jueves, 8 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XXXIV –El "Pecadito" del Cisne de Pesaro-

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Llevaba años admirándole; su música le había parecido la expresión suma de la vitalidad, del ingenio natural, y la osadía. En definitiva la más sublime explosión de sentido del humor, ternura, y sensibilidad; jamás concentrada en una sola obra. Es verdad que había habido un Mozart, y antes que éste un Gluck, y antes unos cuantos más; pero, para Stendhal, Rossini era la culminación de todo aquél proceso; el “eslabón dorado” que enlazaría con quién sabe qué otra época gloriosa. Por eso, y sin ser músico, había escrito desde el entusiasmo, lo que podía considerarse uno de los más fervientes testimonios de idolatría, jamás dedicados a un artista vivo. Y ahora tenía frente a sí a ese artista. Y la verdad, ni remotamente se aproximaban sus sensaciones, a las que siempre imaginase que despertaría dicho encuentro. Él se había visto con convulsiones en el suelo, preso de un delirio irreprimible; parecido al que experimentase en la Basílica de La Sancta Croce en Florencia. Pero el hombre que tenía ante sí, al otro lado de la mesa en la que almorzaban, guardaba muy escasa relación con el de los retratos; y sobre todo, con el de la música.

Y es que Rossini, le parecía, ante todo, una montaña de grasa. Como le escribiría al Barón de Mareste: “un puerco repugnante”. Había conseguido, precisamente por mediación de éste, que el músico le invitara a su casa de París; donde se apresuró a agasajarle, con lo que consideraba el mayor de los honores: una buena mesa.

Sirvieron Burdeos, y jamón de Parma, además de media docena de quesos franceses, y bistecs. ¡Rossini, se comió veinte! A Stendhal se le había quitado el apetito. El músico, se encendió un puro, que fue degustando a la par que iba abriendo ostras, y exprimiendo zumo de limón en ellas.

 Acaso consciente de que por algún motivo inexplicable, su invitado se mostraba insensible a los placeres anacreónticos.

Quiso saber cual. Rossini, se sirvió una copa de coñac.

Stendhal se ruborizó; ciertamente no había estado en tantos estrenos como citaba en el libro, pero hubiera quedado bastante menos elegante contar la verdad: que, en su mayor parte, se guió por comentarios de amigos suyos. Pero las obras sí que las conocía bien; salió al paso citando “El Turco en Italia”, que le entusiasmaba.

Con los labios mojados en coñac, Rossini volvió a introducirse el puro en la boca. Dio una profunda calada; y luego, sorbió el zumo de limón de la concha de una ostra, antes de comerse el molusco que había en su interior.

Stendhal palideció. No podía soportar más aquel elefante. Estaba meditando una escusa para no quedarse a los postres, que se prometían también “pantagruélicos”, cuando Rossini se levantó trabajosamente de su silla.

Y se sentó al piano que había junto a la mesa. Hizo sonar una campanilla, y acudieron cuatro de sus criados. Les hizo una señal, y comenzaron a cantar, acompañados por él, desde el teclado.
Y, de repente, se obró el milagro. El corpachón de aquél al que llamaban “Cisne de Pesaro”, se transformó por ensalmo en Ave del Paraíso. Tales fueron los colores desplegados en apenas unos instantes por el aleto de sus dedos sobre las teclas, y las voces primorosamente timbradas, de los insospechados intérpretes.

Y es que todo era música en aquella casa; desde el ronroneo esponjoso del gato doméstico, enroscándose en las piernas del maravillado invitado, hasta la yesca que el Músico hizo crepitar, para encenderse un nuevo cigarro; pasando por las arandelas de las cortinas, mecidas por la brisa del mediodía; o el entrechocar de los vidrios, al son de la Amistad.

Con apenas una simple melodía, aquel hombre vulgar, repulsivo incluso; se había transformado, ya no en Príncipe de la Música, si no en la Música misma; la más perfecta e inaprensible de las Artes, al alcance de Henry Beyle Stendhal.

No estuvo mal; no –Rossini volvió a sentarse a la mesa–. Y ahora, dígame: ¿no tomaría un poco de Mascarpone? Le advierto que me sale delicioso.

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