viernes, 23 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XL – Genios y Figuras -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     A pesar de que no todos los días uno tenía el privilegio de ver a Mozart, el Joven no estaba nervioso; sus Valedores, en cambio, sí que mostraban cierta inquietud. Llevaban ya casi una hora aguardando en el lujoso salón de la enésima casa que “El de Salzburgo” había alquilado en Viena; esta vez en el barrio de Hasengrund. El Joven se levantó y examinó la estancia. Dominada por una imponente mesa de billar, sobre la cual había diseminadas algunas partituras manuscritas, no faltaban en ella los manuscritos más refinados, cristalería de Bohemia, y tabaqueras y otros objetos rematados en nácar. El Músico examinó la obra en la que Mozart estaba trabajando, era una sinfonía en Sol Menor; alguien le pidió que no tocase aquello, puesto que el Maestro era muy susceptible en lo referente a sus composiciones “sin terminar”; y dejó los folios, tal y como los encontrase, en la mesa.
Al poco llegaron otros visitantes con el mismo propósito: “un joven talento al que deseaban que el Maestro viera tocar el piano”. No había sillas suficientes en la casa para tanto suplicante, pero eso al primer muchacho le dio igual; en realidad, estaba deseando que aquello concluyera cuanto antes.

Mozart apareció al fin, con el rostro paliducho, salpicado de viruelas; y aquellos ojos, que no dejaban de moverse de forma irritante, como si quisieran saltársele del rostro, y vivir su propia vida; recordaba a un pájaro cabeceante. Su cabeza, además, era demasiado grande para aquel cuerpecillo, y daba la impresión de estar a punto de caérsele cada dos por tres.

Cuando le presentaron a los muchachos que aguardaban para mostrarle su talento, bostezó. Estaba algo resfriado, y su voz contribuía a reafirmar al Joven en su idea de “un ave caída del nido”. Mozart señaló al muchacho que había llegado en segundo lugar y le pidió que tocase él; naturalmente nadie se atrevió a protestar, puesto que era de origen noble. Mozart le dio un Tema, y luego el joven Aristócrata procedió. Al Muchacho venido de lejanas tierras, le pareció que su técnica era un poco rudimentaria, y lo que era más sorprendente, creyó detectar en Mozart un amago de bostezo, que disimuló acercándose un pañuelo a la boca. Al parecer, había salido de la cama muy a desgana, implorado por su Esposa; el Muchacho se fijó en Ella con detenimiento: no le pareció nada hermosa; y, de echo, su expresión era un poco de “lunática”; eso sí, no podía negarse, que hacía buena pareja con Mozart, aunque ella fuese tan oscura, y Él tan blanco.

Cuando acabaron de despachar al joven Aristócrata, con todos los parabienes del mundo, Mozart prometió buscar tiempo para darle clases; y, curiosamente, ahora era el turno del otro Muchacho. Ahí, “El de Salzburgo” torció el gesto:

Los Valedores del Joven, le recordaron que era Hayden quien lo enviaba, a lo que Mozart replicó:

Y mandó al Muchacho que tocase algo; lo que fuera. Éste, molesto por su indiferencia, no pudo evitar endurecer las facciones, aunque fuera por unos instantes. Esto irritó algo a Mozart, que se sonó ruidosamente las narices.

El Joven tomó asiento al piano, y por unos instantes convirtió milagrosamente aquella estridencia en una frase musical. Pero… ¿Cómo continuar aquello? Y entonces tuvo una brillante idea: introdujo el tema principal del “Andante de la Sinfonía en Sol Menor”, en la que Mozart estaba trabajando. Éste dio un respingo al escuchar aquello; y luego miró a la mesa de billar y comprendió. Pero, al escuchar la improvisación que el Joven desarrolló, sus facciones se relajaron. Una vez hubo concluido, mucho más amistoso, abrazó al Chico.

Lo lógico hubiera sido corresponder aquella muestra de aprecio, pero el Joven no podía; en realidad, aborrecía a Mozart desde su más tierna infancia. Desde que su Padre, el cantor “borracho” de la Capilla de Bonn, se empeñara en hacer de Él un segundo Mozart; pero por desgracia Él, no era un segundo Leopold, y por eso convirtió sus años mozos en un verdadero infierno.

Lo encerraba días enteros, obligándole a practicar al piano; a escribir incluso obras como un Concierto para Piano, que sonase a Mozart; y así, lo había paseado por las Cortes vecinas a la de Bonn, tratando de exhibirlo como un “fenómeno de feria”. Incluso llegó a afirmar que tenía dos años menos de su edad, para que impresionase más.

Y sin embargo, Mozart, sólo había habido uno; concretamente, aquel pasmarote, que tenía delante. Y, cuando no impresionaba a los demás tanto como su Padre hubiese querido, éste le golpeaba sin piedad, y lo dejaba sin comer durante días.

Al final, el único aliado con el que pudo contar para que su progenitor no materializase esta última amenaza fue el alcohol, que fue, poco a poco, minándole, hasta convertirle en un despojo que profería improperios en un rincón.

Mozart lo miró de arriba abajo. Ahora entendía porqué nunca había querido ser como él. El de Salzburgo, debió de darse cuenta de que algo tenía en contra suya el de Bonn; porque, cuando le propusieron que le impartiera clases, replicó:

Tres años después, Mozart murió; y por fin dejaron de comparar al Joven con él. Con el tiempo se convertiría en Ludvig Van Beethoven; y aunque llegó a escribir variaciones sobre obras de Mozart, y admiraba su música; nunca dejó de guardarle resentimiento por su infancia arruinada. Por eso, cuando le preguntaban quien era el mejor músico de todos los tiempos, respondía sin dudar:


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