domingo, 7 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XIV –Un “paquete” para la posteridad-

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Piatigorsky recordaba como uno de los momentos más emocionantemente enojosos de su vida el día en que le presentaron a Casals, y tuvo que tocar los peores “Beethoven” y “Schuman” jamás escuchados en, al menos, un siglo. Sin embargo, el maestro Casals, lejos de arrugar el entrecejo, le había aplaudido calurosamente. Años después, cuando ya daban recitales juntos, le explicó lo siguiente:

Piatigorsky se aplicó la lección, y decidió ponerla en práctica el día en que comenzó a impartir clases a un nuevo discípulo, cuya falta de fe en sí mismo materializaba un mechó castaño, que le pendía entre los ojos como una guirnalda mustia.

Tras varias lecciones con él, se dio cuenta de que no lograría sacarle de al angustia que lo embargaba cada vez que cometía un fallo, a menos que le hiciera percibir los errores como algo humano, y parte primordial del aprendizaje. Así que, decidió cometerlos él también; de forma deliberada, claro está.

La primera vez hizo desafinar al violonchelo ante su alumno, de forma que éste abrió los ojos perplejo, y miró en derredor suyo para ver si no había sido algún otro alumno despistado que anduviese cerca, porque: ¿cómo iba a cometer semejante despropósito, el Gran Piatigorsky? A éste, le divirtió su desconcierto, y decidió perpetrar otra barbaridad: se saltó varios compases de una sonata de Beethoven. El alumno tuvo que contenerse para no llevarse las manos a la cabeza, pero, claro está: ¿cómo iba a tener el valor de señalarle aquello al Maestro?

Y el alumno interpretó el movimiento con menos inseguridad de la habitual y, de echo, bastante mejor que él. El Maestro, se sintió muy feliz. La cosa iba por buen camino.

Durante los siguientes meses, Piatigorsky cometió de forma casi exhibicionista todos los fallos posibles que se le ocurrieron, incluso algunos nuevos de los que jamás tuviera noticia. Desafinó. Dio notas erróneas. Cometió aberraciones en los “tempi”, y hasta traspuso tonalidades. Una vez incluso, hasta se puso a tocar otra obra. Y cada uno de estos gazapos era detectado de inmediato por el muchacho, que ya no lo cometía más.

Llegó el tan ansiado debut del alumno, nada menos que en el Carnegie Hall de Nueva York. Piatigorsky ocupó un lugar de honor entre la acaudalada familia de éste, y al concluir la velada, él y el alumno se fundieron en un emotivo abrazo. Esa noche hubo una fiesta en el gran apartamento de la familia con vistas a Central Park, y lo más granado del mundillo musical neoyorquino, se dejó caer por allí.

Piatigorsky tuvo ocasión de tomarse unas copas con sus colegas, y al llegar la medianoche, decidió retirarse a su casa; y ya iba saliendo por el pasillo del apartamento, cuando escuchó a su discípulo amado departiendo con sus amigos en un saloncito contiguo:

¿Queréis mi opinión sincera? –repuso él, todavía ebrio por las mieles del triunfo–. Como maestro, una maravilla; ahora bien, como violonchelista es una porquería. El paquete más grande que he oído en toda mi vida.

viernes, 5 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XIII –“Esponjita”-

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

      Era una noche de tantas en el Hoirigen ante una mesa desbastada con tabaco mediocre y un vino aún peor, pero a “Esponjita” eso parecía darle igual. Comentaba a sus amigos, Lagner y Bauern Felt, los últimos chismes que acababan de llegarle en torno a su persona. Si el vino era infame, la expresión avinagrada de él, parecía la más propicia para degustarlo.

Pero su indignación no tenía límite; igual que aquella noche. Era cierto que todos le conocían, cariñosamente como “Esponjita”, explicó; pero no como pudiera parecer por su afición a la bebida. El apelativo se lo había puesto su padre de niño, al ver la rapidez con la que absorbía cuanta música le enseñaban.

En ese momento entró un grupo de músicos con los estuches de sus instrumentos; salían de tocar de la Opera, y no tardaron en reparar en la presencia de “Esponjita”.

Aunque, por lo general, era tímido y pudoroso; el pésimo vino de aquella taberna, sabía también sacar lo peor de él. Propinó un puñetazo a la mesa que dio con la jarra en el suelo, y se puso en pie. Los anteojos se le cayeron al vaso de Lagner, pero no pareció advertir ello.

Los músicos, lejos de indignarse, se echaron a reír. Él se encorajinó todavía más.

“Esponjita” se desplomó sobre la mesa. Lagner y Bauer Felt, que tampoco estaban demasiado ágiles, se apresuraron a cogerle en volandas y lo sacaron de allí. Todavía resonaban las risas de los músicos a un kilómetro de distancia.

Al subirlo por las escaleras empezaron a asustarse, porque “Esponjita”, completamente pálido, seguía sin dar señal alguna de estar entre los vivos. Bauer Felt bajó al pozo del patio, y lo resucitaron a  golpes de cubo de agua; a la séptima mojadura, el mozo prorrumpió en violentas toses. Lo metieron en la cama con una bolsa de agua caliente. Lagner se fue a su casa, no sin sacarse del bolsillo los anteojos de su amigo.

Bauer Felt, despertó dulcemente arrullado por los sones del desvencijado piano de su salón. En él encontró a “Esponjta” en camisa tocando una pieza que nunca le había escuchado antes.

Tratando de no hacer más sangre, le relató la agitada discusión con los músicos.

Y se recreó primorosamente en la frase musical que parecía ser el objeto de su nueva canción.

Creo que quedará bien con el poema “Para cantar sobre el agua” –y estornudó ruidosamente–; aunque, visto lo visto, lo mejor sería rebautizarlo como: “Para cantar debajo de ella”.

La Llama Eterna: Relato XII –El Balcón de las Delicias-

Texto extraído del programa: "Sinfonía de la Mañana" RNE, por Martín Llade.

    El joven Pablo estaba desesperado, su madre necesitaba con urgencia el medicamento para calmar aquella acuciante tos, pero no tenía forma humana de reunir las dos pesetas que costaba. Sus amigos le prestaron cuanto llevaban encima, y apenas juntó treinta céntimos, trató de buscar algo que empeñar, pero la maldita tos ya se había llevado consigo las cortinas, y las sábanas de la casa, además de una sartén, los zarcillos de la abuela y un mantón de Manila.

En el patio de la corrala se encontró con “ ElTieso”, un vecino suyo con el que no se “llevaba”. Éste pasó a su lado, y le retuvo por un hombro, y sin mirarle a la cara, le susurró al oído:

Luego, “El Tieso” se marchó sin decir más. Pablo, escamado, decidió hacerle caso, más que nada porque ya no encontraba ninguna solución. Se sentó en la acera que estaba enfrente del citado número de Alcalá, y, tras hora y media sin que nada sucediera estuvo a punto de marcharse; en esto, apareció el viejito en cuestión, con su tupido bigote en forma de gaviota y su corpachón moldeado por la buena vida, se hubiera dicho un General en su dorado retiro, y sin embargo, se movía con cautela gatuna, como si todavía esperase una ocasión más de volver al campo de batalla.

Una vez hubo comprobado que no le observaban desde el interior de su vivienda, recorrió la Calle de Alcalá con la vista hasta que reparó en él. Le hizo señas de que se situara bajo su balcón.

Le explicó que era “El Tieso” quien le mandaba. Esto no pareció tranquilizar mucho al anciano que se atusó los bigotes pensativo y luego le dijo:

Respondió que no lo situaba. Con cierta impaciencia, el hombre dibujó en el aire un plano de la calle y le indicó cómo ir lo más rápido posible.

El hombre sacó un paquetito de su bolsillo y se lo arrojó discretamente. A Pablo se le escurrió entre los dedos, y casi se coló por el hueco de una alcantarilla. El anciano, nervioso, miraba una y otra vez al interior de la vivienda.

Pablo no tardó en encontrar el número 96 de Duque de Sexto, pero, para su sorpresa, no era ni un tugurio tabernario, ni tampoco una biblioteca, punto de encuentro propicio para espías o gentes de mala idea. Era una confitería llamada “La Deliciosa”, y no querían dejarle pasar, debido a su aspecto pero mostró las monedas que venían con el pequeño paquete que incluía un escrito.

El dependiente, lo leyó, y luego seleccionó varios pasteles de los anaqueles. Luego, comentó con sorna:

Pablo volvió corriendo con la bandejita de pasteles. Allí lo aguardaba impaciente el hombre ojeando nerviosamente su reloj. Le indicó que le tirase el insólito contrabando. A pesar de su edad y su abotargamiento físico, cogió al vuelo la bandejita que se apresuró a abrir. Sin pérdida de tiempo, empezó a engullir con un ojo puesto en las sensuales formas de los bollos de crema, las ensaimadas y los borrachos y el otro en el interior de su vivienda. Dejó un solo pastel que arrojó a las manos de Pablo. Era un buñuelo con nata.

Pablo lo miró impotente. ¿Ése iba a ser su pago? ¿Para eso había perdido casi dos horas del tiempo que tenía que haber estado buscando una forma de pagar el maldito medicamento?

Se comió el buñuelo entre lágrimas.

El viejecito suspiró.

Y le arrojó un pañuelo desde el balcón. Pablo estuvo por mandarle “al diablo”, pero lo tomó. Al desenvolverlo, por poco se le cae también por la alcantarilla una pequeña forma plateada, que no era si no, ¡un duro!

Y ya levantó la vista para agradecérselo al hombre, pero éste había desaparecido del balcón. De haber sabido leer, hubiese podido apreciar que las iniciales bordadas en el pañuelo, eran una “F” y una “C”.
Federico Chueca, se sacudió las migas de los labios, y muy feliz, se sentó frente al piano de su salón. Comenzó a improvisar una alegre melodía. Su esposa, Teresa, dejó el bordado que tenía entre sus manos, y se le acercó.

Ella repuso que Repollo hervido. La cara de él fue un poema. Ah, no “Fede”, ya sabes lo que dijo el médico, con tu azúcar tenemos que cuidarnos. A mí me duele, sobre todo por ti, pero con la salud no se juega.

- Sí –suspiró Chueca–, yo creo que, hoy por hoy, me moriría si tuviéramos que vivir en un piso sin balcón.

jueves, 4 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XI –La Inspiración-

    Una estrella se apagaba lenta, pero inexorablemente, sabía que apenas le quedaban un par de semanas de vida, y la imaginación, lo único que aún le funcionaba, medianamente, le hizo imaginar los titulares al día siguiente a su muerte:

“ADIOS A UNA LEYENDA. LA GRAN ESTRELLA DE LA CANCIÓN ISRAELÍ, FALLECE A LOS 74 AÑOS”

Y sin embargo, Naomi Shemer sabía que había aún cuentas pendientes que saldar, antes de encontrarse con aquél cuyo nombre no puede escribirse con todas las letras.

Pero ya no contaba con las fuerzas necesarias, pidió por tanto a su nuera que redactase por ella una última carta a Gil Aldema. Tenía que ser a él porque fue el primero en sugerirle, casi cuarenta años antes, que escribiese una canción para Jerusalén, para el festival que se celebraba en la Ciudad Santa.

Al principio a ella no se le ocurría nada y ha punto estuvo de telefonear a Aldema, declinando la invitación. Pero una noche, una melodía se despertó en su cabeza, como un sueño de lactante, y no dejó de retumbar en su mente, con un zumbido suave pero penetrante. Una melodía que pedía ser bautizada con tinta y papel pautado. A medida que fue transcribiéndola, su fértil imaginación hacía brotar versos que encajaban en ella como un guante.

Aldema, se sintió fascinado por la canción; y también Shuli Nathan que la interpretó en el Festival. Tras cantarla, el auditorio permaneció en silencio, y después prorrumpió en una ovación, tan atronadora, que se hubiera dicho capaz de resquebrajar las murallas de la vieja Sión.

Por azares del destino, tres semanas después estalló la Guerra de los Seis Días. Los soldados israelíes combatieron entonces con “Jerusalén de Oro” en sus labios, y la canción se asoció irremediablemente a la victoria. De forma casual e inesperada, Naomi Shemer, había escrito un himno, tan ligado a su pueblo, como el Muro de las Lamentaciones, o la Avenida de los Justos entre las Naciones.

“Jerusalén de Oro” fue traducida a todas las lenguas. Las familias la cantaban los días de fiesta, incluso hubo serias tentativas de convertirla en Himno Nacional. Pero Naomi no estaba satisfecha. Con el paso del tiempo, cantantes de otros países, le hicieron la observación discreta pero contundente, de que aquella hermosa canción, recordaba a otra, ¿no la conocía por casualidad? Siempre lo negó. ¿Cómo reconocer que, inconscientemente, había creado algo que pura y llanamente había olvidado, que ya existía?

El subconsciente juega a veces malas pasadas; y la gloria de Naomi era, en parte, arrendada a un humilde cantautor de un país lejano.

Su propia nuera parecía sorprendida. La historia le sonaba, naturalmente, pero siempre pensó que era una calumnia, fruto de las envidias que suscitaba el prestigio de su suegra.
Naomi Shemer se rió.

Luego, más seria, decidió que la carta debía concluir:

"Espero que el Señor pueda perdonarme, si es que obré mal"
Quince días después Naomi Shemer fallecía. Su confesión llegó hasta Paco Ibáñez, que desde entonces comentaba con humor en los conciertos:

-Pero… ¿Cuántos derechos de autor ha generado mi madre?

miércoles, 3 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato X –La Inmortalidad-

  (Texto extraído del programa de RNE, Sinfonía de la Mañana, por Martín Llade)

    Una tarde del verano de mil novecientos veintinueve, en la casa que Marie Gandia, tenía en San Juan de Luz, se hablaba de la inmortalidad. Uno de los invitados al té, comentó que acababa de leerse el libro del viaje a Egipto de Gustave Flaubert; inmediatamente, otros entusiastas de la materia, aportaron sus propias reflexiones. En realidad no se limitaron si no a reproducir lo que todas las revistas venían diciendo desde que unos años atrás Howard Carter desatara la pasión mundial por el tema, al romper el sello de la tumba del “Faraón niño”.

Uno de ellos comentó que en Egipto la Historia se hallaba a ras de tierra, lo mismo que el petróleo en Tejas. Bastaba con excavar superficialmente en la arena, para hallar una tumba de tres mil años; acaso la de un alto mandatario y su familia, embalsamados ceremoniosamente, como si aguardaran de etiqueta a la posteridad.

Sin embargo, lo que más entusiasmaba a los presentes, eran las fotografías que habían visto de Abu Simbel, con las colosales estatuas sedentes de Ramses II.

Alguien recordó que, apenas un siglo atrás, habían estado cubiertas de arena hasta las orejas, como evidenciaban las ilustraciones de la descripción de Egipto, publicada a instancias de Napoleón.

Otro de los invitados, éste profesor de matemáticas, puso en duda esa cuestión, ¿eran los antiguos egipcios capaces de imaginarse, siquiera lo que era que pasaran tres mil años, cuatro mil en el caso de las pirámides? Ellos no podían tener una noción tan dilatada del tiempo, porque no había apenas Historia conocida antes de su civilización. En realidad, su percepción del tiempo era que éste se escurría de entre los dedos del Ser Humano con la velocidad de la arena. Por eso se daban tanta prisa en preparar su muerte, para que no les pillase desprevenidos. Vivían con la muerte como principal razón de vivir, y cuanto eran capaces de atesorar en sus pocos años en la Tierra, no era si no para que les sirviera de equipaje para la posteridad.

Aquí se suscitó una amistosa discusión en torno a una bandeja de galletas bretonas, que Marie hizo servir tras una segunda taza de té.

Pidieron su parecer al secretario del ayuntamiento, también un ávido lector:

Alguien ironizó entonces sobre si la Torre Eiffel seguiría estando en París dentro de tres mil años, y la conversación derivó acerca de las audacias, no siempre acertadas, de la arquitectura moderna.

En esto, se escuchó un silbido en la calle, una melodía sinuosa y progresiva, que apenas tardaron un par de segundos en identificar. Se hizo el silencio, porque la conocían bien, y no era una melodía tradicional, no; su autor estaba vivito y coleando; y encima, entre ellos, puesto que era el invitado de honor de Marie; y resulta que era el único que no había dicho palabra en toda la conversación.

Ravel dio una calada a su sempiterno cigarrillo, como siempre aparentemente inalterable.

En ese momento llamaron a la puerta; era en efecto Granier, con un ramo de flores para la anfitriona; pero, el silbido continuaba escuchándose en la calle. Si no era él, ¿quién diablos entonaba aquella melodía?

Se asomaron a la ventana; en la calle de enfrente estaban realizando obras. Un obrero, en mangas de camisa, se afanaba en aplicar una capa de cemento sobre la acera para colocar posteriormente sobre ella bloques nuevos de pavimento. Era él quien silbaba despreocupadamente El Bolero; una obra, que había sido estrenada apenas hacía unos meses por la bailarina Ida Rubinstein.

Todos ellos, se volvieron entonces hacia el habitualmente frío y distante Ravel. Éste, envuelto en una nube de humo, fingió que era ésta la que le había nublado la vista. Sin más, se rascó los ojos con los nudillos y luego, sirviéndose una tercera taza de té dijo, como quien no quiere la cosa:


martes, 2 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato IX –El Maestro–

(Transcripción del programa de RNE Sinfonía de la Mañana por Martín Llade)

El maestro preguntó a uno de ellos qué eran aquellos papeles. Se aproximaba una tormenta. Pobre del desgraciado. Éste repuso entonces:


Edvar miró entonces el cajón de su pupitre, ¡la partitura! ¿Cómo se la habían quitado sin que se dieran cuenta? El maestro la tomó entre sus manos y, ajustándose los anteojos, la leyó con el ceño fruncido.
“Variaciones sobre una canción alemana Opus 1 de Edvar Grieg”. Lo buscó entonces, como siempre, en la última fila; el último de todos.

Se encogió y admitió que sí. En ese momento entró el Director del colegio al aula a coger un mapa, el maestro le enseñó las variaciones.

El Director ojeó entonces la partitura con desconcierto, y acabó sonriendo, para no quedar en evidencia, pues era obvio que no tenía ni idea de música. Luego se acercó a él y le dio una cariñosa palmada en la mejilla.

Una vez se hubo marchado, el maestro se acercó a él, también con una obsequiosa sonrisa.

Una vez consumada la humillación, entre risas de sus compañeros, lo echó al pasillo cerrando la puerta del aula de un portazo.

Al llegar a casa, la cara de Edvar era un poema. A su madre no le hizo falta preguntarle nada, pues se deshizo inmediatamente en llanto. Ella ya le había advertido que no llevase la partitura al colegio, pues nadie sería capaz de advertir allí su valor. Decidida, la madre se puso su abrigo y se dispuso a salir

Y, sin embargo, ella se fue; pero, al cabo de una hora, regresó con alguien que él conocía de vista, una celebridad local; el violinista Ole Bull. Su padre, siempre le había dicho que habían sido compañeros de colegio. Ojala él hubiera tenido compañeros así.

Lo que menos se esperaba era que se presentase allí con su violín. Bull le pasó la mano por los cabellos con mucho más mimo de lo que hiciera el Maestro.

Él repuso, que si quería, podía tocárselas de memoria al piano. Bull afirmó que sería un inmenso placer. Entraron a la casa; y, tras las vacilaciones iniciales, Edvar pudo reconstruir la partitura perdida con sus dedos. Ahora que la escuchaba así, interpretada ante un gran músico, le parecía insulsa y repetitiva; pero éste aplaudió con entusiasmo. Luego, miró por la ventana, todavía no se había puesto el Sol. Le invitó a dar un paseo juntos. Tomaron un coche que les dejó en el monte Fløyen, desde donde podían admirarse las siete montañas de Bergen.

Bull, señaló el paisaje, a la par que sacaba el violín del estuche.

Y el Maestro comenzó a tocar con su instrumento las variaciones perdidas de Edvar. Iba cayendo la tarde, y el viento comenzó a ulular, sacudiendo como dientes de león las copas de los árboles.

Y el muchacho oyó que el viento susurraba: “nunca serás nada. Nunca serás nada”. Lo que le descorazonó. Pero después, seducido por la música que él mismo había escrito y que tan hermosa parecía tocada, ya no por Ole Bull, si no por el mar y los fiordos, en los que su melodía se perdía multiplicada por sí misma; dejó de escuchar de escuchar con los oídos.

Las palabras del viento, se las llevó el viento mismo; ahora sólo quedaba un silencio de hojas secas y crisálidas de libélula, que él tendría que llenar. Y se sentía capaz de hacerlo, aunque le llevase la vida entera.


Decidido; sería alguien.

lunes, 1 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato VIII -El “Cascanueces”-

   Fuente: Sinfonía de la Mañana, RNE (Martín Llade)

   Estaba preparado desde hacía tiempo para que le despertaran en medio de la noche, y se lo llevasen a la cárcel; de hecho, tenía siempre la maleta preparada para tal circunstancia; pero lo que menos hubiera imaginado era que recibiría aquella llamada telefónica, una tarde tras la sobremesa.

¿Era él? No podía creerlo. En todo caso, se parecía tanto, que no podía menos que un impostor. Acaso algún retorcido bromista del Politburó, o alguien con ganas de tirarle de la lengua. También era cierto, que nunca había escuchado su voz proyectada por un aparato telefónico.

Le explicó que Occidente era la decadencia y el Imperialismo.

Y le explicó, tratando de que las consonantes no le trabucasen los labios: que en el programa que tenía que tocar, había un fallo.

Shostakovich, sintiendo que, en lugar de palabras, eran cuchillas de afeitar lo que le brotaba de la garganta, explicó que su música estaba prohibida en la Unión Soviética desde hacía un par de años. En ese momento, el gato de la casa se restregó ronroneante contra las piernas del compositor.

El gato comenzó a juguetear con los cordones de sus zapatos. Levantó los pies lo máximo que pudo, pero el felino daba pequeños saltos lanzando zarpazos al aire. Tuvo que reprimirse mucho para no apartarlo de un puntapié.

Tras despedirse, Shostakovich, colgó el teléfono suavemente por temor a que un golpe fuerte en el auricular, pudiera constituir, siquiera de forma inconsciente un delito. Luego, llevó el gato a la cocina, y le puso un platillo de leche.

El concierto en el Madison Square Garden fue un gran éxito. Dimitri Shostakovich tocó al piano el Squerzo de su sinfonía número cinco, ante treinta mil espectadores. La salva de aplausos que le dedicaron fue, sin duda alguna, la más atronadora que le dispensara jamás público alguno. Pero él apenas la escuchó. 

Todavía resonaba resonaba en sus oídos como una letanía trituradora la risa seca y cascada del Camarada Stalin.