La resurrección de los muertos (1985).
Mientras, mirando de reojo al retrovisor, se
deleitaba observando el reflejo incisivo del sol en sus nuevas gafas de sol,
Ramón oyó la noticia en la radio y entonces comprendió que la profecía del
Apocalipsis, aunque aún tardaría mucho tiempo, acabaría por hacerse realidad y
los muertos saldrían de sus tumbas. Pero más que temor al fin de los días, lo
que sintió fue una sensación de desprecio hacia esa gente, los mismos
estúpidos de siempre, sólo que ahora sin religión ni creencias morales,
estarían dispuestos a gastarse hasta el dinero que no tenían, para clonarse o
clonar a cualquier ser querido o deseado, humano o no, de quién aún se pudiera
recuperar suficiente masa genética, y así devolverlos de nuevo a la vida.
¡Por favor! sólo por pensarlo se le revolvían las
tripas. Se imaginaba compartiendo de nuevo con aquellos a quien se suponía no
volvería a ver ni en cielo, ni infierno, pues en estos no creía, por no hablar
de aquellos para quienes la muerte había supuesto una auténtica liberación
propia o ajena. Por duro que parezca, si había algo, aparte de que la realidad
de la muerte siempre sería injusta y dolorosa, que consideraba realmente justo
y le reconfortaba, era la certeza de que nadie volvería jamás, y su
convencimiento de que no hay vida póstuma ni efímera ni eterna.
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