sábado, 11 de octubre de 2014

EL QUÉBOLA ¿UN NUEVO VIRUS INFORMÁTICO?

¡Qué tragedias nos devuelve esta nuestra Sociedad Desarrollada y mega informatizada! Dos esposos viviendo un calvario que nunca debieron ver ni en el cine. Fíjense qué consuelo: el que seguramente fue su mayor anhelo no cumplido, ahora es un alivio; pues aquél que suplía el vacío que deja la ausencia de hijos, fue devorado por el pantagruélico apetito de la Tranquilidad Social. ¿Qué hubiera pasado si en lugar de un perro hubiera sido un niño? Y ahora, ¿cuál es su situación? Mientras ella lucha por su vida, él, apenas a unos metros de ella, pero separado por el infranqueable muro de la Seguridad Social, no puede acompañarla ni para darle ánimos. Espero que al menos les hayan prestado un cargador para el móvil y puedan ayudarse mutuamente. Quién sabe, quizá ni eso; también hemos creado virus informáticos que, no sólo sirven para difundir calumnias y mentiras, si no que impiden el último recurso de escuchar a nuestros seres más queridos. Espero de todo corazón que todo acabe felizmente, y que mientras tanto, estos pobres esposos puedan hablar con tarifa plana sin que ningún virus informático se lo impida.

martes, 7 de octubre de 2014

El humor de los Mártires

Si algo he aprendido en mi más de medio siglo de Consciencia (2), es que nada es casual y tampoco es gratuito.
Observo Seres Humanos (7.1.5) que están convencidos de que su Redención () es lo más importante para su "Todopoderoso", y hacen de ello el objetivo de su Existencia (); eligiendo a veces el Martirio () propio como camino de Salvación (). 
Sin aplicar la lupa de la convivencia, afirmo que nada tengo que objetar, aunque siempre me ha parecido una actitud lo suficientemente Antinatural () como para hacérsela mirar por un especialista. Pero hay casos peores: todavía hay Seres Humanos, sin valor para el sufrimiento, que se creen con derecho ha rentabilizar como propio el martirio ajeno, con la simple intervención de su Exaltación (). Yo creía que este derecho pertenecía a tiempos remotos, pero los acontecimientos actuales me han demostrado, una vez más, que nada ha cambiado.
¿En qué estarían pensando quienes decidieron, de modo selectivo, traer a dos misioneros infectados de una enfermedad contagiosa sin curación terapéutica, desde el infierno sanitario al que se habían desplazado voluntariamente, hasta nuestro cielo artificial? ¿En recompensar la encomiable labor llevada a cabo por sus Mártires, con un último momento de reconocimiento y reposo terrenal? Flaco favor para quien ha decidido entregar su vida por los demás igualando sus condiciones ante la adversidad; seguramente ni les preguntaron si ésta era su voluntad. Para aquél viaje no eran necesarias tantas alforjas.
Si querían recompensar el sacrificio, porqué no empezaron por aquellos a quienes les ha venido impuesto: madres y padres sin recursos económicos, enfermos crónicos sin asistencia, familiares de víctimas de toxicómanos, personas que descubren fueron niños robados, desahuciados, y excluidos sociales... Entonces: ¿para qué? ¿Para limpiar sus Conciencias (2.1) cobardes y conseguir la Redención () de sus Pecados ()? ¿A qué precio?
Yo les voy a decir a que precio: al de convertirnos a todos en Mártires involuntarios de su Causa (); y les voy a decir más, su "Todopoderoso" no tiene porqué impedirlo, porque para eso es TODO poderoso y puede hacer lo que le venga en gana.
El humor poseído de los Mártires ha llegado a la sangre de un pueblo "sancho" que tanto se atemoriza con la superstición propia de su ignorancia, como desafía el riesgo conocido con desprecio "quijotesco", pero que, en general, no se enorgullecerá jamás de ser el primero en algo tan anacrónico y vergonzoso.
¿Podría ser esto un Genocidio () en grado de tentativa?

sábado, 9 de agosto de 2014

Jubilación de Don Francisco G.

Don Francisco G. se jubila. "Cosa de la edad" -dice contundente, pues es un hombre de palabras completas y justas. ¡Vamos! Las justas; ni una más. Cuando le vi por primera vez, con su ademán de ingeniero civil y maduro: las manos enlazadas a la espalda, o en los bolsillos de un pantalón de panilla marrón,  atenazando su cuaderno de campo entre el brazo y el costado, y con la cámara de fotos colgando sobre su chaqueta de gabardina color crema; no sé porqué, quizá porque completaba su indumentaria con una boina navarra bien acostumbrada a su cabeza, me trajo a la memoria a Pio Baroja, y que me perdone si le he incomodado con la comparación, pero la prosa de su dicción sosegada y concisa, reforzó mi impresión.

Antes de que otros me dieran datos del  alcance extraordinario de la carrera profesional de Don Francisco, ya me había dado cuenta de que tras este hombre modesto y accesible, se encontraba un ingeniero con mayúsculas, a quien, por respeto a su talla, siempre me ha costado llamarle Paco, como acostumbran con cariño cuantos le conocen, y a él no le importa. Don Francisco, le llamaba yo.

A pesar de su calma aparente, Paco es audaz; pertenece a esa élite exclusiva capaz de domar a la bestia más furiosa que habita nuestro planeta: el agua. ¿Que digo domarla? Domesticarla. Traerla mansa y bondadosa hasta nuestra casa, y liberarla tranquilos en una jarra.

--"La mejor agua para beber, la del grifo" -dijo un día, mientras comíamos en el Castillo de Gorraiz.

--¡Nada de agua salvaje, narcotizada, y cautiva en botellas! -añadí yo

Paco, que conoce la naturaleza de las cosas, sabe que la energía se esconde allí donde, regalada por el Sol, la ha dejado el agua; por eso defiende, con su antigua calculadora "hewlettpackard" en ristre si es necesario, que tanto calor puede darnos un kilo de paja, como diez litros de agua, ¿o era al revés? No sé; sólo hay que saber hacerlo, y él sabe. Allá donde ve brotar el agua, imagina una mini-central, o micro, si el recurso es escaso.

Nuestro compañero Paco es intrépido como el joven Zalacaín, ¿acaso no le habéis visto en operaciones de caballería aerotransportada, de un modo que os recordara aquella escena famosa de cine, donde los helicópteros volaban al son de la música de Wagner? El Pirineo bajo sus pies, es la hermosa Pirenne hacedora de manantiales.

Paco, también es un hombre sensible, capaz de ver poesía donde nosotros sólo vemos piedras y hormigón. ¿Quién no ha leído sus informes, sus reportajes, y su libro: "Centrales Hidroeléctricas y Presas del Alto Aragón"; del que guardo orgulloso un ejemplar dedicado? Rapsodia pura para los tecnólogos, en la que la métrica de sus descripciones, separadas por la elocuencia silenciosa de sus fotografías, se ajusta en estrofas propias de quien es capaz de describir mucho con pocas palabras. ¡Qué envidia! 

Don Francisco es un navarro, cuya "navarrez", bien podría servir de definición: ingenioso, aguerrido, sólido, constante, noble, montañero siempre joven, honesto y modesto. Ahora dice que va a dejar de trabajar, "--cosa de la edad" -afirma. Será porque lo piensa él, porque no lo aparenta. Habrá que creerle, pues, aunque con pocas palabras, es un hombre de palabra; y si alguna vez os ha dejado con la palabra en la boca, quizá fuera porque no era necesario decir nada más. Yo tampoco voy a hacerlo. Tan solo añado que ha sido todo honor trabajar con él.

viernes, 25 de julio de 2014

Boilgue's Kingdom, revisited

(Leer antes el capítulo El Reyno del  Boilgues) Es muy cortito.

Han pasado seis años desde la última vez que Ramón estuvo en la Central Hidroeléctrica de Vallanca, y cinco desde que ésta ya no es responsabilidad suya; pero tenía que volver, y ha vuelto.

Al final, los acontecimientos fueron más diligentes que su razón, y justo cuando decidió qué haría con aquél pino enorme que amenazaba con caerse, poniendo en riesgo la integridad de la central (ya en desuso desde tiempo atrás) y lo que realmente le importaba: la vida de alguna persona; le cambiaron de empresa, y dejó de ser problema suyo.

Casualmente, Ramón firmó y envió el informe el mismo día en que se separaron las Anónimas Sociedades que colonizaban el agua del Reyno del Río Boilgues, quedando él en la que abandonaba ultramar.

Pero Ramón no se olvidó de los reyes consortes, ni liberó su conciencia de la necesidad bipolar de garantizar la seguridad, o mantener la tradición y la familia real hasta sus últimas consecuencias.

Ramón necesitaba volver, quería convencerse de que su informe era el correcto: pena de muerte para el consorte díscolo, por amenazar la paz del Reyno.

Cuando Ramón firmó la sentencia, sabía que existían nueve probabilidades de diez de que el pino, desposeído por culpa de su avaricia de la mitad de su reino terrenal, y amenazado por su aborrecida consorte Doña Junípera, de que soltaría sus raíces antes que verse arrastrada en su caída, acabaría por caerse en pocos años. También sabía que existía una posibilidad entre un millón de que en su caída, atrapase al menos a una persona en su caída, y este margen era inaceptable para él.

Ramón ha vuelto. Ayer, desde el mismo momento en que abandonó la carretera angosta que va de Ademúz a Vallanca, para coger la pista que lleva al castillo del Reyno, se dio cuenta de su error. Ambos monarcas seguían en pie. La reina, Dª. Junípera Sabina, lejos de abandonar a su suerte a su esposo, mantenía inquebrantable su abrazo salvador. Él, afectado visiblemente por la carencia de suelo bajo sus pies, estaba envejecido, parecía haber encogido notoriamente y, carente de su porte imponente, ya no se le veía tan amenazador.

El amor de la esposa Sabina, aún a riesgo de su vida ante cualquier vendaval, había evitado la descomunal caída del monarca Pino. Aunque se la ve más cubierta por una pátina albar, aún guarda su esbelta belleza, y parece que aguantará enhiesta hasta el final.

Ramón, se alegró muchísimo de que nadie tuviera en cuenta su informe, y , antes de ponerse "cara Cuenca", posó con alegre chulería bajo el Rey vegetal.

No obstante, precavidos, los lugareños humanos del valle del Boilgues, han vallado la zona donde, algún día, ambos o el pino Rey sólo, presionado por otro arbolito que crece al lado de la Sabina, acabará por caer.

domingo, 22 de junio de 2014

El bosque tenebroso y el soldado Torres.

 De esto hace ya más de veinticinco años, y todavía se me eriza la piel cada vez que lo recuerdo. Íbamos diez en expedición por el Pirineo Oscense; cosas de la mili. Era la cuarta jornada de una marcha que comenzó en la residencia cuartel de Cerler, con escalas de campaña en Bonansa, Roda de Isábena, Santaliestra y San Quílez, y final previsto en Aínsa, donde nos reuniríamos con el resto de la Brigada.
Tras pernoctar en Las Eras de Santaliestra, y tomar un desayuno repelido por la resaca de la noche anterior, partimos camino del Humo de Rañín, donde teníamos planeado preparar nuestro siguiente vivac. Habíamos madrugado mucho; aún no se había asomado el Sol por encima del Morrón de Güell, y bajo el horizonte de nuestros ojos ya podían verse los Tozales de la Virgen y el de Ligüerre, atenazando las aguas del Ésera hasta retorcerlas en una serpentina celeste y espumosa.
Los primeros repechos de la sierra de Formigales, despertaron por fin nuestro apetito y, cuando a eso de las diez de la mañana, llegamos a las ruinas del Monasterio de San Martín de Caballera, nos detuvimos a almorzar. Como era a finales de noviembre y hacía fresco, la tropa, resudada, aprovechando los sillares caídos,  se sentó dando la cara al sol de la mañana y apoyando sus espaldas contra el muro templado y oriental, de lo que quedaba en pié de la iglesia románica.
Éramos un grupo numeroso, pues a mi sección se había sumado un cuarto pelotón del Batallón de Ingenieros, ya que nuestra misión era adelantarnos a la llegada de la Brigada acorazada que venía desde Tremp, para buscar y asegurar la localización de un vado en el río Cinca al norte de Aínsa, con el objeto de garantizar el avance de las tropas hacia el frente occidental, que en ese momento se encontraba en Sabiñánigo; cosas de la mili. Así pues, contándome a mí, éramos treinta y siete hombres; quizá demasiados para un Alférez de Complemento.
En pocos minutos habíamos devorado el bocadillo de fiambre y el paquete de galletas que nos dieran los de intendencia antes de partir; y allí nos hubiéramos quedado adormilados al sol como los abuelos en un mentidero, si no hubiera sido porque saltó sobre nosotros una niebla espesa desde poniente; devorando la luz, las sombras y el calorcito matinal. Espoleados  por el abrazo gélido de la niebla y por los gritos de los cuatro suboficiales que me acompañaban, los soldados se pusieron en orden de marcha. 
Respaldado por la ventaja de mi rango, fui el último en incorporarme. Me había sentado en el soportal de la única puerta de la iglesia que aún se mantenía en pie, pero, antes de marcharme, quise echar un último vistazo al interior de las ruinas, que, a diferencia de su fachada principal y del techo, que estaban completamente derruidos, mantenía bastante bien sus muros laterales, y el ábside también en muy buenas condiciones. Disfruté de la escena: la niebla, ya muy densa, parecía encubrir las mutilaciones del edificio dándole un aspecto renovado a la vez que tétrico; evocador. 
Espabilado por los gritos de los sargentos, salí del embrujo esotérico en el que me había sumergido, y dispuse a ponerme al frente de mi Unidad; entonces, me dí cuenta que en el lugar donde algún día hubo un altar, todavía había un soldado: estoico, de pie, cabizbajo, de espaldas a mí y de frente al ábside, parecía estar rezando con las manos cubriendo su rostro. Emocionado por la estampa, esperé unos segundos para dejarlo terminar, más o menos lo que cuesta recitar un “padrenuestro” pero, como no parecía tener fin, le llamé:
¡Soldado! ¡Vamos! ¡Que nos están esperando!
¡Voy mi alférez! –gritó el muchacho sobresaltado, a la vez que se volvía hacia mi para salir corriendo.
Cuando pasó a mi lado, su pasamontañas no me dejó verle la cara, pero supe que no era de mi Compañía, pues en su “galleta” identificativa ponía: TORRES. Era un soldado del Batallón de Ingenieros.
¡Venga! Tiempo tendrás de rezar esta noche –le dije, al tiempo que hacía ademán de darle un falso puntapié, que no llegó a tocarle.
Perdone, mi alférez –se disculpó el muchacho, y se sumergió entre la niebla y sus compañeros.
Envueltos por la niebla, nos pusimos de nuevo en camino: yo encabezando la marcha, y los suboficiales repartidos entre los pelotones. Ascendimos por un sendero con una pendiente fuerte y resbaladiza que nos llevaría hasta un collado junto al monte Albas; al otro lado, encontraríamos una pista forestal. Eso decía el plano. 
De pronto la niebla se disipó frente a mi, y el sol brilló con intensidad a mi espalda. Tras avanzar unos cien metros más por una canchalera caliza de un blanco refulgente, paré y me volví para comprobar como la niebla iba expulsando, uno a uno, un rosario de soldados verdes, armados con sus fusiles y cargados con mochilas enormes. Los muchachos, sin una orden que les obligara a hacerlo, no se pararon, y siguieron pasando junto a mí ignorándome, en cuanto vi salir al sargento Sanz, que cerraba la fila, y me hacía un gesto de que estábamos todos, me apresuré a ponerme de nuevo al frente de la expedición.
Alcanzado el collado, el camino mejoró notoriamente, y el paisaje se extendió en todas las direcciones. Hacia levante, el Valle del Ésera seguía zigzagueante su camino hacia el remanso del Embalse de Barasona, frente a nosotros el valle amplio del Cinca con el embalse de Mediano a fondo, se abría en un abanico de brillos plateados sobre las aguas de los pantanos, verdes oscuros de los pinares y carrascales, y el blanco impoluto de los bancos de niebla que envolvían la sierra, y de los que sólo sobresalía, al norte, la cima del Monte Campanué. 
Atravesamos una zona llana y limpia llamada “Los Solanos” y el brillo del sol de mediodía espabiló a los jóvenes soldados quienes, al tiempo que aligeraron el paso, comenzaron a cantar las típicas canciones de marcha militar juvenil: combinación de proezas sexuales, exageración de las debilidades y afeminamiento de otras unidades, y caricaturas simpáticas de los mandos presentes. Cosas de la mili.
La marcha prosiguió sin contratiempos por un camino por el que parecían haber pasado décadas sin que alguien transitase. Atravesamos el frondoso Pinar del Rey, dejamos a nuestra izquierda las casas caídas de tres aldeas abandonadas llamadas Latorre, Lavilla y la Solanilla, así las llamaba el plano, y cruzamos el Carrascal. Después, subiendo de nuevo, nos dirigimos hacia el Cajicar con la intención de alcanzar la ladera sureste de la Sierra de Campanué; superada ésta, sólo tendríamos que descender la pendiente escarpada de su ladera noroeste, para encontrarnos con la llanura  cultivada de La Fueva, y el Humo de Rañín, donde nos prepararíamos el rancho y pernoctaríamos.
Pasaba de la una y media, cuando llegamos al collado del Solán Mayor. Asomados hacia el vacío, pudimos ver los pueblos de Solipueyo, Rañín y el Humo de Rañín, nuestro destino, pero la ladera de la Sierra, seguía oculta bajo un banco de niebla persistente que se agarraba entre los árboles del bosque. Azuzados por el hambre, seguimos ladera abajo y nos dejamos devorar por la niebla que parecía empeñada en digerir lentamente el Pinarón del Rector.
El bosque, orientado al norte, era húmedo y oscuro; estaba formado por pinos altos, sanos y robustos pero, a nivel del suelo, era una maraña de árboles muertos en descomposición que dificultaban un camino que, en realidad, no existía. Sumergidos en un vaho lúgubre, no había más vida que nosotros y multitud de hongos y setas, todas ellas seguramente venenosas. No se oía nada más que nuestro jadeo y el eco del crepitar de las ramas rotas. En fin, la ostia de tenebroso. Ante la inexistencia de un sendero definido, y la casi nula visibilidad provocada por la niebla y la oscura frondosidad de la capa vegetal superior, decidí poner en práctica una técnica para comprobar que nadie se extraviaba: mientras se avanza en fila por un pantano oscuro y peligroso, ir numerando el pelotón de cabeza a cola: uno, dos, tres.... nueve y luego viceversa de cola a cabeza: nueve, ocho… tres, dos, uno; y vuelta a empezar. 
Ligeramente atemorizados, pero muy machotes para reconocerlo, cosas de la mili; comenzamos a contar:
¡Uno! –grité.
¡Dos! –continuó el soldado que seguía unos veinte pasos detrás de mi. 
Me extrañó que no fuera la voz del sargento primero Otal la que sonara tras de mí, quizá se había rezagado y un soldado le había sustituido.
¿Ha visto al sargento primero Otal? –le pregunté al vacío blanco de la niebla, mientras oía amortiguarse la cuenta en la algodonosa quietud del bosque tenebroso: cinco, seis...
Sí, mi alférez, está detrás de mí –contestó el soldado, y reconocí su voz, era la del piadoso orador.
¿Torres? –le pregunté.
El mismo, mi alférez –contestó enseguida.
¿Qué haces aquí? No estás con tu pelotón.
He pedido permiso al sargento primero, porque quería hablar con usted.
¿Conmigo? ¿De qué?
Quería pedirle disculpas, por haberme quedado despistado en la iglesia.
Hombre, no tiene importancia. Enseguida ha cumplido con su deber.
Pero, imagínese que me quedo allí, perdido en la niebla.
Habríamos vuelto a por usted. Ya ve que me preocupo de que estemos todos controlados.
Gracias, señor. Si llego a perderme a mi madre le habría dado un gran disgusto.
Vamos hombre, que no es para tanto, nadie se va a perder. Esto es sólo un juego táctico.
Entonces escuché de nuevo la voz del sargento primero Otal, esta vez sí que la reconocí:
¡Treinta y seis! 
¡Treinta y siete! –añadió el soldado Torres.
¡Treinta y ocho! –concluí.
Tardé un par de segundos en darme cuenta del error. ¡Me sobraba uno!
El sargento primero Otal, que tardó otros dos segundos en darse cuenta, comenzó a gritar:
¡Menos cachondeo! ¡A ver si nos lo tomamos en serio! ¡Pásalo Fortún! –dijo, pidiéndole a su compañero, el sargento Leza, que trasmitiera la reprimenda.
Convencido de que me estaban tomando el pelo, comencé el recuento reforzando mi voz con énfasis marcial: 
¡¡Uno!!
¡Dos! –me siguió Torres, enérgico.
¡¡Treess!! –dijo Otal, ya de mala leche.
Cuatro. Cinco…
Dispuesto a sancionar la falta de respeto si volvía a repetirse la broma, esperé la vuelta del recuento. 
¿También estaba usted rezando? –me preguntó Torres.
No exactamente –respondí, algo sorprendido por la pregunta.
No le comprendo –dijo el soldado, que ahora se le oía más cerca de mi.
No soy creyente, y por lo tanto no le rezo a nadie; sin embargo, a veces y en algunos lugares, tengo sensaciones que podríamos decir… Me hacen percibir cierta trascendencia.
¿Le pasó eso en las ruinas? –insistió el joven.
No tuve tiempo de tal cosa –le mentí–. Pero me emocionó observar su devoción. 
Usted es una buena persona que se preocupa por los demás, esa es otra forma de rezar.
Reconozco que a veces siento cierta envidia de quienes sienten la fe.
¿Usted no tiene fe? –me preguntó el soldado insolente.
Tengo fe en ustedes, y en que no me sigan tomando el pelo.
¡Treinta y cinco! –se escuchó detrás del sargento primero Otal.
¡Me cago en la ostia! –gritó entonces él, y añadió–: ¡me parece que esta noche alguno se la va a pasar repitiendo la tabla de multiplicar del nueve!
¡Está bien! –grité–. Otal, recorra la sección y cuente el personal.
¡A la orden, mi alférez! 
¡Uno! –dije.
¡Dos! –Torres, pocos pasos detrás de mí.
¡Treeees! –Otal y se esperó a que llegara el siguiente para corear con él.
Cuaaatro. Ciiiinco…
¿Por quién rezaba usted? –pregunté a Torres.
Rezaba por mi madre, para no se preocupe tanto por mi. Lleva meses sin verme y me muero de ganas de volver a casa.
¿Cuándo vuelve?
Me licencio a fin de año, pero estoy seguro de que me darán “la blanca” el día de la lotería.
Seguro que sí hombre. El capitán Pizarro es un buenazo –le dije para consolarle.
¿Usted se licencia o se va a reenganchar? –el muchacho era muy curioso, pero su sinceridad hacía que no le tuviese en cuenta su insolencia, además el hecho de que no pudiéramos vernos, convertía nuestra conversación en una especie confesión.
Todavía no lo he decidido –respondí, sinceramente.
Al ejército le irá bien con mandos como usted.
Quizá, pero no estoy seguro de mi vocación.
La verdad es que se necesita vocación para ser militar. No por la disciplina, ni por el riesgo. ¿Sabe lo que peor llevaría si tuviera que ser oficial? –me preguntó Torres.
¿Qué se burlen de usted los soldados? –le dije sonriendo.
No. Lo peor sería tener que ir a decirle a una madre que su hijo ha muerto bajo mi mando.
A veces yo también pienso en ello. Espero no pasar nunca por una situación así. Debe ser horrible.
En cualquier caso, esté donde esté, si tiene gente a su cargo, no se olvide de que, detrás de cada persona, hay una familia que le espera –hoy no sé si el soldado Torres me dijo esto realmente, o escuché a mi propia conciencia.
Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por el consejo.
También le aconsejo que compruebe siempre los frenos de los camiones antes de salir con su unidad de maniobras –me espetó, sin venir a cuento.
¿Por qué me dice eso? –le pregunté muy sorprendido.
No obtuve respuesta, de repente la niebla se disipó, el bosque se terminó, e irrumpí en un claro formado para el trazado de una gran línea eléctrica. Me costó adaptar la vista al fogonazo del sol. Me volví hacia el soldado Torres buscando una explicación a su extraño consejo, pero no estaba. En su lugar, el sargento primero Otal venía apresurado, frotándose los ojos y resoplando.
Treinta y ocho, mi alférez. Nos sobra uno –me dijo extrañado y resignado.
No puede ser. Mande formar de a cuatro en cuanto salgan todos del bosque. –le ordené.
En cuanto el sargento Sanz salió del bosque y me indicó que era el último, Otal ordenó formar:
¡A formar! ¡De a cuatro! ¡Por pelotones! ¡Aar!
La tropa, desconcertada por las órdenes, e incomodada por las irregularidades del terreno, se apresuró con cierta torpeza a crear la formación. Cuatro pelotones en fila de ocho soldados encabezados por un suboficial; treinta y seis almas, y la mía, inquieta y enfurecida, dando vueltas alrededor: treinta y siete. No faltaba ni sobraba nadie.
Me da la impresión que, o no saben contar, o me están tomando todos el pelo. Sepan que, aunque lleve fama de blando y no sea militar de carrera; no voy a consentir que sigan burlándose de mí –les arengué, realmente enfadado.
Con su permiso, mi alférez –me interrumpió Otal–. Le juro que he contado bien, lo he hecho hasta dos veces –Otal, era un militar veterano y formal, de mi total confianza. Yo estaba convencido de que no me mentía.
Pues entonces, no entiendo nada –dije, algo alterado.
Habrán sido los nervios, señor, la verdad es que este bosque ponía los pelos de punta –se disculpó Otal.
Está bien, no le voy a dar más importancia de la que tiene. Lo importante es que no se ha perdido nadie.
Entonces recordé que tenía pendiente una explicación a la sorprendente y extraña recomendación que me hiciera el soldado Torres justo antes de salir del bosque tenebroso. 
¡Torres! ¡Salga de la formación!
Nadie se inmutó.
¡¿Torres?!
Como si nada. La tropa comenzó a mirarse entre sí con perplejidad.
¡Ya empezamos otra vez! ¡Al final me voy a cabrear! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Ar!
Todos me obedecieron de inmediato. Entonces, solicité al sargento del pelotón de ingenieros que me ayudara.
Leza, saque al soldado Torres de la formación.
El sargento Leza, con cara de incredulidad, se puso colorado como un tomate, y, antes de responderme, se lo pensó bien:
Con el debido respeto mi alférez, en mi pelotón no hay ningún soldado apellidado Torres.
¡¿Cómo que no?! –estallé–. He estado media hora hablando con él. Haga el favor de sacarle de la formación; si lo hago yo será peor.
El sargento salió de la formación y se puso a buscar al soldado en su fila. Sin éxito. Luego se acercó a mí apresurado, se cuadró, me saludó y me dijo:
Mi alférez, no hay ningún soldado Torres en mi pelotón.
¿Qué dices? –interrumpió el sargento primero Otal–. Yo también he hablado con él, es de tu pelotón, me ha pedido permiso para adelantarse y hablar con el alférez. Ha sido todo el rato el número dos.
Hombre, por fin alguien en su sano juicio –dije, consolado, y dirigiéndome a la tropa, añadí–: Torres, ¿se puede saber a qué está jugando?
Un murmullo fue creciendo entre los soldados, especialmente entre los del pelotón de ingenieros.
¡Silencio! –gritó Otal, y se callaron.
Está bien, Torres, le voy a sacar de la oreja. 
Recorrí la formación comenzando por el pelotón de ingenieros, ningún nombre coincidía. Volví a recorrerlo haciéndoles pronunciar su nombre para ver si le reconocía por la voz. Nada. Hice lo mimo con los míos. No me hizo falta hacerlo dos veces, pues les conocía a todos de sobra.
Desconcertado, me acerqué al sargento primero Otal:
José, tú has hablado con él, ¿verdad? Un muchacho robusto, con acento valenciano.
Sí mi alférez. Me ha dicho que se llama Vicente Torres, de Ingenieros. Me he fijado bien en él. Le he oído hablar con usted, numerarse; pero le juro que ahora no está aquí. Yo tampoco entiendo nada.
Pues ya sabemos porqué no nos salían las cuentas. Hemos tenido un polizón –concluí.
Ante nuestro desconcierto, el murmullo entre los soldados fue creciendo hasta romperse el silencio y la formación. Entonces, el sargento Leza, se acercó a mí, y me dijo:
Mi alférez, Vicente Torres Jiménez, fue uno de los dos soldados del Batallón de Ingenieros, fallecidos en el accidente que sufrió hace un mes un vehículo al caer al río Ésera en el Congosto del Ventamillo.

jueves, 19 de junio de 2014

7.1.5.2.1.2 La Aureocracia

La Aureocracia es la organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes y establecen el poder en función de una mayoría aceptada. La convivencia social está fundada en que todos los miembros son libres e iguales, y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales aprobados mediante decisiones votadas por TODOS, pero de modo que cualquier decisión aprobada, que no sea por Unanimidad (7.1.5.2.1.2.2) o por Mayoría Áurea (7.1.5.2.1.2.1), se considera una decisión tomada en precario que ha de mejorarse mediante el ejercicio parlamentario continuo hasta alcanzar la Mayoría Áurea.

La Belleza () está en la armonía de las Proporciones (). La Belleza () está en todas las manifestaciones de la Materia (4). La Proporción más bella es en la Razón Áurea (PHI).

Si se aplica la Razón Áurea a la Convivencia Social () se consigue una mayor Felicidad () individual que con otras proporciones tales como la Mayoría Simple (A=B+1)


7.1.5.2.1.2.1 La Mayoría Áurea es aquella en la que, para cada una de las DOS decisiones contrapuestas: SI/NO, y la TERCERA opción NEUTRAL, se cumple:

(A/B) = (A+B)/A = Phi = 1,618034...
y
(A/C) = (A+C)/A = Phi = 1,618034...
ó
(B/C) = (B+C)/B = Phi = 1,618034...

Donde:
A es la opción contrapuesta SI/NO más votada.
B es la opción contrapuesta SI/NO menos votada.
C es la opción NEUTRAL.
D=0 es la abstención y es NULA, Pues en la Aureocracia no hay abstención porque la votación es una Obligación Social ().

7.1.5.2.1.2.2 La Unanimidad. 
B=C=0

7.1.5.2.1.2.3 La Mayoría Cúbica.
A=B=C también puede considerarse una Mayoría Áurea en la que la opción C es la adoptada, dejando que cada cual haga lo que quiera al respecto.

7.1.5.2.1.2.4 La Mayoría Esférica.
A2 + B2 + C2 = K2 es una Mayoría Áurea.

Mayoría Esférica es el parámetro K común resultante de la suma de los cuadrados de los votantes contrapuestos y neutrales multiplicados por el valor de su decisión, por ejemplo:
Si se realiza un sufragio para decidir si la República Phi-Armónica puede coexistir con una Monarquía () Parlamentaria ().Y el resultado es:
A están a favor.
B están en contra.
C son indiferentes.

Pero no se cumple la Mayoría Área(A/B) = (A+B)/A = Phi = 1,618034

Si la situación amenaza con la Fractura Social () puede hacerse una consulta universal preguntando cuanto tiempo hay que esperar para realizar un sufragio. Si sobre los resultados aplicamos la Mayoría Esférica:
K será el resultado aceptado y aplicado. De este modo los neutrales aparecen representados y pueden determinar el resultado final.

miércoles, 18 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VII -La República Phi-Armónica-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VII                   -LA REPÚBLICA PHI.ARMÓNICA-

En el capítulo anterior:
--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Hasta donde alumbraban los focos, la escena de la barbarie estaba completamente desierta. Tampoco perdimos ni un minuto en comprobar si había heridos más allá de las cunetas. Esquivamos los vehículos quemados y nuevamente avanzamos a toda velocidad por la autovía. El viaje no fue muy largo. Aproximadamente media hora después abandonamos la autovía y, tras pasar un par de rotondas, tomamos un camino forestal que, con pendiente pronunciada, se adentró en la Sierra entre muros de pinos altísimos. En ningún momento nos cruzamos con alguien, ni vimos vehículo alguno.

--¿Ha vuelto la cobertura? -pregunté a Isis, que no paraba de escribir sobre la pantalla de su móvil.
-- Nunca he dejado de tenerla -me contestó, con amabilidad.
-- ¿Qué operadora tienes? La mía lleva una semana sin dar línea.
--Es un teléfono satélite -me contestó, ahora con algo menos de dulzura.
--¿Dónde vamos? -seguí impertinente.
--A un lugar seguro -dijo, algo seca.
--¿Puedes ver en tu móvil noticias sobre lo que está ocurriendo? -insistí.
--Hemos llegado -me contestó.
--¿Yaa? -pregunté, mientras comprobaba que una gran puerta de rejas se abría delante de nosotros.

Tras la valla, un camino asfaltado nos llevó hasta una gran plaza de tierra, todo ello oculto tras árboles que, con la perspectiva de los potentes focos de los coches sobre la oscuridad de la noche, me parecieron altísimos.
Aparcaron todos los vehículos en una formación militar. Sólo después de que sus ocupantes salieran y formaran delante de nuestro vehículo, Isis dió orden a nuestro conductor de que parara el motor, a lo cual él obedeció de inmediato. El copiloto bajó, abrió mi puerta y se cuadró a un lado invitándome a bajar.
Reconozco que tanta parafernalia castrense comenzó a acojonarme. Titubeé antes de obedecer al guardia.

--Baja, por favor -me dijo Isis, haciéndome ver que saldría por el mismo lado que yo.
--¿Dónde me habéis traído? -pregunté demostrando fastidio y preocupación.
--Ya te lo he dicho: a un lugar seguro.
--¿Qué es esto? ¿Un cuartel? ¿Sois militares?
--No y sí.
--¿Cómo?
--Que no es un cuartel, y, sí somos militares, o algo parecido.Vamos, baja. Nadie te hará daño. Te lo prometo.

Viniendo de unos labios como aquellos, no podía negarme. Bajé, y tras estirar las piernas, di un vistazo a mi alrededor.
La formación de vehículos seudo-militares alumbraba un gran descampado en el centro del cual había un mástil en el que ondeaba una bandera grande de color claro (con la luz de los faros no se distinguía si era blanca, amarilla o gris); la bandera sólo lucía un símbolo negro fácilmente distinguible. Era la letra griega Phi.

--¿Qué es esto? -pregunté a Isis indignado-. ¿Un campamento fascista?
--En absoluto -me contestó ella muy serena y sonriendo ante mi perplejidad.
--Entonces ¿Qué clase de bandera es esa?
--Es nuestra bandera -me confesó sin más.
--No tiene gracia Isis. Reconoce que no son formas de tratar a una persona que estaba abandonada a expensas de la sin razón. Yo no quiero participar de algo así, prefiero volver donde abandoné a mi vieja y querida Democracia, y honrar con mi sacrificio el de aquellos que la hicieron posible.
--Tienes razón Raamón. Sólo quería conocer la parte de tus sentimientos relativos a la libertad.
--¿Me estás poniendo a prueba?
--Perdóname y acompáñame. Ahora te lo explicaré todo -me dijo, ofreciéndome su mano como si de mi madre se tratara.

Rehusé a tomar su mano, pues me pareció una cursilería. Por la cintura sí la habría cogido a gusto, pero no era el momento. En fin, que la seguí a lo largo de un pasillo de guardianes formados, hasta la puerta de una gran mansión neoclásica que me pareció el edificio del que hubieran tomado muestra para la construcción del puticlú Isis.

Al igual que en aquél, unas escalinata recibía antes de la puerta y unas puertas de cristal negro se abrieron automáticamente al acercarnos, y del mismo modo se cerraron en cuanto hubimos pasado dentro. En el interior, un enorme patio porticado y muy bien iluminado por focos amarillos, rodeaba un estanque rectangular en el que se reflejaba la luna en toda su redondez. Alrededor del estanque numerosas personas charlaban en corrillos, o leían sentados sobre bancos de mármol. Apenar un murmullo salía de tanto personal. Al vernos entrar, se pusieron todos en pie y aplaudieron con interés pero sin efusividad.

--Bienvenido a la República Phi-Armónica. Donde nos gobernamos por la Aureocracia -me dijo Isis con una sonrisa en su boca igual a la que pone una madre cuando muestra a su hijo el camino a una escuela nueva.

Continuará...