martes, 23 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXIV –Cavalleria Rusticana-

 Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Estaba harto de ser el tipo que había escrito “Cavalleria Rusticana”. Odiaba a la histérica de Santuzza, que no era más que una palurda ruin. Odiaba la prepotencia de Alfio, y los cascabeles de su caballo; a los recolectores de naranjas, y su empalagosa alegría; y sobre todo, detestaba a Turiddu, al cual, él mismo hubiese cosido a navajazos, de haber tenido ocasión.

Porque, a esas alturas, él ya no era Pietro Mascagni, si no Cavallería Rusticana: un arranque de entusiasmo juvenil, que empezaba ya a pesarle a sus treinta y ocho años de edad; ya habían pasado once, desde que, excitado por el reclamo de un concurso, se lanzara a escribir a marchas forzadas, aquella operita de un acto, que pudo entregar cuando ya estaba cerrándose la ventanilla de admisiones.
Para su sorpresa, salió elegido entre setenta y tres aspirantes; y la noche del estreno, en el teatro Constanzi, se sintió no menos feliz que Garibaldi cuando entró en Nápoles. Coronado de laureles, lo proclamaron “El Nuevo Verdi”.

Y él lo había intentado, vaya que sí; se esforzó todavía más que con “Cavalería”, y les brindó trabajos que ni Hércules hubiera querido para sí. Con la sangre de su frente que destilaron las aristas de los laureles. Y es que, llevarlos una noche era una cosa; pero, no poder quitárselos de la cabeza, era una suerte de calvario cotidiano. Pues no reverdecían si no con el rocío del Triunfo, y éste no era un amante a quien gustase repetir cama. Y ahí tenía la prueba: ¿quién se acordaba ahora de los rivales de Rossini, de Donizetti y Bellini?

Él, disciplinado y apasionado, les brindó “L’amico Fritz”, como muestra renovadora de su talento. Los laureles volvieron a adquirir un tono esmeralda, aunque quizá no tan vivo como el de “Cavallería”.

Luego vinieron otros títulos, que tan pronto como llegaron se fueron. “Guglielmo Ratcliff” hubiera podido ser algo, pero los imbéciles de los Tenores, se negaron a cantarla, por considerarla demasiado difícil para sus gargantitas de cristal de Murano.

Zanetto, con sus madrigales florentinos, les pareció una broma carnavalesca sin demasiada gracia; respecto a “Iris”, con su protagonista convertida en flora al final de obra, ¿qué se podía decir? Una ópera ambientada en Japón jamás tendrá éxito –eso es lo que se afirmaron. Y probablemente tuvieran razón.

Lo peor de todo, es que en ese tiempo, su Nombre tuvo dos encontronazos en el cartel. El primero con el bueno de León Cavallo. Le gustaba su música, y le gustaba él, pero ya no encontraba tan agradable que los confundieran.

El otro gran inconveniente, fue el avispado de Puccini. Le gustaba su música, pero no él. Cuando triunfó con “Manon Lescaut”, se dijo que sería “flor de un día”; pero después, vinieron “La Boheme” y “Tosca”. Y ya se empezó a hablar seriamente de un sucesor de Verdi. Y lo peor de todo, es que a él, nunca le confundían con Puccini.

Pero todavía contaba con el cariño del Público; de eso estaba seguro. Por eso se embarcó en la empresa más grandiosa llevada a cabo por un compositor de óperas: “Le Maschere”; la comedia del Arte y la bufonería rossiniana, de la mano, en un título no podía, si no deleitar a los amantes de las delicias canoras.
Convenció a los Empresarios de llevar a cabo un estreno simultáneo en: Génova, Turín, Roma, Venecia y Verona. Ni “Aida” contó con un despliegue semejante en su puesta de largo.

Nada podía fallar. El texto había sido escrito por uno de los libretistas de Puchini, garantía segura de éxito; y en La Scala, cantaría Caruso, y dirigiría Toscanini. Él mismo tomaría la batuta en Roma.

Llegó la noche del diecisiete de enero de mil novecientos uno: en Roma. Los aplausos fueron más tibios de lo que Mascagni esperaba, quizá más cálidos que los de “Guglielmo Ratcliff”, o “Iris”; pero en modo alguno, los que él anhelase.

Como era costumbre, salió del escenario a la primera salva, sin demasiadas ganas de regresar. Su asistente le entregó los telegramas: un fracaso rotundo en las otras cinco ciudades. En Génova, incluso, los abucheos no dejaron concluir de función. En la Scala se rieron del, en absoluto grácil de Caruso, y la Fenizze se habían puesto a cantar el “Adio a la Mamma” de Turiddu en pleno segundo acto. De Turín y de Verona,  mejor no hablar.

Estaba claro, que los tibios aplausos romanos, no eran si no una cortesía al propio autor allí presente. Mascagni palideció y regresó al escenario para disfrutarlos, antes de que se acabasen de apagar.

Esa noche, Pietro Mascagni, regresó al hotel caminando, con las manos en los bolsillos. En una calle oscura, sin comerlo, ni beberlo, se vio abordado por una muchacha de talle ajustado, que primero le pidió fuego, y después diez liras. Al poco, se les unió el compinche de ella, amenazando con armar un escándalo. Vinieron dos carabineros, dispuestos a llevarse al indignado compositor al cuartel.

Ellos le confesaron que no.

Pietro Mascagni, se atusó las solapas, y después, ajustándose lo mejor que pudo al papel que la Historia le tenía reservado, repuso con voz altisonante:

Pues, sepan Ustedes que tienen ante sí al Autor de “Cavallería Rusticana”.

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