Ecuador. Capítulo 1. Tuhmaina
Ni la tierra roja, ni las piedrecitas metidas en sus
chancletas de goma color amarillo, molestaban a Tuhmaina; porque nunca, en sus
trece años de vida, había dejado de sentirlas jugueteando traviesas e
insidiosas entre los dedos y bajo las plantas de sus pies. Estaba tan
acostumbrada a ellas como a recorrer, dos veces cada día, los cinco kilómetros
que separaban su infravivienda en la aldea Malinde, del colegio Jerome Umwarimu,
de Butembo.
El camino de su casa al colegio estaba salpicado de
emociones fuertes: la más intensa de ellas, no eran los niños soldado del LRA
haciéndole gestos obscenos con movimientos rítmicos sus kalashnikov, tampoco le
impresionaban los gritos desgarradores de la jungla, no siempre de
animales; ni siquiera sortear el cadáver
mutilado de un joven recién aniquilado cuya sangre reforzaba de color la larga
cicatriz de polvo rojo que, como en la bandera de su país, dividía
diagonalmente la selva verde y exuberante, y nunca le apetecieron las golosinas
de los reporteros blancos, estúpidamente ocultos tras de sus gafas Ray-Ban y
atrincherados en sus Land-Rover rotulados con grandes carteles donde se leía:
“PRESS”. No; inexplicablemente, lo único que emocionaba a Tuhmaina era pasar
junto al monumento modesto y ametrallado donde se confirmaba que la carretera
de tierra discurría recta y exactamente sobre el ecuador terrestre. Este hito
la situaba en el mundo, le recordaba cada día que formaba parte de una realidad
más amplia y diferente pero, al fin y al cabo, contemporánea.
Tuhmaina caminaba altiva y orgullosa de su peinado típico
que sembraba su cráneo, perfecto y casi rapado, de antenitas hechas con
mechones de su cabello rizado retorcido, trenzado y anudado en el extremo. A
diferencia de su hermano menor, Mizelede, Tuhmaina no portaba carpeta, libros, ni
lápices; no los necesitaba. Todo lo que escuchaba lo aprendía y recordaba sin
problemas; esa era su mayor virtud: su memoria prodigiosa.
Las lecciones que más le gustaban eran las de geografía. Se
había aprendido todos los países y sus capitales, los ríos, los lagos y las
cordilleras; los océanos y mares con sus golfos, bahías y estrechos. Las islas
y las penínsulas; todo... Tenía grabado a fuego en su cabeza el mundo
de uno a otro confín con sus perfiles y relieves. Y no acababa ahí la cosa, su
auténtica pasión era la astronomía. Aunque apenas tenía formación, pues en el
colegio no le prestaban atención más allá del Sistema Solar y en la biblioteca
no había libros especializados; guardaba dos tesoros de valor incalculable: el
primero, un mapa celeste completo de la National Geographic , que le había
regalado una cooperante española dos años atrás y que tenía clavado con
veintiuna espinas de acacia sobre el muro de adobe de su habitación; el
segundo: vivir sobre el ecuador a 1.800 metros
sobre el nivel del mar y en un pueblo sin alumbrado.
Ignorante de cualquier otro tipo de vida, haber nacido en
plena Guerra Mundial Africana y en el lugar más peligroso imaginable para una
niña, la frontera entre la
República Democrática del Congo y Uganda, formaban parte de
su cotidianidad. Ella y Mizelede, su único hermano vivo, vivían solos con su
abuela Ayira y su tío abuelo Faustin Nako desde que su madre, Honrine Nako, no
regresara de los campos de caña de azúcar. Cuando quedaron huérfanos ella
acababa de cumplir seis años y él apenas tenía cinco. No tenían televisión,
tampoco enchufes donde conectarla, así que todas las noches sin nubes, después
de tomar su ración de “fufú” (empaste de harina de mandioca y de maíz) y antes
de acostarse, les daba un buen repaso a ambos semi-hemisferios. Sus
constelaciones preferidas eran: Osa Menor, Cisne, Vega, Boyero, Osa Mayor,
Caballito, Águila, Ofiuco, Virgo, Leo, Capricornio, Sagitario, Escorpión,
Hydra, Microscopio, Altar, Centauro, Pavo Real, Octante, Cruz del Sur y Quilla.
¿Por qué esas veintiuna? Pues porque son las constelaciones principales que
pueden verse desde el tejado de chapa ondulada de su casa la noche de su
cumpleaños: el 21 de octubre.
La muchacha se sentía protegida por su particular mapa
astral, por eso siempre pedía a su abuela el mismo regalo de cumpleaños: que le
recompusiese las veintiuna antenitas de su peinado, cada una de ellas terminada
en una bolita de pelo anudado, de tal modo que, colocándose frente al norte,
apuntasen, exactamente, hacia el centro de cada constelación. Conectada
cósmicamente y bañada por la lluvia nocturna de las Oriónidas, Tuhmaina se
sentía renacer cada noche de su cumpleaños y, a pesar de todas sus desgracias,
era feliz de formar parte de un todo tan simple y a la vez tan majestuoso: su
familia exigua y sus estrellas infinitas. No necesitaba nada más.
Desde luego, la muchacha prefería la noche al día, dónde
sólo su encuentro diario con el hito del ecuador le reconfortaba. Su otra noche
favorita era la del 25 de diciembre. A pesar de las reticencias y el pánico de
su abuela a salir de casa de noche y no digamos a alejarse de la aldea, los
cuatro supervivientes de la familia Nako, confiando en la Noche de Paz, ascendían hasta
el monte Kisangani, a 2.121 metros ,
con un único propósito: cumplir el capricho de Tuhmaina y contemplar el cénit
de la estrella Polar, oculta al Ecuador durante casi todo el año y visible sólo
en diciembre.
En lo más alto del monte Kisangani, sentada sobre una
cornisa de piedra caliza, mirando al norte, con los pies colgando sobre un
vacío profundo y negro, Tuhmaina se sumergía en la negrura hasta confundirse
con ella y envuelta por el firmamento lo recorría con su mirada ansiosa. Desde
tan lejos, deslumbrada por la belleza simple de la luz tenue y tintineante de las
estrellas sobre la oscuridad absoluta, rogaba por no regresar nunca a la Tierra. Pensaba en las cosas
horribles que sucedían en ella, las que le habían ocurrido a su familia, a su
padre desconocido, a su madre inmensa, trabajadora y dulce, a sus tres hermanos
mayores devorados por la guerra y a ella misma. Víctima de la barbarie,
guardaba cicatrices profundas e imborrables a las que, con todo el derecho del
mundo, había decidido no referirse nunca y a las que, por respeto, yo tampoco
citaré.
Observaba durante horas las estrellas, esperaba sus
destellos, sus ausencias y reapariciones, sus cambios de color apenas
perceptibles, sus rayos azules fulminantes y fugaces. Interpretaba los mensajes
estelares; creía entender su lenguaje. Segura de que hablaban entre si y con
ella, se sentía feliz y privilegiada de poder conversar con las estrellas. Le
contaban proezas épicas de su padre y sus hermanos, maravillas de su madre;
anhelaba reunirse con ella, poder abrazarla de nuevo, recorrer con sus dedos el
perfil romo de su cara y trenzar sus cabellos rizados. La brisa cósmica traía
su aroma, la sentía tan cerca. Medio paso en el vacío y estaría con ella; sólo
la voz insistente de su madre desde [Antares,
el Kalb al Akrab, el corazón del Escorpión, le disuadía de hacerlo: “espera
cariño. Stop. No vengas aún. Stop. Te esperaremos hasta el fin de tus días.
Stop. Estamos bien. Stop. Aquí nadie puede tocarnos. Fin” Repetía una y otra
vez la estrella en morse con sus guiños. Le fascinaban las estrellas, sin dar
un salto en el vacío no podía tocarlas, pero nadie más podría hacerlo, ese era
su consuelo y su pequeña venganza.
Custodiada por sus abuelos a la espalda, abrazada por
Mizelede con cariño y cautela infatigable, permanecía absorta hasta poco antes
del amanecer; después, en silencio, bajaban los cuatro hasta la aldea antes de
que despertara la Navidad.
Tanto sus limitaciones como sus habilidades extraordinarias,
condicionaban sus relaciones en el colegio. No tenía muchas amigas con las que
divertirse: las que habían pasado por su mismo calvario, al igual que ella,
vivían encerradas en una burbuja de conmiseración que les impedía expresarse
con la alegría propia de su edad; el resto, la mayoría afortunadamente, estaban
a “otras cosas”: preocupadas con sus peinados, sus chancletas y pulseras de
colores vistosos con los que llamar la atención de los chicos; para éstos,
Tuhmaina carecía de interés pues era una mujer marcada. Sólo un chico,
Athanase, también marginado por el resto debido a su origen Hutu, se preocupaba
por ella, pero lamentablemente ella le mostraba la mayor de las indiferencias,
“cosas de chicas”, y si le permitía acercarse, era sólo porque su hermano era
el único amigo de Athanase.
Paradójicamente, las habilidades y aficiones de Tuhmaina
tampoco la favorecían. Que fuera capaz de aprender sin necesidad de anotar
absolutamente nada y que lo hiciera sin el afán de obtener calificación, pues
no se presentaba a ningún examen, exasperaba a alumnos competitivos y
sobrepasaba a profesores mediocres. Su inesperada devoción por algo, a todas
luces tan inútil como la cosmología, hacía de ella un sujeto raro, difícil de
encajar en una juventud existencialista marcada por el odio racial y la guerra,
que a duras penas convivía gracias a preceptos cristianos, con frecuencia
demasiado arbitrarios. Consciente del ninguneo al que la sometían, hacía tiempo
que no se interesaba por mejorarlo, y vivía su aflicción y su afición con
recelo exclusivista, tanto era así, que le molestaba incluso que otros alumnos
tocaran con sus dedos el destartalado y caduco globo geopolítico que tenían en
clase. Y no escondía su obsesión. En una ocasión llegó a tal extremo que
prohibió que lo tocasen en ausencia del profesor.
— ¡Quita
tus manazas de ahí! ___dijo a una muchacha
que llevaba un rato haciéndolo girar tan rápido como una peonza.
—
No me da la gana ___le contestó altiva, aquella.
—
Déjalo. Lo vas
a romper ___insistió con autoridad.
—
¿Y a ti qué más
te da?
—
No tenemos
otro.
—
¡Tú aquí no tienes
nada! ¿Quién te crees que eres? ¿La reina del mundo? No eres más que una
umukene umuhinzi (pobre campesina) ___gritó despectivamente en kinyarwanda, el idioma ruandés, y añadió: ___¡Vete a tu
país! Si es que aún existe.
—
No soy una
campesina vulgar. Retira eso ahora mismo, o te arrepentirás ___le
amenazó Tuhmaina.
—
¡Ja! ¿Qué vas a
hacerme? Apuesto a que no eres capaz de ponerme una mano encima ___se
burló la chica con crueldad.
—
¿Qué no?
¡Espera y verás! ___gritó Tuhmaina, avanzando hacia ella indiferente
a sus limitaciones.
Pero Mizelede se interpuso frenando su ímpetu; así que,
Tuhmaina se quedó, una vez más, con ganas de darle un buen tirón de pelo a
aquella muchacha descarada y contestona. Y no porque le insultara llamándole
paleta y extranjera, sino porque siguió manoseando el globo terráqueo con
insistencia irreverente. No podía soportarlo. Incapaz de hacer algo para
evitarlo, se dio media vuelta y, seguida de cerca por su hermano, regresó a
casa desolada y con un profundo sentimiento de incapacidad.
Los niños suelen ser muy crueles cuando escenifican en su mundo
particular las miserias de los adultos, y el colegio Jerome Umwarimu era un
cóctel de etnias con sus mayores recién o, todavía, enfrentados a muerte. No
siempre había sido así, la proximidad de Butembo con la frontera de Ruanda, le
hizo triplicar en diez años su población debido a la guerra civil de ese país.
A partir de 1.994, a
consecuencia de las matanzas a manos de los Hutu radicales, de 800.000 Tutsi y
Hutu moderados, se produjeron dos grandes éxodos consecutivos desde Ruanda
hacia sus países vecinos: Burundi, Uganda, Sudán, Kenia y el entonces
denominado Zaire, ahora República Democrática del Congo (RDC). La primera
oleada de refugiados fue de Tutsi amedrentados durante la matanza, la segunda
de Hutus perseguidos a machetazos por sus víctimas una vez que perdieron la
guerra civil; lo que dio como resultado un infierno de venganzas y
re-venganzas, desplazamientos erráticos y huidas masivas buscado refugio y,
finalmente, la internacionalización del conflicto a todos esos países, nueve en
total, en lo que, a “toro pasado”, se ha conocido como la Guerra Mundial
Africana, que duró al menos desde 1.994 hasta 2.004; aunque poner fechas a una
guerra así es como ponerle puertas al campo.
Ya habían pasado cinco años y la paz seguía siendo una
ilusión que apenas duraba del amanecer al ocaso. La convivencia en el colegio
estaba salpicada de episodios de tensión. Paradójicamente, quienes más habían
perdido, los huérfanos, solían ser quienes, en ausencia de sus progenitores
resentidos, mayores logros conseguían en la integración, todo ello gracias a la
encomiable tarea de sus profesores y tutores religiosos. Pero para quienes cada
atardecer regresaban a la realidad de sus hogares diezmados y miserables, volver
a sentarse al día siguiente junto a los hijos de los verdugos, y hacerlo con la
firme convicción de olvidar el pasado, era un auténtico ejercicio de humanidad.
Fuera del colegio, el hogar o el poblado, las únicas zonas
en las que se podía transitar con cierta tranquilidad diurna eran las calles
principales y las largas pistas de tierra roja que unían Butembo con otros
poblados y con la capital: Goma. Por ellas circulaba un enjambre de miles de
personas que se afanaban por llegar a sus destinos antes de que les alcanzase
la noche. Sobre todo mujeres portando niños a la espalda y carga sobre sus
cabezas, hombres en motocicletas de los años setenta convertidas en micro
autobuses, carritos y bicicletas de madera, construidos con tablas y ramas;
todos circulaban en un caos organizado
apartándose sólo para dejar paso a los transportes blancos de la ONU y algunos vehículos
destartalados, siempre desafiantes con los límites de carga: personas, ganado, militares,
productos agrícolas, enseres…, habitualmente todo ello revuelto. Nada que ver
con la carretera ecuatorial que unía la ciudad con la frontera de Ruanda que
llevaba años cerrada y estaba casi desierta.
Las heterogéneas Fuerzas Armadas de la RDC y los cascos azules,
vigilaban estas arterias rojas durante el día manteniendo el orden, sofocando
los arranques esporádicos de violencia que surgían en el camino cada vez que
dos personas se “reconocían”, soportando la presión nocturna de las milicias
insurgentes del M23, emboscadas apenas unos metros más allá de las cunetas y,
de madrugada, dejando “transitable” la carretera para la mañana siguiente.
La maraña de agresiones y contra-agresiones había sido tan
enrevesada que no podía hablarse de verdugos y víctimas ajustando estos
epítetos a una u otra etnia, poblado, pueblo, país o facción
religioso-político-social. Había de todo y en todas partes y, sobre todo, a los
niños, aunque fueran soldados violentos y muy crueles a la fuerza, en la
balanza de la justicia, siempre habría que ponerlos del lado de las víctimas, dejando,
sus sitios vacíos en el lado de los verdugos, para poner en ellos a algunas
personas que, aunque nunca habían estado allí, ni siquiera en África, merecían
el apelativo por criminales instigadores.
Tuhmaina pertenecía a la etnia Hutu, no porque fuera más
baja o alta que los Tutsi, de piel más oscura, labios más prominentes, pelo más
rizado, de religión o lengua diferente, no; lo era porque en 1.926 ningún
ancestro suyo tenía más de 10 cabezas de ganado; ese fue el diferencial que los
ocupantes colonialistas belgas establecieron para abrir “interesadamente” un
cisma profundo entre estos dos pueblos de raza bantú que hasta entonces
convivían en armonía repartiéndose su especialización ganadera o agricultora
recolectora.
Ella y toda su familia, desde que tenían memoria, habían
nacido en el Zaire (ahora RDC), lo cual no supuso ningún freno para que la
vorágine de la venganza hundiera sus colmillos afilados en su carne. Para
colmo, considerándoles Tutsi, aunque: ¿qué más da?
Pero a la muchacha estas cosas ya no le importaban, a ello
había contribuido decisivamente su abuela.
Un mañana mientras, como de costumbre, abrochaba un
sujetador fucsia a la espalda de Tuhmaina, ésta le preguntó:
— Mabibi
__(Abuelita), así era como la llamaba cariñosamente en suajili___ ¿crees que en el cielo hay Tutsi y Hutu?
Su abuela, que era mujer de pocas palabras y muchas
caricias, quedó pensativa y luego respondió:
— Por
supuesto que sí, mon cherie swala (mi querida gacelita, mezclando francés y
suajili), pero te aseguro que a nadie le importa. Ni siquiera tu abuelo, ¡el
Señor lo tenga en su seno! Que era feo como el sobaco de un gorila y negro como
un tizón, aunque con un enorme corazón, destaca allí. En el cielo nada tiene
forma ni color propio. Sólo el arco iris perpetuo tiene todos los colores, y
los reparte a cada momento como le viene en gana, sólo las montañas de nubes
son altas, sólo el coro de las almas en pena suena triste, y los barrotes que
las separan del infierno son viejos y feos, sólo el camino de estrellas que trae
a los recién llegados, joven y efímero. En el cielo, nuestros seres queridos
pueden elegir en cada momento como quieren que se les vea, seguramente con
aquella imagen de sí mismos que les hacía más felices, tal vez cuando eran
jóvenes y no estaban enfermos o mutilados. Los demás no ven su forma, sólo su
felicidad y no hay belleza mayor.
— Gracias
Mabibi, no lo olvidaré nunca. Te quiero muchísimo.
Y, volviéndose de cara a su abuela, pidió que la abrazara.
— Vamos,
vete ya, o llegarás tarde a clase ___dijo
la abuela conteniendo su emoción.
Aquél día, Mizelede con su vecino y amigo Athanase, también
la esperaban junto a la empalizada de ramas retorcidas y atadas con alambre que
rodeaba su casa. Al verla llegar, Athanase se apresuró a abrirle la puerta
destartalada, a juego con la empalizada. Tuhmaina lo miró con reprobación y le
dijo:
— Gracias,
pero eso puedo hacerlo yo sola. ¿No tienes nada mejor que hacer?
El muchacho, no le respondió, miró a Mizelede y ambos
sonrieron cómplices. Tuhmaina pasó entre los dos apartándoles con sus hombros
de gimnasta, y se puso en camino mostrando su frente al sol de la mañana que
refulgía chillón en el amarillo limón de su vestido. Ellos la siguieron. Los
muchachos no conseguían alcanzar el paso decidido de la chica. Tras de ella, bromeaban
entre sí o endurecían la mirada a quienes fijaban la suya en la hermosa figura
de su hermana.
Mizelede y Athanase se conocían desde niños y eran
inseparables. Tenían la misma edad, un año menos que la muchacha, pero eran muy
altos y fuertes, por lo que aparentaban ser dos años mayores e imponían
respeto. Athanase adoraba a Tuhmaina, la amaba con la pasión y devoción que
sólo un adolescente inocente puede sentir, y a pesar de que ella no le
correspondía, él no mostraba el menor resentimiento.
Todo el orgullo e indiferencia que Tuhmaina demostraba a
Athanase nada tenía que ver con el cariño y complicidad que profesaba a su
mejor amiga: Celine. Esta muchacha vivía con su madre viuda y su abuelo en
Butembo, cerca del colegio, y estaba enamorada locamente de Mizelede, claro
que, al igual que Tuhmaina, lo mantenía “controlado” con similares dosis de
orgullo e indiferencia; “cosas de chicas”. Bajo esas normas de comportamiento,
basadas en una estricta moral cristiana, los cuatro adolescentes se querían, respetaban
y ayudaban mutuamente sin necesidad de grandes expresiones de afecto. Celine,
que estaba algo más desarrollada que Tuhmaina, era su soporte y referencia en
aquellos momentos íntimos en los que su abuela no estaba y en los que,
obviamente, Mizelede no podía ayudarla.
La afición de Tuhmaina por la astronomía
deslumbraba y contagiaba a sus amigos. Celine, siempre que su madre se lo
consentía, pasaba el fin de semana en casa de los Nako, sobre todo para subirse
por la noche los cuatro juntos al tejado de chapa ondulada, escuchar a Tuhmaina
describir el cielo estrellado y pedir deseos cada vez que veían una estrella
fugaz. Sólo en esos momentos permitía a Mizelede que le ayudase a subir al
tejado y se sentase junto a ella en la oscuridad, incluso muy cerca. Tuhmaina
hacía lo mismo con Athanase. Luego, una vez abajo: de nuevo la misma cara seria
y cada uno en su sitio.
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