domingo, 24 de julio de 2016

ROTONDA REVISITED II: Razas Rotóndicas.


La cuarta vez que atajamos por Rotonda camino de casa, la isla urbana no estaba desierta: en uno de sus bancos próximos a su manantial central, reposaba un prejubilado sonrosado y obeso con barba blanca poco poblada; junto a él, de pie, una mujer de mediana edad con pantalones cortos y coleta, morena, trataba de contener con ambas manos a un perro pequeño de presa, de esos que catalogan como raza “peligrosa” que, sin producir sonido alguno, daba pequeños brincos amenazadores abriendo su desproporcionada boca exenta de bozal. Tanto el prejubilado como la mujer eran de raza mayoritariamente caucásica.
Frente a ellos, un anciano de corta estatura, de raza podríamos decir que mediterránea, con camisa azul clarito de manga larga a pesar de los 34 grados a la sombra, y topado con una gorra azul que no recuerdo bien, pero seguramente aún era una de aquellas que regalaba la marca Massey-Ferguson en los años ochenta, blandía en el aire uno de sus largos brazos acostumbrados al manejo de la tierra desde niño, y se dejaba sujetar por el otro de uno de sus nietos, de unos ocho años, con gafas y aire intelectual; el cual, mientras agarraba a su abuelo con una mano y con la otra asía un patinete, le gritaba:
-      ¡Déjalo Yayo! ¡Por favor! ¡Déjalo, ya! ¡¿Yayo…?!
Al lado del muchacho, y agarrada del pantalón del abuelo, una niña de unos cinco años, también con gafas, maltrataba muy nerviosa su patinete dándole vaivenes con el pie, lloraba desconsoladamente, pero no decía nada.
Los dos niños eran de raza predominantemente negra, y luego pudimos comprobar que también eran encantadores y educados.
El abuelo mediterráneo, que perfectamente podría ser mi tío, al ver que nos acercábamos se creció, alzó la voz para que pudiéramos oírle, y dirigiéndose al prejubilado, le dijo:
-       Como se vuelva a meter con mis nietos, se va a enterar Usté.
El prejubilado caucásico, sentado frente a nosotros, se puso colorado como un tomate y no respondió, pero la  mujer armada con perro, que nos daba la espalda, amenazó al abuelo:
-        Si no se calla, vamos a llamar a la policía.
-     ¡¿Callarme?! –repuso el anciano, y añadió–: hasta ahí podíamos llegar. Ellos no le hacen daño a nadie. El parque es de todos.
-      ¡Por favor Yayo! ¡No te disgustes! Yayo. Por favor, ¡vámonos! –suplicó el muchacho, asustado por la situación y por la enorme dentadura del can.
-       ¡Venga hombre! ¡Es que no hay derecho! ¡Que los pobres no se meten con nadie! Lo único que hacen es jugar con el patinete –añadía indignado el abuelo; ahora sin respuesta por parte de los caucásicos, que ya se habían percatado de nuestra presencia.
Incapaces de hacer todavía un juicio de valor sobre lo ocurrido, Martha y yo, decidimos interrumpir nuestro paseo y, sin quitarle ojo al moloso, nos detuvimos a pocos metros para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos e intervenir del modo más justo posible.
Afortunadamente, ante el silencio excusatorio del prejubilado, su compañera cancervera, y su perro mudo; el abuelo cedió a los tirones y las súplicas de sus nietos, y comenzó alejarse en nuestra dirección, diciendo todavía algo que no pudimos entender.
Al ver que la cosa no iba  a mayores, nosotros reiniciamos la marcha, pero al llegar al semáforo que une Rotonda con nuestra Civilización, esperamos hasta que llegaran ellos.
-      Tenéis un abuelo muy valiente –les dije a los muchachos, necesitado de demostrarles que no todos los blancos cuasi caucásicos somos unos hijos de puta que nos metemos con niños de raza negra que, presionados seguramente por otros en su urbanización, se ven obligados a migrar buscando su lugar de juego en la recóndita y solitaria Rotonda.
Los muchachos, todavía con hipo, sonrieron pero no dijeron nada. El abuelo, visiblemente disgustado nos dijo:
-       ¡Hombre! Ese tipo, que lleva tres días metiéndose y amenazando a  mis nietos con que va a llamar a la policía; y ya ven, son los más miraos del mundo, no hacen mas que jugar con el patinete, pero se ve que al tío le molesta el ruido, o qué se yo que le pasa.
-        No se disguste –le recomendó Martha–, con el calor la gente pierde los modales.
-        Pues, porque no se ha levantao, que si no; soy viejo, pero le meto un guantazo y con él se queda –amenazó el anciano convencido de su valor.
-   Venga no se disguste. Ya verá como no les vuelve a decir nada más –le dijimos para tranquilizarle.
-         Que no me entere yo –concluyó el abuelo.
-          Bueno, adiós –nos despedimos.
-          Adiós, y gracias –se despidió el anciano.
-     Gracias –susurró el muchacho, mientras requería a su hermana que les siguiera con el patinete.
-       Gracias –añadió la niña, con una sonrisa.
Esta situación, quizá se hubiera dado igual con niños de otra raza, pero la estampa, que parecía sacada de los peores momentos del odio racial norteamericano, me dejó muy mal sabor de boca, a la vez que creí ver desvelada la respuesta que andaba buscando en Rotonda: si hay una maléfica voluntad mundial por dinamitar la Alianza de Civilizaciones, este es el mejor momento para luchar contra ella.
Eso iba yo pensando aquella tarde, pero luego en una de las avenidas que conforman Rotonda, fuimos testigos de otra situación (ver fotos adjuntas) que nos dejó nuevamente desconcertados. El “buscador”, que nos aseguramos de su supervivencia, era de raza oriental, seguramente chino.

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