sábado, 3 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XXIX – 4' 33” -

  Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    Le habían asegurado que allí dentro estaría sumido en el más absoluto de los silencios; y entonces quiso imaginarse el vacío anterior a la Explosión Primigenia de la Creación: un mar de oscuridad y silencio, en que no flotase materia alguna. Sin densidad, sin volumen, sin distancias, la nada más absoluta; pero no lo logró. Durante todo el rato que estuvo encapsulado, percibió dos molestos e incisivos sonidos: una especie de frecuencia aguda  e irregular, y otra más hueca, a la que pudo detectar una pauta rítmica. De buena gana hubiera pedido que le sacaran de allí, pero no les era posible escucharle; además, hablar, hubiese constituido una ruptura todavía más grande del pretendido silencio.

Cerró los ojos. Vació su mente de todo pensamiento, e intentó hacer lo propio con sus oídos, pero no lo logró; porque los dos sonidos persistían: uno, en su brumosa altura; otro, en su carnosa interioridad.
Aquí debe haber algún fallo, le dijo al Ingeniero cuando éste le abrió la puerta, esta cámara no funciona; y le relató los de los dos sonidos. El Ingeniero sonrió, como si hubiese escuchado otras muchas veces aquello. Le explicó que era una impresión generalizada entre los visitantes de la cámara anecoica de Harvard.

El Músico, le preguntó entonces si es que era imposible acceder al Silencio Absoluto. Éste, volvió a sonreír:

El Músico, muy impresionado, agradeció al Ingeniero su amabilidad; y ya iba a despedirse, cuando se le ocurrió preguntarle algo:

El Ingeniero, revisó las anotaciones de su cuaderno de trabajo:

John Cage, salió transfigurado de la Universidad de Harvard aquella tarde. Llevaba toda su vida como creador, buscando la Clave de la más pura expresión musical del Ser Humano; aquella que no se rigiera por unas leyes que los hombres hubiesen determinado previamente. Ni tonalidad; ni, el no menos arbitrario, dodecafonismo. Pero lo que nunca hubiera esperado, era encontrarla allí, en un aislamiento que no era tal; puesto que le era imposible escapar de una envoltura de carne y hueso, que confiriera unas connotaciones culturales, y biológicas, a la Nada absoluta.

Porque la Nada, no existía; y tenía la plena conciencia de que era el primero en descubrirlo; o bueno, el segundo, después del Ingeniero de Harvard; y entonces visualizó a la perfección aquello a lo que llevaba años intentando dar forma sin saber exactamente lo que era.

Una sala de conciertos.

Un Pianista ante un teclado,

y un Público expectante...

...y ante el Músico una partitura vacía; en tres movimientos sin una sola nota; con cuatro minutos treinta y tres segundos de falso silencio, alimentado por su sonido natural y el de los presentes.
La obra más aplastantemente colectiva de todos los tiempos; y también la más versátil, puesto que podría ser interpretada por cualquier instrumentista o conjunto, sin necesidad de arreglo alguno; únicamente: cruzando los brazos, y esperando.

Sabía que en esa ocasión le abuchearían más que nunca, cuando no se riesen, o se marcharan airados; pero tanto mejor, porque cuánto más ruidosamente reaccionasen, más nutrirían aquella composición: “4:33”.

Supo entonces, que cuanto menos la Historia le recordaría por aquello y paradójicamente, su música más conocida, sería aquella que menos sonase a él mismo, a nada realmente en absoluto.

En realidad puede que la función de John Cage en la Historia fuese, no esperar a que ésta le silenciase para la Posteridad; si no constituirse, en sí mismo, como un voluntario y burlesco Silencio.

Aceleró el paso emocionado, deseando llegar a casa. Tenía mucho que trabajar en la que sabía ya, que sería su Obra Maestra.

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