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ENTRELAZADOS I. El Legado

De los ojos de Erika habían brotado lágrimas de modo incontrolado, estropeando ligeramente su tenue maquillaje natural.  Después de que todo el equipo de seguimiento la felicitara con entrañables muestras de admiración y cariño, y una vez a salvo en su camarote acristalado del último piso de la torre Alcubierre, mientras dejaba vagar su mirada en la lejana estación de lanzamiento, que poco a poco iba desapareciendo en el ocaso, se consoló pensando en que, a pesar de su empeñó por disimular sus emociones en público, las lágrimas habían estado justificadas por el hecho de que Antón,  su disciplinado alumno de 26 años,   comandante de la misión Aurora , héroe reconocido, y su único hijo, hubiera posado con éxito la nave Tritón 3 sobre Marte, llevando consigo el primer pasaje de 500 colonos destinado a instalarse de modo permanente en el planeta rojo. Una vez recuperada de su desliz emocional, trató de recordar cuándo fue la última vez que había llorado en público y, aun...

Un pececillo de agua dulce

Si el amor es el mar salado,  un pececillo de río, es el rapsoda despechado; nadando encerrado, en cristalino buétago,   e inmerso a la deriva, en el pacífico piélago;  que con el vibrante ritmo, de su verso mal rimado, el cristal de su pecera, intenta ver quebrado.  Phineas Theron, 2020

'El castigo de Lonchinos' Capítulo VI: Kisangani.

A la mañana siguiente salimos de aquél Purgatorio  con un dolor de cabeza insoportable, y los fusiles tirados en el suelo de la tanqueta por falta de fuerzas para sostenerlos. Viajando por algo a lo que ya se podía llamar carretera, tardamos poco en alcanzar la Nacional 4, que estaba totalmente desierta, y en un tiempo que pudo ser una, o dos horas, llegamos a Kisangani; pero el viaje se nos hizo interminable. Estábamos exhaustos; si hubiéramos tardado un día más en alcanzar la “civilización”, muchos no lo habrían conseguido. En el acceso principal a la ciudad había un puesto de la MONUSCO guardado por cascos azules brasileños que no dieron crédito al vernos aparecer por la misma carretera en la que ellos, incapaces de superar la hostilidad de la guerrilla, habían tenido que darse la vuelta varias veces; y aún más imposible les pareció que hubiéramos podido de atravesar la selva sorteando los campos de minas. - ¡¿Minas?! –exclamó “Sandokan”, a punto de liberar sus ojos b...