viernes, 25 de julio de 2014

Boilgue's Kingdom, revisited

(Leer antes el capítulo El Reyno del  Boilgues) Es muy cortito.

Han pasado seis años desde la última vez que Ramón estuvo en la Central Hidroeléctrica de Vallanca, y cinco desde que ésta ya no es responsabilidad suya; pero tenía que volver, y ha vuelto.

Al final, los acontecimientos fueron más diligentes que su razón, y justo cuando decidió qué haría con aquél pino enorme que amenazaba con caerse, poniendo en riesgo la integridad de la central (ya en desuso desde tiempo atrás) y lo que realmente le importaba: la vida de alguna persona; le cambiaron de empresa, y dejó de ser problema suyo.

Casualmente, Ramón firmó y envió el informe el mismo día en que se separaron las Anónimas Sociedades que colonizaban el agua del Reyno del Río Boilgues, quedando él en la que abandonaba ultramar.

Pero Ramón no se olvidó de los reyes consortes, ni liberó su conciencia de la necesidad bipolar de garantizar la seguridad, o mantener la tradición y la familia real hasta sus últimas consecuencias.

Ramón necesitaba volver, quería convencerse de que su informe era el correcto: pena de muerte para el consorte díscolo, por amenazar la paz del Reyno.

Cuando Ramón firmó la sentencia, sabía que existían nueve probabilidades de diez de que el pino, desposeído por culpa de su avaricia de la mitad de su reino terrenal, y amenazado por su aborrecida consorte Doña Junípera, de que soltaría sus raíces antes que verse arrastrada en su caída, acabaría por caerse en pocos años. También sabía que existía una posibilidad entre un millón de que en su caída, atrapase al menos a una persona en su caída, y este margen era inaceptable para él.

Ramón ha vuelto. Ayer, desde el mismo momento en que abandonó la carretera angosta que va de Ademúz a Vallanca, para coger la pista que lleva al castillo del Reyno, se dio cuenta de su error. Ambos monarcas seguían en pie. La reina, Dª. Junípera Sabina, lejos de abandonar a su suerte a su esposo, mantenía inquebrantable su abrazo salvador. Él, afectado visiblemente por la carencia de suelo bajo sus pies, estaba envejecido, parecía haber encogido notoriamente y, carente de su porte imponente, ya no se le veía tan amenazador.

El amor de la esposa Sabina, aún a riesgo de su vida ante cualquier vendaval, había evitado la descomunal caída del monarca Pino. Aunque se la ve más cubierta por una pátina albar, aún guarda su esbelta belleza, y parece que aguantará enhiesta hasta el final.

Ramón, se alegró muchísimo de que nadie tuviera en cuenta su informe, y , antes de ponerse "cara Cuenca", posó con alegre chulería bajo el Rey vegetal.

No obstante, precavidos, los lugareños humanos del valle del Boilgues, han vallado la zona donde, algún día, ambos o el pino Rey sólo, presionado por otro arbolito que crece al lado de la Sabina, acabará por caer.

domingo, 22 de junio de 2014

El bosque tenebroso y el soldado Torres.

 De esto hace ya más de veinticinco años, y todavía se me eriza la piel cada vez que lo recuerdo. Íbamos diez en expedición por el Pirineo Oscense; cosas de la mili. Era la cuarta jornada de una marcha que comenzó en la residencia cuartel de Cerler, con escalas de campaña en Bonansa, Roda de Isábena, Santaliestra y San Quílez, y final previsto en Aínsa, donde nos reuniríamos con el resto de la Brigada.
Tras pernoctar en Las Eras de Santaliestra, y tomar un desayuno repelido por la resaca de la noche anterior, partimos camino del Humo de Rañín, donde teníamos planeado preparar nuestro siguiente vivac. Habíamos madrugado mucho; aún no se había asomado el Sol por encima del Morrón de Güell, y bajo el horizonte de nuestros ojos ya podían verse los Tozales de la Virgen y el de Ligüerre, atenazando las aguas del Ésera hasta retorcerlas en una serpentina celeste y espumosa.
Los primeros repechos de la sierra de Formigales, despertaron por fin nuestro apetito y, cuando a eso de las diez de la mañana, llegamos a las ruinas del Monasterio de San Martín de Caballera, nos detuvimos a almorzar. Como era a finales de noviembre y hacía fresco, la tropa, resudada, aprovechando los sillares caídos,  se sentó dando la cara al sol de la mañana y apoyando sus espaldas contra el muro templado y oriental, de lo que quedaba en pié de la iglesia románica.
Éramos un grupo numeroso, pues a mi sección se había sumado un cuarto pelotón del Batallón de Ingenieros, ya que nuestra misión era adelantarnos a la llegada de la Brigada acorazada que venía desde Tremp, para buscar y asegurar la localización de un vado en el río Cinca al norte de Aínsa, con el objeto de garantizar el avance de las tropas hacia el frente occidental, que en ese momento se encontraba en Sabiñánigo; cosas de la mili. Así pues, contándome a mí, éramos treinta y siete hombres; quizá demasiados para un Alférez de Complemento.
En pocos minutos habíamos devorado el bocadillo de fiambre y el paquete de galletas que nos dieran los de intendencia antes de partir; y allí nos hubiéramos quedado adormilados al sol como los abuelos en un mentidero, si no hubiera sido porque saltó sobre nosotros una niebla espesa desde poniente; devorando la luz, las sombras y el calorcito matinal. Espoleados  por el abrazo gélido de la niebla y por los gritos de los cuatro suboficiales que me acompañaban, los soldados se pusieron en orden de marcha. 
Respaldado por la ventaja de mi rango, fui el último en incorporarme. Me había sentado en el soportal de la única puerta de la iglesia que aún se mantenía en pie, pero, antes de marcharme, quise echar un último vistazo al interior de las ruinas, que, a diferencia de su fachada principal y del techo, que estaban completamente derruidos, mantenía bastante bien sus muros laterales, y el ábside también en muy buenas condiciones. Disfruté de la escena: la niebla, ya muy densa, parecía encubrir las mutilaciones del edificio dándole un aspecto renovado a la vez que tétrico; evocador. 
Espabilado por los gritos de los sargentos, salí del embrujo esotérico en el que me había sumergido, y dispuse a ponerme al frente de mi Unidad; entonces, me dí cuenta que en el lugar donde algún día hubo un altar, todavía había un soldado: estoico, de pie, cabizbajo, de espaldas a mí y de frente al ábside, parecía estar rezando con las manos cubriendo su rostro. Emocionado por la estampa, esperé unos segundos para dejarlo terminar, más o menos lo que cuesta recitar un “padrenuestro” pero, como no parecía tener fin, le llamé:
¡Soldado! ¡Vamos! ¡Que nos están esperando!
¡Voy mi alférez! –gritó el muchacho sobresaltado, a la vez que se volvía hacia mi para salir corriendo.
Cuando pasó a mi lado, su pasamontañas no me dejó verle la cara, pero supe que no era de mi Compañía, pues en su “galleta” identificativa ponía: TORRES. Era un soldado del Batallón de Ingenieros.
¡Venga! Tiempo tendrás de rezar esta noche –le dije, al tiempo que hacía ademán de darle un falso puntapié, que no llegó a tocarle.
Perdone, mi alférez –se disculpó el muchacho, y se sumergió entre la niebla y sus compañeros.
Envueltos por la niebla, nos pusimos de nuevo en camino: yo encabezando la marcha, y los suboficiales repartidos entre los pelotones. Ascendimos por un sendero con una pendiente fuerte y resbaladiza que nos llevaría hasta un collado junto al monte Albas; al otro lado, encontraríamos una pista forestal. Eso decía el plano. 
De pronto la niebla se disipó frente a mi, y el sol brilló con intensidad a mi espalda. Tras avanzar unos cien metros más por una canchalera caliza de un blanco refulgente, paré y me volví para comprobar como la niebla iba expulsando, uno a uno, un rosario de soldados verdes, armados con sus fusiles y cargados con mochilas enormes. Los muchachos, sin una orden que les obligara a hacerlo, no se pararon, y siguieron pasando junto a mí ignorándome, en cuanto vi salir al sargento Sanz, que cerraba la fila, y me hacía un gesto de que estábamos todos, me apresuré a ponerme de nuevo al frente de la expedición.
Alcanzado el collado, el camino mejoró notoriamente, y el paisaje se extendió en todas las direcciones. Hacia levante, el Valle del Ésera seguía zigzagueante su camino hacia el remanso del Embalse de Barasona, frente a nosotros el valle amplio del Cinca con el embalse de Mediano a fondo, se abría en un abanico de brillos plateados sobre las aguas de los pantanos, verdes oscuros de los pinares y carrascales, y el blanco impoluto de los bancos de niebla que envolvían la sierra, y de los que sólo sobresalía, al norte, la cima del Monte Campanué. 
Atravesamos una zona llana y limpia llamada “Los Solanos” y el brillo del sol de mediodía espabiló a los jóvenes soldados quienes, al tiempo que aligeraron el paso, comenzaron a cantar las típicas canciones de marcha militar juvenil: combinación de proezas sexuales, exageración de las debilidades y afeminamiento de otras unidades, y caricaturas simpáticas de los mandos presentes. Cosas de la mili.
La marcha prosiguió sin contratiempos por un camino por el que parecían haber pasado décadas sin que alguien transitase. Atravesamos el frondoso Pinar del Rey, dejamos a nuestra izquierda las casas caídas de tres aldeas abandonadas llamadas Latorre, Lavilla y la Solanilla, así las llamaba el plano, y cruzamos el Carrascal. Después, subiendo de nuevo, nos dirigimos hacia el Cajicar con la intención de alcanzar la ladera sureste de la Sierra de Campanué; superada ésta, sólo tendríamos que descender la pendiente escarpada de su ladera noroeste, para encontrarnos con la llanura  cultivada de La Fueva, y el Humo de Rañín, donde nos prepararíamos el rancho y pernoctaríamos.
Pasaba de la una y media, cuando llegamos al collado del Solán Mayor. Asomados hacia el vacío, pudimos ver los pueblos de Solipueyo, Rañín y el Humo de Rañín, nuestro destino, pero la ladera de la Sierra, seguía oculta bajo un banco de niebla persistente que se agarraba entre los árboles del bosque. Azuzados por el hambre, seguimos ladera abajo y nos dejamos devorar por la niebla que parecía empeñada en digerir lentamente el Pinarón del Rector.
El bosque, orientado al norte, era húmedo y oscuro; estaba formado por pinos altos, sanos y robustos pero, a nivel del suelo, era una maraña de árboles muertos en descomposición que dificultaban un camino que, en realidad, no existía. Sumergidos en un vaho lúgubre, no había más vida que nosotros y multitud de hongos y setas, todas ellas seguramente venenosas. No se oía nada más que nuestro jadeo y el eco del crepitar de las ramas rotas. En fin, la ostia de tenebroso. Ante la inexistencia de un sendero definido, y la casi nula visibilidad provocada por la niebla y la oscura frondosidad de la capa vegetal superior, decidí poner en práctica una técnica para comprobar que nadie se extraviaba: mientras se avanza en fila por un pantano oscuro y peligroso, ir numerando el pelotón de cabeza a cola: uno, dos, tres.... nueve y luego viceversa de cola a cabeza: nueve, ocho… tres, dos, uno; y vuelta a empezar. 
Ligeramente atemorizados, pero muy machotes para reconocerlo, cosas de la mili; comenzamos a contar:
¡Uno! –grité.
¡Dos! –continuó el soldado que seguía unos veinte pasos detrás de mi. 
Me extrañó que no fuera la voz del sargento primero Otal la que sonara tras de mí, quizá se había rezagado y un soldado le había sustituido.
¿Ha visto al sargento primero Otal? –le pregunté al vacío blanco de la niebla, mientras oía amortiguarse la cuenta en la algodonosa quietud del bosque tenebroso: cinco, seis...
Sí, mi alférez, está detrás de mí –contestó el soldado, y reconocí su voz, era la del piadoso orador.
¿Torres? –le pregunté.
El mismo, mi alférez –contestó enseguida.
¿Qué haces aquí? No estás con tu pelotón.
He pedido permiso al sargento primero, porque quería hablar con usted.
¿Conmigo? ¿De qué?
Quería pedirle disculpas, por haberme quedado despistado en la iglesia.
Hombre, no tiene importancia. Enseguida ha cumplido con su deber.
Pero, imagínese que me quedo allí, perdido en la niebla.
Habríamos vuelto a por usted. Ya ve que me preocupo de que estemos todos controlados.
Gracias, señor. Si llego a perderme a mi madre le habría dado un gran disgusto.
Vamos hombre, que no es para tanto, nadie se va a perder. Esto es sólo un juego táctico.
Entonces escuché de nuevo la voz del sargento primero Otal, esta vez sí que la reconocí:
¡Treinta y seis! 
¡Treinta y siete! –añadió el soldado Torres.
¡Treinta y ocho! –concluí.
Tardé un par de segundos en darme cuenta del error. ¡Me sobraba uno!
El sargento primero Otal, que tardó otros dos segundos en darse cuenta, comenzó a gritar:
¡Menos cachondeo! ¡A ver si nos lo tomamos en serio! ¡Pásalo Fortún! –dijo, pidiéndole a su compañero, el sargento Leza, que trasmitiera la reprimenda.
Convencido de que me estaban tomando el pelo, comencé el recuento reforzando mi voz con énfasis marcial: 
¡¡Uno!!
¡Dos! –me siguió Torres, enérgico.
¡¡Treess!! –dijo Otal, ya de mala leche.
Cuatro. Cinco…
Dispuesto a sancionar la falta de respeto si volvía a repetirse la broma, esperé la vuelta del recuento. 
¿También estaba usted rezando? –me preguntó Torres.
No exactamente –respondí, algo sorprendido por la pregunta.
No le comprendo –dijo el soldado, que ahora se le oía más cerca de mi.
No soy creyente, y por lo tanto no le rezo a nadie; sin embargo, a veces y en algunos lugares, tengo sensaciones que podríamos decir… Me hacen percibir cierta trascendencia.
¿Le pasó eso en las ruinas? –insistió el joven.
No tuve tiempo de tal cosa –le mentí–. Pero me emocionó observar su devoción. 
Usted es una buena persona que se preocupa por los demás, esa es otra forma de rezar.
Reconozco que a veces siento cierta envidia de quienes sienten la fe.
¿Usted no tiene fe? –me preguntó el soldado insolente.
Tengo fe en ustedes, y en que no me sigan tomando el pelo.
¡Treinta y cinco! –se escuchó detrás del sargento primero Otal.
¡Me cago en la ostia! –gritó entonces él, y añadió–: ¡me parece que esta noche alguno se la va a pasar repitiendo la tabla de multiplicar del nueve!
¡Está bien! –grité–. Otal, recorra la sección y cuente el personal.
¡A la orden, mi alférez! 
¡Uno! –dije.
¡Dos! –Torres, pocos pasos detrás de mí.
¡Treeees! –Otal y se esperó a que llegara el siguiente para corear con él.
Cuaaatro. Ciiiinco…
¿Por quién rezaba usted? –pregunté a Torres.
Rezaba por mi madre, para no se preocupe tanto por mi. Lleva meses sin verme y me muero de ganas de volver a casa.
¿Cuándo vuelve?
Me licencio a fin de año, pero estoy seguro de que me darán “la blanca” el día de la lotería.
Seguro que sí hombre. El capitán Pizarro es un buenazo –le dije para consolarle.
¿Usted se licencia o se va a reenganchar? –el muchacho era muy curioso, pero su sinceridad hacía que no le tuviese en cuenta su insolencia, además el hecho de que no pudiéramos vernos, convertía nuestra conversación en una especie confesión.
Todavía no lo he decidido –respondí, sinceramente.
Al ejército le irá bien con mandos como usted.
Quizá, pero no estoy seguro de mi vocación.
La verdad es que se necesita vocación para ser militar. No por la disciplina, ni por el riesgo. ¿Sabe lo que peor llevaría si tuviera que ser oficial? –me preguntó Torres.
¿Qué se burlen de usted los soldados? –le dije sonriendo.
No. Lo peor sería tener que ir a decirle a una madre que su hijo ha muerto bajo mi mando.
A veces yo también pienso en ello. Espero no pasar nunca por una situación así. Debe ser horrible.
En cualquier caso, esté donde esté, si tiene gente a su cargo, no se olvide de que, detrás de cada persona, hay una familia que le espera –hoy no sé si el soldado Torres me dijo esto realmente, o escuché a mi propia conciencia.
Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por el consejo.
También le aconsejo que compruebe siempre los frenos de los camiones antes de salir con su unidad de maniobras –me espetó, sin venir a cuento.
¿Por qué me dice eso? –le pregunté muy sorprendido.
No obtuve respuesta, de repente la niebla se disipó, el bosque se terminó, e irrumpí en un claro formado para el trazado de una gran línea eléctrica. Me costó adaptar la vista al fogonazo del sol. Me volví hacia el soldado Torres buscando una explicación a su extraño consejo, pero no estaba. En su lugar, el sargento primero Otal venía apresurado, frotándose los ojos y resoplando.
Treinta y ocho, mi alférez. Nos sobra uno –me dijo extrañado y resignado.
No puede ser. Mande formar de a cuatro en cuanto salgan todos del bosque. –le ordené.
En cuanto el sargento Sanz salió del bosque y me indicó que era el último, Otal ordenó formar:
¡A formar! ¡De a cuatro! ¡Por pelotones! ¡Aar!
La tropa, desconcertada por las órdenes, e incomodada por las irregularidades del terreno, se apresuró con cierta torpeza a crear la formación. Cuatro pelotones en fila de ocho soldados encabezados por un suboficial; treinta y seis almas, y la mía, inquieta y enfurecida, dando vueltas alrededor: treinta y siete. No faltaba ni sobraba nadie.
Me da la impresión que, o no saben contar, o me están tomando todos el pelo. Sepan que, aunque lleve fama de blando y no sea militar de carrera; no voy a consentir que sigan burlándose de mí –les arengué, realmente enfadado.
Con su permiso, mi alférez –me interrumpió Otal–. Le juro que he contado bien, lo he hecho hasta dos veces –Otal, era un militar veterano y formal, de mi total confianza. Yo estaba convencido de que no me mentía.
Pues entonces, no entiendo nada –dije, algo alterado.
Habrán sido los nervios, señor, la verdad es que este bosque ponía los pelos de punta –se disculpó Otal.
Está bien, no le voy a dar más importancia de la que tiene. Lo importante es que no se ha perdido nadie.
Entonces recordé que tenía pendiente una explicación a la sorprendente y extraña recomendación que me hiciera el soldado Torres justo antes de salir del bosque tenebroso. 
¡Torres! ¡Salga de la formación!
Nadie se inmutó.
¡¿Torres?!
Como si nada. La tropa comenzó a mirarse entre sí con perplejidad.
¡Ya empezamos otra vez! ¡Al final me voy a cabrear! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Ar!
Todos me obedecieron de inmediato. Entonces, solicité al sargento del pelotón de ingenieros que me ayudara.
Leza, saque al soldado Torres de la formación.
El sargento Leza, con cara de incredulidad, se puso colorado como un tomate, y, antes de responderme, se lo pensó bien:
Con el debido respeto mi alférez, en mi pelotón no hay ningún soldado apellidado Torres.
¡¿Cómo que no?! –estallé–. He estado media hora hablando con él. Haga el favor de sacarle de la formación; si lo hago yo será peor.
El sargento salió de la formación y se puso a buscar al soldado en su fila. Sin éxito. Luego se acercó a mí apresurado, se cuadró, me saludó y me dijo:
Mi alférez, no hay ningún soldado Torres en mi pelotón.
¿Qué dices? –interrumpió el sargento primero Otal–. Yo también he hablado con él, es de tu pelotón, me ha pedido permiso para adelantarse y hablar con el alférez. Ha sido todo el rato el número dos.
Hombre, por fin alguien en su sano juicio –dije, consolado, y dirigiéndome a la tropa, añadí–: Torres, ¿se puede saber a qué está jugando?
Un murmullo fue creciendo entre los soldados, especialmente entre los del pelotón de ingenieros.
¡Silencio! –gritó Otal, y se callaron.
Está bien, Torres, le voy a sacar de la oreja. 
Recorrí la formación comenzando por el pelotón de ingenieros, ningún nombre coincidía. Volví a recorrerlo haciéndoles pronunciar su nombre para ver si le reconocía por la voz. Nada. Hice lo mimo con los míos. No me hizo falta hacerlo dos veces, pues les conocía a todos de sobra.
Desconcertado, me acerqué al sargento primero Otal:
José, tú has hablado con él, ¿verdad? Un muchacho robusto, con acento valenciano.
Sí mi alférez. Me ha dicho que se llama Vicente Torres, de Ingenieros. Me he fijado bien en él. Le he oído hablar con usted, numerarse; pero le juro que ahora no está aquí. Yo tampoco entiendo nada.
Pues ya sabemos porqué no nos salían las cuentas. Hemos tenido un polizón –concluí.
Ante nuestro desconcierto, el murmullo entre los soldados fue creciendo hasta romperse el silencio y la formación. Entonces, el sargento Leza, se acercó a mí, y me dijo:
Mi alférez, Vicente Torres Jiménez, fue uno de los dos soldados del Batallón de Ingenieros, fallecidos en el accidente que sufrió hace un mes un vehículo al caer al río Ésera en el Congosto del Ventamillo.

jueves, 19 de junio de 2014

7.1.5.2.1.2 La Aureocracia

La Aureocracia es la organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que confieren legitimidad a sus representantes y establecen el poder en función de una mayoría aceptada. La convivencia social está fundada en que todos los miembros son libres e iguales, y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales aprobados mediante decisiones votadas por TODOS, pero de modo que cualquier decisión aprobada, que no sea por Unanimidad (7.1.5.2.1.2.2) o por Mayoría Áurea (7.1.5.2.1.2.1), se considera una decisión tomada en precario que ha de mejorarse mediante el ejercicio parlamentario continuo hasta alcanzar la Mayoría Áurea.

La Belleza () está en la armonía de las Proporciones (). La Belleza () está en todas las manifestaciones de la Materia (4). La Proporción más bella es en la Razón Áurea (PHI).

Si se aplica la Razón Áurea a la Convivencia Social () se consigue una mayor Felicidad () individual que con otras proporciones tales como la Mayoría Simple (A=B+1)


7.1.5.2.1.2.1 La Mayoría Áurea es aquella en la que, para cada una de las DOS decisiones contrapuestas: SI/NO, y la TERCERA opción NEUTRAL, se cumple:

(A/B) = (A+B)/A = Phi = 1,618034...
y
(A/C) = (A+C)/A = Phi = 1,618034...
ó
(B/C) = (B+C)/B = Phi = 1,618034...

Donde:
A es la opción contrapuesta SI/NO más votada.
B es la opción contrapuesta SI/NO menos votada.
C es la opción NEUTRAL.
D=0 es la abstención y es NULA, Pues en la Aureocracia no hay abstención porque la votación es una Obligación Social ().

7.1.5.2.1.2.2 La Unanimidad. 
B=C=0

7.1.5.2.1.2.3 La Mayoría Cúbica.
A=B=C también puede considerarse una Mayoría Áurea en la que la opción C es la adoptada, dejando que cada cual haga lo que quiera al respecto.

7.1.5.2.1.2.4 La Mayoría Esférica.
A2 + B2 + C2 = K2 es una Mayoría Áurea.

Mayoría Esférica es el parámetro K común resultante de la suma de los cuadrados de los votantes contrapuestos y neutrales multiplicados por el valor de su decisión, por ejemplo:
Si se realiza un sufragio para decidir si la República Phi-Armónica puede coexistir con una Monarquía () Parlamentaria ().Y el resultado es:
A están a favor.
B están en contra.
C son indiferentes.

Pero no se cumple la Mayoría Área(A/B) = (A+B)/A = Phi = 1,618034

Si la situación amenaza con la Fractura Social () puede hacerse una consulta universal preguntando cuanto tiempo hay que esperar para realizar un sufragio. Si sobre los resultados aplicamos la Mayoría Esférica:
K será el resultado aceptado y aplicado. De este modo los neutrales aparecen representados y pueden determinar el resultado final.

miércoles, 18 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VII -La República Phi-Armónica-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VII                   -LA REPÚBLICA PHI.ARMÓNICA-

En el capítulo anterior:
--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Hasta donde alumbraban los focos, la escena de la barbarie estaba completamente desierta. Tampoco perdimos ni un minuto en comprobar si había heridos más allá de las cunetas. Esquivamos los vehículos quemados y nuevamente avanzamos a toda velocidad por la autovía. El viaje no fue muy largo. Aproximadamente media hora después abandonamos la autovía y, tras pasar un par de rotondas, tomamos un camino forestal que, con pendiente pronunciada, se adentró en la Sierra entre muros de pinos altísimos. En ningún momento nos cruzamos con alguien, ni vimos vehículo alguno.

--¿Ha vuelto la cobertura? -pregunté a Isis, que no paraba de escribir sobre la pantalla de su móvil.
-- Nunca he dejado de tenerla -me contestó, con amabilidad.
-- ¿Qué operadora tienes? La mía lleva una semana sin dar línea.
--Es un teléfono satélite -me contestó, ahora con algo menos de dulzura.
--¿Dónde vamos? -seguí impertinente.
--A un lugar seguro -dijo, algo seca.
--¿Puedes ver en tu móvil noticias sobre lo que está ocurriendo? -insistí.
--Hemos llegado -me contestó.
--¿Yaa? -pregunté, mientras comprobaba que una gran puerta de rejas se abría delante de nosotros.

Tras la valla, un camino asfaltado nos llevó hasta una gran plaza de tierra, todo ello oculto tras árboles que, con la perspectiva de los potentes focos de los coches sobre la oscuridad de la noche, me parecieron altísimos.
Aparcaron todos los vehículos en una formación militar. Sólo después de que sus ocupantes salieran y formaran delante de nuestro vehículo, Isis dió orden a nuestro conductor de que parara el motor, a lo cual él obedeció de inmediato. El copiloto bajó, abrió mi puerta y se cuadró a un lado invitándome a bajar.
Reconozco que tanta parafernalia castrense comenzó a acojonarme. Titubeé antes de obedecer al guardia.

--Baja, por favor -me dijo Isis, haciéndome ver que saldría por el mismo lado que yo.
--¿Dónde me habéis traído? -pregunté demostrando fastidio y preocupación.
--Ya te lo he dicho: a un lugar seguro.
--¿Qué es esto? ¿Un cuartel? ¿Sois militares?
--No y sí.
--¿Cómo?
--Que no es un cuartel, y, sí somos militares, o algo parecido.Vamos, baja. Nadie te hará daño. Te lo prometo.

Viniendo de unos labios como aquellos, no podía negarme. Bajé, y tras estirar las piernas, di un vistazo a mi alrededor.
La formación de vehículos seudo-militares alumbraba un gran descampado en el centro del cual había un mástil en el que ondeaba una bandera grande de color claro (con la luz de los faros no se distinguía si era blanca, amarilla o gris); la bandera sólo lucía un símbolo negro fácilmente distinguible. Era la letra griega Phi.

--¿Qué es esto? -pregunté a Isis indignado-. ¿Un campamento fascista?
--En absoluto -me contestó ella muy serena y sonriendo ante mi perplejidad.
--Entonces ¿Qué clase de bandera es esa?
--Es nuestra bandera -me confesó sin más.
--No tiene gracia Isis. Reconoce que no son formas de tratar a una persona que estaba abandonada a expensas de la sin razón. Yo no quiero participar de algo así, prefiero volver donde abandoné a mi vieja y querida Democracia, y honrar con mi sacrificio el de aquellos que la hicieron posible.
--Tienes razón Raamón. Sólo quería conocer la parte de tus sentimientos relativos a la libertad.
--¿Me estás poniendo a prueba?
--Perdóname y acompáñame. Ahora te lo explicaré todo -me dijo, ofreciéndome su mano como si de mi madre se tratara.

Rehusé a tomar su mano, pues me pareció una cursilería. Por la cintura sí la habría cogido a gusto, pero no era el momento. En fin, que la seguí a lo largo de un pasillo de guardianes formados, hasta la puerta de una gran mansión neoclásica que me pareció el edificio del que hubieran tomado muestra para la construcción del puticlú Isis.

Al igual que en aquél, unas escalinata recibía antes de la puerta y unas puertas de cristal negro se abrieron automáticamente al acercarnos, y del mismo modo se cerraron en cuanto hubimos pasado dentro. En el interior, un enorme patio porticado y muy bien iluminado por focos amarillos, rodeaba un estanque rectangular en el que se reflejaba la luna en toda su redondez. Alrededor del estanque numerosas personas charlaban en corrillos, o leían sentados sobre bancos de mármol. Apenar un murmullo salía de tanto personal. Al vernos entrar, se pusieron todos en pie y aplaudieron con interés pero sin efusividad.

--Bienvenido a la República Phi-Armónica. Donde nos gobernamos por la Aureocracia -me dijo Isis con una sonrisa en su boca igual a la que pone una madre cuando muestra a su hijo el camino a una escuela nueva.

Continuará...



sábado, 14 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VI -El Club Isis-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

En Capítulos anteriores:
Como soy así de oportuno, abrí mi primer y último negocio, un taller de Filosofía, en medio de una crisis social inducida por el hastío capitalista, huésped del virus social de la intolerancia, que estaba convirtiendo a las personas en una masa violenta y gregaria, conducida por unos individuos proselitistas: los "pastores"; llamados así por su habilidad para reunir y conducir rebaños humanos infectados.
Resignado a no recibir ni un sólo cliente, fue para mí una gran sorpresa que, nada más abrir la puerta, entraran a toda prisa cuatro intelectuales trayendo consigo "a rastras" el destartalado concepto de Democracia, instaurada en nuestro Estado después de la dictadura. Venían perseguidos de cerca por la chusma infecta.
Tan apresurados como vinieron, se largaron para poner a salvo sus interesantes y "culturalizadas" vidas, dejándome la responsabilidad de restaurar y poner a salvo su apreciada Democracia modelo del 78; todo un clásico.
Enfervorizado por mi negocio recién estrenado, me puse manos a la obra, no si antes vérmelas con los "pastores" quienes, conducidos por sus perros (todos tenemos patrón), vinieron a mi taller atraídos por el rastro de tan insigne y respetado Concepto; el más valioso trofeo de caza para ellos.
Acorralado por los perros de los "pastores", pero ayudado por tres vecinos que también huían de la gleba alienante, conseguí arrancar de nuevo la Democracia y, subidos en ella, salimos sigilosos de la ciudad, cruzando tumultos y hostigamientos, en los que los ciudadanos normales caían en brazos de la enfermedad de modo exponencial. La batalla estaba perdida. Si nos deteníamos, no tardaríamos en pegarle fuego nosotros mismos a nuestra querida Democracia.
Al fin, rodeados de otros ciudadanos que también conducían tratando de encontrar refugio en la paz del campo, o en otras ciudades menos infectadas, conseguimos abandonar la cuidad. Pero teníamos que repostar, y al parar en una gasolinera, la Guardia Civil de Tráfico, a quienes nadie había dado orden de hacer otra cosa que su trabajo, nos obligó muy amablemente a inmovilizar nuestra Democracia por no tener pasada la ITV. Con la de "fragonetas" destartaladas que habrán visto pasar en su vida. Y para colmo, nos recomendaron que pernoctáramos en un hotel de carretera: el Isis.

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VI                   -EL CLUB ISIS-
Anochecía. Dispuestos a no contravenir a los guardias, al menos mientras no se largaran, aparcamos en la puerta del hotel, que en realidad no era un hotel, pues bajo unas enormes letras de neón rosa luminoso, ponía en pequeño, en azul, pero apagado: "Nigth Club".

Paré el motor y, después de pensarlo dos veces, pregunté a mis compañeros:
--¿Qué hacemos?
--¿No esperaras que pase la noche en un "puticlub"? -respondió Julia, la enfermera en paro, con sarcasmo.
--Pues tampoco parece tan mala idea -afirmó Antonio, el propietario de imprenta cerrada.
--Si pagas tú la estancia -le dijo Alvaro, el profesor de instituto despedido.
--No va a ser necesario discutirlo, tiene la persiana echada. Está cerrado -les informé.
--¡Lástima! -dijo Antonio, para fastidiar a Julia.
--Muy gracioso -Añadió ella.
--¿No os parece raro que apenas haya tráfico en la autovía? -advirtió entonces Ernesto, el camarero en paro.

Nos volvimos todos a comprobarlo en el momento mismo en que pasaban tres coches a una velocidad de vértigo; los guardias, todavía en modo automático: "vigilancia de tráfico", conectaron su sirena, y salieron pitando tras el último. Acto seguido, el empleado de la gasolinera también salió zumbando en su deportivo rojo y barato.
Me quedé paralizado mientras las luces azules y el sonido de la policía se iban extinguiendo.
Se hizo el silencio.
--¿A qué esperas? ¡Arranca! -me exigió Antonio.
--Sí, perdona es que me he quedado absorto. No entiendo nada de lo que está ocurriendo -dije, todavía muy confundido.

Arranqué el motor, y disponía a incorporarme a la autovía, cuando pasó un coche a velocidad infernal y con el maletero ardiendo; dos todo-terreno "pick-up" cargados de violentos le seguían de cerca. Al verlos frené en seco, y metí marcha atrás.

--¿Qué haces? -me reprendió Antonio de nuevo.
--¿Qué quieres? ¿Que vayamos tras ellos? -le contesté.
--¿Acaso se te ocurre alguna idea mejor? Vendrán más, y si nos encuentran aquí estaremos perdidos.
--En eso te doy la razón. Pero la autovía es un callejón sin salida. Debemos abandonarla por los caminos.
--¡¿Con éste cacharro?! -intervino entonces Ernesto, y añadió-. ¿Has visto los coches que llevan? Ya casi es de noche. Si queremos tener alguna oportunidad debemos seguir por la autovía. La próxima salida está apenas a dos kilómetros. Esos que huían no creo que se hayan entretenido a salir por ella. Habrán pasado de largo a toda mecha.
--Pues yo creo que es mejor buscar una salida desde aquí o pasar la noche ocultos detrás del Club -añadí.
--Tú haz lo que te dé la gana, pero nosotros nos vamos -concluyó Antonio.
--¿Julia? -le pregunté a ella, pues parecía más sensata.
--No sé, Ramón. Este lugar me da malas vibraciones. Mira cómo ha salido corriendo el de la gasolinera. Ahí adelante pueden estar los guardias, ellos nos protegerán hasta la próxima salida.
--¿Los guardias? Esos estarán multando al de la gasolinera por exceso de velocidad. No saben hacer otra cosa.

En aquél momento sonaron dos detonaciones, en dirección a la ciudad se observó un gran resplandor y todas las luces de la estación de servicio se apagaron. Mis compañeros se pusieron muy nerviosos y me corearon:
--¡Arranca ya!
--¡Que no! -insistí-. Nos han visto, y nos estarán esperando.
--¿Esperando? ¿Acaso crees que a esos le importa volver por la autovía en sentido contrario? Eres un iluso. Debí darme cuenta cuando acepté ayudarte con este cacharro. Seguro que ni es el original y nos has mentido -me acusó Álvaro.
--No creo que tú seas la persona más adecuada para llamarme mentiroso. Experto en engañar a los muchachos -le dije sin reparos.
--Está bien -dijo Álvaro, bajándose del coche-. Tú lo has querido.

Álvaro, que además de profesor de Historia había sido deportista, abrió mi puerta, me sacó de un tirón dejándome en el suelo, ocupó mi sitio, y, con la puerta todavía abierta, salió seguido de una gran nube blanca.

--¡No iréis muy lejos! ¡Estáis locos! -grité.

Exonerado por la fuerza de mi responsabilidad, por mi cabeza pasaron toda clase de infortunios que podrían suceder a nuestra desvalida Democracia. Había fallado en mi primer trabajo serio. La verdad es que era más de lo mismo. Toda mi vida había estado llena de grandes ideas frustradas. Era un fracasado a quien sólo le quedaba esperar que los "pastores" le inocularan el virus de la intolerancia. No opondría gran resistencia, luego podría descargar todas mis frustraciones castigando a los insumisos.

La noche cerrada me encontró sentado en el suelo. No hacía frío, y el silencio de la humanidad huida, había dado paso a los sonidos de la naturaleza. Por un momento me olvidé de lo que estaba ocurriendo, y me sentí a gusto, tanto que casi me dormí. Un sonido tecnológico me espabiló, venía de parte del Club, era el cebador del tubo de neón que, de repente se encendió, escribiendo en la negrura que me rodeaba el gran letrero: "ISIS", y una flecha roja que invitaba a acercarse a la puerta.

Sin dudarlo dos veces, como una polilla, me acerqué. Si había alguien dentro, podría ayudarme, pero lo primero sería rogarle que apagase la luz, pues suponía un reclamo para los "pastores" que seguramente aún circularían contagiando o exterminando a cuantos tratasen de circular por la autovía.

Mientras subía los peldaños que precedían al atrio porticado de un edificio simple, de corte clásico entre egipcio y griego, la persiana metálica que protegía la puerta principal comenzó a abrirse automáticamente.

Una puerta de cristal negro se abrió ante mí. Del interior salió una luz tenue y rojiza. Tan pronto como crucé el portal, como si me hubieran adivinado el pensamiento, la luz de neón exterior se apagó, y se cerró la puerta de cristal. Frente a mi, en penumbra, había un recibidor, detrás de él, una mujer.

La recepcionista del puticlub, vestida con una túnica blanca plisada en toda su longitud, un peto de pedrería de ámbar y un tocado egipcio, me pareció la mujer más hermosa que había visto en mi vida. No era una muchacha, ni una mujer madura; podría tener algo más de treinta, quizá treinta y tres, pero en realidad, parecía no tener edad definida.

--Hola Raaamon -dijo la fulana cariñosa, como si yo fuera un cliente conocido, pero tartamudeando un poco al decir mi nombre-, te estábamos esperando.
--¿Me esperabais? Perdona, pero nunca había estado aquí. ¿Me conoces? -le pregunté muy sorprendido.
--No, pero nos dijeron que vendríais.
--¿Os dijeron? ¿Quién? ¿Los guardias? -pensé que los guardias, al largarse, les habían pedido por teléfono que nos dieran refugio.

No me contestó, en su lugar dijo:

--Perdona, no me he presentado, soy Isis, la encargada de este lugar. He visto como te dejaban abandonado tus compañeros. Han sido unos irresponsables.
--Desde luego que sí. Estoy muy preocupado por lo que les haya podido ocurrir. A ellos y a mi furgoneta.
--Esa furgoneta era muy importante para ti, ¿verdad? -me preguntó, con su voz dulce, pausada y armónica. (Nunca más la oí tartamudear, excepto cuando decía mi nombre)
--Por supuesto. Es un modelo único, un clásico muy valorado. Aunque, en realidad no es mía, unos amigos me la dejaron para que la reparara. Y ahora me la han robado. Soy un desastre. ¿Pero... porqué dices "era"? Espero que hayan conseguido escapar.
--Disculpa mi incorrección. Estoy segura de que lo habrán conseguido.
--No te preocupes. ¿Estás sola? ¿Dónde están...?
--¿Te refieres a mis compañeras?
--Sí.
--Les dije a todas que se fueran esta mañana. Aquí no estaban seguras.
--¿Y tú? ¿Porqué te quedaste?
-- Era mi obligación.
--¿Cuidar de ésto? ¿Tú sola?
--No estoy sola. Ellos cuidan de mí -dijo, señalando detrás de mí.

El susto que me llevé cuando me dí la vuelta, estuvo a punto de pararme el corazón. Seis morlacos negros, vestidos con trajes marciales completamente negros, múltiples armas negras y gafas negras, llenaban el amplio espacio que me separaba de la puerta de cristal, negro. No los había visto, ni oído venir.

--Tu guardia pretoriana. ¿Eh? -le dije con una sonrisa floja, y añadí-. No he venido para crearte problemas. No me importa, de veras, me buscaré la vida por el campo, deja que me marche. No diré que estáis aquí.
--No son mi guardia pretoriana, son nuestros guardianes -afirmó Isis, muy seria.
--¿Nuestros..?
--Sí. Espera aquí un momento.Vuelvo enseguida.

¿Que esperara allí? ¿Dónde podía ir? ¿Por encima de qué cadáveres? Pensé con sarcasmo.
Isis volvió en un cuarto de hora. Es evidente que había ido a cambiarse de ropa, pues volvió también uniformada de negro, pero con un modelito tan ajustado y sugerente, que... Mejor os ahorro detalles para que no sufráis mucho de envidia.

-Sígueme Raaamon -me ordenó.

Obediente como un corderito (todos tenemos amo), la seguí. Bajamos a un sótano profundo guardado por una puerta blindada. Al abrirla, se extendió ante nosotros una estancia blanca que crecía a medida que se iban encendiendo docenas y docenas de hileras de fluorescentes. Aquello, más que un sótano era un hangar, en él había coches de altísima gama, motos, hasta una lancha; armarios con armas dentro, bidones, y más soldados; eso sí, todo de color negro sobre un fondo blanco impoluto.

--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Continuará...

Próximo capítulo: La Aureocracia.

sábado, 31 de mayo de 2014

La tribu de los Kaïri-kó y las gallinas ponedoras.

            Hace muchos, muchos, muchos años; érase una tribu de la etnia Kio-mañón conocidos como los Kaïri-kó. Apenas cuatro docenas de indígenas que, desde tiempos inmemorables; vamos, ellos ni se acordaban desde cuándo, como para acordarme yo milenios después, habitaban en los abrigos de lo que hoy denominamos “Estrechos del Río Martín”; río al que ellos llamaban Ta´rtín-Kó. Aquella buena gente vivía cazando, recolectando y apoyados por una agricultura y ganadería incipientes gracias a que el valle del Río Ta´rtín-Kó era el doble de profundo que ahora y todavía tenía muchos manantiales termales; por lo que, a pesar de que entonces la Península Ibérica tenía un clima mucho más frío que el actual, el valle gozaba de un micro-clima algo más templado que favorecía que en él abundasen frutos salvajes como acerollas, manzanas, mengranas, higos, brevas, almendras, nueces y avellanas.

A las abruptas paredes del valle, donde vivían cabras, se asomaban bosques de coníferas enormes, ricos en piñones. Hacia el norte, se abría una pradera que llegaba hasta el borde mismo de un gran lago, en ella se podían cazar bisontes, jabalíes, conejos, liebres, perdices, codornices, y unas gallináceas grandes y negras ahora extinguidas; a las que ellos llamaban Ti-Táh. Esta situación privilegiada garantizaba el sostén de una población emergente, dando lugar a numerosos asentamientos Kio-mañón.

Alrededor de los Kaïri-kó, estaban los Kolorau-kó (Cabezo El Royo), los Konif-kó (La Pinarosa), los Tautin-kó (El Palomar), los Karnus-kó (Lastras de San José), los Bastar-kó (Cárcava de Alacón); había otros, pero, éstos que cito, eran los más amigos de mis admirados Kaïri-kó.

Obligados por los caprichos de un clima extremo, los aborígenes Kio-Mañón eran un sufrido pueblo de cazadores diestros e infatigables. Cuando dejaba de nevar, solían pasar varias jornadas fuera del valle buscando capturas para mantener la tribu. Respetaban escrupulosamente los territorios de caza, por lo que, a pesar de la proximidad, aquellos poblados no solían relacionarse mucho entre sí; lo cual no significaba que se odiasen, al contrario, se reconocían y se trataban como una gran familia. 

Los poblados Kio-Mañón acostumbraban a visitarse un par de veces al año: la primera, catorce días antes del equinoccio de otoño (hoy el 8 de septiembre), cuando los jóvenes intercambiaban visitas con los poblados más próximos al objeto de encontrar compañeras para la procreación; y la segunda, durante el solsticio de verano, cuando los poblados recibían a las jóvenes madres con el fruto de la visita anterior. A partir de ese momento las muchachas y su prole, eran aceptadas en la aldea del padre como miembros de pleno derecho. Para celebrarlo, hacían una gran hoguera (hoy 21 de junio) en torno a la cual, danzaban y saltaban hasta la extenuación. Así se venía haciendo desde hacía miles de años, y les garantizo que no les aburría su modo de vida.

A veces, el tiempo mejoraba durante varios años seguidos, lo que permitía llevar a cabo los primeros experimentos en agricultura y ganadería en las terrazas fluviales; pero otras ocurría justo lo contrario, y las nieves apenas desaparecían en verano; entonces, los Kio-Mañón sobrevivían gracias a que habían aprendido a criar cabras en los abrigos del valle y a domesticar Ti-Táh’s; éstas, con el paso del tiempo y la vida sedentaria, habían ido cambiando hasta convertirse en una especie mucho más grande e incapaz de volar, a la que todos llamaban Kairi-kas, en honor a la tribu de los Kaïri-kó, pues era por todos conocido que nuestra tribu fue la primera en domesticarlas. Supongo que a estas alturas se habrán dado cuenta ustedes, que nuestros amigos los Kaïri-kó fueron los creadores de las gallinas.

El peor momento para la etnia, llegó un largo invierno que ya duraba cinco años, agravado a causa del hostigamiento al que les sometían las primeras hordas de la etnia Gnudenthal, en su huída del extremo frío norteño. Los Kio-Mañón sufrieron ataques crueles, saqueos; pasaron penurias, y mucha hambre. La mayoría de los poblados tuvieron que emigrar hacia Levante. Afortunadamente, los Kaïri-kó, ocultos tras la barrera natural de los profundos estrechos del Ta´rtín-Kó, se mantenían a salvo de los bárbaros Gnudenthal, viviendo autárquicamente en su reducto gélido y cavernícola, administrando los pocos recursos de que disponían, plantando semillas, domesticando cabras, palomas y Kairi-kas (gallinas) que les permitían convertir en proteína las hormigas, los arraclavos, los fardachos, las sargantanas y la poca hierba que crecía en las orillas del río.

Todo eso no habría sido posible sin su excelente inteligencia y una avanzada organización social formada por clanes familiares, y liderada por el Akán-kó, un Consejo de seis ancianos y seis ancianas, regentado cada siete años por un Jefe: el Akani-kio, o Akani-kia, según fuera hombre o mujer. 
Los Kaïri-kó no habían sentido todavía la necesidad de elaborar creencias religiosas complejas; pero, como en cada aldea, siempre había un individuo que apenas comía, no cazaba otra cosa que culebras y fardachos, no recolectaba más que hierbajos para hacer brebajes; no pastoreaba si no urracas; no procreaba, ni convivía con otra persona. A este individuo que vivía a las afueras de la aldea, se pasaba el tiempo aislado, observando, pintando piedras, o soltando frases incomprensibles y lanzando vaticinios, le llamaban el Selkï-kio, o Abaï-kia, según su sexo y era algo así como un sanador y líder espiritual; lo que más tarde se conocería como hechicero.
Habían pasado cuatro años desde que las últimas muchachas “forasteras” vinieran con sus retoños. Aislados por la nieve, los Kaïri-kó, al no poder competir con sus vecinos, ni tener que esforzarse en buscar madres para sus hijos, comenzaron a volverse haraganes y a procrear sin control. El aumento de la población obligó a un racionamiento de los alimentos, por lo que no tardaron en aparecer las primeras disputas por la comida; sobre todo la de los animales, pues en cada cárcava o gruta vivía un clan, que guardaba su propio rebaño de cabras y gallinas. 

Al igual que ahora, entonces, el reparto de la riqueza tampoco era equitativo, y en tiempo de crisis, la abundancia de unos se convirtió en la necesidad de otros. El alimento más codiciado, por su alto valor nutritivo y su carácter renovable, eran los huevos; y así fue que éstos, una vez cocidos y duros, se convirtieron en moneda de cambio. Con la aparición del dinero “por huevos”, la desigualdad entre las familias no tardó en aparecer y con ella rivalidades y  enfrentamientos entre clanes donde siempre ganaba el que más huevos tenía, lo que llevó a la comunidad a un estado autoritario insostenible, que a punto estuvo de romper el Akán-kó (Consejo). Afortunadamente la Abaï-kia (Hechicera, pues en ese momento el cargo lo ostentaba una mujer) reunió un día al Akán-kó y les propuso una idea genial: colectivizar los gallineros y nombrar un responsable cuidador: el  Kiriko-kan. A regañadientes, la idea fue aceptada; seguramente porque divididos no tardarían en bajar la guardia y ser localizados por los Gnudenthal, lo que significaría su fin.

Con la producción de huevos colectivizada y el reparto equitativo de los alimentos, los ánimos entre los Kaïri-kó se serenaron y la convivencia no tardó en volver al buen camino. De este modo, más unidos que nunca, mientras los jóvenes montaban guardia en los desfiladeros, los hombres cazaban juntos, las madres cuidaban de niños y ancianos y las muchachas pescaban y buscaban alimento para el ganado, el Kiriko-kan vigilaba, alimentaba las gallinas, cocía y administraba los huevos. Así fue hasta que, un mal día, las gallinas dejaron de poner. 

El Akán-kó se reunió de urgencia y el Kiriko-kan fue llamado a declarar. Interrogado por el Akani-kio (jefe del Consejo), aquél respondió muy alterado:

¡Kó! ¡Maño! Estas gallinas s’an secao. Si no, no me lo explico.

¿Es que no les das de comer? –preguntó el Akani-kio.

¡Hostia si comen! ¡Tragan como culebras, kó! Y por la noche cloquean como si pusieran. ¡Kó! Pero por la mañana no hay nada –respondió el Kiriko-kan, desconcertado.

Extrañados por el suceso, y alertados por la situación de penuria, decidieron consultar a la Abaï-kia. Ésta, tras analizar los conductos cloacales de las gallinas dijo:

Estas gallinas, poner, ponen.

A lo que el jefe protestó furioso:

Sí maña, ¡pero por las mañanas no hay güevos!

La hechicera se quedó mirando al Akani-kio como si no acabara de entender lo que éste le quería decir, luego le contestó:

Lo que pasa con los huevos, admirado Akani; eso, eso es otro cantar. Kio.

¿Qué quieres decir, maña? –preguntó el Akani-kio.

Pues, que os los roban –contestó la hechicera.

¡Considera! La paniquesa no puede pasar por el bardal de cañas y espinos, y además, dejaría cascas rotas y pisadas –se defendió enseguida el Kiriko-kan.

No es la paniquesa, si no alguien capaz de abrir la puerta por las noches, quien se los lleva –afirmó la Abaï-kia, analizando la puerta del bardal removida por uno de sus lados.

¿Quieres decir que alguien de la tribu los roba? –preguntó el Akani-kio, escandalizado.

Eso digo y mantengo –sentenció la Abaï-kia.

La conclusión de la hechicera sentó como un jarro de agua fría en el Akán-kó, pues nunca en la historia alguien había robado algo en la tribu. Con esa afirmación tan tajante se quebró de nuevo la frágil armonía de la tribu. A partir de ese momento, todo fueron corrillos y cuchicheos.

Seguro que ha sido ella, que se los da a sus culebras –afirmaban algunos refiriéndose a la propia Abaï-kia.

Son el Akani-kio y su camarilla –decían los de la otra margen del río.

Es el Kiriko-kan, su mujer cada día está más gorda –decía la mayoría ignorando su conocida preñéz. 

Ante tan graves acusaciones, el Kiriko-kan renunció a su cargo que fue ocupado de inmediato por Urdani-kio, el yerno del jefe. Éste era un joven alto y fornido, dotado para la caza y para la lucha, que contaba con popularidad y el reconocimiento de todos. Lo primero que Urdani-kio propuso, fue hacer guardia por las noches bajo la luz de las antorchas; pero así, las gallinas, inquietas, no ponían. Así que propuso hacer guardia sin luz, él mismo dirigiría la operación. Entonces las gallinas sí parecían poner pero, cada mañana, los huevos habían desaparecido sin saber cómo. Ante la gravedad de lo hechos, el Akani-kio solicitó un concurso de ideas para solucionar la situación. Tal como era de esperar, a nadie se le ocurría nada, hasta que la Abaï-kia dijo:

Tengo la solución. Pronto sabremos quién ha sido.

¿Cómo, Maña? –preguntó el Akani-kio algo alarmado.

Les preguntaremos a las gallinas –respondió la Abaï-kia–. Convocad asamblea para la próxima luna nueva –exigió al Consejo, y no dijo nada más. 

Tan incrédulos como desesperados, decidieron hacerle caso. Cinco soles y cinco lunas menguantes después, que sin huevos que comer se les hicieron interminables, llegó la luna nueva. Al anochecer, se colocó la tribu sentada en círculo en torno a una pequeña hoguera. Estaban todos, incluidos el Akani-kio y su “camarilla” presidiendo el Akán-kó. La anciana Abaï-kia, ataviada con una piel de cabra blanca, salió del círculo y se puso de pie junto a la hoguera; allí había un boto de piel lleno de agua, y una jaula de mimbres con tres gallinas hermosas: de cara colorada, cuerpo marrón claro, con la cola y el cuello de brillantes plumas negro azabache; las mejores “ponedoras”. 

Esperaron a que se hiciera noche cerrada, luego la Abaï-kia, apagó el fuego con el agua y, bajo la oscuridad más absoluta, canturreó una plegaria que no entendió nadie, y añadió:

Ahora pasaré por cada uno de vosotros llevando una gallina, que dejaré sobre vuestra cabeza y cuando la pose sobre el ladrón, la gallina cantará; encenderemos el fuego y sabremos quién ha sido. 

La hechicera hizo tres rondas portando cada vez una gallina diferente. Ninguna cantó. En silencio, dejó la última gallina y encendió el fuego de nuevo. Al volver la luz, todos se miraban desconsolados diciendo:

No hay manera Kiós. No han cantao. No sabremos quién es.

¡¿Cómo que no?! –gritó la Abaï-kia.

¡Pero Kiaaa! ¡Maaañaaaa! ¡Que no han cantao las gallinaaas! –respondió la tribu al unísono.

A ver, enseñadme vuestras manos –les inquirió con autoridad la Abaï-kia. 

Todos obedecieron de inmediato mostrando sus palmas. Todas refulgieron blancas ante la luz de la antorcha de la hechicera; bueno, todas no: un par, las de Urdani-kio, no, porque estaban negras de hollín.

¡Tú has sido! ¡Kió!  –acusó la Abaï-kia, al observarlas. 

Toda la tribu quedó estupefacta ante imputación de la hechicera. Estaba acusando, nada más y nada menos, que al yerno del Akani-kio: el joven más apuesto, el más fuerte y el rastreador más cauteloso y audaz de la frontera.

¿Yo? ¡Pero mañaaa! ¡Tiaaa! ¿Qué dicee? ¿Está tonta, o qué? –gritó Urdani-kio, muy contrariado, y añadió–:  ¡si no han cantao las gallinaaas!

No han cantado porque cada vez que pasaban por tu lado, tú les retorcías el cuello para que no pudieran. Yo las había cubierto con hollín y por eso tienes ahora las manos negras. ¡Ladrón! –le acusó la Abaï-kia.

Descubierto y sonrojado por la vergüenza, el ladrón trató de huir; pero sus dos cuñados, ante la mirada atónita de su hermana, se abalanzaron sobre él agarrándolo con fuerza hasta inmovilizarlo.
Mientras la tribu al completo, incluidos sus suegros, increpaba y amenazaba a Urdani-kio, él se protegía escudado sólo por su esposa, Tanita-kia, quien, aparentemente ajena a los tejemanejes de su esposo, defendía su inocencia y pedía aterrorizada que le escuchasen.

Tanita-kia era la menor de los doce hijos del Akani-kio y su ojito derecho. La muchacha se había enamorado locamente del joven Urdani-kio desde la primera vez que éste vino procedente de la remota tribu de los Ralen-kó. Él repitió visitas por tres años y cuando ésta quedó embarazada, en lugar de marchar con el solsticio de verano a la tribu Ralen-kó, el Akani-kio hizo cuanto pudo para, contra la costumbre, convencer a los ancianos del Akán-kó de que fuera Urdani-kio quien se quedara con los Kaïri-kó, y así no perder a su hija preferida. 

Ante una situación tan comprometida se hacía necesario un castigo ejemplar. Sin tiempo que perder, esa misma noche, se reunió el Consejo. 

Ante el Akán-kó, Urdani-kio confesó avergonzado que había estado robando los huevos para dárselos a un grupo de su antiguo poblado Ralen-kó, que se había refugiado en el bosque después de que los Gnudenthal destruyeran su aldea.

En la boca de la cueva del Consejo, toda la tribu esperaba impaciente la decisión de los ancianos. La palabra destierro estaba en boca de todos: “al fin y al cabo, qué cabía esperar de un forastero”. De pronto, salió el Akani-kio acompañado de sus hijos mayores que sujetaban al reo, todo el Akán-kó les respaldaba. 

Un silencio sepulcral se hizo en la tribu.

Entonces, habló el Akani-kio con solemnidad:

Este hombre ha confesado que robaba los huevos.

La tribu al completo comenzó a gritar:

¡Fuera! ¡Destierro! ¡Ladrón!

¡Silencio! –gritó el jefe, y añadió–: por ello ha sido condenado a abandonar la aldea y salir del desfiladero en cuanto amanezca.

¡Bien! ¡Justicia! –chilló la mayoría.

¡No! ¡Encerrémosle! –gritaron otros–. ¡Si dejamos que se vaya volverá con los Matra-kos! (Así era como llamaban a los Gnudenthal).

Las opiniones contrapuestas desembocaron en una discusión generalizada que amenazaba con ir a mayores; alarmada, la Abaï-kia se subió sobre una piedra, y gritó:

¡Para daos gusto a todos, que haga las dos cosas: que se vaya y que se quede!

Semejante afirmación dejó a todos perplejos. De nuevo se hizo el silencio; entonces, la hechicera añadió:

Este hombre ha estado robándonos, cierto, pero lo ha hecho por una causa noble, mantener a su antigua familia que encontró desahuciada por los Matra-kos y oculta en el bosque. Lo peor que ha hecho no ha sido robarnos, si no desconfiar de nosotros; pero, en estos tiempos de infamia… ¿Quién confía en quien? ¿Qué podía hacer? Son muchos. Si los hubiera traído aquí, ¿los habríamos admitido?

¡Aquí no hay comida para más! ¡Moriremos de hambre! –gritaron algunos.

¡Traerán la desgracia con ellos! ¡Les seguirán los Matra-kos! –advirtieron otros.

¿Acaso no pensáis que entre esa pobre gente pueden estar vuestras hijas, vuestras hermanas y vuestros nietos? –les dijo la hechicera, refrescándoles la memoria.

De nuevo se hizo el silencio. Las mujeres comenzaron a murmurar.

Mi hijita marchó con los Ralen-kó hace veinte primaveras –dijo una anciana, rompiendo el silencio.

Y la mía diez. Y mi nieto, ocho… –corearon otras, más jóvenes.

Dejemos que este hombre se vaya y, sin dejar huellas, que vuelva con los suyos, que en realidad son los nuestros.

¡Moriremos todos de hambre! –insistieron los más cerrojos.

Si hemos aguantado dos lunas nuevas sin huevos y ellos otro tanto sólo con ellos, sobreviviremos compartiéndolo todo –les rebatió la Abaï-kia.

Debemos ayudarles –dijo el Akani-kio, más compadecido de su hija que de su yerno.

Si no hubiéramos contravenido la costumbre, no habría pasado esto. Tú tuviste la culpa dejando vivir aquí a ése –acusó alguien al jefe.

¡Tienes razón! Y pagaré por ello –gritó el Akani-kio–. Pero todos somos Kio-mañón. ¡Quizá los últimos! Cuantos más seamos, más probabilidades tendremos de combatir a los Matra-kos –añadió el Akani-kio para convencerles.

El jefe tiene razón –empezó rumorearse, y luego la mayoría coreó–: ¡vayamos a buscarles! Y, si vienen los Matra-kos, ¡les daremos su merecido!

Al fin todos convinieron que debían ir a buscar a sus vecinos y acogerlos como buenos Kiomañones (hermanos). Al día siguiente la tribu de los Kaïri-ko aumentó en otros treinta y tres individuos famélicos, muchos de ellos parientes, era lo que quedaba de los Ralen-kó. 

A su llegada, se lamentaron ausencias, pero se dieron escenas muy emotivas de reencuentro entre madres e hijas, nietos con abuelas y con desconocidos que, a partir de ese día, nunca más se sintieron “forasteros”.

En agradecimiento, los Ralen-kó pidieron a la Abaï-kia que pintara, en lo más profundo de la cueva del Akán-kó, un dibujo que representara a la familia unida de los últimos Kio-Mañón, rodeada de bisontes, cabras, gallinas, huevos muy gordos y alegría, mucha alegría; y se conjuraron para que todos tuvieran buena suerte.

Renovaron el Akán-kó incluyendo representación de los recién llegados, y eligieron un nuevo Akani-kio, pues el anterior dimitió. 

Por fin se asentó la normalidad en la aldea de los Kaïri-kó y las gallinas volvieron a poner huevos gordos todas las mañanas. Así vivieron felices junto a los Ralen-kó hasta que, diez primaveras más tarde, les encontraron los matracos Gnudenthal.

- Fin -
                                             … Pero ése no fue el final de los Kaïr-kó.

jueves, 1 de mayo de 2014

VAGABUNDO VIII -Ya es primavera en Rotonda-

Ya es primavera en Rotonda, y sus árboles se han vestido de la forma esperada, cubiertos de hojas grandes. Su vegetación sólo es verde, en todas sus tonalidades, pero no hay otro color que el verde, hasta las losas del suelo de sus avenidas radiales, ocultas del sol por la frondosidad de sus bosques, mantienen un verdín mohoso.  No hay flores, perdón, si las hay, las de las moreras, el árbol predominante en la isla, pero también son verdes. Vengo pensando que quizá sea esta peculiaridad la que ha hecho de Rotonda un lugar elegido por los transeúntes: su discreción silenciosa y verde, y un maná de moras blancas maduras, que a partir de junio impregnan el suelo y los bancos de un manto meloso y alimenticio. Estoy seguro que esto fue lo que atrajo a su Majestad, Israel I el Navegante, a recalar en esta isla y hacerla parte de su gran Reyno: Rotonda, la isla de las moras blancas, reza ahora en su carta de navegación.

El Rey no ha vuelto Rotonda, estará en palacio, o quizá explorando y conquistando nuevos terrenos. Dudo que vuelva algún día. Sus colonos, desposeídos de las ventajas de la corte, van perdiendo interés por la colonia y, como la primavera va llegando como a trompicones, muchos días ésta permanece desierta. Sólo el Capitán Amudsen, afincado en un cajero de la costa más cercana, sigue con la pesca acostumbrada en sus costas. Hombre rudo, más amigo del mar de asfalto congelado y las losas de cemento, que de la esponjosa suavidad verde del interior de la isla donde las ruedas de su trineo se atascan, se limita a circundarla diariamente de camino a sus caladeros.

Un temor está invadiendo mis pensamientos, el que tengo a esas criaturas voladoras verdes, venidas de ultramar, que después de desplazar a nuestras queridas picarazas (urracas) de sus nidos en los bosques de los acantilados, ahora quieran ocupar Rotonda, despojándola de su tranquilidad con sus charradas impertinentes y permanentes, y esquilmándola en marabunta del rico maná que mantiene a los transeúntes durante la canícula.
Ya veremos.Quizá tenga que avisar al Rey para que envíe a su ejército de gorriones y las ahuyente.

Continuará...