domingo, 22 de febrero de 2015

CRÓNICAS AFRICANAS. Capitulo II -Annobón. Entrar en África por la puerta "gatera"-

La primera en la frente.

En cuanto bajé del avión, comenzó mi aventura africana. Al mosqueo inicial del inesperado perfil "redondeado" de la isla de Bioko, con un enorme cráter "redondo" y lleno de agua negra en su centro, que me dio la impresión de que había huido de "Rotonda" para acabar en "Redonda", le sumé el bofetón de calor húmedo que recibí en cuanto comencé a bajar la escalerilla del McDonnell Douglas MD-80; pero eso no fue lo peor.

No me extrañó que el resto del pasaje, en su totalidad de raza negra, me despertara en medio de un gran alboroto pocos minutos antes de aterrizar; claro que, como todos hablaban en bubi, o, fang, yo no entendía absolutamente nada. 

<<Deben llevar meses reprimiendo su lengua materna. Será la alegría de volver a casa.>> pensé

Me esforcé en sentir lo mismo. Después de más de tres millones de años de evolución malograda, el Australopithecus Afarensis, al fin volvía a casa.

Jubiloso por encontrarme ante la Puerta de África, me regocijé de mi suerte y, sin tiempo que perder, ni más equipaje que mi mochila, me apresuré a cruzar el pequeño hall de la minúscula terminal en busca de un taxi que me llevara al Hotel Candy de Malabo. Sería mi primer alojamiento programado, al fin y al cabo necesitaría un periodo de adaptación; a partir de ahí todo sería improvisado, y propio de un viaje sin retorno.

No me extrañó que mis, hasta ese momento, compañeros de viaje, pasaran olímpicamente de tener prisa. Todos ellos, sin excepción se sentaron desganados en las sillas del hall, eso sí, el alboroto seguía.

<<Ese espíritu de tranquilidad y sosiego es el que tenemos que recuperar los blancos. Esta gente sí que sabe vivir>> pensé, y ralenticé sólo un poco mis pasos, a la vez que me decía: <<si hay algún taxi, será para mí.>>

No había ningún taxi; sólo una camioneta de aspecto militar, aparcada junto a una jardinera de madera en la que, un "lugareño" sentado, hacía las veces de planta color caqui.

Extrañado y desolado, me dí la vuelta para ver si algún viajero había terminado de "reposar" del viaje, y seguía mis pasos. Nada. Todos permanecían dentro. Entonces, me dirigí al "lugareño", y le pedí información en español:

- Buenos días. ¿No hay ningún taxi?

- Buenos días Señor -me saludó atento en perfecto español, y me informó-: hoy no, sólo vienen cuando aterrizan aviones.

- ¡Cuando aterrizan aviones! -exclamé incrédulo, y añadí-: ¿cómo supone que acabo de llegar yo?

- ¡Ah! ¿Ése? Ése no importa -me dijo displicente.

- ¿Cómo que no importa? -le pregunté extrañado.

- No. Ése no viene.

- ¿No viene? ¿Me está tomando el pelo? -le pregunté ya algo irritado.

- No viene aquí. Ése va a Malabo.

- ¿A Malabo? ¡Esto es Malabo! -le grité.

- No Señor. Esto no es Malabo. Esto es San Antonio de Palé.

- ¿San Antonio...? No sabía que la isla de Bioko tuviera dos aeropuertos.

- ¿Bioko? Usted no está en Bioko, está en la isla de Annobón, amigo. Éste es el aeropuerto de Annobón, en la ciudad de San Antonio de Pale.

- ¿Qué es esto? ¿Una broma de mal gusto que les gastan a todos los visitantes blancos? -le pregunté, ya de mal aire.

El tipo, que realmente era un militar, se levantó de su asiento ornamental, y se acercó hacia mí. Esto me hizo sentir bastante intimidado, pero el fulano, lejos de enfadarse se echó a reír.

- Ya veo que no se ha enterado. El avión ha tenido que desviarse de su ruta porque en el Golfo de Guinea hay una fuerte tormenta. Por eso ha tenido que venir hasta aquí para aterrizar. El aeropuerto de los "Tongas" (luego supe que se refería a los de la Isla-País de Santo Tomé y Príncipe) no vale para estos aviones. Gracias que en Guinea tenemos esta isla, si no ya les veía a la deriva, o lo que es peor, aterrizando en Libreville.

- No lo puedo creer -dije estupefacto, pues era evidente que aunque la tripulación seguramente avisó; yo, dormido, no me enteré.

- Pues mírelo Usted mismo -me respondió, invitándome a mirar la parte superior del porche del aeropuerto.

Sobre el porche moderno, ingeniosamente construido con vigas entrecruzadas de madera, se leía claramente: 

AEROPUERTO DE ANNOBON

- ¿Annobón? ¿Y dónde se supone que está esto?

- A unos seiscientos kilómetros al suroeste de Malabo. Pero no se preocupe: repostarán, y en cuanto haya disipado la tormenta, les llevarán allí.

- ¿Y, cuando podrá ser eso?

- Quién sabe, quizá en unas horas, quizá dentro de dos días.

- ¿Dos días?

- Bueno, eso en el peor de los casos. ¿Tiene mucha prisa?

- No, la verdad es que no tengo ninguna prisa -dije, tras reflexionar.

- Bueno, pues acomódese, ya va subiendo el Sol; al menos ahí dentro estará a la sombra.

- Muchas gracias -le agradecí al buen hombre, y dirigí mis pasos hacia la algarabía del hall.

- ¡Bienvenido a África amigo! -me saludó amable, levantando su gorra con la mano.

Ya estaba en África, había entrado por la puerta "gatera", pero no importaba; es más, mejor así.

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