Ecuador. Capítulo 2. Butembo

Conocí a estos cuatro muchachos en la carretera, a medio camino entre Butembo y Goma. Los mantenía enfocados con mi cámara mientras se aproximaban caminando hacia nuestro vehículo aparcado en la cuneta. Ella iba delante, con la mirada clavada en el infinito, Celine cabizbaja, la seguía a un paso; un par más detrás, venían los dos muchachos dándose codazos y empujones.
Era un lunes a primeros de abril de 2015. Yo cubría imágenes para el programa de una reportera prominente de la televisión española: Reyes Monreal; y puedo garantizar que la experiencia estaba en perfecta armonía con el escenario en el que nos encontrábamos: un infierno en el paraíso ecuatorial. La “petarda”, experta hasta la fecha en prensa rosa y amarilla, y concubina de un destacado politiquillo cercano a la Dirección del “Ente Público”, se las había ingeniado para conseguir una primavera excitante en una zona en conflicto. Eso sí: lo suficientemente caliente como para adornar un currículo de ex-reportera con el que conseguir vender sus futuras novelas a lo Pérez-Reverte, lo bastante fría como para que no se corriese el rimel y donde se hablara francés, pues ella lo hablaba muy bien, aunque seguramente no tan bien como lo practicaba.
La tía, que apenas llevaba cuatro días en África, era tan cínica e imprudente que, incapaz de asimilar que no se encontraba entre “travelos” y lumis nocturnas de la Gran Vía madrileña, nada más llegar a Ruanda se había dedicado a dar a entender entre los camareros del Hotel Lake Kivu Serena de Gisenyi, que se trataba de un equipo dispuesto a comprar un episodio bélico “posado”, así que, al segundo día, su equipo de producción se puso enfermo atrincherándose en el hotel.
Casualmente yo me encontraba cerca de allí, en Goma, el barrio occidental de la ciudad de Gisenyi. Goma y Gisenyi están tan cerca que sólo las separa una calle, la Avenida l’Umganda, pero la distancia social es sustancialmente mayor: enorme. Para empezar, Gisenyi está en Ruanda y Goma en la RDC. Ambas ciudades comparten las orillas del lago Kivu, pero mientras que Goma tiene playas de rocas volcánicas aún humeantes, a Gisenyi le tocaron playas preciosas de arena blanca y fina por lo que es una especie de Marbella interior y africana, destino de descanso de unos pocos privilegiados; es decir: miembros del ejército ruandés, funcionarios del gobierno, traficantes de armas y wazungu (guiris), bien estén de vacaciones o por trabajo, en “proyectos de cooperación”.
Había ido para tomar fotos de los alrededores del lago Kivu y del volcán Nyiragongo, con la idea de endosárselas a una conocida revista de geografía, pero apenas había podido trabajar porque llovía a mares, así que pasé un par de días dormitando en una pensión, tan económica como incómoda y sucia.
El sábado, por los 33 agujeros de bala del tejado de chapa galvanizada y ondulada, dejó de entrar agua y por fin entró el sol. Armado con mi cámara, me disponía a salir apresurado cuando sonó mi teléfono móvil. Era Toni, el gerente de mi agencia. Estaba histérico. Quería que trabajara para Reyes Monreal.
El cabrón de Toni andaba metido en problemas de “polvos” y no me refiero precisamente a sexo. Le debía pasta al amante de la reportera. Y yo le debía a él el favor de tener trabajo.
La cobertura se había esfumado.
Decidido a no darme por enterado, salí rumbo al río de lava congelada, con idea de sacar buenas fotos del Nyiragongo que humeaba amenazante bajo el arcoíris. Acaba de cruzar la calle cuando zumbó el soniquete de mi móvil, había recibido un mensaje. Era de Toni:
olvdte jiñahondo lunes 7am htel vip palas goma, pregunta x david. lleva calzncillos lmpios de rpuesto XD. Toni
No podía negarme, los estudios de mi hija en un colegio privado dependían de ello. No tenía más remedio que aceptar un trabajo “pesebre”, así es como denominamos los fotógrafos a ciertos trabajos obligatorios en los que hay que quedar bien para poder seguir comiendo.
Siguiendo las instrucciones de mi agente, me presenté en el VIP Palace a la hora indicada. De nada me sirvió llegar puntual. Ya me esperaban delante de la entrada metidos en un todoterreno con el motor en marcha. Supe que eran ellos por el cartel “PRESS” y porque cuando me disponía a entrar tranquilamente en el hotel, sin más preámbulos, ella me espetó:
Ni el Ranger pulcramente uniformado, tocado con una boina verde, armado con un Kalashnikov y tan grande que nos dejaba a David y a mí la mitad del asiento trasero, ni el tembloroso conductor africano, ni, por supuesto, Reyes Monreal, se molestaron siquiera en mirarme. Aún no había terminado de abrocharme el cinturón de seguridad cuando Reyes espoleó al conductor:
Al rato, aprovechando que salíamos del caótico marasmo del tráfico de Goma, para meternos en una carretera bacheada; traté de romper el silencio, preguntando:
David luchó durante un par de minutos contra los embates marineros de los baches y la maraña de material que llevaban en la trasera del Pathfinder, y no acabó también dentro porque me decidí a agarrarlo por la cinturilla de su pantalón vaquero.
Me quedé de piedra cuando la abrí y vi lo que había dentro. David, que además de un pelota profesional debía saber del oficio, estaba aguardando mi reacción:
Herida en su orgullo de reportera dicharachera, Reyes reaccionó:
Afortunadamente ya había utilizado el modelo anterior. Ésta era mucho más pequeña y ligera, y traía nuevas aplicaciones que no conocía, pero que no esperaba tener que utilizar en exteriores, y menos alumbrado por la mejor luz del amanecer ecuatorial. El traqueteo me hizo desistir de leer el libro de instrucciones y me puse manos a la obra.
Con el ojo detrás de la cámara me sentí más seguro; tanto, que me atreví a tentar a la jefa:
David que no sabía si sonreír o llorar trató de justificarme:
Escandalizada e inconsciente de su ubicación, hizo ademán de llamar por teléfono para pedir ayuda. Arrastró su índice, aún con la uña pintada, por la pantalla pero, como no había cobertura, rehusó y dejó el teléfono con desaire sobre el salpicadero. Faltó tiempo para que un bache lo arrojara al suelo del coche. Aterrorizada por la suerte de su móvil maravilloso, comenzó a blasfemar mientras lo buscaba:
Con la cabeza entre las piernas, zarandeada por la carretera seguía buscando su móvil al que parecía haberle puesto nombre de perra. Como no lo encontraba, gritó al conductor:
El conductor, que conocía de sobra el riesgo de pararse en cualquier sitio, disminuyó la marcha, pero antes de parar se volvió para conocer la opinión del Ranger, éste abrió la boca por vez primera:
Desesperada, pidió ayuda a David.
En ese momento un volantazo a la izquierda para esquivar a una persona que yacía tirada en el suelo, centrifugó todo el contenido del vehículo. Sentí que algo chocaba contra la suela de mi bota. Era el móvil de Reyes. La tentación de aplastarlo como a una cucaracha era grande, pero ganó mi angelito bueno. Sin soltar la cámara que mantenía enfocando a la reportera, me agaché y lo tomé.
Mientras con una mano sostenía la cámara, con la otra se lo entregué; entonces debió ver el pilotito rojo.
El lacayo me pidió educadamente la cámara y, como no era mía, se la di. David, que no había tocado una cámara profesional en su vida, me hizo señas para que le indicara cómo se hacía. La inquisidora, que no nos quitaba ojo por el retrovisor interior, se volvió de repente y se la arrebató.
¡Oh, sorpresa! La tía manejaba la cámara con total soltura. Borró lo grabado, la puso en “stand-by” y me la devolvió.
Aunque me lo hubiera prohibido, desde luego no le habría hecho caso. Saqué mi cámara de su funda y lo primero que hice fue enfocar al Ranger. El tío era un vanidoso del copón, pues fue verse ante la cámara y empezó a poner muecas de tío duro. Intrigado por el carácter desabrido de la Monro, traté de preguntarle a David qué le pasaba para estar tan rara. Éste, también con disimulo, se llevó las palmas de las manos al vientre y puso cara de dolor.
David, se puso rojo como un tomate y tuvo que llevarse las manos a la boca para controlar una carcajada. Ello lo pilló.
Aprovechando que se distraía blasfemando porque el conductor no se atrevía a adelantar a un camión abarrotado de viajeros, volví a interrogar a David.
Esta vez nos pilló a los dos conteniendo las carcajadas. Al Ranger, que aparentemente no entendía ni papa, le caían lágrimas por debajo de sus Ray-Ban.
Terminada su breve diatriba moralizante, se quedó mirándome con reprobación. Fue la primera vez que le sostuve la mirada. La verdad es que, aunque tenía ojeras profundas y cara de mala leche, era aún más hermosa que en la tele, y enfadada estaba de lo más fotogénica. Sin pensarlo dos veces, encaré y disparé.
Reyes, agitada por la carretera infernal, volvió a girarse hacia delante aparentemente satisfecha.
Mientras el guardia armado seguía sonriendo por lo “bajini”, David y yo, un poco avergonzados por nuestra actitud machista, cambiamos de tema.
Me contó que habían llegado a Ruanda con el propósito de filmar durante una semana la actualidad de la zona, pero todo el equipo se había puesto enfermo justo al día siguiente de llegar. Pensaban regresar de inmediato, pero al confirmarles que podían contar conmigo, Reyes había decidido seguir adelante sola con la ayuda de David, que no había enfermado, pues era el único que había sustituido el agua por Bourbon desde el primer momento.
Habían cruzado la frontera sin más compañía local que la del chofer ruandés. El Ranger, lo habían “alquilado” de entre la guardia del Parque Nacional de Garamba, dirigido curiosamente por un madrileño.
Le conté a David que conocía a ese hombre desde un par de años atrás. Enviado por mi redacción, había pasado una semana sacando fotografías del parque. El tipo, con unos cojones como los de un elefante, vivía con su esposa guapa y joven en una tienda de campaña dentro del parque; y, además de sus obligaciones de biólogo y director, ejercía de máxima autoridad militar entre los más de cien Rangers que defendían el parque de los furtivos y del saqueo criminal de las diversas milicias que operan por la zona. David se sorprendió mucho cuando le dije que, cada mañana, formaba a la tropa para novedades y que, en las dependencias del parque, los únicos enjaulados eran los cazadores furtivos, capturados vivos y retenidos hasta que viniese a por ellos la Policía Nacional Congoleña.
Luego supe que al fin la siembra de Reyes había dado sus frutos: un chivatazo aseguraba que esta mañana se escenificaría algo “sustancial” en la pista de tierra que une Butembo con la región del monte Kisangani.
Después de hora y media recorriendo una carretera malísima, cruzamos la bulliciosa ciudad de Butembo y nos dirigimos hacia el este. Avanzamos unos tres kilómetros y al fin llegamos al punto indicado por el confidente: la carcasa vacía y oxidada de una tanqueta reventada años atrás por una mina.
Llevábamos apenas un cuarto de hora esperando aparcados en la cuneta. Dentro del coche, el conductor ruandés no paraba de mirar el reloj, creo que anhelaba el momento de volver a cruzar la frontera hacia su país. Reyes, a su lado, acariciaba el rostro digital de su mascota. En el asiento trasero, a la derecha, el Ranger podía estar durmiendo bajo sus gafas oscuras, lo que me producía cierta tranquilidad. David, en medio, observaba a Reyes por el retrovisor, y yo sacaba fotos por la ventanilla a las personas y a los escasos vehículos que transitaban: aparte de la miseria acostumbrada, nada relevante. De repente, Reyes abrió la puerta del coche, agarró su mochila y salió corriendo hacia la selva.
El grito de David activó al Ranger, y al ver que la mujer desaparecía entre la vegetación, salió corriendo tras ella,  David les siguió a la carrera. Por un momento pensé que el conductor también huiría, pero estaba tan agarrado al volante que ni se movió. Desaparecieron los tres.
Di por sentado que el motivo de la urgencia era la indisposición intestinal de Reyes y estuve tentado de salir a filmar la escena: una pija agazapada entre frondosos matojos, con el culo al aire, escoltada en retaguardia por metro noventa y nueve de paramilitar armado y en vanguardia por su mozo de cámara, ambos mirando para otro lado; bueno, el soldado seguramente no. Una vez más ganó mi angelito bueno y decidí esperar a que volvieran los tíos diciendo que se la había llevado King Kong.
El lugar donde nos encontrábamos estaba en una cuesta por la que ascendía un grupo numeroso de transeúntes desganados cerrado, a poca distancia, por Tuhmaina y sus compañeros. En sentido contrario no venía nadie. Desde el primer momento que la vi quedé atrapado por la fuerza de su imagen, con la misma urgencia que Reyes, pero con diferente necesidad, bajé del coche y comencé a hacerle fotos desde la lejanía.
Cuando el grupo que precedía a los muchachos me sobrepasó y desapareció tras del cambio de rasante, me puse frente a ella para tomarle primeros planos. Tuhmaina ni se inmutó, tenía fija la mirada en el confín del camino que le quedaba por andar. Ni siquiera cuando estuvo a mi altura se dio por aludida. <<___¡Que carácter!>> ___pensé. Al ver que la cosía a fotos, Celine apuró el paso, se puso delante de ella, y estropeó la mejor foto de mi vida sacando la lengua con una mueca.
Mizelede y Athanase en cambio se mostraron de lo más extrovertidos, posaron simpáticos para una foto y luego me preguntaron de qué país venía.
Mientras bromeaba con los muchachos, apareció por la rasante de la cuesta una pick-up blanca destartalada cargada de jóvenes armados. Venía a gran velocidad y, curiosamente, marcha atrás. Se detuvieron en seco cortando el paso de las chicas. De la caja trasera bajaron cuatro “niños soldado” armados con machetes, y de la cabina un joven con un Kalashnikov en ristre. Nos rodearon y nos agruparon.
En aquel momento prometí no volver a burlarme nunca más de quien padeciera incontinencia. A puntito estuve de cagarme encima. Sólo lo impidió que, para sorpresa mía, mostraron cierta cortesía al obligar a Tuhmaina y sus compañeros a posar junto a ellos para que yo les hiciera fotos: los guerrilleros blandiendo amenazadores sus armas y los niños completamente acongojados. Luego incluyeron en la pose una foto tamaño folio de su líder, un militar africano obeso en cuyo rostro no destacaban las gafas negras pero sí los abundantes dientes de oro que lucía en su sonrisa.
Acabadas las fotos comenzaron a incordiar a las muchachas y no tardaron mucho en manosearlas, lo que enfadó muchísimo a Mizelede y Athanase. De las burlas y la tensión contenida, se pasó a los insultos y las amenazas y, mientras el joven armado apuntaba a mi barriga, les obligaron con violencia a subir en la caja de la pick-up. Tuhmaina se negó en redondo resistiéndose y, de un empujón con su hombro atlético, tiró al suelo a uno de los jovencísimos asaltantes, entonces, otro “niño soldado”, mucho más crecido, alzó su machete con intención inequívoca de partir en dos la cabeza de la muchacha. Se me cortó la respiración.
Un sonido seco y atronador congeló para siempre en mi cámara la imagen de un muchacho desplomándose hacia el suelo blandiendo un machete enorme al tiempo que la vida le salía a chorro de su cabeza rapada y agujereada. El Ranger le había atravesado la frente de un disparo.
La contundente y sorpresiva respuesta del Ranger, hizo cundir el pánico entre los asaltantes quienes, abandonando a su compañero tendido en el barro, corrieron a subirse en el coche tan rápido como Celine, Mizelede y Athanase, se bajaban de él.
Entonces comprendí porqué habían llegado marcha atrás: sin entretenerse en dar la vuelta, marcharon a toda prisa por donde habían venido.
El incidente no acabó ahí, antes de desaparecer al final de la cuesta, el asaltante armado nos ametralló disparando al bulto desde la distancia. Sin contemplaciones, ni por mi cámara, me tiré cuerpo a tierra.
Pasó al menos medio minuto desde que dejaron de oírse los disparos hasta que me atreví a levantar la cabeza, mi oído tardó unos segundos más en reaccionar.
Al incorporarme vi que Mizelede, sentado en el suelo, lloraba desconsoladamente; en sus brazos Celine agonizaba. Athanase, agachado, consolaba a su amigo y también lloraba, Tuhmaina, de pié, observaba la escena en silencio.
Los “adultos”, incluidos David y Reyes, que salían corriendo de la selva, nos acercamos a los muchachos arrastrando los pies como zombies. Entonces David, dirigiéndose a Reyes, estalló:
Reyes, desbordada, pálida y enferma, no lo soportó más y se desmayó.
Me quedé paralizado, por primera vez en mi vida no tenía fuerzas ni para levantar mi cámara. Ante nuestra ineptitud, el Ranger tomó las riendas de la situación: ordenó al chofer que diera la vuelta, vació sin contemplaciones todo el contenido del maletero, ordenó a los tres muchachos ilesos que se metieran dentro, sentó a Celine en el asiento trasero, la aseguró con el cinturón, se sentó junto a ella, la abrazó, y ordenó al chófer que arrancara.
Con el coche ya en movimiento, David, con Reyes inerte en sus brazos, se acomodó como pudo en el asiento delantero y, gracias a que el conductor hizo una parada de dos segundos, no me quedé abandonado en la carretera.
Traté de hacer balance de la situación: Celine tenía una herida de bala en el hombro izquierdo, estaba semiconsciente, sudaba en abundancia pero no sangraba porque el Ranger presionaba con fuerza un pañuelo sobre la herida. Entre lamentos Celine llamaba a Tuhmaina y ésta, desde el maletero, trataba de consolarla besándole en la cabeza. Ésa fue la primera vez que oí sus nombres.
Reyes, sentada sobre David y abrazada a él, miraba hacia detrás por encima de su hombro. Había despertado pero se la veía francamente mal. Incapaz de mirar a Celine, tenía los ojos clavados en mí, con tal persistencia que no la vi parpadear en todo el camino. Tratando de consolarla, le sonreí varias veces con la intención de que se sintiera exculpada. No sirvió de nada, me miraba pero no me veía.
Yo también me sentía muy mal, la ansiedad por lo ocurrido me atenazó el estómago. No me podía quitar de la cabeza la imagen del “niño soldado” con el cráneo reventado tendido en el suelo a merced de las alimañas. ¡Qué horror! Se me nubló la vista  tanto que pensé que iba a perder el conocimiento; pero no era eso: el sol, que brillaba intenso apenas un minuto atrás,  se había esfumado. El ambiente era tan abrumador que pareció hacerse de noche. Era evidente que de un momento a otro iba a descargar una tormenta.
Tal vez fuera la urgencia por salvar la vida de una niña, quizá, lo más seguro, que encaraba dirección a su patria, pero lo cierto es que nuestro chófer corría tanto que parecía volar, pues ahora apenas se notaban los vaivenes de la pista. Tardé un poco en percatarme de que en el camino, que media hora antes era un hormiguero de gente, no nos encontrábamos absolutamente a nadie, todo el mundo se había apartado antes de que llegáramos. <<___Se habrán escondido de los forajidos>> ___pensé al principio. Pero entonces, alcanzamos un par de vehículos abandonados que tuvimos que esquivar. Sus propietarios se asomaban temerosos entre los árboles y miraban al cielo con caras de espanto.
Entonces, Celine, que tenía la cabeza apoyada contra el cristal del coche, para extrañeza de todos suspiró:
De repente:
Alarmado por los gritos de David, busqué la raja de cielo gris que se veía a lo largo de los muros de vegetación frondosa. Incorporándome, al fin pude verlo. No nos cubría una tormenta, era algo que tantas veces había visto en películas y animaciones, pero exageradamente más espectacular: una patata enorme y negra había comenzado a cubrir el Sol. No era la típica escena de un meteorito en llamas cruzando el cielo a toda ostia, delante de una estela de humo negro; apenas se movía, en realidad más que desplazarse, que también, parecía que estuviera creciendo por momentos.
Dicho esto, en lo primero que pensé fue en mi pequeña Sara. Tenía que llamarla. ¡Oh! ¡Milagro! Había cobertura. Marqué su número, pero no llegó la llamada. Insistí sin parar. Nada, todas las líneas ocupadas. ¡Mierda! Al momento la cobertura se esfumó. <<___¿Dónde estará ahora?>> ___pensé. <<___Son casi las diez. En el patio, jugando. Espero que las monjas la pongan a cubierto. ¡¿A cubierto?! ¡¿Cómo puede uno ponerse a cubierto de eso?! >>
Aterrorizado, decidí tomar una vieja estrategia de autoprotección, típica de los reporteros de guerra: salir del plano donde se estaba escenificando el Fin del Mundo, para ponerme a salvo detrás de la cámara que lo podría filmar. Con calma: bajé la ventanilla, conecté la cámara y, con el móvil pitando en el oído derecho y el visor en el ojo izquierdo, me puse a grabar. A partir de aquél momento dejé de sentir miedo. Estaba completamente enajenado.
Sin más obstáculos que una horrible lluvia de pájaros desorientados que chocaban contra el parabrisas, llegamos a Butembo en pocos minutos. La ciudad aparecía casi a oscuras y paralizada, lo que facilitó nuestra carrera. Grupos numerosos, sólo de hombres, señalaban con sus manos al halo dorado que delataba en la noche la silueta del meteorito. Molestos por nuestro paso y extrañados de nuestra precipitación indiferente, algunos nos hacían señas para que nos paráramos a mirar. Los ignoramos. Al pasar frente a un cuartel de la MONUC (United Nations Organization Mission in the Democratic Republic of the Congo), una patrulla de cascos azules pakistaníes nos echó el alto; tan pronto como comprendieron nuestra situación, nos escoltaron el resto del camino, pero, en cuanto llegamos al Hospital, se largaron.
Entramos en el hospital Wanamahika de Butembo en estampida: el Ranger, con Celine en brazos y rodeado por los muchachos, avanzaba dos metros cada paso que daba. David, detrás, tiraba de Reyes que caminaba desganada; yo, el último, seguía grabando. Nadie esperaba en el modesto recibidor de urgencias. Alumbrado por el foco de mi cámara, me adelanté buscando alguna enfermera por las habitaciones.
Dentro, la mayoría de los enfermos, demasiado débiles como para interesarse por lo que ocurría fuera, permanecían en sus camas dolientes e indiferentes. Otros, los menos graves, acompañados por los escasos familiares que no se habían largado, observaban boquiabiertos el espectáculo celestial: eran las diez de la mañana y en el cielo ecuatorial ya brillaban las estrellas.
Gritamos pidiendo ayuda; nadie respondía. Finalmente, en un cuarto amplio lleno de velas encendidas y que parecía ser la capilla, encontramos varias personas rezando: monjas, enfermeras, enfermos y algunas madres con niños muy pequeños en brazos.
El doctor, acompañado de Amandine, bajó a toda prisa. Celine, que ya se encontraba en una camilla y le habían colocado un gotero a la luz de una linterna, tenía los labios blancos y secos, y los ojos abiertos y amarillos. Pobrecilla. Estaba convencido de que no lo contaría.
Las enfermeras nos dijeron que se había ido la luz nada más empezar a oscurecerse el cielo. El grupo electrógeno no arrancaba, y al mozo que se debía encargar de él no había forma de encontrarlo. Sin pensarlo dos veces, apagué la cámara y pedí que me acompañaran hasta el cuarto del generador.
Al generador no le pasaba nada, ni siquiera le faltaba combustible. El relé detector de falta de tensión estaba reventado. Lo puenteé y de inmediato el motor Deutz rugió con sus doscientas kaveas de potencia eléctrica, que convirtieron al hospital en un transatlántico refulgente en la extraña noche del mediodía ecuatorial.
Las enfermeras me aplaudían tan rápido como subían las escaleras camino del quirófano. No había tiempo que perder.
Las seguimos hasta la típica puerta abatible con dos ventanas circulares que limitaba la zona estéril de cirugía y a la que, obviamente, no nos dejaron pasar. Ahí comenzó nuestra espera: sentados en el suelo del pasillo, los amigos de Celine, el conductor y yo permanecíamos junto a la puerta del quirófano. De vez en cuando, ante la mirada inquisitiva de Tuhmaina, me levantaba y escudriñaba por los ventanos redondos, a la vez que insistía en llamar a mi hija. Sin noticias de una ni de otra, desesperado, buscando cobertura, me fui hasta la camilla donde David, observado por el Ranger, vigilaba el gotero de Reyes. Por cada gota de suero que entraba en su cuerpo, salían dos lágrimas de sus ojos verdes. <<___Así no se reanimará nunca>> ___pensé. David trataba de calmarla diciéndole que no había sido culpa suya, pero ella estaba tan afligida que sólo hacía que negar con la cabeza y repetir aturdida:
Nada que ver con la reportera engreída que acababa de conocer un par de horas atrás.
Mis palabras no la tranquilizaron. A pesar de su debilidad, Reyes estaba tan nerviosa que forcejeaba con David por levantarse; entonces, vino una enfermera y le administró un calmante por el mismo gotero. Al fin, Reyes se durmió y sus mejillas fueron recuperando color gradualmente.
Algo más sosegados: David y yo dejamos a Reyes bajo la atenta mirada del mercenario y nos acercamos hasta la ventana. Saqué el brazo para buscar cobertura, pero nada.
Incapaces de asimilar la magnitud de la amenaza que se cernía sobre todos nosotros, Nos quedamos embobados observando el espectáculo más grandioso de toda la historia de la Humanidad. El enorme objeto celestial había ocultado completamente al Sol. En la oscuridad vimos cómo, en su superficie, se producían pequeños destellos. David exclamó:
David se giró, miró a su jefa para asegurarse de que dormía plácidamente, tragó una buena bocanada de silencio antes de responderme, y me confesó:
David sonrió algo escandalizado antes de decirme:
Convencido de que yo tenía razón y tocado en su orgullo, David quebró su sonrisa y se quedó en silencio. Incapaz de afrontar su destino, cambió de asunto:
No quise explicarle mis miserias que, casualmente, se parecían bastante a las suyas, sólo que… más evolucionadas. <<___Cuestión de tiempo>> ___Pensé.
¡¿Tiempo?! Miré mi reloj: faltaban segundos para las doce. Me acordé del famoso reloj del Apocalipsis Nuclear. <<___Estúpidos Humanos, al fin había llegado nuestra hora. Estábamos a pocos segundos de la extinción total. Y yo, ¿qué podía hacer?>> ___Me preguntaba a mi mismo. Incapaz de otra cosa, me convencí a mí mismo de que, si cuidaba de éstos niños, alguien cuidaría de mi hija en Madrid. Al fin y al cabo, ése era el más noble de los valores humanos: velar por los más débiles en tiempos difíciles, y éste era el más difícil de todos, de eso no cabía duda. Sin embargo, había visto tantas veces obrar justo al contrario. La rabia contenida y la impotencia hicieron brotar lágrimas de mis ojos. Tomé mi cámara y me puse a grabar el halo dorado de nuestro verdugo.
Entonces, los sonidos de la ciudad: voces, animales furiosos, motocicletas, coches a toda velocidad, llantos de bebés, algún disparo; a los que, obsesionados por nuestra propia suerte, ya nos habíamos acostumbrado, comenzaron a desaparecer absorbidos por un viento súbito.
El sonido fue creciendo hasta hacerse casi insoportable, con él, paredes y suelos comenzaron a vibrar cada vez más fuerte.
David, corrió a los brazos de su amada que dormía ajena a la situación. Pensando en Sara, salí al encuentro de los muchachos que ya venían hacia nosotros con los ojos desorbitados, gritando, pero si emitir sonido alguno. Inexplicablemente, al poco rato, el viento se detuvo en seco y el sonido desapareció casi por completo, no así la vibración que se mantenía intensa y muda, rodeándonos. Con el viento, el aire pareció esfumarse; costaba respirar.
En pocos segundos el aire se volvió tan liviano que comenzó a no notarse en los pulmones y enseguida no hubo modo de llenarlos. Se apagaron todas las velas. Era el fin; nada de un bombazo y se acabó, no: íbamos a morir asfixiados lentamente. Histéricos, tratábamos de hablar pero, sin apenas aire: o no podíamos articular palabra, o los pocos sonidos que emitíamos no se oían.
Desesperados, nos agrupamos todos en torno a la camilla de Reyes: Athanase y Mizelede abrazaban a Tuhmaina cubriéndola hasta dejarla prácticamente invisible. David, agachado sobre su bella durmiente, también la abrazaba y parecía gritarle una confesión inaudible. El Ranger, con los ojos en blanco y un rigor mortis prematuro, apretaba su Kalashnikov contra el pecho casi con tanta fuerza como yo, a los pies de la camilla, y observado por el ojo inquisitivo y sereno de Tuhmaina, apretaba la foto de Sara contra mi corazón. Las linternas y las bombillas tras un par de intentos por lucir, se apagaron también. Quedamos completamente a oscuras.
Pensé en Sara. Busqué su cara de niña cerrando mis ojos con fuerza. Todo se movía, pero en mis oídos no había otro sonido que el palpitar de mi corazón debocado.
Lo siguiente que ocurrió fue una sacudida descomunal que zarandeó todo el edificio; como una explosión que, sin onda expansiva por la falta de aire, se transmitió por el suelo; no la oímos, pero la sentí bien dentro de pecho Caí desplomado. Después, un silencio absoluto que se me hizo eterno. Ya no oía ni mi corazón. ¿Había muerto? Si abría los ojos podría saberlo. Los abrí: no había luz, no oía, no veía, no podría moverme. Volví a formularme la pregunta: ¿estoy muerto? No tuve tiempo de responderme, una segunda explosión más brutal e insonora, me sacudió como un guiñapo. No, no había muerto. Volví a oír mi corazón que galopaba como un corcel al salir de la cuadra en una mañana de invierno.
Tras nuestra muerte súbita, colectiva y breve, volvió el viento que enseguida se hizo muy fuerte; con él, el aire vital y el sonido. Lo primero en oírse fueron nuestras toses y cientos de ventanas, tejados de hojalata y ramas, sacudidos o arrastrados por un huracán. No puedo decir cuanto duró, pero me pareció muchísimo tiempo. Inmóvil, creí que si no había muerto asfixiado lo haría aplastado por el tejado que en cualquier momento nos caería encima. No lo hizo. Aguantó. Poco a poco el viento fue amainando permitiendo sentir de nuevo el sonido de la vibración, que también se fue apagando lentamente. Al fin, todo el espectáculo apocalíptico terminó. Por la ventana entraron de nuevo los rayos del Sol. Estaba amaneciendo.
Recién resucitados, tumbados en el suelo, hinchamos varias veces nuestros pechos llenándolos de vida. Nadie habló durante un buen rato. Tardé bastante en reunir fuerzas suficientes para poder moverme. Al fin me incorporé  y me senté en el suelo, la cabeza me daba vueltas y veía borroso. Los muchachos ya se habían levantado y se inspeccionaban unos a otros buscando lesiones que no encontraron.
¡Pobre David! No tuvo el final que había imaginado. Todavía reposado sobre el pecho de Reyes, lloraba desconsoladamente. Ella, que parecía haberse despertado, le preguntaba alarmada y con insistencia:
David, lloraba, pero no le contestaba.
El Ranger fue el último en ponerse en pie, y si lo consiguió, fue gracias a que utilizó su inseparable Kalashnikov a modo de bastón.
Cuando pude aclarar suficientemente la vista miré mi reloj, marcaba las 12 en punto. Se había parado.
Recuperados del ensayo del Apocalipsis, todos, incluida Reyes que parecía haber sacado fuerzas del evento, nos apresuramos a ver qué había ocurrido en el quirófano. De camino, nos tropezamos con Amandine que avanzaba por el pasillo dando tumbos.
Celine, con los ojos cerrados e inflamados, respiraba rítmicamente, parecía estar bien. Tal como nos rogó la enfermera, no la molestamos, pero no hubo modo de convencer a sus amigos que salieran de la habitación.
Algo aliviada, pero aturdida por la confusión reinante, Reyes, nos miró a David y a mí alternativamente, y nos preguntó:
Reyes lo comprobó; al ver que yo tenía razón y que su querida Cuca no aparecía en la pantalla, le saltaron las lágrimas. Por primera vez sentí lástima de ella.
En búsqueda de la gobernanta, Reyes se dirigió a la sala de oración donde todavía se encontraban acantonadas las religiosas. Abrió la puerta sin llamar. Dentro, con las persianas bajadas, alumbradas aún por decenas de velas colocadas en el suelo, las oblatas rezaban en torno a una mesa, sobre ella: ataviada con su bata blanca, con las manos sobre el pecho sujetando un crucifijo de madera, reposaba el cuerpo sin vida de Mama Dominique.
Tomé la cámara de video con intención de grabar la escena, pero no funcionaba. Nada digital funcionaba: ni el reloj, ni el móvil, ni la cámara de fotos.
Reyes se había quedado atónita ante la imagen, y, de no haber sido por David, que no la perdía de vista, se hubiera ido directamente al suelo.
Efectivamente el conductor estaba dentro de nuestro coche, parecía haberse quedado dormido sobre el volante, le llamé al cristal, pero ni se inmutó, dormía profundamente; insistí y nada. Me temí lo peor. Con cierto reparo, abrí la puerta y casi se me vino encima. No había duda, estaba muerto. Con una serenidad de la que no tenía noticia, lo saqué, lo arrastré hasta el pasillo y lo dejé en el suelo. Subí al coche, tenía las llaves puestas, probé a ponerlo en marcha: el coche también se había muerto.
Entonces comencé a darme cuenta de la magnitud de mi problema: estaba a decenas de miles de kilómetros de mi único ser querido, en un país en guerra, sin móvil, sin correo electrónico, sin coches, aviones, ni barcos; sin televisión ni radio; y eso no era lo peor, todo parecía indicar que, aunque no llegara a estrellarse, el paso del meteorito sí había causado bajas. Me invadió un sentimiento de desolación, y al igual que Reyes hacía un par de minutos, sentí la necesidad de salir corriendo. Me moría de ganas por saber algo de Sara.
Salí del coche espantado, entonces me percaté de que no se oían vehículos ni disparos, en su lugar podían oírse lamentos mezclados con gritos de júbilo. Numerosas columnas de humo, delataban que la ciudad ardía por los cuatro costados.
Me disponía a entrar de nuevo en el Hospital cuando me topé con el Ranger que salía a mi encuentro. Me preguntó por el conductor:
Estábamos atrapados, o, en el mejor de los casos, a pocos minutos de la extinción. Nos reunimos todos en el porche del hospital sin saber qué hacer.
La extinción no llegó. Al menos no en las horas siguientes. El teléfono no sonaba y ninguna de las tres ambulancias disponibles funcionaba, pero enseguida se llenó el hospital de pacientes; vinieron andando taciturnos, o acarreados por sus familiares en camillas improvisadas. Todas las habitaciones, la capilla, los pasillos, el porche, el pequeño jardín, las ambulancias, nuestro coche, se llenaron de heridos y enfermos de toda índole: niños, bebés, mujeres de parto, suicidas chapuceros, víctimas de asaltos, de ataques al corazón,... Y, por fortuna, varios médicos africanos y dos policías muy jóvenes, que junto al Ranger, se ocuparon de mantener el orden. El escaso personal estaba desbordado, así que tuvimos que echar una mano. A mi, tras rendirme en el intento de poner en marcha el grupo electrógeno, me tocó el dudoso honor llevar los cadáveres hasta la morgue. Cuando anocheció había 86.
No sabíamos la hora exacta, pero serían en torno a las dos de la madrugada cuando el hospital quedó en silencio. Hacía un buen rato que no se moría nadie. David, Reyes el Ranger los muchachos y yo, unidos para siempre por el extraño e indeseado ritual del Apocalipsis, estábamos sentados en las escaleras de entrada al hospital. Hacía frío. Butembo, agotada por un día aciago, permanecía en silencio. En la negrura del horizonte nocturno refulgían todavía las llamas de numerosos incendios, pero ya no llegaban heridos. La gente, temerosa de que sus casas desvencijadas les cayeran encima, dormía en las calles en torno a pequeñas hogueras.
Incapaces de encontrar un pretexto para hablar, permanecimos los seis en silencio hasta que, Amandine, nos trajo un cazo con caldo vegetal que nos supo a gloria bendita. Con ella vino Tuhmaina, que había estado todo el tiempo acompañando a su amiga. Estaba contenta, Celine se había despertado, no tenía fiebre y también había tomado algo de caldo.
Como si no hubiera pasado nada, hipnotizados por la magia de las estrellas que nos cubrían, y hechizados por el embrujo de las hogueras, los españoles entablamos una conversación banal. Como si fueran unos críos, David entretuvo a Reyes contándole aventuras de sus acampadas hasta que ésta, abrazada a él, cubierta por su chaqueta y acostada sobre su regazo, se quedó dormida. Él, apoyó satisfecho su cabeza sobre la pared, y se durmió feliz. Los muchachos, acurrucados muy cerca para darse calor, también se durmieron. Entonces el Ranger se fue para relevar de nuevo a Tuhmaina, así que, cuando ella regresó, se sentó a mi lado y nos quedamos solos, despiertos y observando el cielo negro y estrellado.
Llevábamos horas juntos, habíamos estado varias veces al punto de la muerte, nos habíamos ayudado mutuamente, teníamos interés común por la suerte de Celine, pero todavía no sabíamos absolutamente nada los unos de los otros. Ni siquiera nos habíamos presentado.
Estuve tentado de decirle: <<___Es el diminutivo de Gilipollas>>, pero me contuve y le dije:
 Refiriéndome a los muchachos, le volví a preguntar:
No daba crédito a mis oídos; para su edad, la muchacha se expresaba con total soltura. Yo, demostrando una vez más mi torpeza, le dije:
Me sorprendió que tuviera noticia del suceso.
Tuhmaina sonrió, y me miró como quien mira a un ignorante.
Me dejó de piedra. <<___¿¡Cómo podía saber todas esas cosas una muchacha del Tercer Mundo y sin estudios!?>> ___pensé, aunque luego me arrepentí avergonzado de mi reflexión racista___. Tal vez lo habrían dicho en las noticias; de eso debió ser de lo que trató de avisarme el imbécil de Toni. La muchacha lo había oído y lo había memorizado. La pondría a prueba:
Quedé atónito. Tuhmaina no sólo tenía una explicación plausible para lo ocurrido, si no que además había conseguido que yo lo entendiera. No sé porqué, me vino a la memoria el nombre de otra africana: Hypatia de Alejandría.
Incapaz de aceptarlo, tal vez celoso de que en los mejores (más caros) colegios de Madrid, los chavales apenas aprendieran  el nombre de los cuerpos del Sistema Solar, y que en un colegio sin medios una niña pudiera tener semejantes conocimientos de astronomía, me quedé un momento en silencio para terminar cambiando de tema:
Hasta ahora no se me había pasado por la cabeza, pero de repente caí en la cuenta de que, al igual que yo estaba preocupado por Sara, estos muchachos tendrían padres, y debían estar desesperados por saber de ellos.
Enseguida se durmió. Amandine, que parecía no cansarse nunca, trajo dos mantas, cubrió a los tres adolescentes y me puso otra a mí sobre los hombros, le dí las gracias, me correspondió con una sonrisa impolutamente blanca como su bata, y volvió a sus obligaciones.
Me quedé solo. Estaba agotado, pero no podía dormir. No dejaba de pensar en Sara: <<___¿Qué habrá pasado en Madrid? ¿Cuánto durará ésa situación? ¿Será global?>> ___me preguntaba, jugueteando con el móvil apagado.
Clareaba el cielo cuando se acercaron hasta mí un hombre y una mujer mucho más joven que él, ambos completamente derrengados. Buscaban a una muchacha; me enseñaron su foto: no había duda, era Celine. La cara de alegría que pusieron sus padres cuando les dije que estaba dentro y que se encontraba bien, compensó casi todos los sufrimientos del día, excepto que seguía sin saber nada de Sara. <<___Este es un buen augurio. Pronto sabré de ella>>. ___pensé.

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