lunes, 21 de octubre de 2013

El sueño del Yo.

Yo he estado durmiendo. Yo he tenido un sueño: viajábamos mi esposa y Yo, solos. Yo conducía. Íbamos muy despacio, por un camino flanqueado por árboles; pinos grandes, viejos y con sus troncos retorcidos. Hablábamos de trivialidades, de mi trabajo. Como siempre, Yo dirigía la conversación, con elocuencia y cierta vehemencia. Ella disfrutaba mirando el paisaje con su acostumbrada dulzura y serenidad, y como, la “puñetera”, es capaz de hacer varias cosas a la vez, me seguía la conversación y tecleaba mensajes a nuestra hija.
Atolondrado por mi disertación, Yo tomé un desvío y me acerqué a la orilla de un lago. La superficie era tensa y oscura. Pulida; en ella se reflejaban, el Sol, las plantas acuáticas y los montes circundantes. Nuestro camino, atravesando una ligera pendiente de césped, parecía terminar en la orilla. Yo seguí conduciendo hasta pisar el agua con las ruedas delanteras. Yo, miré y pude ver que el camino se introducía en el agua. Sin parecerme demasiado extraño, Yo decidí seguir; quizá porque, un poco más adentro, detrás de unos carrizos, flotaba otro coche que había tomado la misma decisión. ¡Que gozada! Parecía un sueño. No demasiado preocupados por el prodigio, avanzamos detrás del otro coche que se dirigía lentamente hacia una rampa de cemento que salía del agua en la otra orilla, no demasiado lejos. Entonces, Yo pensé: <<si se mete agua por el tubo de escape se parará el motor y no podré llegar a la rampa>> y Yo, aceleré. El auto, en lugar de “navegar” más rápido, comenzó a oscilar de adelante a atrás. Ella y Yo nos asustamos un poco, así que Yo levanté el pié del acelerador, y el coche, poco a poco, se estabilizó. Nos tranquilizamos. Yo miré a mi alrededor y pude ver otros coches que flotaban en el lago erráticamente. Sus ocupantes parecían disfrutar del “crucero”; demasiado inertes, quizá. Arrastrados por el impulso inicial, y precedidos por el otro coche, grande y negro, nos íbamos aproximando a la rampa de salida. Yo ya estaba impaciente por llegar. Al fin el otro coche alcanzó la rampa, luchó por salir, pero apenas avanzaba. Yo me aproximaba a él, si Yo llegaba antes de que él saliese del agua, chocaría, me frenaría y perdería el impulso necesario para salir. Desesperado: Yo le increpé. Pareció surtir efecto, el tipo de delante sacó del agua su coche alto, negro y bien calzado; paró y bajó a observarme, era mayor, obeso, repeinado y bien vestido; subió de nuevo a su coche y se largó a toda prisa. Al fin, sin más contratiempos, Yo alcancé la rampa, de pronto, Yo sentí que los bajos de mi auto raspaban con la rampa. <<Malas noticias>> --Pensé Yo, y Yo me preocupé, pero Yo enseguida sentí que las ruedas tocaban suelo. Esperanzado, Yo aceleré. Nada: las ruedas resbalaban en el cemento liso y mojado. Yo volví a acelerar y las ruedas chirriaron, pero apenas se elevó el morro del auto. Ella y Yo nos miramos angustiados. Yo Aceleré más y más, las ruedas levantaron cortinas de agua y chirriaron. Chirriaban las ruedas y su chirriar se convirtió en el cantar de los pájaros al otro lado de mi ventaba. Yo me había despertado.
En lo primero que pensé fue en la película “La Cabina” de Antonio Mercero.
Luego Yo me pregunté: ¿Si, Yo soñaba, Yo conducía, Yo decidía, Yo disfrutaba, Yo sufría, Yo aceleraba, Yo miraba, Yo increpaba? ¿Quién hizo pasar mi camino por el lago? ¿Quién me enajenó hasta hacerme creer que mi auto flotaría? Y, lo que es más preocupante: ¿quién decidió que mi coche podía funcionar con el tubo de escape inundado pero no podría salir por la rampa?

Hasta hoy estaba convencido de que, para bien o para mal, yo era dueño de mi destino; ahora no lo tengo tan claro. Si alguien o algo es capaz de engañarnos hasta meternos en una trampa mortal: ¿Dónde quedan la identidad del Yo y el Libre Albedrío 

ACEPCIONES. Capítulo 2 --La Consciencia--

2 La Consciencia.
La Consciencia es la percepción de cualquier Deseo como propio. Véase también: el Alma (2.5).

2.1 La Conciencia.
La Conciencia es la juez de la Consciencia.

2.1.1 La Inconsciencia.
Es un estado accidental y alterado del Ser, en el que se pierde transitoria o definitivamente la Consciencia. Difiere del Sueño porque durante la Inconsciencia se pierde total o parcialmente el contacto con la Memoria almacenada y, o no se Sueña (7.1.6), o no se hace correctamente, por lo que, al recuperar la Consciencia, se corre el riesgo de de haber perdido la Identidad del propio del Ser. Amnesia ().

2.1.1.1 Inconsciencia inducida.
Es aquella a la que se llega por la interacción, voluntaria o forzada, del Ser con Materias  o Deseos Psicotrópicos (Drogas, Hipnosis, Fanatismo, …) capaz de inducir al Sueño en estado Consciente, alterando su función de tal modo que se permite a la Conciencia jugar libremente con la Memoria Real almacenada: construyendo Recuerdos () Reales () e Irreales (), generando Visiones (), que dependerán de su capacidad de Imaginación (); pudiendo, durante el proceso, quedar almacenado todo ello como Memoria Verdadera, lo que puede dar lugar a graves alteraciones del Ser como la Paranoia, la Esquizofrenia y la Locura. En este estado es el único en el que el Ser puede “soñar” que es otro Ser, pudiendo, al “despertar”, sufrir un cambio de Personalidad () irreversible.

2.1.1.2 Inconsciencia Colectiva.
Es la amplificación de los factores desencadenantes de la Inconsciencia Inducida individual, por la exposición simultánea de un Colectivo Humano (), produciendo de un modo mucho más eficaz, la alteración unánime en la percepción del Ser de varios e incluso todos los Seres Humanos expuestos; que puede desencadenar en la Paranoia y la Locura Colectivas (). Los factores Psicotrópicos que pueden inducirla son: Materiales (Drogas, necesidad extrema de Agua, Alimentos, …), o de Deseo (Religión, Política, Hipnosis Colectiva, Deporte, Familia, …).
2.1.2 La Memoria.
Corresponde al registro en el Subconsciente (2.4) de todos los Deseos cumplidos del Ser, ya sea como Sucesos Reales (6.2.1.1) o Sucesos Verdaderos (6.2.1.2).

2.1.2.1 Memoria Real.
Es el registro de los Sucesos Reales que el Ser Observa (7.1.15) de modo Consciente: acontecimientos, vivencias, observaciones, aprendizajes, sueños conscientes…; y también las observaciones del Ser de modo Inconsciente: sueños inconscientes, sensaciones,  alucinaciones, “déjà-vu”, recuerdos colectivos... que el Ser registra como Memoria Real. La Memoria Real pertenece en exclusiva al Ser.

2.1.2.2 Memoria Verdadera.
Es la Memoria del Arquitecto que, como Ser, registra todos sus Deseos cumplidos como Sucesos Verdaderos. La Memoria Verdadera pertenece al Arquitecto, pero reside como Memoria Colectiva () en todos los Seres Deseados por él.

2.1.2.3 Memoria Colectiva.
El la Memoria Verdadera distribuida entre todos los Seres. A veces, el Arquitecto permite a la Consciencia de los Seres el acceso restringido a la Memoria Colectiva para crear Recuerdos Colectivos () que permitan el desarrollo de Ideas Colectivas ().

2.1.3 Los Recuerdos.
Son la forma que adopta la Consciencia de cada Ser en cada momento.
2.1.3.1 Los Recuerdos Reales.
El Ser, de modo consciente, construye Recuerdos con los ladrillos de su Memoria Real.

2.1.3.2 Los Recuerdos Verdaderos.
Son los Recuerdos del Arquitecto.

2.2 La Inteligencia.
Es la capacidad de conseguir Felicidad de modo recurrente, sin perjudicar a nadie ni a nada. La Inteligencia pertenece a los Seres (7) que tienen la Conciencia (2.1) Sana ().

2.2.1 La Felicidad.
Es el logro mantenido de auto-aceptación, alcanzado sólo a través de la Inteligencia.

2.2.2 La Desgracia.
Es el resultado de actuar sin Inteligencia. A veces es el propio Arquitecto (-1), quien, seducido por el Enigma (9), actúa sin inteligencia y construye desgracias que afectan a los Seres (7).

2.2.3 El Bien.
Es cualquier acto inteligente realizado, obviamente, para alcanzar la Felicidad.

2.2.4 El Mal.
Es cualquier acto, que aún inteligente en apariencia, no lo es, por no observar la máxima de no perjudicar a nadie ni a nada. El Mal se produce por la Conciencia (2.1) Enferma () debida al Triunfo () del Enigma (9) sobre el Arquitecto (-1), el Silencio (9.1) sobre la Música (8.1), El Orden (6.5) sobre el Caos (6.6),…; dando como resultado un Deseo (1) permanente de Felicidad inalcanzable.

2.3 El Sexo.
Es la relación entre dos o más individu@s, destinada a inhibir mutua y transitoriamente la Consciencia y la Conciencia, para obtener un momento reversible de “Deseo de No Ser” (pequeña muerte).

2.4 El Subconsciente.
Es la Consciencia del Arquitecto residente en todos los Seres.

2.4.1 El Subconsciente Humano.
Es la Consciencia del Arquitecto residente en todos los Seres Humanos.

2.4.2 El Subconsciente Colectivo Humano.
Es la permanencia material de todos los recuerdos del Arquitecto en la Genética de los Seres Humanos. 

2.5 El Alma.
Es la Consciencia del Arquitecto Residente en el Ser Animado (7.1), que el Arquitecto permite gestionar autónomamente mientas el Ser Animado vive, convirtiéndose en su Consciencia (2), y que, cuando muere, éste debe devolver al Arquitecto. El Alma es la cosecha del Arquitecto.

2.5.1 El Alma Humana.
Es la Consciencia Humana, y es la parte de la Consciencia del Arquitecto Residente en el Ser Humano (2.5.1), que el Arquitecto cede al Ser Humano mientras vive, con el objeto de que la utilice mediante el ejercicio del Libre Albedrío (2.5.1.1). El Ser Humano la devuelve al morir, así el Arquitecto enriquece su Consciencia con experiencias ajenas libres.  

2.5.1.1 El Libre Albedrío.
El Ser Humano es Libre (1.3.1) para hacer con su Alma lo que su Conciencia (2.1) le consienta, el resultado siempre será aceptado por el Arquitecto. El Alma Humana, seguramente constituye uno de sus alimentos más preciados para construir la Armonía Universal ().

2.5.1.2 La Muerte Humana.
Es el acto en el que el Ser Humano devuelve el Alma al Arquitecto en el momento de Morir (7.1.12). El fruto de la Consciencia del Ser Humano puede ser agradable o no al Arquitecto, pero no premia ni castiga al Ser Humano por ello; pues, en cuanto éste le devuelve el Alma, ya no es un Ser Humano.

2.5.1.3 La Resurrección.
Con las Almas Humanas, el Arquitecto elabora nuevos Deseos y construye nuevas Consciencias Humanas, cuya composición le dicta su Conciencia, en el ejercicio de su propio Libre Albedrío. Cuando, a su gusto, obtiene una mala cosecha de Almas Humanas, normalmente fruto de vidas demasiado tiempo expuestas a la acción del Orden (6.5) o del Enigma (9), el Arquitecto acelera el Ciclo Vital de la Humanidad () con el objeto de disponer de Almas jóvenes menos elaboradas, que amortigüen el enrarecimiento global de la Armonía Universal () amenazada por el Orden (6.5) y el Silencio (9.1). Algo así como arreglar un vino demasiado rancio con una añada joven.

2.6 El Yo. EN REVISIÓN
Hasta hoy estaba convencido de que, para bien o para mal, yo era dueño de mi destino; ahora no lo tengo tan claro. Si alguien o algo es capaz de engañarnos hasta meternos en una trampa mortal: ¿Dónde quedan la identidad del Yo y el Libre Albedrío (2.5.1.1)?.

2.7 El Espíritu.
Es el Deseo de Ser del Alma (2.5) prevaleciente en la Nada (3); es el hueco “no destruido” que el Alma deja en la Materia cuando ésta desaparece convirtiéndose en Antimateria. El Espíritu es una anomalía en la Nada (3), que  da lugar a la No Muerte (7.1.13), y aunque carece de Consciencia (2) porque ya no es un Ser Animado (7.1), en determinadas circunstancias, el Espíritu puede aprovecharse del Deseo de Ser de la Nada, llamado Antinada (3.1) para materializarse durante un breve espacio de tiempo. Esta materialización suele ser en base a la aparición o combinación de parámetros y elementos físicos primarios, o poco consistentes: frío, calor, luz, sombra, sonido, electricidad estática, radiación, gravedad (5.3.1), antigravedad (), gases, vapor de agua…

Nota: Estoy investigando sobre la participación voluntaria del Arquitecto en este tipo de anomalías; y, si éstas, como otras aparentemente inexplicables, ocurren de modo espontáneo: como un conflicto entre el Orden (6.5) y el Caos (6.6) en la transición entre la Vida (6.7) y la Muerte (6.8), al verse el Alma sometida a algún tipo de acción traumática.

2.7.1 El Espíritu Santo.
Si el Arquitecto fuera el Padre () y el Ser Animado (7.1) el Hijo (); el Espíritu Santo sería el Deseo de Ser del Alma propia del Arquitecto No Muerto (7.1.13).

2.8 La Voluntad.
La Voluntad es el resultado del diálogo entre la Consciencia (2) y la Conciencia (2.1) escuchado por la Intuición () del Ser (7). A este diálogo le denomino Diálogo Moral ().
El idioma de la Consciencia es el del Deseo (1), el cual tiene varios dialectos: el Amor (7.3), la Amistad (7.4), el Odio (), la Pasión (), la Indiferencia (), el Triunfo (), etc… El idioma de la Conciencia es el Instinto (), éste también tiene algunos dialectos: el Maternal (), de Supervivencia (), de Entrega (), Represor (), etc...
A pesar de que la Consciencia y la Conciencia hablan idiomas diferentes, el Ser los comprende gracias a un intérprete, que es su Intuición (). La Intuición está escuchando permanentemente el Dialogo Moral, incluso sin la atención del Ser, la Intuición determina el resultado del entendimiento entre la Consciencia y la Conciencia dictando la Voluntad del Ser.

A los Seres Humanos (7.1.5), a veces, la Intuición () nos juega malas pasadas.

2.9 El Lenguaje.
Es la manifestación Consciente (2) del Deseo (1) con el objeto de compartirlo.

2.10 El Miedo.
Es la Capacidad () para percibir la amenaza del Deseo de No Ser (1.2), al enfrentarse a Deseos de Ser Divergentes (1.1.2).


martes, 15 de octubre de 2013

El Vagabundo III. "El Príncipe de Rotonda"

...
Lo encontré de nuevo pocos días después; se había afincado en la plaza más recóndita de nuestro barrio: de pie, frente al banco sobre el que reposaban sus bolsas de papel y una botella de agua medio llena, gesticulaba y hablaba; no sé si solo, o con la morera frondosa bajo cuya sombra se refugiaba. Esperé un momento a que "volviera" de su conversación, y me acerqué a él:

-- Hola Israel -le saludé.
--¡Aah! ¡Hoola amiigo! -me contestó, sorprendido y simpático.
-- Pensaba que habrías vuelto a Madrid -le dije,  mostrando cierto disgusto de verle aún así.
-- No. No he vuelto. Voy a quedarme unos días más por aquí.
-- ¿No tienes calor con tanta ropa? -le dije, mirando a su gorro de lana, calado hasta las orejas.
-- Estoy bien así, gracias.
-- Si esperas un rato aquí, te traeremos comida y algo de ropa de verano -le prometí.
-- Como quieras, pero estoy bien. De verdad. Tengo de todo -dijo, señalando sus bolsas de papel.
--¿Has comido? -le pregunté.
--Ahora me iba a preparar un bocadillo -me contestó.
--¿Comes bocadillos todos los días?
-- No; algunos días voy al Refugio de San Blas, allí me guardan las cosas, como, y me ducho.
-- La verdad es que la ropa no, pero "por dentro" pareces aseado -le dije, mirando a su rostro blanco, ligeramente pecoso, y a sus manos y antebrazos limpios.
-- Tienes razón, la ropa no está limpia -reconoció algo avergonzado, pero sin perder su sonrisa, que se tornó algo pícara;- a fin de mes iré al Refugio y me cambiaré, allí tengo de todo.

¡Es increíble lo limpios que lleva siempre sus dientes! Todo parece indicar que no fuma, no bebe, ni se droga; entonces: ¿por qué está en la calle un chico tan joven? ¿Y por qué se empeña en descuidar su aspecto, si se preocupa tanto de su higiene personal? Es como si la necesidad de parecer un mendigo, prevaleciera sobre el deseo de serlo realmente; una forma de llamar la atención, y con nosotros lo había conseguido.

-- Y cuando no vas al refugio, ¿qué comes? -le pregunté.
-- Hay un abuelo que me trae galletas -me dijo, como si con eso fuera suficiente.
-- Vaya menú. No te vayas, vuelvo en un rato.
-- Vale amigo -contestó, sin mostrar preocupación por si volvería o no.

Regresé con Martha en apenas media hora, le damos una bolsa con ropa, comida, bebida y algo de dinero metido en el bolsillo de una cazadora.

-- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó Martha.
-- Veintitrés, creo -contestó Israel, algo dubitativo.
-- Madre mía, pero si eres... -"un crío", murmuró Martha, y añadió:- ¿Y tu familia? Estarán muy preocupados.
-- Bastante, pero no saben bien como estoy, ellos creen que duermo siempre en un albergue.
-- Toma, llámalos -le dije, ofreciéndole mi móvil.
-- Ahora no, gracias -dijo, rehusando mi ofrecimiento amablemente.

No mostró tristeza, ni contrariedad que nos hiciera pensar que tratar de su familia le produjera dolor o disgusto. Insistí un par de veces, pero ya ni me contestó, sólo sonrió y desistí.
A partir de ese día Israel pasó a formar parte de nuestras actividades diarias, le llevamos comida, calzado, ropa.
Israel nunca se ha quejado de su situación ni nos ha pedido absolutamente nada, sin embargo, todo lo ha agradecido con educación refinada.

-- ¡Ah! ¡Se agradece el agua de la nevera! -dijo un día que parecía algo afligido por el calor.

Pasaron los días, nosotros nuestra rutina, él la suya: dormir en un cajero, pasar la mañana en su isla verde, redonda y rodeada por un océano de asfalto, donde tiene su banco, sombra abundante, agua de la fuente, césped para la siesta, la escasa compañía de palomas, gorriones, un par de urracas y algunos ancianos; parece ser que hay más habitantes en su isla, pero sólo él los ve. Ciertamente se trata de un espacio al que hay que ir de propio, pues, aunque la rodean coches permanentemente; andando, no cae de camino a ninguna parte. El lugar perfecto para naufragar.
Le veíamos casi a diario. No hablamos mucho, porque nos parecía un abuso andar sonsacándole sobre su vida, sólo por el echo de que le ayudamos un poco. Aún así, os puedo resumir algunas conversaciones que mantuvimos:
-- ¿No tienes miedo? -le pregunté un día.
-- No, nada. En esta ciudad hay gente muy buena.
-- No creas, aquí hay de todo, como en cualquier lugar. Creo que eres extraordinariamente valiente, pero ten mucho cuidado.
-- No te preocupes amigo; sólo un día un abuelo se metió conmigo y me llamó "vago". Pero, ¿sabes lo que hice?
-- No, dime.
-- Hice como que no le oía -su afirmación me preocupo mucho, pues me pareció algo infantil.
-- Buena táctica. ¿Porqué viniste a Zaragoza? -aproveché a preguntarle.
-- Mis abuelos eran de aquí, de niño pasé algunos días con ellos. Vivían en el barrio del Arrabal, pero ya se murieron los dos.
-- Y no tienes a nadie más aquí.
-- No.

Llegaba septiembre y, antes de terminar nuestras vacaciones, pensamos que era momento de tener una conversación seria con él. Si se trataba de una aventura estival, era momento de ponerle fin.
-- Israel -le dije, poniéndome algo grave,- ya ves que en todo este tiempo no hemos tratado de cuestionar tu elección de vida. Eres mayor de edad. Dices que estás bien, que tienes trabajo en el taller de motos de un amigo, llave de tu casa, una familia esperándote, y que puedes volver cuando quieras, pero la verdad es que cada día que pasa te vemos más abandonado, no has usado la ropa ni el calzado que te dimos; aunque pareces aseado y feliz, creemos que estar así, no pueda hacerte bien. Si necesitas otro tipo de ayuda, dínoslo y nosotros te ayudaremos.
Entonces, él, sin esconder su sonrisa blanca, ni mostrar contrariedad, guardo la mini-radio de cuerda que le habíamos regalado, y me dijo:

-- No creas estoy así porque huya de alguien ni de algo. Necesitaba tomarme un tiempo a solas para encontrarme a mí mismo.
-- Me parece muy bien que quieras encontrarte a ti mismo, pero puede ocurrir que una vez que has iniciado este viaje, primero tengas miedo de volver, luego vergüenza, el tiempo pasa deprisa y puedes terminar olvidando el camino de regreso.
-- Me acuerdo de mi familia a diario -me respondió serio, por primera vez desde que le conociera.- Voy a estar unos días más por aquí y volveré.
--Perfecto -le dije,- eso me tranquiliza. Nos vamos fuera un par de semanas y no podremos ayudarte.
-- ¿De vacaciones? -me preguntó,  entre contento y preocupado.
-- No, hoy termino mis vacaciones; nos vamos porque tengo que trabajar fuera -le respondí.
Israel se quedó mirándome en silencio sin saber que decir. Entonces le dije:
-- Llevo prisa, más tarde vendrá Martha y te dará un sobre con dinero, no es para que te vayas, es para que vuelvas. La mitad para que vuelvas a tu casa, y la otra mitad, para vuelvas a vernos algún día y nos invites a comer. Ya tenemos ganas de verte con otra pinta.
--Muchas gracias amigo -dijo, ofreciéndome su mano, que estreche.
 Desde luego no era la mano de un mecánico de motos, si no, más bien, la de un pianista. Agarrándole cordialmente por su hombro huesudo, le dije:
--Vuelve a casa muchacho, si es cierto que tienes donde ir, si no, dime qué más podemos hacer por ti.
--A primeros de mes tengo que ir por el Refugio, recogeré mis cosas y volveré. Descuida.
-- Está bien Israel, hasta la vista, vecino -le dije, bromeando.
-- Muchas gracias, Phineas. Sois encantadores.
Martha, algo recelosa por tener que hablar con él sola, hizo lo acordado, le dio el dinero, más ropa, y una bolsa de viaje.
Pasamos tres semanas fuera de Zaragoza, a nuestro regreso lo primero que hicimos fue ir a la plaza insular y redonda donde Israel había vivido varios meses. Nos reconforto comprobar que no estaba, claro que era tarde y a esas horas solía refugiarse en algún cajero. Al día siguiente, domingo, salimos a pasear y nos pasamos de propio para comprobar su ausencia.
Israel estaba sentado en el mismo banco de madera, con la misma indumentaria sucia y rota, la barba muy crecida y desigual. Junto a él sus bolsas de papel, llenas a saber de qué, en sus manos una revista. Estaba leyendo y escuchando música.
El Príncipe harapiento de la Isla Redonda, no había vuelto a casa, o quien sabe si ya se encontraba en ella.
Nos acercamos a él; en cuanto nos vio se incorporó, se quitó los cascos y nos dijo:

--Hoola, amiigos, me alegro de veros; me teníais preocupado.

Continuará...






lunes, 7 de octubre de 2013

Días de panes y peces

Ramón Jordan, tenía otro día "de ranas"; de ese modo tan peculiar y personal definía la sensación de culpa que le rodeaba de niño cada vez que volvía de la Balsa de la Higuera después de haber pasado la tarde con sus amigos, atrapando, que no pescando,  ranas entre los juncos de la orilla, para someterlas después a tantas tropelías como su amplia imaginación de pequeños exploradores les ofrecía: meterlas en un frasco de cristal de Nescafé con tarántulas o "arraclavos", darlas de comer a una culebra, hacerlas fumar hasta explotar, diseccionarlas con un estilete oxidado entre fraseos seudocientíficos, para luego ensartarlas en un palo de anea y asarlas. Afortunadamente nunca se las comieron, su querido perro Moro, tampoco. Por la noche, sin saber porqué, o se desvelaba o tenía pesadillas con aguas oscuras llenas de batracios. Siempre se preguntó si a sus compañeros les costaba tanto conciliar el sueño como a él. A sus cincuenta años recién cumplidos, pensar en semejantes barbaridades todavía le producía remordimientos de conciencia.
El incidente con los peces le tenía una vez más sobrecogido, sabía que no había sido por su culpa, pero, qué más daba eso: entre todos la tenían...
Llevaba varias jornadas entre guardias y biólogos, colaborando hasta la extenuación en tareas extrañas que no le eran propias: capturar peces muertos o redivivos y, lo peor de todo, aguantar humillaciones y exageraciones del incidente.
El lugar de los hechos, tan precioso como recóndito, no permitía otra intendencia que bocadillos de jamón con tomate que llegaban a primera hora de la tarde, así pues, llevaba varios días entre panes y peces. Protagonista de una parábola surrealista en la que los primeros parecían multiplicarse cada vez que su ayudante traía la comida y los segundos, muertos o redivivos, en cada recuento de los guardias.
Ramón no daba crédito a lo que le estaba ocurriendo; atenazado por un remordimiento inducido por la propaganda sesgada y la confusión, decidió hacer algo a propósito. Una tarde, cuando regresaba solo, con el ocaso de cara ensartado en las agujas de Peña Telera, y sonando a toda mecha la radio con Maria Ewing interpretando "voi che sapete" de las Bodas de Fígaro, al pasar junto a una manada de caballos que flaqueaban su camino, detuvo su "todo-terreno", paro el motor, bajo la ventanilla, el volumen de la radio y, dirigiéndose a uno de ellos, que curiosamente era blanco y negro, le dijo:
-- ¿A ti, qué te parece todo esto?
El caballo no contestó; ¡imagínense que lo hubiera hecho! En su lugar, el "ying-yang" equino, abandonó la tasca frondosa, se acercó a la ventanilla, metió su cabeza dentro, olisqueó la mano de Ramón buscando rastros de olor a pan y se quedó paralizado, apuntando sus dos orejillas dentro, absorto con los encantos canores de contratenor mozartiano.
Ramón, buscando consuelo o absolución, volvió a preguntar al caballo:
-- Tampoco ha sido para tanto ¿No?
El caballo no respondió, increpado por otro más alto y todo negro se alejó; éste, que a todas luces era el jefe de la manada, le tomó el relevo.
Ramón aprovechó para formularle la pregunta:
-- ¿Usted qué opina? ¿Ha sido delito?
Como era de esperar, éste tampoco contestó, pero Ramón Jordán se vio reflejado en sus grandes ojos de azabache y, atravesado por aquella mirada, comprendió.
-- Entiendo. Haré algo al respecto.
Ramón, bajó del auto, se quitó la camisa, buscó con sus dedos un poco de barro tierno en las suelas de sus botas; tal como lo había visto hacer a los indios en las películas, rayó con él su cara y su pecho, se encaramó sobre el techo del coche, y, mirando al pantano embarrado, abrió los brazos en cruz y rezó de la única manera que sabía.
Ramón pidió perdón por sus pecados, y por los de esta Humanidad que, mientras encierra algunos animales en jaulas de oro, a otros los hacina en porquerizas con el propósito de multiplicarlos, no por que les importe su existencia, sino para tener más número que meter troceados dentro de millones de barras de pan.
Terminada su expiación particular, Ramón, recobró su aspecto doméstico lavándose y poniéndose la camisa. De camino de casa, mientras en la radio, Cecilia Bartoli, declaraba a grito pelado: "Io son contenta". se juró a si mismo que aquél sería su último día de "panes y peces".

domingo, 25 de agosto de 2013

El Vagabundo II. -Israel-

Pasaron varios días sin que volviéramos a verle. Al principio aún lo nombrábamos cuando pasábamos paseando junto al banco donde le vimos la primera vez. Transcurridas un par de semanas, ambos convencimos nuestras conciencias asumiendo que habría vuelto a casa, que se había tratado de un experimento propio de un muchacho culto y bohemio, pero que ya estaría en su apartamento, quién sabe si de La Moraleja. Asunto zanjado.

Dejar el trabajo para venir a Zaragoza a vivir como un indigente. Hay gente "pa tó".

Como de costumbre, el primer sábado de mes, habíamos hecho limpieza de papeles: correo comercial, periódicos y revistas llenas de vicios y tonterías; libros no, aunque hay un par que ya han dormido durante unos días en el "saco" de los papeles "para tirar", aunque finalmente los he indultado. Uno de ellos no lo escribí yo, y el otro no lo escribió Sánchez Dragó.

Estaba pues introduciendo los papeles en el contenedor Azul, cuando le vi emerger de entre los contenedores Verdes. Volver a verlo, me sorprendió tanto como me decepcionó.

Llevaba exactamente la misma indumentaria que de costumbre: zapatillas irreversiblemente destrozadas, pantalón de pana marrón dos tallas más grande, largo y muy erosionado por los bajos, jersey con vida propia, y el gorro de lana negra calado hasta la nuca; todo igual, sólo que veintiocho días más sucio y con quince grados más en el termómetro de la calle. Su barba pelirroja , que también había cumplido un mes más, aumentaba la blancura impoluta de sus dientes, las pecas de su cara todavía no curtida por el sol, y la claridad de sus ojos grises.

--- Hola --le saludé al pasar a mi lado.
--- ¡Ah! ¡Hola! No te había reconocido --me dijo, pausado y muy seguro de si mismo.
--- Entonces; ¿te acuerdas de mí? --le pregunté vanidoso.
--- Sí. Sí que me acuerdo.
--- Hace días que no te veíamos. Pensábamos que te habrías ido.

No me contestó.

--- ¿Necesitas algo? --le pregunté.
--- No gracias. Estoy genial --me respondió; siempre sonriendo.
--- Pero, estas buscando... --dije, señalando a los contenedores Verdes.
--- No, de verdad. Estoy genial --repitió, mostrándome sus dos bolsas de papel resistente, llenas de mendrugos de pan, botellas de agua medio llenas, y qué se yo que más.

La muletilla recurrente: "Estoy genial", me hizo pensar que el muchacho podía tener algún tipo de trastorno que le había llevado a un estado tan lamentable, lo cual aún reforzó más mi preocupación por él. De repente tuve la necesidad de saber más de él, reconozco que con la intención de poner a prueba su "fortaleza" mental. Como si yo tuviera aptitudes para semejante examen. :)

--- ¿Cómo te llamas? --le pregunté, con cierto pudor y esperando que no me contestaría.
--- Israel --me contestó, sin pensarlo dos veces.
--- Phineas --le dije, tendiéndole mi mano, que el aceptó tras dejar una de sus bolsas en el suelo.
--- ¿De dónde eres? --le pregunté, en otro alarde de genialidad psicoanalítica.
--- De Madrid. --me contestó enseguida.

Ahora sé que, de haber seguido el interrogatorio, me habría dicho todo sobre él. Y os podría mentir diciendo que me sentí como un... "Gestapo", interrogando a un pobre joven; pero la verdad es que sentí cómo, la aparente sinceridad con la que Israel desvelaba su intimidad, ponía en peligro la mía, así que: en lugar de preguntarle su nombre completo, dónde estaba tu familia, si quería que le pusiera en contacto con ellos, o al menos decirle "ven conmigo que te vamos a ayudar", huí de la siguiente forma hipócrita:

--- Si necesitas cualquier cosa, pasa por ese portal (que no era el mío) todos los días a las ocho de la tarde.
--- Vale. Gracias. Estoy genial, de verdad. Estoy genial --me contestó.
--- Bueno, pero si quieres, ya sabes --insistí, sinceramente.
--- Gracias --repitió, recogiendo su bolsa y alejándose de mí.
--- Bueno. Adiós Israel.
--- Adiós Phineas --correspondió sonriendo.

Observé en que dirección desaparecía y volví a casa con la conciencia revuelta. Al llegar, le conté a Martha lo sucedido. Ella, de inmediato, se puso a preparar una bolsa de lona con ropa usada de nuestro hijo, más acorde a la época del año en la que entrábamos, bebida y comida  para dos días.

Corrimos a buscarlo, pero no le encontramos.

Continuará....

jueves, 22 de agosto de 2013

El Vagabundo I.

La vida nos rodea con unos límites sociológicos que definen el campo de batalla de nuestro ejercicio vital. Estos límites cambian con el tiempo; con frecuencia nos afanamos en ampliarlos con conquistas que no siempre conseguimos, incluso llegamos a perder terreno en amargas derrotas. A veces lo hacen espontáneamente, ora abriéndonos nuevos horizontes, ora limitando o impidiéndonos el acceso a espacios ya conocidos. Otras veces, las alteraciones resultan de la entrada o salida de actores nuevos, que suman o restan su espacio al nuestro: amig@s, espos@s, hij@s, novi@s, seres queridos que nos dejan. Excepcionalmente, aparecen personas que irrumpen en nuestras vidas de forma totalmente inesperada, incluso involuntaria y sin aportar nada a cambio, al menos aparentemente.

Algo así nos viene ocurriendo a mi esposa y a mí desde hace unos meses.

Comenzó a primeros de mayo, aún hacía frío; ya sabéis cuánto tardó en llegar esta primavera "otoñal" que hemos sufrido. Paseábamos por nuestro barrio. Como siempre, ella fue la primera en observarlo, advertido por ella, enseguida lo vi también. Quizá fue su blanca sonrisa, o su mirada limpia de inocente, lo que llamó nuestra atención, pero lo que nos conmovió profundamente, fue lo joven que parecía para ser un vagabundo.

Estaba sentado sobre el respaldo de un banco de la calle. Los pies, con unas zapatillas viejas y sucias, sobre el asiento. Los brazos, apoyados en sus rodillas, sujetaban su cabeza agachada, hasta que pasamos junto a él, entonces levantó la cabeza y nos regaló una sonrisa cautivadora que ambos le devolvimos como si le conociéramos del barrio.

Os parecerá una obscenidad lo que voy a decir, pero si existiera una boutique para vestir indigentes, el muchacho parecía haberse vestido en ella: unos pantalones de lona marrón, arrugados y más largos de la cuenta, se amontonaban sobre las zapatillas citadas; una camiseta, todavía blanca, se asomaba por el cuello redondo de un jersey amplio de lana, muy rozado y comido por el sol, quizá fue de color marrón; un gorro negro, también de lana, ajustado sobre su cabeza, dejaba escapar algunos rizos, casi pelirrojos, emergiendo hacia su nuca.

Mal afeitado, una barba de cabellos rojizos, incipiente y poco espesa, denotaba su juventud. Yo no le eché más de veintitres años.

--- Pobre muchacho --dijo mi esposa y continuó--. ¿Es posible que esté en la calle? Parece tan joven.
--- Parece extranjero. Habrá venido en plan hippie, con la VISA en el bolsillo. --dije yo displicente.
Pero una bolsa de papel como único equipaje y su soledad, hicieron reconsiderar mi afirmación.
Seguimos nuestro paseo camino de casa comentando lo difíciles que se estaban poniendo las cosas, y la suerte que teníamos nosotros, de momento, pues la preocupación por nuestros hijos, seguramente, ya no nos la quitaremos nunca de encima.

Los dos días siguientes no hubo paseo, llegué a casa demasiado tarde, pero llegado el viernes nuestro paseo de costumbre no faltó. De vuelta a casa, después de disfrutar una pinta en el Murray's,  ya con las últimas luces de la tarde, volvimos a verle en el mismo sitio, misma postura, misma indumentaria; sólo un cambio, en lugar de una, eran dos las bolsas de papel que le acompañaban.

No cabía duda, el muchacho estaba en la calle.

Escandalizados, seducidos por la terrorífica idea de que un hijo nuestro pudiera verse en semejante trance, sin que nadie le ayudara, vacilamos un momento con la idea de preguntarle, pero cierto pudor y algo de reparo, nos lo impidieron; en  su lugar aceleramos el paso camino de casa.

-- Corre, vamos a casa, le prepararé algo para que cene --dijo mi esposa, atacada de instinto maternal.

Media hora más tarde, sólo, armado con una bolsa de plástico que contenía un gran bocadillo, zumos, batidos, agua y frutos secos, me presenté en el lugar donde le habíamos visto. El muchacho no estaba. Durante una hora, mientras mi hijo se preparaba en casa un examen de matemáticas y mi padre debía estar acostándose en su cama de la residencia de ancianos, anduve por las calles de mi barrio buscándolo. Nunca había hecho algo así, y me resultaba rarísimo verme a mi mismo haciéndolo por un extraño: quería encontrarle, llegué a desearlo con desesperación. ---Con el frío que hace ¿Dónde pasará la noche?---. Me preguntaba, cuando sonó mi móvil. Era Martha.

--- ¿Estás bien?
--- Sí.
--- ¿Le has encontrado?
--- No. A lo mejor sí tiene piso, y está así en la calle, es porque está un poco trastornado.
--- Está bien vuelve a casa. Es muy tarde. Si le volvemos a ver le preguntaremos.
--- Ok.

Auto-convenciéndome de lo precipitada y exagerada que había sido nuestra reacción, volví a casa y me comí el bocadillo del vagabundo.

Al día siguiente, sábado, salíamos de nuestra calle camino de la compra semanal, cuando le vimos de nuevo, ésta vez fue el colmo, con equipaje de bolsas de papel, estaba rebuscando en una papelera, encontró una lata de refresco, la cogió y la escurrió infructuosamente sobre su boca.
Nos armamos de valor, aparcamos el coche precipitadamente, y nos acercamos a él como quien se acerca a un animalito silvestre, con sigilo, de cara, mirándole a los ojos y mostrándole nuestras manos desarmadas.

--- Perdona --le dije, algo temeroso.
--- ¿Sí? --dijo él, en perfecto castellano.
--- Es que te hemos visto varias veces por aquí, y bueno... Es que... ¿Vives en la calle? --pregunté al fin.
--- Sí --afirmó él, simpático, rotundo, sin pudor ni preocupación.
--- Pero... eres tan joven --dijo Martha.
--- ¿Estás bien? --le pregunté yo.
--- Sí, estoy genial --contestó sonriendo y convencido de su afirmación.
--- ¿Dónde te alojas?
--- A veces voy al refugio de San Blas.
--- ¿Tienes comida? ¿Necesitas algo? --le preguntó Martha, protectora.
--- No gracias. De verdad. Estoy genial  --repitió.
--- Es que eres tan joven --insistió Martha--. ¿Quieres el teléfono para llamar a alguien?
--- No gracias, tengo trabajo y casa. Estoy en la calle por voluntad propia. Cuando quiera puedo volver. Tengo llaves de casa.
--- ¿De verdad no necesitas nada?
--- Estoy genial. Gracias  --dijo con su sonrisa blanca y perfectamente"odontologizada"
--- Bueno, si es una elección tuya no te molestamos más.
--- Gracias, estoy genial --concluyó, con su dicción de bachiller castellano.
--- Cuídate muchacho.
--- Gracias. Que pasen buen día.

Sin decir más, nos rodeó con amabilidad, y prosiguió con paso firme.

Continuará....


Los Bandoleros del Siglo XXI (inspirado en la canción El Bandoler, de Lluis Llach

Ahora, en el siglo XXI, los bandoleros ya no parecen tan malvados, no asaltan carruajes y ya no clavan sádicos sus dagas oxidadas a el pecho de los viajeros desprevenidos. Se ocultan con semblantes amables e inocentes, tras atriles, mostradores, púlpitos y pantallas de plasma; desde donde siguen vaciando los bolsillos de los ciudadanos confiados. Parecen más civilizados, no disfrutan de la sangre brotando de sus víctimas, prefieren el silencio de sus bolsillos vacíos; eso sí, siguen sin mostrar piedad de sus desahuciados.

¿Les quedará a las víctimas el consuelo: de verlos condenados, arrodillados rezando delante de la Virgen del Carmen, pidiendo piedad?

Ningú ho veurà (Nadie lo verá).