domingo, 25 de agosto de 2013

El Vagabundo II. -Israel-

Pasaron varios días sin que volviéramos a verle. Al principio aún lo nombrábamos cuando pasábamos paseando junto al banco donde le vimos la primera vez. Transcurridas un par de semanas, ambos convencimos nuestras conciencias asumiendo que habría vuelto a casa, que se había tratado de un experimento propio de un muchacho culto y bohemio, pero que ya estaría en su apartamento, quién sabe si de La Moraleja. Asunto zanjado.

Dejar el trabajo para venir a Zaragoza a vivir como un indigente. Hay gente "pa tó".

Como de costumbre, el primer sábado de mes, habíamos hecho limpieza de papeles: correo comercial, periódicos y revistas llenas de vicios y tonterías; libros no, aunque hay un par que ya han dormido durante unos días en el "saco" de los papeles "para tirar", aunque finalmente los he indultado. Uno de ellos no lo escribí yo, y el otro no lo escribió Sánchez Dragó.

Estaba pues introduciendo los papeles en el contenedor Azul, cuando le vi emerger de entre los contenedores Verdes. Volver a verlo, me sorprendió tanto como me decepcionó.

Llevaba exactamente la misma indumentaria que de costumbre: zapatillas irreversiblemente destrozadas, pantalón de pana marrón dos tallas más grande, largo y muy erosionado por los bajos, jersey con vida propia, y el gorro de lana negra calado hasta la nuca; todo igual, sólo que veintiocho días más sucio y con quince grados más en el termómetro de la calle. Su barba pelirroja , que también había cumplido un mes más, aumentaba la blancura impoluta de sus dientes, las pecas de su cara todavía no curtida por el sol, y la claridad de sus ojos grises.

--- Hola --le saludé al pasar a mi lado.
--- ¡Ah! ¡Hola! No te había reconocido --me dijo, pausado y muy seguro de si mismo.
--- Entonces; ¿te acuerdas de mí? --le pregunté vanidoso.
--- Sí. Sí que me acuerdo.
--- Hace días que no te veíamos. Pensábamos que te habrías ido.

No me contestó.

--- ¿Necesitas algo? --le pregunté.
--- No gracias. Estoy genial --me respondió; siempre sonriendo.
--- Pero, estas buscando... --dije, señalando a los contenedores Verdes.
--- No, de verdad. Estoy genial --repitió, mostrándome sus dos bolsas de papel resistente, llenas de mendrugos de pan, botellas de agua medio llenas, y qué se yo que más.

La muletilla recurrente: "Estoy genial", me hizo pensar que el muchacho podía tener algún tipo de trastorno que le había llevado a un estado tan lamentable, lo cual aún reforzó más mi preocupación por él. De repente tuve la necesidad de saber más de él, reconozco que con la intención de poner a prueba su "fortaleza" mental. Como si yo tuviera aptitudes para semejante examen. :)

--- ¿Cómo te llamas? --le pregunté, con cierto pudor y esperando que no me contestaría.
--- Israel --me contestó, sin pensarlo dos veces.
--- Phineas --le dije, tendiéndole mi mano, que el aceptó tras dejar una de sus bolsas en el suelo.
--- ¿De dónde eres? --le pregunté, en otro alarde de genialidad psicoanalítica.
--- De Madrid. --me contestó enseguida.

Ahora sé que, de haber seguido el interrogatorio, me habría dicho todo sobre él. Y os podría mentir diciendo que me sentí como un... "Gestapo", interrogando a un pobre joven; pero la verdad es que sentí cómo, la aparente sinceridad con la que Israel desvelaba su intimidad, ponía en peligro la mía, así que: en lugar de preguntarle su nombre completo, dónde estaba tu familia, si quería que le pusiera en contacto con ellos, o al menos decirle "ven conmigo que te vamos a ayudar", huí de la siguiente forma hipócrita:

--- Si necesitas cualquier cosa, pasa por ese portal (que no era el mío) todos los días a las ocho de la tarde.
--- Vale. Gracias. Estoy genial, de verdad. Estoy genial --me contestó.
--- Bueno, pero si quieres, ya sabes --insistí, sinceramente.
--- Gracias --repitió, recogiendo su bolsa y alejándose de mí.
--- Bueno. Adiós Israel.
--- Adiós Phineas --correspondió sonriendo.

Observé en que dirección desaparecía y volví a casa con la conciencia revuelta. Al llegar, le conté a Martha lo sucedido. Ella, de inmediato, se puso a preparar una bolsa de lona con ropa usada de nuestro hijo, más acorde a la época del año en la que entrábamos, bebida y comida  para dos días.

Corrimos a buscarlo, pero no le encontramos.

Continuará....

jueves, 22 de agosto de 2013

El Vagabundo I.

La vida nos rodea con unos límites sociológicos que definen el campo de batalla de nuestro ejercicio vital. Estos límites cambian con el tiempo; con frecuencia nos afanamos en ampliarlos con conquistas que no siempre conseguimos, incluso llegamos a perder terreno en amargas derrotas. A veces lo hacen espontáneamente, ora abriéndonos nuevos horizontes, ora limitando o impidiéndonos el acceso a espacios ya conocidos. Otras veces, las alteraciones resultan de la entrada o salida de actores nuevos, que suman o restan su espacio al nuestro: amig@s, espos@s, hij@s, novi@s, seres queridos que nos dejan. Excepcionalmente, aparecen personas que irrumpen en nuestras vidas de forma totalmente inesperada, incluso involuntaria y sin aportar nada a cambio, al menos aparentemente.

Algo así nos viene ocurriendo a mi esposa y a mí desde hace unos meses.

Comenzó a primeros de mayo, aún hacía frío; ya sabéis cuánto tardó en llegar esta primavera "otoñal" que hemos sufrido. Paseábamos por nuestro barrio. Como siempre, ella fue la primera en observarlo, advertido por ella, enseguida lo vi también. Quizá fue su blanca sonrisa, o su mirada limpia de inocente, lo que llamó nuestra atención, pero lo que nos conmovió profundamente, fue lo joven que parecía para ser un vagabundo.

Estaba sentado sobre el respaldo de un banco de la calle. Los pies, con unas zapatillas viejas y sucias, sobre el asiento. Los brazos, apoyados en sus rodillas, sujetaban su cabeza agachada, hasta que pasamos junto a él, entonces levantó la cabeza y nos regaló una sonrisa cautivadora que ambos le devolvimos como si le conociéramos del barrio.

Os parecerá una obscenidad lo que voy a decir, pero si existiera una boutique para vestir indigentes, el muchacho parecía haberse vestido en ella: unos pantalones de lona marrón, arrugados y más largos de la cuenta, se amontonaban sobre las zapatillas citadas; una camiseta, todavía blanca, se asomaba por el cuello redondo de un jersey amplio de lana, muy rozado y comido por el sol, quizá fue de color marrón; un gorro negro, también de lana, ajustado sobre su cabeza, dejaba escapar algunos rizos, casi pelirrojos, emergiendo hacia su nuca.

Mal afeitado, una barba de cabellos rojizos, incipiente y poco espesa, denotaba su juventud. Yo no le eché más de veintitres años.

--- Pobre muchacho --dijo mi esposa y continuó--. ¿Es posible que esté en la calle? Parece tan joven.
--- Parece extranjero. Habrá venido en plan hippie, con la VISA en el bolsillo. --dije yo displicente.
Pero una bolsa de papel como único equipaje y su soledad, hicieron reconsiderar mi afirmación.
Seguimos nuestro paseo camino de casa comentando lo difíciles que se estaban poniendo las cosas, y la suerte que teníamos nosotros, de momento, pues la preocupación por nuestros hijos, seguramente, ya no nos la quitaremos nunca de encima.

Los dos días siguientes no hubo paseo, llegué a casa demasiado tarde, pero llegado el viernes nuestro paseo de costumbre no faltó. De vuelta a casa, después de disfrutar una pinta en el Murray's,  ya con las últimas luces de la tarde, volvimos a verle en el mismo sitio, misma postura, misma indumentaria; sólo un cambio, en lugar de una, eran dos las bolsas de papel que le acompañaban.

No cabía duda, el muchacho estaba en la calle.

Escandalizados, seducidos por la terrorífica idea de que un hijo nuestro pudiera verse en semejante trance, sin que nadie le ayudara, vacilamos un momento con la idea de preguntarle, pero cierto pudor y algo de reparo, nos lo impidieron; en  su lugar aceleramos el paso camino de casa.

-- Corre, vamos a casa, le prepararé algo para que cene --dijo mi esposa, atacada de instinto maternal.

Media hora más tarde, sólo, armado con una bolsa de plástico que contenía un gran bocadillo, zumos, batidos, agua y frutos secos, me presenté en el lugar donde le habíamos visto. El muchacho no estaba. Durante una hora, mientras mi hijo se preparaba en casa un examen de matemáticas y mi padre debía estar acostándose en su cama de la residencia de ancianos, anduve por las calles de mi barrio buscándolo. Nunca había hecho algo así, y me resultaba rarísimo verme a mi mismo haciéndolo por un extraño: quería encontrarle, llegué a desearlo con desesperación. ---Con el frío que hace ¿Dónde pasará la noche?---. Me preguntaba, cuando sonó mi móvil. Era Martha.

--- ¿Estás bien?
--- Sí.
--- ¿Le has encontrado?
--- No. A lo mejor sí tiene piso, y está así en la calle, es porque está un poco trastornado.
--- Está bien vuelve a casa. Es muy tarde. Si le volvemos a ver le preguntaremos.
--- Ok.

Auto-convenciéndome de lo precipitada y exagerada que había sido nuestra reacción, volví a casa y me comí el bocadillo del vagabundo.

Al día siguiente, sábado, salíamos de nuestra calle camino de la compra semanal, cuando le vimos de nuevo, ésta vez fue el colmo, con equipaje de bolsas de papel, estaba rebuscando en una papelera, encontró una lata de refresco, la cogió y la escurrió infructuosamente sobre su boca.
Nos armamos de valor, aparcamos el coche precipitadamente, y nos acercamos a él como quien se acerca a un animalito silvestre, con sigilo, de cara, mirándole a los ojos y mostrándole nuestras manos desarmadas.

--- Perdona --le dije, algo temeroso.
--- ¿Sí? --dijo él, en perfecto castellano.
--- Es que te hemos visto varias veces por aquí, y bueno... Es que... ¿Vives en la calle? --pregunté al fin.
--- Sí --afirmó él, simpático, rotundo, sin pudor ni preocupación.
--- Pero... eres tan joven --dijo Martha.
--- ¿Estás bien? --le pregunté yo.
--- Sí, estoy genial --contestó sonriendo y convencido de su afirmación.
--- ¿Dónde te alojas?
--- A veces voy al refugio de San Blas.
--- ¿Tienes comida? ¿Necesitas algo? --le preguntó Martha, protectora.
--- No gracias. De verdad. Estoy genial  --repitió.
--- Es que eres tan joven --insistió Martha--. ¿Quieres el teléfono para llamar a alguien?
--- No gracias, tengo trabajo y casa. Estoy en la calle por voluntad propia. Cuando quiera puedo volver. Tengo llaves de casa.
--- ¿De verdad no necesitas nada?
--- Estoy genial. Gracias  --dijo con su sonrisa blanca y perfectamente"odontologizada"
--- Bueno, si es una elección tuya no te molestamos más.
--- Gracias, estoy genial --concluyó, con su dicción de bachiller castellano.
--- Cuídate muchacho.
--- Gracias. Que pasen buen día.

Sin decir más, nos rodeó con amabilidad, y prosiguió con paso firme.

Continuará....


Los Bandoleros del Siglo XXI (inspirado en la canción El Bandoler, de Lluis Llach

Ahora, en el siglo XXI, los bandoleros ya no parecen tan malvados, no asaltan carruajes y ya no clavan sádicos sus dagas oxidadas a el pecho de los viajeros desprevenidos. Se ocultan con semblantes amables e inocentes, tras atriles, mostradores, púlpitos y pantallas de plasma; desde donde siguen vaciando los bolsillos de los ciudadanos confiados. Parecen más civilizados, no disfrutan de la sangre brotando de sus víctimas, prefieren el silencio de sus bolsillos vacíos; eso sí, siguen sin mostrar piedad de sus desahuciados.

¿Les quedará a las víctimas el consuelo: de verlos condenados, arrodillados rezando delante de la Virgen del Carmen, pidiendo piedad?

Ningú ho veurà (Nadie lo verá).

El Indio Ibérico

Ya nos falta menos para volver al Indio Ibérico. ¡Fuera el urbanismo romano! ¡A cascarla el derecho canónico! Olvidemos el misticismo post-visigodo, ni hablar de cultura árabe. ¡Qué puñetas fue eso del descubrimiento de América! ¡Abajo los nuevos ricos indianos! !Vivan Mandonio e Indívil!

Un ejemplo:
Nuestras carreteras comarcales. Cuando sean todas de tierra, serán mucho menos peligrosas. Es sarcasmo ¡Eh! Ya me parece estar viendo a los futuros indios rastreadores ibéricos, vestidos con taparrabos hechos de jirones de táctel, ornamentados con una raya blanca partiendo en dos su rostro, el pecho con listas rojigualdas; agachados entre los arbustos en busca de trazas de la antigua vía Almodense.
El hijo le dice al padre en su lengua aborigen:

-- Mira papaaïta, here pos veure Handiak Serp Blanca aztarna.

A lo que el padre responde:

-- Uzten ver, little Ikerjordi.

La Era de Acuario.

Justo después de que la siniestra guadaña de Chronos segara el último instante de nuestra Era, Clio dio vuelta a la Clepsidra. La gran renovación de los tiempos había llegado, la Era de Acuario daba comienzo.

La boda (Dentro del Agua, 1986).

Al salir del hotel, justo antes de partir hacia su luna de miel, Ramón entregó a Andrea una cajita pequeña. Ella, bellísima, sonrió; seguramente por lo lamentablemente envuelta que estaba. La abrió deprisa. Dentro había un teléfono móvil muy usado, lo reconoció al instante, era el viejo móvil que Ramón hacía tiempo no usaba.
 Que seáis muy felices ___Andrea, a su lado, lloraba de alegría.
...

El viaje de vuelta a casa (1986).

Aquella fría y ventosa tarde de principios de marzo; Ramón, mientras conducía de vuelta casa, vio una bandada de aves que venían volando desde África. Luchaban contra el viento para conseguir suficiente altura y así remontar los Pirineos. Al verlas, reflexionó sobre la importancia que nos damos los seres humanos cuando repasamos nuestra historia, se nos hincha el pecho pensando en Aníbal, en Colón, en Napoleón y en tantas otras gestas épicas aunque con frecuencia dudosamente honrosas. Pensó que en ese mismo momento él podía estar presenciando una gesta que, por natural, no podía ser menos épica y desde luego mucho más honorable; cuyos personajes, podían estar expuestos a aventuras tan gloriosas como las de los propios humanos. Sin embargo, nadie hablaría jamás de ellos.