ENTRELAZADOS I. El Legado

De los ojos de Erika habían brotado lágrimas de modo incontrolado, estropeando ligeramente su tenue maquillaje natural. 

Después de que todo el equipo de seguimiento la felicitara con entrañables muestras de admiración y cariño, y una vez a salvo en su camarote acristalado del último piso de la torre Alcubierre, mientras dejaba vagar su mirada en la lejana estación de lanzamiento, que poco a poco iba desapareciendo en el ocaso, se consoló pensando en que, a pesar de su empeñó por disimular sus emociones en público, las lágrimas habían estado justificadas por el hecho de que Antón, su disciplinado alumno de 26 años, comandante de la misión Aurora, héroe reconocido, y su único hijo, hubiera posado con éxito la nave Tritón 3 sobre Marte, llevando consigo el primer pasaje de 500 colonos destinado a instalarse de modo permanente en el planeta rojo.

Una vez recuperada de su desliz emocional, trató de recordar cuándo fue la última vez que había llorado en público y, aunque seguramente no hacía tanto tiempo, lo primero que vino a su memoria fue una fría mañana de noviembre de hacía veintinueve años, justo los que ella tenía entonces, y en el momento preciso en que conoció a aquel estrafalario ingeniero que afirmaba haber inventado un sistema de propulsión "conservativo", al que denominaba WINDIN. <<¿Cómo se llamaba?>> -Se preguntó, tratando de engañar a su consciencia. <<Se llamaba Ramón>> -le contestó inmediatamente ésta, para su gran disgusto. <<-Qué vergüenza: aparecer llorando como una niña delante de un extraño; además, aquella vez, sus lágrimas no eran precisamente de emoción>>.

Enojada consigo misma por el echo de que aquel recuerdo banal todavía perdurase en su memoria con la suficiente calidad como para recordarlo con nitidez, malgastando capacidad de su prodigioso cerebro: deshizo furiosa el moño de su melena pelirroja tirando de un sencillo pasador de nácar, se quitó la rebeca azul, lanzó los zapatos de tacón tan lejos como pudo sacudiendo sus pies, liberó su blusa de seda celeste, se soltó la falda y la dejó caer al suelo con un leve contoneo de su cintura, tomó una copa enorme y luminosa que le ofreció Φin, tomó un traguito del cóctel azul fluorescente, se la devolvió; y se tiró boca abajo sobre el diván blanco, más indiferente a que la mirada sintética de Φin pudiera escanear su precioso trasero, apenas tapado por una braguita de un impoluto blanco fosforescente, que su rostro lloroso y sofocado.

- ¿Deseas algo? -le preguntó Φin servicial.
- No, vete -le contestó displicente-. Despiértame a las seis cuarenta y ocho.
- De acuerdo -y Φin se dirigió a la puerta, pero antes de salir, añadió-: yo también estoy muy emocionado por el éxito de la misión. Puedes estar orgullosa de Antón.
- ¡Vete ya! -le gritó, y dio rienda suelta a sus lágrimas que, conforme salían de sus ojos, eran absorbidas por los poros de la piel de avestruz del sofá.

Erika se sentía enormemente culpable. Se había pasado la mayor parte de su vida preparando una expedición a Marte, planeta al que ella no podía volver, y, como contrapartida, se había empeñado en que la dirigiera su propio hijo. Ahora, en la Tierra, con los ojos cansados de la albina aridez de los Monegros, se iba a pasar el resto de sus días añorando a su hijo, a quien no podría volver a abrazar, y los atardeceres rojos de aquel planeta, a los que tan agradablemente se hubo acostumbrado.

Tratando de consolarse, y al objeto de dormirse por aburrimiento, redirigió sus pensamientos hacia Ramón. <<¿Qué habrá sido de él?>> <<Seguramente ya se habrá muerto>> <<¿Cuántos años tendría ahora?>> <<Cincuenta y tantos mas treinta: ochenta y tantos>> <<Bueno, si no tiene ochenta y cinco, quizá aún sigue vivo>>
...

Comentarios

Entradas populares de este blog

ACEPCIONES +. El Origen Matemático del Universo

Espaci0Ekis

EXILIO