Al loro Peloro siempre le gustaron los globos. En la casa donde vivía había una niña que se llamaba Valentina que compartía su misma afición: también le gustaban mucho los globos. Había tenido hasta cuatro que se los habían regalado sus abuelos. Uno verde que explotó sin saber por qué, y otros dos de color rojo, que un día de mucho viento salieron volando hacía Balloonia, el país de los globos; así que sólo le quedaba uno de color verde. Mientras Peloro fue jovencito, y aún no sabía volar, jugaba con Valentina a que ésta le pasaba el globo, y él, dándole un empujoncito con su cabeza aún cubierta de suaves plumitas de algodón, se lo devolvía. Así acabaron jugando a algo parecido al baloncesto, metiendo a empujones el globo dentro de la cesta donde mamá guardaba la ropa para lavarla. La niña, que era más grande que Peloro, empujaba la pelota rápida, y con gran destreza encestaba antes, por eso le ganaba siempre, y Peloro se enfadaba un poco; pero enseguida se le pasaba porque era muy bue...