia
suerte, ya nos habíamos acostumbrado, comenzaron a desaparecer absorbidos por
un viento súbito.
—
¿Lo oyes? ___me
preguntó David, apuntando al cielo.
—
Parece el rumor
lejano de cien aviones ___contesté.
—
Se está
acercando ___dijo David.
El sonido fue creciendo hasta
hacerse casi insoportable, con él, paredes y suelos comenzaron a vibrar cada
vez más fuerte.
—
¡Es un
terremoto! ___gritó David, pero apenas pude oírle.
—
¡Es el
meteorito! ¡Va a caer aquí! ___grité, aterrado.
David, corrió a los brazos de su
amada que dormía ajena a la situación. Pensando en Sara, salí al encuentro de
los muchachos que ya venían hacia nosotros con los ojos desorbitados, gritando,
pero si emitir sonido alguno. Inexplicablemente, al poco rato, el viento se
detuvo en seco y el sonido desapareció casi por completo, no así la vibración
que se mantenía intensa y muda, rodeándonos. Con el viento, el aire pareció
esfumarse; costaba respirar.
En pocos segundos el aire se
volvió tan liviano que comenzó a no notarse en los pulmones y enseguida no hubo
modo de llenarlos. Se apagaron todas las velas. Era el fin; nada de un bombazo
y se acabó, no: íbamos a morir asfixiados lentamente. Histéricos, tratábamos de
hablar pero, sin apenas aire: o no podíamos articular palabra, o los pocos
sonidos que emitíamos no se oían.
Desesperados, nos agrupamos todos
en torno a la camilla de Reyes: Athanase y Mizelede abrazaban a Tuhmaina
cubriéndola hasta dejarla prácticamente invisible. David, agachado sobre su
bella durmiente, también la abrazaba y parecía gritarle una confesión inaudible.
El Ranger, con los ojos en blanco y un rigor
mortis prematuro, apretaba su Kalashnikov contra el pecho casi con tanta
fuerza como yo, a los pies de la camilla, y observado por el ojo inquisitivo y
sereno de Tuhmaina, apretaba la foto de Sara contra mi corazón. Las linternas y
las bombillas tras un par de intentos por lucir, se apagaron también. Quedamos
completamente a oscuras.
Pensé en Sara. Busqué su cara de
niña cerrando mis ojos con fuerza. Todo se movía, pero en mis oídos no había
otro sonido que el palpitar de mi corazón debocado.
—
Enseguida nos
vemos cariño. ¡No tengas miedo! ___grité, sin palabras.
Lo siguiente que ocurrió fue una
sacudida descomunal que zarandeó todo el edificio; como una explosión que, sin
onda expansiva por la falta de aire, se transmitió por el suelo; no la oímos,
pero la sentí bien dentro de pecho Caí desplomado. Después, un silencio absoluto
que se me hizo eterno. Ya no oía ni mi corazón. ¿Había muerto? Si abría los
ojos podría saberlo. Los abrí: no había luz, no oía, no veía, no podría moverme.
Volví a formularme la pregunta: ¿estoy muerto? No tuve tiempo de responderme, una
segunda explosión más brutal e insonora, me sacudió como un guiñapo. No, no
había muerto. Volví a oír mi corazón que galopaba como un corcel al salir de la
cuadra en una mañana de invierno.
Tras nuestra muerte súbita, colectiva
y breve, volvió el viento que enseguida se hizo muy fuerte; con él, el aire vital
y el sonido. Lo primero en oírse fueron nuestras toses y cientos de ventanas,
tejados de hojalata y ramas, sacudidos o arrastrados por un huracán. No puedo
decir cuanto duró, pero me pareció muchísimo tiempo. Inmóvil, creí que si no
había muerto asfixiado lo haría aplastado por el tejado que en cualquier
momento nos caería encima. No lo hizo. Aguantó. Poco a poco el viento fue
amainando permitiendo sentir de nuevo el sonido de la vibración, que también se
fue apagando lentamente. Al fin, todo el espectáculo apocalíptico terminó. Por
la ventana entraron de nuevo los rayos del Sol. Estaba amaneciendo.
Recién resucitados, tumbados en el
suelo, hinchamos varias veces nuestros pechos llenándolos de vida. Nadie habló
durante un buen rato. Tardé bastante en reunir fuerzas suficientes para poder moverme.
Al fin me incorporé y me senté en el
suelo, la cabeza me daba vueltas y veía borroso. Los muchachos ya se habían
levantado y se inspeccionaban unos a otros buscando lesiones que no
encontraron.
¡Pobre David! No tuvo el final que
había imaginado. Todavía reposado sobre el pecho de Reyes, lloraba desconsoladamente.
Ella, que parecía haberse despertado, le preguntaba alarmada y con insistencia:
—
¿Es la niña?
Dime David ¿Se ha muerto la niña? ¡Dime!
David, lloraba, pero no le
contestaba.
El Ranger fue el último en ponerse
en pie, y si lo consiguió, fue gracias a que utilizó su inseparable Kalashnikov
a modo de bastón.
Cuando pude aclarar suficientemente
la vista miré mi reloj, marcaba las 12 en punto. Se había parado.
Recuperados del ensayo del Apocalipsis,
todos, incluida Reyes que parecía haber sacado fuerzas del evento, nos apresuramos
a ver qué había ocurrido en el quirófano. De camino, nos tropezamos con Amandine
que avanzaba por el pasillo dando tumbos.
—
¡Cielo Santo! ¿Han sentido eso? ___preguntó
desencajada.
—
¿Y la muchacha?
___le preguntó el Ranger.
—
¡Ha sido un
milagro! ___grito ella___, creíamos que la habíamos
perdido, luego nos hemos desmayado todos y cuando hemos despertado tenía el
pulso estable. ¡Un milagro! ___insistió.
—
¿Podemos verla?
___le pregunté.
—
En la última
habitación ___dijo señalando con su brazo tembloroso, grueso y de
ébano___. Por favor, no la molesten, está muy débil ___nos
rogó.
—
Sólo queremos
que sus compañeros la vean un momento.
—
Comprendo, pero
desde la puerta. No se acerquen a ella.
—
Descuida ___le
aseguré.
—
Está bien ___aceptó.
Celine, con los ojos cerrados e
inflamados, respiraba rítmicamente, parecía estar bien. Tal como nos rogó la
enfermera, no la molestamos, pero no hubo modo de convencer a sus amigos que
salieran de la habitación.
Algo aliviada, pero aturdida por
la confusión reinante, Reyes, nos miró a David y a mí alternativamente, y nos
preguntó:
—
¿Se puede saber
qué ha ocurrido?
—
El meteorito
nos ha pasado rozando ___le respondió David.
—
¿Rozando? ¿No
ha caído?
—
Aquí no ___dije
yo.
—
¿Qué quieres
decir? ___insistió ella.
—
Que si cae, sea
donde sea, estamos todos perdidos ___le dijo David, tratando de
ocultar su emoción.
—
Entonces… Tengo
que llamar a la redacción ___dijo Reyes.
—
Olvídate, nada
funciona ___le informé.
—
¿Nada?
—
Mira tu i-Phone.
Reyes lo comprobó; al ver que yo
tenía razón y que su querida Cuca no aparecía en la pantalla, le saltaron las
lágrimas. Por primera vez sentí lástima de ella.
—
Necesito un
teléfono ___afirmó, desesperada.
En búsqueda de la gobernanta, Reyes
se dirigió a la sala de oración donde todavía se encontraban acantonadas las
religiosas. Abrió la puerta sin llamar. Dentro, con las persianas bajadas,
alumbradas aún por decenas de velas colocadas en el suelo, las oblatas rezaban en
torno a una mesa, sobre ella: ataviada con su bata blanca, con las manos sobre
el pecho sujetando un crucifijo de madera, reposaba el cuerpo sin vida de Mama
Dominique.
Tomé la cámara de video con
intención de grabar la escena, pero no funcionaba. Nada digital funcionaba: ni
el reloj, ni el móvil, ni la cámara de fotos.
Reyes se había quedado atónita
ante la imagen, y, de no haber sido por David, que no la perdía de vista, se
hubiera ido directamente al suelo.
—
David, por
favor, sácame de aquí ___suplicó, aturdida.
—
Está bien nos
iremos ahora mismo a Goma ___le dijo él, y luego me preguntó___:
¿has visto al conductor?
—
No desde antes
de la explosión. Voy a ver si está fuera ___le contesté.
—
Gracias Gil. No
tardes.
Efectivamente el conductor estaba
dentro de nuestro coche, parecía haberse quedado dormido sobre el volante, le
llamé al cristal, pero ni se inmutó, dormía profundamente; insistí y nada. Me
temí lo peor. Con cierto reparo, abrí la puerta y casi se me vino encima. No
había duda, estaba muerto. Con una serenidad de la que no tenía noticia, lo
saqué, lo arrastré hasta el pasillo y lo dejé en el suelo. Subí al coche, tenía
las llaves puestas, probé a ponerlo en marcha: el coche también se había
muerto.
Entonces comencé a darme cuenta de
la magnitud de mi problema: estaba a decenas de miles de kilómetros de mi único
ser querido, en un país en guerra, sin móvil, sin correo electrónico, sin coches,
aviones, ni barcos; sin televisión ni radio; y eso no era lo peor, todo parecía
indicar que, aunque no llegara a estrellarse, el paso del meteorito sí había
causado bajas. Me invadió un sentimiento de desolación, y al igual que Reyes
hacía un par de minutos, sentí la necesidad de salir corriendo. Me moría de
ganas por saber algo de Sara.
Salí del coche espantado, entonces
me percaté de que no se oían vehículos ni disparos, en su lugar podían oírse lamentos
mezclados con gritos de júbilo. Numerosas columnas de humo, delataban que la
ciudad ardía por los cuatro costados.
Me disponía a entrar de nuevo en
el Hospital cuando me topé con el Ranger que salía a mi encuentro. Me preguntó
por el conductor:
—
¿Has encontrado
a Mbaru?
—
Está muerto ___le
dije, señalando tras de mí.
—
¿También él? ___preguntó,
alarmado.
—
¿También? ___le
pregunté intrigado.
—
Dentro hay
bastantes personas muertas, sobre todo ancianos, y la monja. ¡Es horrible!
—
Sí, de ella ya
lo sabía, pero… ¿Y los otros?
—
¿Funciona el
coche? ___preguntó David, cambiando de tema.
—
No.
—
Me lo temía ___afirmó
decepcionado.
Estábamos atrapados, o, en el mejor
de los casos, a pocos minutos de la extinción. Nos reunimos todos en el porche
del hospital sin saber qué hacer.
La extinción no llegó. Al menos no
en las horas siguientes. El teléfono no sonaba y ninguna de las tres ambulancias
disponibles funcionaba, pero enseguida se llenó el hospital de pacientes; vinieron
andando taciturnos, o acarreados por sus familiares en camillas improvisadas. Todas
las habitaciones, la capilla, los pasillos, el porche, el pequeño jardín, las
ambulancias, nuestro coche, se llenaron de heridos y enfermos de toda índole:
niños, bebés, mujeres de parto, suicidas chapuceros, víctimas de asaltos, de
ataques al corazón,... Y, por fortuna, varios médicos africanos y dos policías
muy jóvenes, que junto al Ranger, se ocuparon de mantener el orden. El escaso
personal estaba desbordado, así que tuvimos que echar una mano. A mi, tras
rendirme en el intento de poner en marcha el grupo electrógeno, me tocó el
dudoso honor llevar los cadáveres hasta la morgue. Cuando anocheció había 86.
No sabíamos la hora exacta, pero
serían en torno a las dos de la madrugada cuando el hospital quedó en silencio.
Hacía un buen rato que no se moría nadie. David, Reyes el Ranger los muchachos y
yo, unidos para siempre por el extraño e indeseado ritual del Apocalipsis, estábamos
sentados en las escaleras de entrada al hospital. Hacía frío. Butembo, agotada
por un día aciago, permanecía en silencio. En la negrura del horizonte nocturno
refulgían todavía las llamas de numerosos incendios, pero ya no llegaban
heridos. La gente, temerosa de que sus casas desvencijadas les cayeran encima,
dormía en las calles en torno a pequeñas hogueras.
Incapaces de encontrar un pretexto
para hablar, permanecimos los seis en silencio hasta que, Amandine, nos trajo
un cazo con caldo vegetal que nos supo a gloria bendita. Con ella vino Tuhmaina,
que había estado todo el tiempo acompañando a su amiga. Estaba contenta, Celine
se había despertado, no tenía fiebre y también había tomado algo de caldo.
Como si no hubiera pasado nada, hipnotizados
por la magia de las estrellas que nos cubrían, y hechizados por el embrujo de
las hogueras, los españoles entablamos una conversación banal. Como si fueran
unos críos, David entretuvo a Reyes contándole aventuras de sus acampadas hasta
que ésta, abrazada a él, cubierta por su chaqueta y acostada sobre su regazo,
se quedó dormida. Él, apoyó satisfecho su cabeza sobre la pared, y se durmió
feliz. Los muchachos, acurrucados muy cerca para darse calor, también se
durmieron. Entonces el Ranger se fue para relevar de nuevo a Tuhmaina, así que,
cuando ella regresó, se sentó a mi lado y nos quedamos solos, despiertos y
observando el cielo negro y estrellado.
Llevábamos horas juntos, habíamos
estado varias veces al punto de la muerte, nos habíamos ayudado mutuamente,
teníamos interés común por la suerte de Celine, pero todavía no sabíamos
absolutamente nada los unos de los otros. Ni siquiera nos habíamos presentado.
—
Me llamo Gil ___le
dije, ofreciéndole mi mano, que ella se quedó mirando sin saber que hacer___.
Perdona, es la costumbre. ¿Cómo te llamas? ___le pregunté, tratando
de disculparme por mi error estúpido.
—
Tuhmaina Nako ___dijo
sonriendo, y añadió___: Gil es un nombre muy corto, ¿qué significa?
Estuve tentado de decirle:
<<___Es el diminutivo de Gilipollas>>, pero me contuve y
le dije:
—
No significa
nada. Los blancos somos muy sosos para los nombres. Tu nombre sí que es bonito,
¿qué significa?
—
Significa “esperanza”
___me contestó en francés.
Refiriéndome a los muchachos, le volví a
preguntar:
—
¿Quienes son?
—
El más bajo es
mi hermano, Mizelede Nako, y el alto es mi… ___titubeó___
es mi vecino, Athanase; y Celine es mi única amiga.
—
¿Dónde ibais
esta mañana? ___le interrogué.
—
Al Colegio ___me
contestó___: ¿y vosotros? ___me preguntó ella, entonando
cierto reproche.
—
¿Nosotros?
Nosotros hacíamos el imbécil en la carretera.
—
Desde luego que
sí. Los “Kony”, saben que les sacáis fotos y que luego las ve todo el mundo,
por eso se ponen tan gallitos ___me dijo, con una madurez que me
sorprendió.
—
Tienes toda la
razón. Sentimos muchísimo lo que ha ocurrido, si no hubiera sido por nosotros,
Celine no estaría herida y aquél pobre diablo, aún estaría vivo.
—
Quizá. Quizás
no. Luego han ocurrido muchas cosas, tal vez lo que ha ocurrido esta mañana nos
ha salvado la vida a todos.
No daba crédito a mis oídos; para
su edad, la muchacha se expresaba con total soltura. Yo, demostrando una vez
más mi torpeza, le dije:
—
Desde luego que
han ocurrido cosas. ¿Comprendes lo que ha sucedido?
—
Sí ___me
contestó, y añadió___: el meteorito “dos mil quince, de, a, treinta
y tres”, ha rozado la exosfera del Planeta Tierra.
Me sorprendió que tuviera noticia
del suceso.
—
¿Rozado? Quizá
ha chocado en otro lugar.
Tuhmaina sonrió, y me miró como
quien mira a un ignorante.
—
Si hubiera
chocado, no estaríamos aquí sentados tan plácidamente. Llevaríamos horas
muertos. Sólo ha rozado ___repitió convencida, y prosiguió___:
las trayectorias del meteorito y la
Tierra habrán sido yuxtapuestas en un polo de la órbita del
asteroide, por eso la atracción máxima se ha debido producir justo en el
momento en que éste comenzaba a alejarse, quedando anulada la atracción gravitacional,
por efecto del cambio brusco de velocidad tangencial del meteorito. Hemos tenido
muchísima suerte. Ha sido un milagro.
Me dejó de piedra. <<___¿¡Cómo
podía saber todas esas cosas una muchacha del Tercer Mundo y sin estudios!?>>
___pensé, aunque luego me arrepentí avergonzado de mi reflexión
racista___. Tal vez lo habrían dicho en las noticias; de eso debió
ser de lo que trató de avisarme el imbécil de Toni. La muchacha lo había oído y
lo había memorizado. La pondría a prueba:
—
No he entendido
absolutamente nada ___le dije, sonriendo.
—
Es muy sencillo:
es como si… Imagina que tienes un péndulo de hierro, que es el meteorito; si cuando
está llegando a uno de sus puntos donde deja de subir para volver a bajar, le
acercas un imán potente, que es la
Tierra , el imán lo atraerá hacia sí pero, si no lo hace lo suficiente
como para vencer su tendencia a alejarse, capturándolo; lo atraerá un poco pero
acabará escapándosele, alcanzando aún mayor velocidad, porque el imán le habrá
hecho subir un poco más, aumentado su energía potencial, antes de dejarlo
escapar.
Quedé atónito. Tuhmaina no sólo tenía
una explicación plausible para lo ocurrido, si no que además había conseguido
que yo lo entendiera. No sé porqué, me vino a la memoria el nombre de otra
africana: Hypatia de Alejandría.
—
¡¿Cómo sabes
todo eso?! ___le pregunté, realmente sorprendido.
—
Me gusta la
astronomía ___me dijo, como quien dice que le gusta montar en
bicicleta.
—
Ya veo, pero
todo eso que sabes, ¿dónde lo has aprendido?
—
En la
biblioteca del colegio tenemos libros, un globo terráqueo, y en casa tengo un
mapa de la Vía Láctea
de la National Geographic
que me regaló una cooperante, española como tú ___me dijo, si perder
de vista las estrellas, a las que había estado escrutando todo el rato.
Incapaz de aceptarlo, tal vez
celoso de que en los mejores (más caros) colegios de Madrid, los chavales
apenas aprendieran el nombre de los
cuerpos del Sistema Solar, y que en un colegio sin medios una niña pudiera
tener semejantes conocimientos de astronomía, me quedé un momento en silencio para
terminar cambiando de tema:
—
¿De dónde
veníais esta mañana?
—
De mi casa. Los
Nako vivimos en Malinde.
—
¿Está muy
lejos?
—
A unos cuatro
kilómetros de Butembo.
—
¿Celine también
es tu vecina, como Athanase? ¿son hermanos?
—
No ___dijo,
sonriendo pícara___. Ella vive aquí con sus padres. Ha pasado el fin
de semana en mi casa.
Hasta ahora no se me había pasado
por la cabeza, pero de repente caí en la cuenta de que, al igual que yo estaba
preocupado por Sara, estos muchachos tendrían padres, y debían estar
desesperados por saber de ellos.
—
Vuestros padres
os estarán buscando ___le dije alarmado.
—
Vivo con mi
abuela; pensará que, con lo ocurrido, me he quedado a dormir en casa de Celine.
Ella no suele pensar que las cosas van mal.
—
¿Y Athanase?
—
Sus padres
están toda la semana trabajando en los campos de caña de azúcar. Se fueron ayer
por la tarde y no volverán hasta el sábado. Pero lo padres de Celine deben
estar buscándola.
—
Será mejor que
duermas un poco, mañana os llevaremos con tu abuela.
—
Tienes razón
Gil ___dijo, y se acurrucó al lado de su hermano.
Enseguida se durmió. Amandine, que
parecía no cansarse nunca, trajo dos mantas, cubrió a los tres adolescentes y
me puso otra a mí sobre los hombros, le dí las gracias, me correspondió con una
sonrisa impolutamente blanca como su bata, y volvió a sus obligaciones.
Me quedé solo. Estaba agotado,
pero no podía dormir. No dejaba de pensar en Sara: <<___¿Qué
habrá pasado en Madrid? ¿Cuánto durará ésa situación? ¿Será global?>> ___me
preguntaba, jugueteando con el móvil apagado.
Clareaba el cielo cuando
se acercaron hasta mí un hombre y una mujer mucho más joven que él, ambos
completamente derrengados. Buscaban a una muchacha; me enseñaron su foto: no
había duda, era Celine. La cara de alegría que pusieron sus padres cuando les
dije que estaba dentro y que se encontraba bien, compensó casi todos los
sufrimientos del día, excepto que seguía sin saber nada de Sara. <<___Este
es un buen augurio. Pronto sabré de ella>>. ___pensé.
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