viernes, 28 de febrero de 2014

VAGABUNDO VII: Invierno en Rotonda

Todavía es invierno en Rotonda, eso sí, un invierno caprichoso que, después de revestirse, un día sí, otro no, de otoño; un día no, otro sí, de primavera; llegado el carnaval, para seguir siendo más original que nadie, ha decidido quitarse el disfraz y mostrarse en cueros, tal y como es.
A cualquiera de nosotros, tanto pendoneo climático nos tiene desconcertados, pues imagínense a los habitantes invernales de Rotonda. Que los hay.

Tras la despedida, "a la francesa", de su Majestad Israel I, llegaron a la isla urbana un par de viajeros, aparentemente occidentales, y se instalaron en ella: uno en cada extremo, y nunca les hemos visto juntos.
A diferencia de Israel, quien, debido a su refinada educación, gustaba de relacionarse con las gentes del Mar Urbano en el que pescaba cada día, estos individuos son menos sociables (del agua fría huye el gato escaldado). A uno de ellos, ni nos atrevemos a acercarnos; al otro, poco a poco le hemos ido entrando, y ya frecuenta nuestro caladero donde raro es el día que no saca alguna sardina. Este pobre hombre (a lo económico me refiero), se pasea por el arrecife empujando una carretilla de dos ruedas con una enorme caja de cartón sobre ella: su Nao. La carretilla cumple, al menos, una doble función: le sirve como "mini-roulotte" donde guardar sus pertenencias y capturas, y le da un aspecto laboral que le permite pasar desapercibido como si de un obrero afanado por su trabajo se tratase.

Le hemos tomado cariño a este navegante errante a quien, puesto que nunca nos ha querido decir su nombre, le hemos bautizado como el Capitan Amundsen, pues su perfil empujando la carretilla, su lánguida tenacidad, y su capacidad para soportar el frío, nos recuerdan al famoso explorador.

El frío que quedó tras la ausencia del Rey de Rotonda, no impedirá que la primavera vuelva a vestir de hojas sus árboles, y aunque no vuelva, !ojalá que no lo haga nunca! Otros exploradores, príncipes y mendigos, puedan encontrar calor para sus pies descalzos en sus playas, sombra en sus bosques, reposo en sus acantilados y abundante pesca en el archipiélago del inmenso Mar de Urbano.

Continuará.


sábado, 22 de febrero de 2014

Reparando el Concepto de Democracia. Parte III -El virus de la intolerancia-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

PARTE III              -EL VIRUS DE LA INTOLERANCIA-

Zigzagueamos por las callejuelas de la capital en búsqueda de una gran avenida que nos sacase de la ciudad. Nuestro recorrido no estaba exento de riesgos, el virus de la intolerancia se había propagado mucho más de lo esperado. Yo conocía bien los síntomas, los había visto en la cara de mucha gente mayor que, habiéndose contagiado de niños durante la gran epidemia europea de mediados del siglo XX, se les había quedado acantonado de por vida. Tras décadas de tratamiento democrático, la mayoría habían conseguido disminuir los efectos de su enfermedad y sólo sufrían algún que otro brote ante situaciones desencadenantes como las tragedias terroristas, la inmigración o el matrimonio homosexual; el resto del tiempo, casi ni se les notaba; y menos mal, porque el virus es muy contagioso, sobre todo de abuelos a nietos.

La intolerancia es un mal endémico y siempre han habido personas de todas las edades que la sufren; y no voy a entrar en si existe, o no, alguna predisposición genética. De lo que sí estoy convencido es de que la Democracia tiene herramientas ideales para mantener a estas personas bajo tratamiento evitando que tengan cuadros agudos de soberbia, odio, e incluso violencia.

Con frecuencia, como suele ocurrir con otras enfermedades, las personas que padecen intolerancia acostumbran a asociarse con el objeto de ayudarse mutuamente. Es normal que esos grupos humanos enfermos, refugiados tras altos muros de soberbia, prosperen dando lugar a las capas más altas de la Sociedad: Plutocracia, Monarquía y Burguesía, pero no debemos olvidar que, en realidad, se trata del resultado próspero de un organismo exógeno y patógeno que, a través de esas personas, parasita al resto de la humanidad aprovechándose de sus recursos. La intolerancia es un mal que crece con la asociación, pues al ser tan contagiosa, acaba por alcanzar a todos los inmediatos, convirtiéndose entonces en una enfermedad social que tiene muchos nombres, aunque el más extendido es: Fascismo. Tratar de curar la intolerancia, puede ser en sí un acto intolerante, por eso la intolerancia debe ser identificada y tratada de modo aislado y de por vida, pues, en mi humilde opinión, aún no tiene cura. Lo mejor es evitar el contacto y prevenir.

La mejor vacuna contra la intolerancia es la Educación plural, por eso, cuando comenzó la crisis, el Gran Poder se las arregló para que los primeros recortes fueran sobre la Educación Pública. Huyendo de una educación recortada y limitada, muchos niños, con la mejor intención y con gran esfuerzo de sus progenitores, fueron llevados a centros privados o concertados donde, inesperadamente, fueron los primeros en verse expuestos a ambientes patógenos y virulentos. Como no todos podían, o no se dejaron engañar, el Gran Poder se las arregló para cambiar la Ley, y permitir que el Gran Contaminador retornase a las aulas públicas para inocular a todos los niños el virus de la intolerancia, eso sí, empapado en un azucarillo de piadosa bondad.

Con nuestro descacharrado Concepto de Democracia, seguimos avanzando. Para no despertar sospechas, no íbamos ni demasiado deprisa, ni demasiado despacio. Un semáforo inoportuno nos paró frente a una oficina del INEM. Una cola larguísima de desempleados esperaba su turno; cerca de ellos, un grupo de "pastores", jugueteando con sus perros, aguardaba su oportunidad. No tardamos en verlos actuar; un joven blanco, harto de esperar, comenzó a despotricar contra el gobierno, contra los bancos, contra la monarquía , contra los sindicatos y, finalmente, contra otros dos jóvenes "no blancos" que hacían cola delante de él. Los norteafricanos, provocados por los insultos racistas, se volvieron contra él y comenzaron a increparle. El joven parado, que seguramente nunca antes había sufrido un arranque igual de ira e intolerancia, se asustó mucho y se sentó en el suelo avergonzado. Los otros dos parados se olvidaron de él; pero la cosa no terminó ahí, al ver la escena, los "pastores" se abalanzaron sobre los inmigrantes y les dieron una paliza brutal. Nadie les paró, ni  impidió que, ayudados por sus perros, metieran a los dos "no blancos" en una furgoneta y se los llevaran a toda prisa. Otros "pastores" levantaron del suelo al joven afectado, allí mismo le raparon el pelo con una maquinilla eléctrica, le colocaron un mono gris, lo abrazaron uno a uno con fuerza, lo metieron en un todo-terreno, y se lo llevaron. Detenido al otro lado de la calle, no sé cuantas veces había cambiado el semáforo de color pero, cuando el coche de los "pastores" pasó a mi lado y sentí la mirada blanca, y la sonrisa congelada del joven recién infectado, mirándome por la ventanilla; vi luz verde, rascando la caja de cambios, metí primera y, ni demasiado deprisa, ni demasiado despacio, huí como un cobarde.