sábado, 14 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VI -El Club Isis-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

En Capítulos anteriores:
Como soy así de oportuno, abrí mi primer y último negocio, un taller de Filosofía, en medio de una crisis social inducida por el hastío capitalista, huésped del virus social de la intolerancia, que estaba convirtiendo a las personas en una masa violenta y gregaria, conducida por unos individuos proselitistas: los "pastores"; llamados así por su habilidad para reunir y conducir rebaños humanos infectados.
Resignado a no recibir ni un sólo cliente, fue para mí una gran sorpresa que, nada más abrir la puerta, entraran a toda prisa cuatro intelectuales trayendo consigo "a rastras" el destartalado concepto de Democracia, instaurada en nuestro Estado después de la dictadura. Venían perseguidos de cerca por la chusma infecta.
Tan apresurados como vinieron, se largaron para poner a salvo sus interesantes y "culturalizadas" vidas, dejándome la responsabilidad de restaurar y poner a salvo su apreciada Democracia modelo del 78; todo un clásico.
Enfervorizado por mi negocio recién estrenado, me puse manos a la obra, no si antes vérmelas con los "pastores" quienes, conducidos por sus perros (todos tenemos patrón), vinieron a mi taller atraídos por el rastro de tan insigne y respetado Concepto; el más valioso trofeo de caza para ellos.
Acorralado por los perros de los "pastores", pero ayudado por tres vecinos que también huían de la gleba alienante, conseguí arrancar de nuevo la Democracia y, subidos en ella, salimos sigilosos de la ciudad, cruzando tumultos y hostigamientos, en los que los ciudadanos normales caían en brazos de la enfermedad de modo exponencial. La batalla estaba perdida. Si nos deteníamos, no tardaríamos en pegarle fuego nosotros mismos a nuestra querida Democracia.
Al fin, rodeados de otros ciudadanos que también conducían tratando de encontrar refugio en la paz del campo, o en otras ciudades menos infectadas, conseguimos abandonar la cuidad. Pero teníamos que repostar, y al parar en una gasolinera, la Guardia Civil de Tráfico, a quienes nadie había dado orden de hacer otra cosa que su trabajo, nos obligó muy amablemente a inmovilizar nuestra Democracia por no tener pasada la ITV. Con la de "fragonetas" destartaladas que habrán visto pasar en su vida. Y para colmo, nos recomendaron que pernoctáramos en un hotel de carretera: el Isis.

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VI                   -EL CLUB ISIS-
Anochecía. Dispuestos a no contravenir a los guardias, al menos mientras no se largaran, aparcamos en la puerta del hotel, que en realidad no era un hotel, pues bajo unas enormes letras de neón rosa luminoso, ponía en pequeño, en azul, pero apagado: "Nigth Club".

Paré el motor y, después de pensarlo dos veces, pregunté a mis compañeros:
--¿Qué hacemos?
--¿No esperaras que pase la noche en un "puticlub"? -respondió Julia, la enfermera en paro, con sarcasmo.
--Pues tampoco parece tan mala idea -afirmó Antonio, el propietario de imprenta cerrada.
--Si pagas tú la estancia -le dijo Alvaro, el profesor de instituto despedido.
--No va a ser necesario discutirlo, tiene la persiana echada. Está cerrado -les informé.
--¡Lástima! -dijo Antonio, para fastidiar a Julia.
--Muy gracioso -Añadió ella.
--¿No os parece raro que apenas haya tráfico en la autovía? -advirtió entonces Ernesto, el camarero en paro.

Nos volvimos todos a comprobarlo en el momento mismo en que pasaban tres coches a una velocidad de vértigo; los guardias, todavía en modo automático: "vigilancia de tráfico", conectaron su sirena, y salieron pitando tras el último. Acto seguido, el empleado de la gasolinera también salió zumbando en su deportivo rojo y barato.
Me quedé paralizado mientras las luces azules y el sonido de la policía se iban extinguiendo.
Se hizo el silencio.
--¿A qué esperas? ¡Arranca! -me exigió Antonio.
--Sí, perdona es que me he quedado absorto. No entiendo nada de lo que está ocurriendo -dije, todavía muy confundido.

Arranqué el motor, y disponía a incorporarme a la autovía, cuando pasó un coche a velocidad infernal y con el maletero ardiendo; dos todo-terreno "pick-up" cargados de violentos le seguían de cerca. Al verlos frené en seco, y metí marcha atrás.

--¿Qué haces? -me reprendió Antonio de nuevo.
--¿Qué quieres? ¿Que vayamos tras ellos? -le contesté.
--¿Acaso se te ocurre alguna idea mejor? Vendrán más, y si nos encuentran aquí estaremos perdidos.
--En eso te doy la razón. Pero la autovía es un callejón sin salida. Debemos abandonarla por los caminos.
--¡¿Con éste cacharro?! -intervino entonces Ernesto, y añadió-. ¿Has visto los coches que llevan? Ya casi es de noche. Si queremos tener alguna oportunidad debemos seguir por la autovía. La próxima salida está apenas a dos kilómetros. Esos que huían no creo que se hayan entretenido a salir por ella. Habrán pasado de largo a toda mecha.
--Pues yo creo que es mejor buscar una salida desde aquí o pasar la noche ocultos detrás del Club -añadí.
--Tú haz lo que te dé la gana, pero nosotros nos vamos -concluyó Antonio.
--¿Julia? -le pregunté a ella, pues parecía más sensata.
--No sé, Ramón. Este lugar me da malas vibraciones. Mira cómo ha salido corriendo el de la gasolinera. Ahí adelante pueden estar los guardias, ellos nos protegerán hasta la próxima salida.
--¿Los guardias? Esos estarán multando al de la gasolinera por exceso de velocidad. No saben hacer otra cosa.

En aquél momento sonaron dos detonaciones, en dirección a la ciudad se observó un gran resplandor y todas las luces de la estación de servicio se apagaron. Mis compañeros se pusieron muy nerviosos y me corearon:
--¡Arranca ya!
--¡Que no! -insistí-. Nos han visto, y nos estarán esperando.
--¿Esperando? ¿Acaso crees que a esos le importa volver por la autovía en sentido contrario? Eres un iluso. Debí darme cuenta cuando acepté ayudarte con este cacharro. Seguro que ni es el original y nos has mentido -me acusó Álvaro.
--No creo que tú seas la persona más adecuada para llamarme mentiroso. Experto en engañar a los muchachos -le dije sin reparos.
--Está bien -dijo Álvaro, bajándose del coche-. Tú lo has querido.

Álvaro, que además de profesor de Historia había sido deportista, abrió mi puerta, me sacó de un tirón dejándome en el suelo, ocupó mi sitio, y, con la puerta todavía abierta, salió seguido de una gran nube blanca.

--¡No iréis muy lejos! ¡Estáis locos! -grité.

Exonerado por la fuerza de mi responsabilidad, por mi cabeza pasaron toda clase de infortunios que podrían suceder a nuestra desvalida Democracia. Había fallado en mi primer trabajo serio. La verdad es que era más de lo mismo. Toda mi vida había estado llena de grandes ideas frustradas. Era un fracasado a quien sólo le quedaba esperar que los "pastores" le inocularan el virus de la intolerancia. No opondría gran resistencia, luego podría descargar todas mis frustraciones castigando a los insumisos.

La noche cerrada me encontró sentado en el suelo. No hacía frío, y el silencio de la humanidad huida, había dado paso a los sonidos de la naturaleza. Por un momento me olvidé de lo que estaba ocurriendo, y me sentí a gusto, tanto que casi me dormí. Un sonido tecnológico me espabiló, venía de parte del Club, era el cebador del tubo de neón que, de repente se encendió, escribiendo en la negrura que me rodeaba el gran letrero: "ISIS", y una flecha roja que invitaba a acercarse a la puerta.

Sin dudarlo dos veces, como una polilla, me acerqué. Si había alguien dentro, podría ayudarme, pero lo primero sería rogarle que apagase la luz, pues suponía un reclamo para los "pastores" que seguramente aún circularían contagiando o exterminando a cuantos tratasen de circular por la autovía.

Mientras subía los peldaños que precedían al atrio porticado de un edificio simple, de corte clásico entre egipcio y griego, la persiana metálica que protegía la puerta principal comenzó a abrirse automáticamente.

Una puerta de cristal negro se abrió ante mí. Del interior salió una luz tenue y rojiza. Tan pronto como crucé el portal, como si me hubieran adivinado el pensamiento, la luz de neón exterior se apagó, y se cerró la puerta de cristal. Frente a mi, en penumbra, había un recibidor, detrás de él, una mujer.

La recepcionista del puticlub, vestida con una túnica blanca plisada en toda su longitud, un peto de pedrería de ámbar y un tocado egipcio, me pareció la mujer más hermosa que había visto en mi vida. No era una muchacha, ni una mujer madura; podría tener algo más de treinta, quizá treinta y tres, pero en realidad, parecía no tener edad definida.

--Hola Raaamon -dijo la fulana cariñosa, como si yo fuera un cliente conocido, pero tartamudeando un poco al decir mi nombre-, te estábamos esperando.
--¿Me esperabais? Perdona, pero nunca había estado aquí. ¿Me conoces? -le pregunté muy sorprendido.
--No, pero nos dijeron que vendríais.
--¿Os dijeron? ¿Quién? ¿Los guardias? -pensé que los guardias, al largarse, les habían pedido por teléfono que nos dieran refugio.

No me contestó, en su lugar dijo:

--Perdona, no me he presentado, soy Isis, la encargada de este lugar. He visto como te dejaban abandonado tus compañeros. Han sido unos irresponsables.
--Desde luego que sí. Estoy muy preocupado por lo que les haya podido ocurrir. A ellos y a mi furgoneta.
--Esa furgoneta era muy importante para ti, ¿verdad? -me preguntó, con su voz dulce, pausada y armónica. (Nunca más la oí tartamudear, excepto cuando decía mi nombre)
--Por supuesto. Es un modelo único, un clásico muy valorado. Aunque, en realidad no es mía, unos amigos me la dejaron para que la reparara. Y ahora me la han robado. Soy un desastre. ¿Pero... porqué dices "era"? Espero que hayan conseguido escapar.
--Disculpa mi incorrección. Estoy segura de que lo habrán conseguido.
--No te preocupes. ¿Estás sola? ¿Dónde están...?
--¿Te refieres a mis compañeras?
--Sí.
--Les dije a todas que se fueran esta mañana. Aquí no estaban seguras.
--¿Y tú? ¿Porqué te quedaste?
-- Era mi obligación.
--¿Cuidar de ésto? ¿Tú sola?
--No estoy sola. Ellos cuidan de mí -dijo, señalando detrás de mí.

El susto que me llevé cuando me dí la vuelta, estuvo a punto de pararme el corazón. Seis morlacos negros, vestidos con trajes marciales completamente negros, múltiples armas negras y gafas negras, llenaban el amplio espacio que me separaba de la puerta de cristal, negro. No los había visto, ni oído venir.

--Tu guardia pretoriana. ¿Eh? -le dije con una sonrisa floja, y añadí-. No he venido para crearte problemas. No me importa, de veras, me buscaré la vida por el campo, deja que me marche. No diré que estáis aquí.
--No son mi guardia pretoriana, son nuestros guardianes -afirmó Isis, muy seria.
--¿Nuestros..?
--Sí. Espera aquí un momento.Vuelvo enseguida.

¿Que esperara allí? ¿Dónde podía ir? ¿Por encima de qué cadáveres? Pensé con sarcasmo.
Isis volvió en un cuarto de hora. Es evidente que había ido a cambiarse de ropa, pues volvió también uniformada de negro, pero con un modelito tan ajustado y sugerente, que... Mejor os ahorro detalles para que no sufráis mucho de envidia.

-Sígueme Raaamon -me ordenó.

Obediente como un corderito (todos tenemos amo), la seguí. Bajamos a un sótano profundo guardado por una puerta blindada. Al abrirla, se extendió ante nosotros una estancia blanca que crecía a medida que se iban encendiendo docenas y docenas de hileras de fluorescentes. Aquello, más que un sótano era un hangar, en él había coches de altísima gama, motos, hasta una lancha; armarios con armas dentro, bidones, y más soldados; eso sí, todo de color negro sobre un fondo blanco impoluto.

--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Continuará...

Próximo capítulo: La Aureocracia.

sábado, 31 de mayo de 2014

La tribu de los Kaïri-kó y las gallinas ponedoras.

            Hace muchos, muchos, muchos años; érase una tribu de la etnia Kio-mañón conocidos como los Kaïri-kó. Apenas cuatro docenas de indígenas que, desde tiempos inmemorables; vamos, ellos ni se acordaban desde cuándo, como para acordarme yo milenios después, habitaban en los abrigos de lo que hoy denominamos “Estrechos del Río Martín”; río al que ellos llamaban Ta´rtín-Kó. Aquella buena gente vivía cazando, recolectando y apoyados por una agricultura y ganadería incipientes gracias a que el valle del Río Ta´rtín-Kó era el doble de profundo que ahora y todavía tenía muchos manantiales termales; por lo que, a pesar de que entonces la Península Ibérica tenía un clima mucho más frío que el actual, el valle gozaba de un micro-clima algo más templado que favorecía que en él abundasen frutos salvajes como acerollas, manzanas, mengranas, higos, brevas, almendras, nueces y avellanas.

A las abruptas paredes del valle, donde vivían cabras, se asomaban bosques de coníferas enormes, ricos en piñones. Hacia el norte, se abría una pradera que llegaba hasta el borde mismo de un gran lago, en ella se podían cazar bisontes, jabalíes, conejos, liebres, perdices, codornices, y unas gallináceas grandes y negras ahora extinguidas; a las que ellos llamaban Ti-Táh. Esta situación privilegiada garantizaba el sostén de una población emergente, dando lugar a numerosos asentamientos Kio-mañón.

Alrededor de los Kaïri-kó, estaban los Kolorau-kó (Cabezo El Royo), los Konif-kó (La Pinarosa), los Tautin-kó (El Palomar), los Karnus-kó (Lastras de San José), los Bastar-kó (Cárcava de Alacón); había otros, pero, éstos que cito, eran los más amigos de mis admirados Kaïri-kó.

Obligados por los caprichos de un clima extremo, los aborígenes Kio-Mañón eran un sufrido pueblo de cazadores diestros e infatigables. Cuando dejaba de nevar, solían pasar varias jornadas fuera del valle buscando capturas para mantener la tribu. Respetaban escrupulosamente los territorios de caza, por lo que, a pesar de la proximidad, aquellos poblados no solían relacionarse mucho entre sí; lo cual no significaba que se odiasen, al contrario, se reconocían y se trataban como una gran familia. 

Los poblados Kio-Mañón acostumbraban a visitarse un par de veces al año: la primera, catorce días antes del equinoccio de otoño (hoy el 8 de septiembre), cuando los jóvenes intercambiaban visitas con los poblados más próximos al objeto de encontrar compañeras para la procreación; y la segunda, durante el solsticio de verano, cuando los poblados recibían a las jóvenes madres con el fruto de la visita anterior. A partir de ese momento las muchachas y su prole, eran aceptadas en la aldea del padre como miembros de pleno derecho. Para celebrarlo, hacían una gran hoguera (hoy 21 de junio) en torno a la cual, danzaban y saltaban hasta la extenuación. Así se venía haciendo desde hacía miles de años, y les garantizo que no les aburría su modo de vida.

A veces, el tiempo mejoraba durante varios años seguidos, lo que permitía llevar a cabo los primeros experimentos en agricultura y ganadería en las terrazas fluviales; pero otras ocurría justo lo contrario, y las nieves apenas desaparecían en verano; entonces, los Kio-Mañón sobrevivían gracias a que habían aprendido a criar cabras en los abrigos del valle y a domesticar Ti-Táh’s; éstas, con el paso del tiempo y la vida sedentaria, habían ido cambiando hasta convertirse en una especie mucho más grande e incapaz de volar, a la que todos llamaban Kairi-kas, en honor a la tribu de los Kaïri-kó, pues era por todos conocido que nuestra tribu fue la primera en domesticarlas. Supongo que a estas alturas se habrán dado cuenta ustedes, que nuestros amigos los Kaïri-kó fueron los creadores de las gallinas.

El peor momento para la etnia, llegó un largo invierno que ya duraba cinco años, agravado a causa del hostigamiento al que les sometían las primeras hordas de la etnia Gnudenthal, en su huída del extremo frío norteño. Los Kio-Mañón sufrieron ataques crueles, saqueos; pasaron penurias, y mucha hambre. La mayoría de los poblados tuvieron que emigrar hacia Levante. Afortunadamente, los Kaïri-kó, ocultos tras la barrera natural de los profundos estrechos del Ta´rtín-Kó, se mantenían a salvo de los bárbaros Gnudenthal, viviendo autárquicamente en su reducto gélido y cavernícola, administrando los pocos recursos de que disponían, plantando semillas, domesticando cabras, palomas y Kairi-kas (gallinas) que les permitían convertir en proteína las hormigas, los arraclavos, los fardachos, las sargantanas y la poca hierba que crecía en las orillas del río.

Todo eso no habría sido posible sin su excelente inteligencia y una avanzada organización social formada por clanes familiares, y liderada por el Akán-kó, un Consejo de seis ancianos y seis ancianas, regentado cada siete años por un Jefe: el Akani-kio, o Akani-kia, según fuera hombre o mujer. 
Los Kaïri-kó no habían sentido todavía la necesidad de elaborar creencias religiosas complejas; pero, como en cada aldea, siempre había un individuo que apenas comía, no cazaba otra cosa que culebras y fardachos, no recolectaba más que hierbajos para hacer brebajes; no pastoreaba si no urracas; no procreaba, ni convivía con otra persona. A este individuo que vivía a las afueras de la aldea, se pasaba el tiempo aislado, observando, pintando piedras, o soltando frases incomprensibles y lanzando vaticinios, le llamaban el Selkï-kio, o Abaï-kia, según su sexo y era algo así como un sanador y líder espiritual; lo que más tarde se conocería como hechicero.
Habían pasado cuatro años desde que las últimas muchachas “forasteras” vinieran con sus retoños. Aislados por la nieve, los Kaïri-kó, al no poder competir con sus vecinos, ni tener que esforzarse en buscar madres para sus hijos, comenzaron a volverse haraganes y a procrear sin control. El aumento de la población obligó a un racionamiento de los alimentos, por lo que no tardaron en aparecer las primeras disputas por la comida; sobre todo la de los animales, pues en cada cárcava o gruta vivía un clan, que guardaba su propio rebaño de cabras y gallinas. 

Al igual que ahora, entonces, el reparto de la riqueza tampoco era equitativo, y en tiempo de crisis, la abundancia de unos se convirtió en la necesidad de otros. El alimento más codiciado, por su alto valor nutritivo y su carácter renovable, eran los huevos; y así fue que éstos, una vez cocidos y duros, se convirtieron en moneda de cambio. Con la aparición del dinero “por huevos”, la desigualdad entre las familias no tardó en aparecer y con ella rivalidades y  enfrentamientos entre clanes donde siempre ganaba el que más huevos tenía, lo que llevó a la comunidad a un estado autoritario insostenible, que a punto estuvo de romper el Akán-kó (Consejo). Afortunadamente la Abaï-kia (Hechicera, pues en ese momento el cargo lo ostentaba una mujer) reunió un día al Akán-kó y les propuso una idea genial: colectivizar los gallineros y nombrar un responsable cuidador: el  Kiriko-kan. A regañadientes, la idea fue aceptada; seguramente porque divididos no tardarían en bajar la guardia y ser localizados por los Gnudenthal, lo que significaría su fin.

Con la producción de huevos colectivizada y el reparto equitativo de los alimentos, los ánimos entre los Kaïri-kó se serenaron y la convivencia no tardó en volver al buen camino. De este modo, más unidos que nunca, mientras los jóvenes montaban guardia en los desfiladeros, los hombres cazaban juntos, las madres cuidaban de niños y ancianos y las muchachas pescaban y buscaban alimento para el ganado, el Kiriko-kan vigilaba, alimentaba las gallinas, cocía y administraba los huevos. Así fue hasta que, un mal día, las gallinas dejaron de poner. 

El Akán-kó se reunió de urgencia y el Kiriko-kan fue llamado a declarar. Interrogado por el Akani-kio (jefe del Consejo), aquél respondió muy alterado:

¡Kó! ¡Maño! Estas gallinas s’an secao. Si no, no me lo explico.

¿Es que no les das de comer? –preguntó el Akani-kio.

¡Hostia si comen! ¡Tragan como culebras, kó! Y por la noche cloquean como si pusieran. ¡Kó! Pero por la mañana no hay nada –respondió el Kiriko-kan, desconcertado.

Extrañados por el suceso, y alertados por la situación de penuria, decidieron consultar a la Abaï-kia. Ésta, tras analizar los conductos cloacales de las gallinas dijo:

Estas gallinas, poner, ponen.

A lo que el jefe protestó furioso:

Sí maña, ¡pero por las mañanas no hay güevos!

La hechicera se quedó mirando al Akani-kio como si no acabara de entender lo que éste le quería decir, luego le contestó:

Lo que pasa con los huevos, admirado Akani; eso, eso es otro cantar. Kio.

¿Qué quieres decir, maña? –preguntó el Akani-kio.

Pues, que os los roban –contestó la hechicera.

¡Considera! La paniquesa no puede pasar por el bardal de cañas y espinos, y además, dejaría cascas rotas y pisadas –se defendió enseguida el Kiriko-kan.

No es la paniquesa, si no alguien capaz de abrir la puerta por las noches, quien se los lleva –afirmó la Abaï-kia, analizando la puerta del bardal removida por uno de sus lados.

¿Quieres decir que alguien de la tribu los roba? –preguntó el Akani-kio, escandalizado.

Eso digo y mantengo –sentenció la Abaï-kia.

La conclusión de la hechicera sentó como un jarro de agua fría en el Akán-kó, pues nunca en la historia alguien había robado algo en la tribu. Con esa afirmación tan tajante se quebró de nuevo la frágil armonía de la tribu. A partir de ese momento, todo fueron corrillos y cuchicheos.

Seguro que ha sido ella, que se los da a sus culebras –afirmaban algunos refiriéndose a la propia Abaï-kia.

Son el Akani-kio y su camarilla –decían los de la otra margen del río.

Es el Kiriko-kan, su mujer cada día está más gorda –decía la mayoría ignorando su conocida preñéz. 

Ante tan graves acusaciones, el Kiriko-kan renunció a su cargo que fue ocupado de inmediato por Urdani-kio, el yerno del jefe. Éste era un joven alto y fornido, dotado para la caza y para la lucha, que contaba con popularidad y el reconocimiento de todos. Lo primero que Urdani-kio propuso, fue hacer guardia por las noches bajo la luz de las antorchas; pero así, las gallinas, inquietas, no ponían. Así que propuso hacer guardia sin luz, él mismo dirigiría la operación. Entonces las gallinas sí parecían poner pero, cada mañana, los huevos habían desaparecido sin saber cómo. Ante la gravedad de lo hechos, el Akani-kio solicitó un concurso de ideas para solucionar la situación. Tal como era de esperar, a nadie se le ocurría nada, hasta que la Abaï-kia dijo:

Tengo la solución. Pronto sabremos quién ha sido.

¿Cómo, Maña? –preguntó el Akani-kio algo alarmado.

Les preguntaremos a las gallinas –respondió la Abaï-kia–. Convocad asamblea para la próxima luna nueva –exigió al Consejo, y no dijo nada más. 

Tan incrédulos como desesperados, decidieron hacerle caso. Cinco soles y cinco lunas menguantes después, que sin huevos que comer se les hicieron interminables, llegó la luna nueva. Al anochecer, se colocó la tribu sentada en círculo en torno a una pequeña hoguera. Estaban todos, incluidos el Akani-kio y su “camarilla” presidiendo el Akán-kó. La anciana Abaï-kia, ataviada con una piel de cabra blanca, salió del círculo y se puso de pie junto a la hoguera; allí había un boto de piel lleno de agua, y una jaula de mimbres con tres gallinas hermosas: de cara colorada, cuerpo marrón claro, con la cola y el cuello de brillantes plumas negro azabache; las mejores “ponedoras”. 

Esperaron a que se hiciera noche cerrada, luego la Abaï-kia, apagó el fuego con el agua y, bajo la oscuridad más absoluta, canturreó una plegaria que no entendió nadie, y añadió:

Ahora pasaré por cada uno de vosotros llevando una gallina, que dejaré sobre vuestra cabeza y cuando la pose sobre el ladrón, la gallina cantará; encenderemos el fuego y sabremos quién ha sido. 

La hechicera hizo tres rondas portando cada vez una gallina diferente. Ninguna cantó. En silencio, dejó la última gallina y encendió el fuego de nuevo. Al volver la luz, todos se miraban desconsolados diciendo:

No hay manera Kiós. No han cantao. No sabremos quién es.

¡¿Cómo que no?! –gritó la Abaï-kia.

¡Pero Kiaaa! ¡Maaañaaaa! ¡Que no han cantao las gallinaaas! –respondió la tribu al unísono.

A ver, enseñadme vuestras manos –les inquirió con autoridad la Abaï-kia. 

Todos obedecieron de inmediato mostrando sus palmas. Todas refulgieron blancas ante la luz de la antorcha de la hechicera; bueno, todas no: un par, las de Urdani-kio, no, porque estaban negras de hollín.

¡Tú has sido! ¡Kió!  –acusó la Abaï-kia, al observarlas. 

Toda la tribu quedó estupefacta ante imputación de la hechicera. Estaba acusando, nada más y nada menos, que al yerno del Akani-kio: el joven más apuesto, el más fuerte y el rastreador más cauteloso y audaz de la frontera.

¿Yo? ¡Pero mañaaa! ¡Tiaaa! ¿Qué dicee? ¿Está tonta, o qué? –gritó Urdani-kio, muy contrariado, y añadió–:  ¡si no han cantao las gallinaaas!

No han cantado porque cada vez que pasaban por tu lado, tú les retorcías el cuello para que no pudieran. Yo las había cubierto con hollín y por eso tienes ahora las manos negras. ¡Ladrón! –le acusó la Abaï-kia.

Descubierto y sonrojado por la vergüenza, el ladrón trató de huir; pero sus dos cuñados, ante la mirada atónita de su hermana, se abalanzaron sobre él agarrándolo con fuerza hasta inmovilizarlo.
Mientras la tribu al completo, incluidos sus suegros, increpaba y amenazaba a Urdani-kio, él se protegía escudado sólo por su esposa, Tanita-kia, quien, aparentemente ajena a los tejemanejes de su esposo, defendía su inocencia y pedía aterrorizada que le escuchasen.

Tanita-kia era la menor de los doce hijos del Akani-kio y su ojito derecho. La muchacha se había enamorado locamente del joven Urdani-kio desde la primera vez que éste vino procedente de la remota tribu de los Ralen-kó. Él repitió visitas por tres años y cuando ésta quedó embarazada, en lugar de marchar con el solsticio de verano a la tribu Ralen-kó, el Akani-kio hizo cuanto pudo para, contra la costumbre, convencer a los ancianos del Akán-kó de que fuera Urdani-kio quien se quedara con los Kaïri-kó, y así no perder a su hija preferida. 

Ante una situación tan comprometida se hacía necesario un castigo ejemplar. Sin tiempo que perder, esa misma noche, se reunió el Consejo. 

Ante el Akán-kó, Urdani-kio confesó avergonzado que había estado robando los huevos para dárselos a un grupo de su antiguo poblado Ralen-kó, que se había refugiado en el bosque después de que los Gnudenthal destruyeran su aldea.

En la boca de la cueva del Consejo, toda la tribu esperaba impaciente la decisión de los ancianos. La palabra destierro estaba en boca de todos: “al fin y al cabo, qué cabía esperar de un forastero”. De pronto, salió el Akani-kio acompañado de sus hijos mayores que sujetaban al reo, todo el Akán-kó les respaldaba. 

Un silencio sepulcral se hizo en la tribu.

Entonces, habló el Akani-kio con solemnidad:

Este hombre ha confesado que robaba los huevos.

La tribu al completo comenzó a gritar:

¡Fuera! ¡Destierro! ¡Ladrón!

¡Silencio! –gritó el jefe, y añadió–: por ello ha sido condenado a abandonar la aldea y salir del desfiladero en cuanto amanezca.

¡Bien! ¡Justicia! –chilló la mayoría.

¡No! ¡Encerrémosle! –gritaron otros–. ¡Si dejamos que se vaya volverá con los Matra-kos! (Así era como llamaban a los Gnudenthal).

Las opiniones contrapuestas desembocaron en una discusión generalizada que amenazaba con ir a mayores; alarmada, la Abaï-kia se subió sobre una piedra, y gritó:

¡Para daos gusto a todos, que haga las dos cosas: que se vaya y que se quede!

Semejante afirmación dejó a todos perplejos. De nuevo se hizo el silencio; entonces, la hechicera añadió:

Este hombre ha estado robándonos, cierto, pero lo ha hecho por una causa noble, mantener a su antigua familia que encontró desahuciada por los Matra-kos y oculta en el bosque. Lo peor que ha hecho no ha sido robarnos, si no desconfiar de nosotros; pero, en estos tiempos de infamia… ¿Quién confía en quien? ¿Qué podía hacer? Son muchos. Si los hubiera traído aquí, ¿los habríamos admitido?

¡Aquí no hay comida para más! ¡Moriremos de hambre! –gritaron algunos.

¡Traerán la desgracia con ellos! ¡Les seguirán los Matra-kos! –advirtieron otros.

¿Acaso no pensáis que entre esa pobre gente pueden estar vuestras hijas, vuestras hermanas y vuestros nietos? –les dijo la hechicera, refrescándoles la memoria.

De nuevo se hizo el silencio. Las mujeres comenzaron a murmurar.

Mi hijita marchó con los Ralen-kó hace veinte primaveras –dijo una anciana, rompiendo el silencio.

Y la mía diez. Y mi nieto, ocho… –corearon otras, más jóvenes.

Dejemos que este hombre se vaya y, sin dejar huellas, que vuelva con los suyos, que en realidad son los nuestros.

¡Moriremos todos de hambre! –insistieron los más cerrojos.

Si hemos aguantado dos lunas nuevas sin huevos y ellos otro tanto sólo con ellos, sobreviviremos compartiéndolo todo –les rebatió la Abaï-kia.

Debemos ayudarles –dijo el Akani-kio, más compadecido de su hija que de su yerno.

Si no hubiéramos contravenido la costumbre, no habría pasado esto. Tú tuviste la culpa dejando vivir aquí a ése –acusó alguien al jefe.

¡Tienes razón! Y pagaré por ello –gritó el Akani-kio–. Pero todos somos Kio-mañón. ¡Quizá los últimos! Cuantos más seamos, más probabilidades tendremos de combatir a los Matra-kos –añadió el Akani-kio para convencerles.

El jefe tiene razón –empezó rumorearse, y luego la mayoría coreó–: ¡vayamos a buscarles! Y, si vienen los Matra-kos, ¡les daremos su merecido!

Al fin todos convinieron que debían ir a buscar a sus vecinos y acogerlos como buenos Kiomañones (hermanos). Al día siguiente la tribu de los Kaïri-ko aumentó en otros treinta y tres individuos famélicos, muchos de ellos parientes, era lo que quedaba de los Ralen-kó. 

A su llegada, se lamentaron ausencias, pero se dieron escenas muy emotivas de reencuentro entre madres e hijas, nietos con abuelas y con desconocidos que, a partir de ese día, nunca más se sintieron “forasteros”.

En agradecimiento, los Ralen-kó pidieron a la Abaï-kia que pintara, en lo más profundo de la cueva del Akán-kó, un dibujo que representara a la familia unida de los últimos Kio-Mañón, rodeada de bisontes, cabras, gallinas, huevos muy gordos y alegría, mucha alegría; y se conjuraron para que todos tuvieran buena suerte.

Renovaron el Akán-kó incluyendo representación de los recién llegados, y eligieron un nuevo Akani-kio, pues el anterior dimitió. 

Por fin se asentó la normalidad en la aldea de los Kaïri-kó y las gallinas volvieron a poner huevos gordos todas las mañanas. Así vivieron felices junto a los Ralen-kó hasta que, diez primaveras más tarde, les encontraron los matracos Gnudenthal.

- Fin -
                                             … Pero ése no fue el final de los Kaïr-kó.

jueves, 1 de mayo de 2014

VAGABUNDO VIII -Ya es primavera en Rotonda-

Ya es primavera en Rotonda, y sus árboles se han vestido de la forma esperada, cubiertos de hojas grandes. Su vegetación sólo es verde, en todas sus tonalidades, pero no hay otro color que el verde, hasta las losas del suelo de sus avenidas radiales, ocultas del sol por la frondosidad de sus bosques, mantienen un verdín mohoso.  No hay flores, perdón, si las hay, las de las moreras, el árbol predominante en la isla, pero también son verdes. Vengo pensando que quizá sea esta peculiaridad la que ha hecho de Rotonda un lugar elegido por los transeúntes: su discreción silenciosa y verde, y un maná de moras blancas maduras, que a partir de junio impregnan el suelo y los bancos de un manto meloso y alimenticio. Estoy seguro que esto fue lo que atrajo a su Majestad, Israel I el Navegante, a recalar en esta isla y hacerla parte de su gran Reyno: Rotonda, la isla de las moras blancas, reza ahora en su carta de navegación.

El Rey no ha vuelto Rotonda, estará en palacio, o quizá explorando y conquistando nuevos terrenos. Dudo que vuelva algún día. Sus colonos, desposeídos de las ventajas de la corte, van perdiendo interés por la colonia y, como la primavera va llegando como a trompicones, muchos días ésta permanece desierta. Sólo el Capitán Amudsen, afincado en un cajero de la costa más cercana, sigue con la pesca acostumbrada en sus costas. Hombre rudo, más amigo del mar de asfalto congelado y las losas de cemento, que de la esponjosa suavidad verde del interior de la isla donde las ruedas de su trineo se atascan, se limita a circundarla diariamente de camino a sus caladeros.

Un temor está invadiendo mis pensamientos, el que tengo a esas criaturas voladoras verdes, venidas de ultramar, que después de desplazar a nuestras queridas picarazas (urracas) de sus nidos en los bosques de los acantilados, ahora quieran ocupar Rotonda, despojándola de su tranquilidad con sus charradas impertinentes y permanentes, y esquilmándola en marabunta del rico maná que mantiene a los transeúntes durante la canícula.
Ya veremos.Quizá tenga que avisar al Rey para que envíe a su ejército de gorriones y las ahuyente.

Continuará...

martes, 29 de abril de 2014

La Evolución Silente

¿Cuándo volverá a la mirada de nuestros hijos la alegría de afrontar el futuro con esperanza?

¿Cuándo volverán a confiar en alguien lo suficiente como para dejarle las riendas de la Sociedad?

¿Dejarán que los cuatro jinetes, cada vez más desbocados, sigan pisoteando su dignidad?

¡No lo harán! Descabalgarán a sus jinetes y liberarán a los caballos.

Nuestros jóvenes lo van a cambiar todo, y, por primera vez en la Historia, lo van a hacer con toda la sangre corriendo jubilosa por sus venas. La Evolución Silente está en marcha, y nadie la podrá parar.

Confío en ellos, confiad vosotros también.

¡Adelante jóvenes! Dad una lección a los maduros que nos dejará boquiabiertos como ancianos de baba. El Futuro es vuestro. Volad hacia otra orilla donde la competitiva ambición no os divida, y ninguna Fe os impida conocer la Realidad. Mi palabra está con vosotros. PhTh (2013)

viernes, 25 de abril de 2014

De la Manutención a la Evolución, con la mínima Volatilización.

Llevamos años escuchando que el Capitalismo esta sufriendo una crisis económica sin precedentes, y observamos sus efectos en los millones de personas que vamos quedando en los márgenes sociales. Ni en nuestros peores pronósticos sospechamos caer tan bajo. Oímos que los Bancos han perdido el dinero ahorrado por el proletariado, que los "Mercados Salvajes" lo han devorado, sin que los grandes baqueros, otrora famosos por su destreza abatiendo animales salvajes, pudieran hacer nada para evitarlo. Riesgos propios de la economía selvática, rica en nuevas especies de depredadores terrestres y marinos; daños normales en esta nueva campaña de exploración humana en la que nos han metido, incapaces de desarrollar la tecnología necesaria para la Exploración Espacial. Aún así, nos piden paciencia y contención. Contentos de que al menos no estemos muriendo de malaria en Filipinas, o digeridos por un caimán como nuestros ancestros manchegos, conquistadores del Nuevo Mundo.

Opino que esta crisis es una farsa. Si todos debemos tanto dinero, ¿a quién se lo debemos? ELos USA, UK, China, Japón, Rusia, Europa, todos estamos endeudados, ¿quién es el acreedor? ¿Los alienígenas? La mentira ya no se sostiene.

Esta crisis existe porque el Capitalismo se inventó una falacia llamada Economía Monetaria, según la cual nuestra manutención depende de un valor numérico empírico comúnmente conocido y aceptado: el dinero; de modo que nuestra subsistencia depende de la apreciación subjetiva de ese valor por parte de los demás, convirtiéndose nuestro recorrido vital en una carrera de obstáculos establecidos por un juego económico de ámbito global. Somos piezas en un enorme tablero del Monopoly, en manos de ludópatas viciosos, que ya no saben qué cambios de reglas del juego inventarse para seguir divirtiéndose.

Pienso que la Humanidad debería administrarse por tres tipos de Economías:
- Economía de Manutención: la administración de una subsistencia digna y natural de todos los Seres Vivos.
- Economía de Evolución: la gestión razonable de la mejora voluntaria y progresiva de los Seres Humanos.
- Economía de Volatilización. la que administra y gestiona los Recursos Naturales para garantizar la Economía de Manutención y la Economía de Evolución, con la mínima desaparición "volatilización" de los Recursos Naturales. He adoptado este término por su fácil parametrización con la emisión de CO2 u otros gases volátiles y contaminantes.

Para no aburrirles, unos ejemplos muy gráficos:

Economía de Manutención: La Agricultura Ecológica, la Cocina equilibrada, el Trabajo digno y voluntario.

Economía de Evolución: La Cultura y la Ciencia al servicio de la Manutención, la mejora continua de la Vida a través de la Salud, la garantía de la Igualdad y de la Diferencia voluntarias, y el Desarrollo físico e intelectual de los todos los Seres Vivos.

Economía de Volatilización (mejor con unos casos de mala praxis):
>>destruir la estructura de la materia para obtener energía.
>>sobrevalorar el trabajo mediante el dinero, y por lo tanto nuestro acceso a la Economía de Manutención en función de nuestra aptitud para el trabajo.
>>diversificar innecesariamente los artículos de primera necesidad: yogures de cien sabores diferentes, pan de cuarenta variedades...
>>crear nuevas necesidades "No Evolutivas".
>>cobrar unos pocos € por viajar en avión a otra ciudad que dista miles de kilómetros.
>>fomentar la natalidad por razones ideológicas, sin tener en cuenta la garantía de Manutención.
>>mantener y globalizar costumbres tribales, ancestrales y anacrónicas, que producen cientos de millones de desplazamientos en vehículos volatilizadores para hacer coincidir a los Seres Humanos en determinadas celebraciones .
>>pretender conquistar el espacio con tecnología cohete.
>>la Guerra.
>>...

Les animo a añadir en comentarios tantos ejemplos de mala praxis en Economía de Volatilización como se les ocurra.

Gracias por su atención. PhTh (abril 2014)

Economía (RAE): Administración eficaz y razonable de los bienes.Evolución (RAE): Desarrollo de las cosas o de los organismos, por medio del cual pasan gradualmente de un estado a otro.Manutención (RAE): Acción y efecto de mantener o mantenerse.Volatilizar (RAE)Dicho de una sustancia: Transformarse espontáneamente en vapor.

domingo, 20 de abril de 2014

RESURRECCION

Me gusta el teatro pero, El Tenorio y el popular Auto Sacramental denominado "La Semana Santa" nunca me han gustado, ni un poco. De la monolítica representación del primero hace años que me escabullí, tantos que no recuerdo haberlo visto nunca en color. De la Semana Santa ya es más difícil huir, obviamente no es imposible, pero no sin ponerte en evidencia. Lo que aquí voy a manifestar es sólo el derecho a pataleta de niño raro; se me pasará enseguida, ya verán. Pero es que, después de meses soportando los atronadores ensayos de tambores, en lo que se supone son espacios urbanos abiertos y reservados a la observación y escucha de la naturaleza, una semana de procesiones sobre ruedas y a pie, horas de éxtasis representativo y pésima sobre-actuación, estoy un poquito saturado de soportar una obra de teatro cada vez más omnipresente y menos ajustada al guión. 
No sé de donde se sacaron la utilería, que por cierto a mi me trae más a la imaginación (que no memoria, pues no soy tan viejo) un ritual azteca, que cualquier acontecimiento mediterráneo, quizá sea por aquello de que es imposible influir sin ser influido, como en la muerte inducida del gato Schrödinger; en fin, Mecánica Cuántica, quizá con ella podamos explicar la Resurrección. Ahora unos meses de silencio, que a ustedes los intérpretes y espectadores de tan gran obra de teatro, les agradezco de corazón. 
¿Ven? Ya se me pasó.

domingo, 6 de abril de 2014

Reparando el Concepto de Democracia. Parte V -¡¡ALTO!!-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte V                    -¡¡ALTO!!-

En el capítulo anterior:..."Esperé al menos un minuto, nadie rompió el silencio, nadie se bajó. Crecido por el éxito de mi diatriba (tiempo después descubriría lo cafre que fui), hinché mi pecho, rascando, metí segunda, levanté el embrague, y se me caló el auto. Todavía con más furiosa altanería: di el contacto, arranqué el coche, metí primera, aceleré, y me dirigí, todo recto, a una gasolinera que tenía unos cien metros delante de mí; en ella, aparcado a la entrada, había un coche patrulla de la Guardia Civil, cuando me acercaba a ellos, me echaron el alto."

Veinte segundos,  ese fue exactamente el tiempo que dirigí "todo recto" nuestra Democracia modelo del 78, antes de que la Autoridad me diera el ¡Alto!

Bajé la ventanilla. Un guardia joven, me saludó según su costumbre, y me dijo sonriente:

--Buenos días. Documentación, por favor.
--Sí, ahora mismo se la doy -respondí diligente.

El trato con la Autoridad siempre me ha resultado incómodo; en aquella ocasión, a pesar de la corrección y simpatía del guardia, con el estado de excitación del que veníamos, me puse azorado como un tomate. Torpemente, saqué mi cartera y le entregué mi carnet de conducir.
Sin devolvérmelo, volvió a pedirme más, esta vez sin  sonrisa:

--Déme el Permiso de Circulación y la Ficha Técnica del vehículo, por favor.

¿El Permiso de Circulación? ¿La Ficha...? No me había parado a pensar en ello. ¿Dónde estaría guardada la documentación? Visiblemente nervioso, me dispuse a buscarla en la guantera. ¡Uff! Al abrir la portezuela, salió disparado un montón de papeles que, con los años, los conductores anteriores habían ido "empacando" en su interior sin orden ni concierto. Algunos cayeron al suelo, otros sobre las rodillas de mi copiloto, la enfermera, entre ellos uno grueso que reconocí enseguida: La Constitución Española del 27 de diciembre de 1978, un día antes de los Santos Inocentes; nuestro Permiso de Circulación.

--¿Me permites? -le pedí a Julia, la enfermera, antes de recoger nuestra Carta Magna de su falda blanca.
--Por supuesto -me contestó complaciente, apartando sus delicadas manos para que entraran las mías en su regazo.

Con el respeto, recogí el grueso documento, 112 páginas grapadas; traté de adecentarlo alisando contra mi pecho los pliegues y dobleces que años de reclusión en la guantera le habían producido, y se lo entregué al agente sonriendo.

--¿Y la Ficha Técnica? -preguntó él, mientras ajustaba sus Rayban oscuras con moldura dorada.
--Un momento, señor, enseguida la encontramos -me disculpé, él ni se inmutó-. Ayúdame a encontrarla -rogué a Julia.
--Sí, pero vas a necesitar más que mi ayuda -respondió ella desbordada de papelotes.

Julia, entregó a los pasajeros de atrás el montón que quedaba sobre su falda, y recogió los que había en el suelo. Yo terminé de coger los que habían quedado dentro. El guardia, aparentemente indiferente a nuestro apuro, nos observaba estoico.

--Ley Orgánica del Poder Judicial ¿Es esto? -me preguntó Julia, pensando que la había encontrado.
--No, eso no es -respondió el profesor.
--¿Ley Orgánica de la Igualdad? -dijo el camarero, recomponiendo varios papeles rotos.
--No, eso tampoco -le dije yo.
--¿Ley de Transparencia? -gritó el librero, mientras alisaba un documento totalmente arrugado.
--Debe poner algo así como Ley Fundamental... -dije yo, sin tener mucha idea.
--¿Pero qué dices, Ramón? -me corrigió el librero, las Leyes Fundamentales del Estado se derogaron cuando acabó la Dictadura, y añadió-: lo que estamos buscando el la Ley para la Reforma Política.
--¡Ésta si que es buena! -gritó el profesor-. Esa ley que citas, también es una Ley Fundamental.
--¡Sí, listo! ¡Ya lo sé! -respondió el librero, y siguió-: pero cuando se aprobó el "abuelo" ya la había palmao.
--Bueno, ¡Qué más da! ¿Es esa ley, o no? -pregunté irritado.
--Por supuesto que lo es -afirmó Antonio, el librero-. Esa ley, la última Ley Fundamental del Estado, aprobada en el referendum del 76, por el 80 por ciento de los votos de una participación del 77 por ciento, supuso el fin de la dictadura, y dio paso a la aprobación de la Constitución que abrió la Transición Política que acabaría en la construcción del Estado de Derecho. Es decir, esa Ley permitió la fabricación de esta maravilla de Democracia en la que viajamos, por lo tanto es su Ficha Técnica.

--Pues ¡Ala! A ver si la encontramos, y deprisita -les conminé.
--¡Aquí la tengo! -gritó Ernesto, el camarero.
-Trae -le dije, arrancándosela de las manos para entregársela a toda prisa al guardia que ya se estaba impacientando.

En aquél momento comenzó a llover, el agente, con nuestros papeles, se marchó hacia el coche patrulla y se metió dentro, donde le aguardaba su compañero.
Unos diez minutos después, cuando ya había dejado de llover, regresó el guardia y me preguntó:
--¿Es usted Ramón Jordán?
--Sí señor, así lo ha podido ver en mi DNI.
--Entonces usted no es el propietario de este vehículo. ¿Quién de ustedes es Don Soberano Pueblo Español?
--Bueno, ese es el nombre de una Sociedad Anónima de la que todos nosotros somos socios, y yo ahora soy el Secretario -le respondí algo temeroso, pues me temía que algo no marchaba bien con los papeles-. ¿Hay algún problema, Señor? -le pregunté.
--Este vehículo no ha sido revisado en cuarenta años, mucho me temo que no puede seguir circulando.
--¿Cómo? -pregunté extrañado-. Pero si acabo de cambiarle el motor y ponerlo a punto. Soy un mecánico muy reconocido. Ya sé que por la apariencia parece un cacharro, pero va bien y, como no corre mucho, es muy seguro. Ahora no hacen furgonetas como ésta -concluí.
--Seguramente sea así, pero falta la acreditación de un Organismo de Certificación Autorizado por la Administración. Vamos, lo que viene llamándose, pasar la ITV -dijo el guardia muy simpático.
--Pero... -no me salían las palabras del disgusto.
--Venga, hombre, no se disguste, llamen a la grúa y llévenlo a una ITV.
--Pero hoy es domingo. Le juro que lo llevamos mañana. Déjenos marchar. Haremos noche en el próximo pueblo.
--No me contravenga, Señor -me advirtió el guardia-. Dé gracias que no les multe. Además pueden pasar la noche en el hotel de la gasolinera.En el polígono que hay detrás tienen una ITV.
--Descuide, así lo haré; pero, al menos, me permitirá aparcarla.
--Está bien -respondió, después de repasar visualmente los apenas veinte metros que nos separaban del aparcamiento del hotel-. Tome la documentación y aparque ahí.

Ligeramente avergonzados por ir circulando con un trasto tan destartalado y con los papeles caducados, nos registramos en el Hotel Isis, sólo que aquello era algo más que un hotel.

Continuará....