viernes, 30 de enero de 2015

LA LLAMA ETERNA: Relato XLV - Los tres “Ratas” -

 Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

   La Puerta del Sol, estaba a rebosar aquella tarde de enero, cada uno en su respectivo puesto, las manos hundidas en sus abrigos; contemplaban el trasiego del paisanaje humano, con aparente indiferencia.

“El Piñata”, se encontraba frente a la Casa de Correos; “Canovitas”, en la parte que da a la Plaza Mayor; mientras que “Gurriato”, controlaba la zona a los parroquianos que se dirigían a la misa en “El Buen Suceso”.

Había helado, y el pavimento deparaba desagradables sorpresas a los viandantes; por ejemplo, a una ancianita que resbaló y punto estuvo de dar con sus huesos en el suelo; “Gurriato”, la sujetó a tiempo, a lo que la anciana replicó con un agradecido encogimiento de hombros.

“El Piñata”, miró la hora en el reloj de la Casa de Correos; pronto se haría de noche, y era menester ir pensando en la retirada. Abandonó su puesto, e hizo señas a los otros, que se le acercaron, arrastrando sendas cortinas de vaho emergiendo de sus bocas.

Y, comprobando que no estuviese cerca ningún miembro de la “Respetable”, sacó de su bolsillo una abultada cartera, y un reloj que, o les engañaba la cetrina luz del atardecer, o… ¡era de oro!

Se frotaron los ojos, y “El Piñata” le hizo señas de que volviera a esconder aquello; al menos el reloj.

Y examinó la abultada pieza, trabajada en oloroso cuero. Una labor de artesanía, sin duda alguna. La abrió con la misma delicadeza con la que hubiese abierto un paquete de regalo, y examinó su contenido.

¡Billetes de los grandes! Ya tenía pensado lo que hacer con ellos: se iba a comprar un traje de pana, para llevarlo los domingos al Retiro con su moza, “La Carracuca”; así, vestidos ambos de gente honorable, podrían hacer su “agosto” en aquel crudo invierno.

“El Piñata”, siguió examinando la cartera, donde encontró una fotografía, una carta, y un documento acreditativo de la identidad del “desplumado”; al ojearlo, empalideció.

“Canovitas” dijo que, a esas alturas, ya podían echarle un galgo; porque, pasaban ya cinco minutos del “usufructo”. Tanto “Gurriato”, como él, no se explicaban lo que le pasaba al Patrón. “Piñata”, reparó entonces en el Salón de Té de Garín, que también era una afamada confitería.

Entraron, y en efecto; allí encontraron al hombre del bigote, revolviendo sus bolsillos un tanto azorado, mientras uno de los dependientes sostenía, ante Él, una bandeja de pasteles.

Chueca, los miró de arriba abajo un tanto desconcertado. El Dependiente, que les conocía de sobra, le susurró algo al oído. El Músico palideció desconcertado pero, antes de que dijera nada, “Piñata” pidió cuatro cafés y mesa. “¿Les importaría tomar algo con ellos?”. Chueca dudó, pero aceptó. Una vez sentado, “Piñata” le hizo solemne entrega de la cartera y el reloj.

Chueca, asintió azorado. ¿Qué podía decir si no: gracias? Les firmó varios autógrafos y después, se retiró maravillado. Ni siquiera le dejaron pagar la cuenta. Ardía en deseos de ver a Valverde, y contarle el extraño suceso que le había acontecido; y se preguntaba si sería abordado en alguna otra ocasión por más personajes de sus obras, como “La Menegilda”.

Esa noche, al irse a dormir, descubriría con más estupor, que en la cartera había nada menos que trescientas pesetas; un donativo de los “Tres Ratas”, al parecer fruto de la recaudación del día.

En el Salón de Té, los “Ratas”, contemplaban extasiados los autógrafos. El Camarero les miraba de vez en cuando con ganas de pasarles la minuta.

“Gurriato”, se llevó las manos a los bolsillos, y luego abrió la boca incrédulo:



jueves, 29 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLIV – El prodigio del Argentino poco hablador -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    Nadia Boulanger, había sido la primera en advertirlo. Tras ojear sus partituras por encima, se las devolvió torciendo el labio.

Trató de explicarle el impacto que había constituido para Él, “La Consagración de la Primavera”, y como su primitivismo, había despertado sus ganas de crear, de partir de la destrucción purificadora del fuego, para que reverdeciera en Él una personalidad musical. Era algo de lo que había hablado en muchas ocasiones con su maestro Ginastera. Boulange resopló.

¿Qué hiciera tangos? Pero… ¿No era, al fin y al cabo, un género arrabalero? ¿Un son de casas de “mala nota”?

Al principio, el consejo, o más bien orden, le desazonó; pero, cuando se puso a ello, se dio cuenta que Boulange tenía razón. Lo llevaba en la sangre, y salían de Él con la misma naturalidad con la que hablaba. Mejor aún, porque, no era precisamente muy ducho en palabras; de echo, toda la vida lamentaría, no haberse atrevido a hablar antes con Gardel. Supo durante bastante tiempo de su estancia en Nueva York, y se lo encontró en muchas ocasiones, cuando Él sólo era un “pive” de trece años. Pero, cada vez que pensaba en dirigirle la palabra, le entraba un temblor tal, que le era imposible dominarse, a menos que echase a correr y perdiera de vista a su ídolo.

Sin embargo, el Destino los juntó al fin: pidieron extras para el rodaje de “El día que me quieras”, y allí fue a parar Él con su bandoleón. A Gardel, le hizo la gracia la forma en que interpretaba.

Él se avergonzó. Era cierto. No podía disimular haberse criado lejos de la Argentina. En realidad, era un estilo impostado. Hablaba el español sólo en casa, con sus padres, con cierto acento yanqui incluso. Se sentía extraño en aquel plató, con su ídolo riéndose de su forma de tocar. Pero, Gardel, lo animó, y al final del rodaje, le dijo:

Y lo hizo. Plegó la sonoridad del bandoleón, al prodigioso caudal vocal del zorzal criollo. Y es ahí, cuando sintió por primera vez que el Tango, ya no penetraba; si no que salía verdaderamente de él. Gardel lo abrazó emotivamente al acabar. Luego, visitaron juntos Little Italy, haciéndole Él de intérprete; y el Genio, abandonó luego Estados Unidos. Como lamentaba no haberse atrevido a abordarle antes.

Y ahora, veinticinco años después, se veía en la misma tesitura: su amigo, Albino Gómez, lo invitaba al Metropolitan de Nueva York, con motivo de la presencia de Victoria Ocampo, que venía a presentar el Festival de Cine de Mar de Plata. Y… ¿Sabía lo mejor? Stravinsky estaría entre los invitados.

No estaba para bromas. Albino insistió. Con lo que le admiraba; ¿iba a dejar pasar aquella ocasión?
Acabó aceptando a regañadientes. Y llegó el día. Había cientos de personas allí; lo que le tranquilizó. Decidió hacerse el huidizo entre las mesas de los canapés; pero Albino dio con Él, y lo cogió del brazo, llevándolo a un corrillo en cuyo centro se encontraba un anciano bajito y vivaracho, que arrancaba constantes risas de los demás, con sus comentarios.

Albino se lo presentó. Stravinsky, sin dejar de sonreír, le tendió la mano; la estrechó, estaba un poco fría; o, ¿era que a Él le había subido repentinamente la temperatura? El Ruso, inmediatamente le expresó su interés por la Argentina y su música, y recordó los tangos que él mismo había escrito, uno de ellos para “La Historia del Soldado”.

Él no dijo nada, no podía. Era peor que cuando no se atrevía a dirigirle la palabra a Gardel. Llegó un momento en que la locuacidad de Stravinsky alcanzó el peligroso límite de la irritación por no obtener una respuesta. El Genio, soltó su mano; los dedos que habían escrito “La Consagración”.

Se dio la vuelta, y salió corriendo de allí; quizá masculló algo así como: “le admiro Maestro”; pero, en todo caso, cuando lo dijo, sólo pudo escucharlo un camarero que recogía copas vacías de una mesa.
El disgusto fue tan grande, que estuvo sin coger el teléfono varios días; por si era Albino quien llamaba. No se equivocaba, éste fue a buscarle a su casa.

Y fueron. Stravinsky estaba avisado del encuentro, y les aguardaba en el bar de su elegante hotel. Fingiendo amigablemente que el anterior encuentro no había pasado, se levantó y le dio la mano.

“Me alegro de conocerle. ¿Qué tal? Y, bla, bla, bla…”, pero Él seguía incapaz de emitir sonido alguno. Albino empezó a sudar copiosamente; y el Ruso, ya daba nuevamente muestras de impaciencia. Esta vez fue él, el que se dio la vuelta airado, dispuesto a meterse en el ascensor. En esto, el apocado Músico, vio su salvación en el salón del bar: un piano. Se sentó en él, y empezó a tocar. Primero “Arrabal amargo”, y luego sus propias creaciones. Si su boca no era capaz de transmitir lo su alma experimentaba; por fortuna contaba con un Lenguaje secreto, más poderoso que el inglés, el francés y el español, juntos; y ése, Stravinsky lo comprendía muy bien.

Cuando acabó de tocar, se dio la vuelta, y descubrió al viejo Maestro conmovido, con las manos contraídas en un aplauso; y, le pareció advertir que, por vez primera, las tornas habían cambiado. Y es que, si en su juventud, Él había deseado ser Igor Stravinsky; ahora, le estaba pareciendo, que por un momento, era Stravinsky quien deseaba, por unos instantes ser, como Astor Piazzola.

miércoles, 28 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLIII – ¡¡Vamos, Hijos de la Patria…!!

 Texto gentileza de Martín Llade, Director del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana"

     Fue su amigo el alcalde de Estrasburgo el que le sugirió un canto patriótico que inflamase el coraje de los soldados ante la declaración de guerra del rey de Bohemia y de Hungría. Se habían enterado cinco días atrás de esta nueva provocación y la ciudad entera clamaba por entrar pronto en combate.

El capitán se sintió un tanto abrumado. Había escrito alguna cancioncita de campaña y poco más. Pero él también se sentía enardecido por el desafío de los extranjeros y anhelaba, igualmente, acallarlos para siempre. Así que se dio una vuelta por la ciudad aquella mañana y contempló la agitación reinante y las paradas militares del batallón “Los hijos de la patria”.

En las paredes de Estrasburgo había un bando que exhortaba a la lucha “¡A las armas ciudadanos! -clamaba- si persistimos en la libertad, todas las potencias europeas urdirán siniestros complots contra nosotros. Que tiemblen. Desarmemos a los déspotas” y más arriba “Ya ha sonado la señal. El estandarte sangriento se ha alzado”.

Aquellas palabras se quedaron profundamente grabadas en él, a la vez que los cascos de los caballos en el empedrado, el entrechocar de los aceros en los ejercicios de los cadetes, el traqueteo de los carros y los aplausos de la multitud cada vez que se veía un uniformado en la calle.

Se fue a casa y cogió su violín. Probó varias melodías y estuvo dándoles vueltas durante toda la noche, de forma que no dejó ni dormir al gato. Al amanecer había una partitura de trazo entusiasta sobre su cómoda. Decidió llevársela al barón de Dietrich, que ofrecía esa noche una cena a los prohombres de la ciudad. Sabía que poseía una hermosa voz de tenor. ¿Aceptaría cantarla? El barón repuso que sería un orgullo y a su vez propuso a su propia esposa para que le acompañase desde el clave.

El “Canto de guerra del ejército del Rin” sonó a los postres. Su efecto fue más fulminante que el del vino de la cena. Los presentes se levantaron haciendo entrechocar sus copas, a la vez que daban vivas a Francia.

Y el alcalde determinó hacer circular, pagadas de su propio bolsillo, cientos de copias de la partitura.
Pasó el tiempo, se ganó aquella batalla y otras muchas. Pero vino entonces una guerra que nadie podía prever y en la que era muy difícil luchar, porque los contendientes no iban de uniforme, de hecho vestían igual y hablaban la misma lengua. El Terror. El propio barón, entusiasta primer intérprete del “Canto de guerra del ejército del Rin” acabó en la guillotina. Al capitán lo acusaron de realista y lo degradaron en varias ocasiones y, finalmente, se puso precio a su cabeza. Tuvo entonces que escapar. Decidió atravesar las montañas fronterizas con el territorio germano, pero el paso estaba nevado. Sobornó a un pastor de la zona para que le ayudase. Sin embargo, cuando faltaba todavía mucho para llegar a territorio seguro, sintió en el viento helado de la montaña el aliento de sus perseguidores. Estaban muy cerca y para darse calor, cantaban. ¿Cuántos serían? ¿Veinte, treinta?

El corazón del capitán estuvo a punto de pararse por el pánico. De repente se dio cuenta de que conocía aquel canto que ahora se constituía en marcha fúnebre para él. ¿No era su propio himno escrito apenas un año atrás? Lo que nació de un noble y ardoroso impulso de su mente y corazón le provocaba ahora una terrible desolación.

¿No lo conocéis? Lo llaman “La Marsellesa”.

martes, 27 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLII -¡Rásquese hasta el hueso, Sergei!-

 Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

El Compositor titubeó.

Lo intentó, pero ni siquiera podía sentirlos; debían estar entumecidos. En realidad, en los últimos tiempos, había dejado hasta de tocar el piano.

El Paciente meditó, y al tomar conciencia de que estaba padeciendo aquél eccema desde hacía meses, experimentó una comezón, que le devolvió a la naturaleza quebradiza de su envoltura humana. Sintió deseos de rascarse una vez más en las regiones afectadas de su piel; y al hacerlo, volvió a sentir sus enormes dedos materializándose en aquel vacío en el que se encontraba envuelto.

Se rascó hasta que sintió un profundo ardor. Se estaba dejando en carne viva el antebrazo.

La bruma comenzaba a disiparse. Sergei Vasilievich, ya no se encontraba dentro de la Sala de Conciertos; ni siquiera en la consulta del Doctor Dahl. Estaba en mitad del océano, en un pequeño islote apenas más grande que sus pies. Le dijo al Doctor lo que veía:


Sergei Rachmaninov, se desprendió del dolor, y lo lanzó al fondo del mar, donde se hundió sin dejar cicatrices en el agua. Comenzó a nadar con sus inmensas manos; llegaría a la costa, sí; podía hacerlo, porque, una vez más, se sentía con fuerzas para ello; y vaya que sí lo haría.

lunes, 26 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XLI - ¿Se han secado ya tus alas, Biquí? -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Satie y Suzanne, las dos “eses” que podrían unirse en un beso. Un embrión de pasión embotellada. Se hubieran intercambiado los nombres y nadie se hubiese dado cuenta: Erik Valadon, y Suzanne Satie ¿Es que nunca te cambias el traje? ¿Es que nunca hablas por dentro de la boca? ¿Siempre por fuera? Si yo fuera esa boca, devoraría los silencios inútiles entre las palabras. Satie; sólo Satie. Yo no le gusto a la gente, y la gente no me gusta a mí. Nunca habréis visto un desequilibrado más ecuánime que yo.
Pianista de lupanar, reconvertido en intelectual de la Música. En realidad, nunca dejó de escribir canciones de burdel, sólo que las tocaba más lentas, como si fueran chistes verdes contados por Chopin. ¿No recordaba Suzanne aquella canción? Se la escuchó tocar a Él, en el Auberge du Clou, en Bass Pigalle; el paraíso de la gente de “baja estofa”. Con sus lentes ahumadas, y su perilla cuidadosamente peinada, la punta fijada con goma; Él era el profeta de aquellos artistas, con los codos de las chaquetas rotos.

Suzanne nunca había pensado en el “Profeta del Paraguas” más que en otros; estaba acostumbrada a que la mimasen los más selectos creadores. Toulouse Lautrec la había pintado de pie sobre un caballo en el Circo Moliere.  Renoir la imaginó con ínfulas de jacinto y violeta. Y Degas le pidió que bailase para él, ante el lienzo, el “Padede de la Zapatilla Desatada”.

Antes de que la pintase medio Montmartre, ya fumaba con los pies, se colgaba de un trapecio por la boca; y dejaba que, un ruso borracho, trazara su silueta con cuchillos. Todo aquello terminó el día que no calculó bien su famoso triple salto sin red. Lo lógico hubiera sido que se partiera en pedazos ante centenares de personas; pero en su lugar, se partió una pierna, u perdió varios dientes. La sacaron en volandas de la pista, la sonrisa deshilachada, saludando a su público con el brazo desencajado.

Ahora era modelo de pintores famélicos. La llamaron Susana por rodearse de vejestorios, que babeaban en azul ciano y magenta. Para los veintisiete años ya había hecho de todo, hasta un hijo, Morís; fruto de una noche de absenta y cartas marcadas, con un español llamado Utrillo. Decidió entonces pasarse al otro lado del lienzo, y tomó los pinceles; y no le fue mal.

De las manzanas arrugadas, y los limones secos, no tardó en pasar a los desnudos. Le bastaba con plasmar el alma de sus modelos, y luego cubrirla de una traslúcida capa de piel. Cuando llovía, se hacía un auto-retrato, y refugiaba su mirada esquiva en la todavía fresca de su “Alter-Ego” de óleo.

Una noche, en el “Gato Negro”, se le acercó aquél tipo. Iba muy arreglado, pero el aliento le apestaba horriblemente. Le invitó a una copa para suavizarle la conversación. A las tres de la mañana, Él se arrodilló tras colocar papel de periódico en el suelo, y le pidió matrimonio.

Le resultó divertido pero, cuando la besó, ya llevaba muchas copas y encontró su aliento dulce. Le pareció que nunca había hecho eso antes. No al menos de una forma libre; sin mediar un precio, o una orden.

Al día siguiente, montaron en las barquitas de los Jardines de Luxemburgo. Él le regaló un collar hecho de salchichas, fabricado con sus propias manos. Después se la llevó consigo a un recital privado que ofrecían unos amigos; y Ella, como una gatita dócil, de mirada fiera, se sentó a sus pies mientras interpretaba sus “Preludios Flacos para in Perro”. En ocasiones, el carácter canino de la obra, hacía que se le erizase el lomo, y Él la calmaba acariciándole la cabeza: “ron, ron, ron,…”.

Decidieron retratarse mutuamente. Ella con su paleta; Él al pentagrama. Fue la primera vez que no pintaba, ni desnudos, ni flores. Él encontró que lo sacaba demasiado cuerdo.

La llamaba de muchas formas cariñosas, en entre ellas Biquí; y le escribía pequeños mensajes con frases musicales, que Ella no podía leer; y que encontraba al pie de su cama, pegados en el techo, o a la lámpara.

Un día Biquí dijo adiós. No hubo motivo alguno. Era tiempo de partir, y de ser amada por otro artista. Acaso ya había sacado cuanto podía extraerse de aquella relación. Cuando menos su mejor Obra. Él también le escribió otras. Suzanne le dejó el retrato. Eric, prefirió guardarse sus partituras.

Dado que ella solía mantener amistades con sus antiguos amantes, no vio nada malo en volver a verle tocar en el Auberge du Clou; y fue allí una noche. Él se mareó y lo achacó a la bebida, escabullándose por la puerta de atrás del local, en mitad de la función. Al día siguiente, Ella recibía una citación judicial a requerimiento de Eric Satie, que pedía a los tribunales una “Orden de Alejamiento” de aquella arpía. No volvieron a hablarse y cuando se encontraban por la calle, al fin y al cabo, Montmartre era su hábitat natural, cambiaban de acera.

No volvió Satie a amar a ninguna mujer. El día que murió, y la Humanidad penetró, al fin, en la “tumba egipcia”, en que había convertido su inexpugnable hogar; encontraron, entre otras cosas, el retraso de Suzanne, del que pendía una corona de flores secas, y dos obras musicales dedicadas a ella: “Bonjour Biquí”, y “Las Vejaciones” que, tal y como rezaba la partitura, debían de ser interpretadas, ochocientas veces seguidas. Acaso las mismas que se repetía el nombre de Ella cada noche a modo de mantra para lograr conciliar el sueño.


Ahora Satie, dormía para siempre un Sueño de trapecistas con alas, y barquitas de enamorados, flotando en el cielo con la misma mansedumbre que en el estanque de los Jardines de Luxemburgo.

viernes, 23 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XL – Genios y Figuras -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     A pesar de que no todos los días uno tenía el privilegio de ver a Mozart, el Joven no estaba nervioso; sus Valedores, en cambio, sí que mostraban cierta inquietud. Llevaban ya casi una hora aguardando en el lujoso salón de la enésima casa que “El de Salzburgo” había alquilado en Viena; esta vez en el barrio de Hasengrund. El Joven se levantó y examinó la estancia. Dominada por una imponente mesa de billar, sobre la cual había diseminadas algunas partituras manuscritas, no faltaban en ella los manuscritos más refinados, cristalería de Bohemia, y tabaqueras y otros objetos rematados en nácar. El Músico examinó la obra en la que Mozart estaba trabajando, era una sinfonía en Sol Menor; alguien le pidió que no tocase aquello, puesto que el Maestro era muy susceptible en lo referente a sus composiciones “sin terminar”; y dejó los folios, tal y como los encontrase, en la mesa.
Al poco llegaron otros visitantes con el mismo propósito: “un joven talento al que deseaban que el Maestro viera tocar el piano”. No había sillas suficientes en la casa para tanto suplicante, pero eso al primer muchacho le dio igual; en realidad, estaba deseando que aquello concluyera cuanto antes.

Mozart apareció al fin, con el rostro paliducho, salpicado de viruelas; y aquellos ojos, que no dejaban de moverse de forma irritante, como si quisieran saltársele del rostro, y vivir su propia vida; recordaba a un pájaro cabeceante. Su cabeza, además, era demasiado grande para aquel cuerpecillo, y daba la impresión de estar a punto de caérsele cada dos por tres.

Cuando le presentaron a los muchachos que aguardaban para mostrarle su talento, bostezó. Estaba algo resfriado, y su voz contribuía a reafirmar al Joven en su idea de “un ave caída del nido”. Mozart señaló al muchacho que había llegado en segundo lugar y le pidió que tocase él; naturalmente nadie se atrevió a protestar, puesto que era de origen noble. Mozart le dio un Tema, y luego el joven Aristócrata procedió. Al Muchacho venido de lejanas tierras, le pareció que su técnica era un poco rudimentaria, y lo que era más sorprendente, creyó detectar en Mozart un amago de bostezo, que disimuló acercándose un pañuelo a la boca. Al parecer, había salido de la cama muy a desgana, implorado por su Esposa; el Muchacho se fijó en Ella con detenimiento: no le pareció nada hermosa; y, de echo, su expresión era un poco de “lunática”; eso sí, no podía negarse, que hacía buena pareja con Mozart, aunque ella fuese tan oscura, y Él tan blanco.

Cuando acabaron de despachar al joven Aristócrata, con todos los parabienes del mundo, Mozart prometió buscar tiempo para darle clases; y, curiosamente, ahora era el turno del otro Muchacho. Ahí, “El de Salzburgo” torció el gesto:

Los Valedores del Joven, le recordaron que era Hayden quien lo enviaba, a lo que Mozart replicó:

Y mandó al Muchacho que tocase algo; lo que fuera. Éste, molesto por su indiferencia, no pudo evitar endurecer las facciones, aunque fuera por unos instantes. Esto irritó algo a Mozart, que se sonó ruidosamente las narices.

El Joven tomó asiento al piano, y por unos instantes convirtió milagrosamente aquella estridencia en una frase musical. Pero… ¿Cómo continuar aquello? Y entonces tuvo una brillante idea: introdujo el tema principal del “Andante de la Sinfonía en Sol Menor”, en la que Mozart estaba trabajando. Éste dio un respingo al escuchar aquello; y luego miró a la mesa de billar y comprendió. Pero, al escuchar la improvisación que el Joven desarrolló, sus facciones se relajaron. Una vez hubo concluido, mucho más amistoso, abrazó al Chico.

Lo lógico hubiera sido corresponder aquella muestra de aprecio, pero el Joven no podía; en realidad, aborrecía a Mozart desde su más tierna infancia. Desde que su Padre, el cantor “borracho” de la Capilla de Bonn, se empeñara en hacer de Él un segundo Mozart; pero por desgracia Él, no era un segundo Leopold, y por eso convirtió sus años mozos en un verdadero infierno.

Lo encerraba días enteros, obligándole a practicar al piano; a escribir incluso obras como un Concierto para Piano, que sonase a Mozart; y así, lo había paseado por las Cortes vecinas a la de Bonn, tratando de exhibirlo como un “fenómeno de feria”. Incluso llegó a afirmar que tenía dos años menos de su edad, para que impresionase más.

Y sin embargo, Mozart, sólo había habido uno; concretamente, aquel pasmarote, que tenía delante. Y, cuando no impresionaba a los demás tanto como su Padre hubiese querido, éste le golpeaba sin piedad, y lo dejaba sin comer durante días.

Al final, el único aliado con el que pudo contar para que su progenitor no materializase esta última amenaza fue el alcohol, que fue, poco a poco, minándole, hasta convertirle en un despojo que profería improperios en un rincón.

Mozart lo miró de arriba abajo. Ahora entendía porqué nunca había querido ser como él. El de Salzburgo, debió de darse cuenta de que algo tenía en contra suya el de Bonn; porque, cuando le propusieron que le impartiera clases, replicó:

Tres años después, Mozart murió; y por fin dejaron de comparar al Joven con él. Con el tiempo se convertiría en Ludvig Van Beethoven; y aunque llegó a escribir variaciones sobre obras de Mozart, y admiraba su música; nunca dejó de guardarle resentimiento por su infancia arruinada. Por eso, cuando le preguntaban quien era el mejor músico de todos los tiempos, respondía sin dudar:


domingo, 18 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XXXIX –El Chocolate "amargo" del Canónigo-

  Texto extraído integramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     El día que se presentó ante el Cabildo Catedralicio se quedaron sorprendidos. Hasta aquel instante algunos habían supuesto que era mudo, pues nunca le escucharon antes articular palabra alguna. El Canónigo Dussolier, lo recibió en su despacho, justo cuando estaba a punto de merendar un gran tazón de chocolate. Él nunca lo había probado pero, encontró el olor deliciosamente tentador, como una corriente de cálida sensualidad que penetrase por sus vías nasales, hasta lo más recóndito de su mente. En cambio, cuánto frío hacía siempre en el órgano de la Catedral.

Farfulló algo de irse a París, a imprimir no se qué. Por lo menos, eso es lo que Dussolier creyó entender; porque hablaba con los labios hacia dentro, como devorando las palabras a medida que las trataba de articular. Parecía un solemne idiota; sin duda, tenía que serlo.

Cierto; además de organista de la Catedral, y encargado del mantenimiento del órgano, era director del Coro de Niños, y otras tantas funciones más. No le daba permiso para ausentarse.

El pobre diablo insistió. Costaba tanto entenderle, que si hubiera dicho que era él, en lugar del Canónigo, quien hablaba con la boca llena de bizcocho. Lo que quería era, no ausentarse, si no que lo liberasen de su contrato.

Dussolier estuvo a punto de estallar en carcajadas, pero se contuvo, y adoptó una pose severa como correspondía a su dignidad. “¿Qué tontería era esa? Su lugar estaba allí. Cumpliendo sus deberes. Tenía un contrato que le obligaba a cumplir con sus funciones durante diecinueve años más y, si lo incumplía, podría ser multado. Las Autoridades le impedirían salir de la ciudad; e incluso, si se ponía tonto, podría ir a la cárcel. ¿Estaba claro?”

El Organista se retiró sin decir más, cosa que Dussolier agradeció.

Satisfecho por haber resuelto tan prestamente aquel contratiempo, el Canónigo hizo sonar una campanilla para que acudiese su criado. Le apetecía otra taza de chocolate.

El primer síntoma de que “algo” pasaba se produjo cuando, durante el domingo siguiente a Pentecostés, en el que de repente se escuchó al órgano fallar en dos notas durante la Liturgia. En realidad, algo así no hubiera tenido la menor importancia pero, el Obispo, Bochard de Saron, se encontraba en ese momento consagrando la Sagrada Forma con los brazos alzados; y, “sospechosamente”, las notas falladas confirieron otra dimensión al momento. Sonaron muy similares al flautín de reclamo del mercado; y acaso los Fieles, entendieron que el orondo Obispo, se asemejaba a un carnicero elevando una oca para mostrarla a los posibles clientes, en lugar de ser quien era, con el Cáliz de vino, que era lo que estaba sujetando en ese momento. Se produjeron algunas toses en los concurrentes, que no pretendían si no ahogar las risas. Dussolier quiso pensar que era una coincidencia.

Días después, durante la solemnidad de la Santísima Trinidad, sucedió algo todavía más inquietante: el Obispo Bochard, estaba en la cúspide de su sermón, cuando el órgano empezó a sonar de improviso, lo cual nunca sucedía durante la elocución. Trató entonces de hacer sonar su voz por encima del instrumento; pero, cuanto más la alzaba, más se elevaban a las alturas celestiales las cristalinas sonoridades emitidas por los tubos del instrumento. La competición entre el verbo imperioso del Obispo, que ya resultaba imposible escuchar por los feligreses y el órgano, cuando Dussolier mandó furioso al Sacristán:

Y la orden surgió efecto, y tanto, porque el Organista se levantó y se largó; dejando sin acompañamiento el resto de la Liturgia, lo que nadie recordaba que hubiera sucedido jamás allí. El Obispo mandó llamar al Canónigo, al cual aplicó tal reprimenda, que éste se apresuró a buscar al Organista. En un principio pensó en llamarle animal, asno, y plantearle todo tipo de amenazas; pero luego llegó a la conclusión de que con “acémilas” así, había que aplicar el tacto. En su lugar, le invitó a compartir una taza de chocolate con él. El Músico aceptó; y, a juzgar por su expresión bobalicona, encontró delicioso aquel manjar nunca antes probado por él.

El Organista farfulló algo con la boca manchada de chocolate; ¿estaba asintiendo? Le hizo señas de que se marchase ya, sin importarle que aún no hubiera acabado de darle buena cuenta del tazón.

El sábado siguiente, que era el Corpus Christi, todo era expectación; no solo para Dussolier, si no para el Obispo y toda la Feligresía, ya al tanto de que algo pasaba entre el Cabildo y el Organista. La ceremonia comenzó sin aparentes complicaciones; pero, llegado el momento de la Consagración: el órgano estalló en un pandemónium de cacofonías, en estridencias, y notas atropelladas que, por un instante, hubo quienes temieron que las preciosas vidrieras multicolores de la Catedral, estallaran en pedazos.

Estaba claro que algo así ya no podía ser si no fruto de la “mala sangre”, y no del nerviosismo, o la ofuscación. Toda la atención de los presentes, se derivó hacia el órgano y, hasta el propio Brochard de Saron se olvidó del texto de la Liturgia. La burla duró diez minutos, que fueron los que Dussolier necesitó para buscar dos guardias que sacaran a empujones al irreverente Músico de la Catedral.

Al día siguiente, se decidió el despido fulminante de Jean-Philippe Rameau como organista, lo que le dejó vía libre para ir a Paris a publicar su tratado de armonía. En compensación, quiso ofrecer una última Liturgia al Cabildo, pero ésta fue rechazada; no porque tuvieran dudas de que fuera a hacerlo mal una vez más; por el contrario, el espantoso recital ofrecido aquella mañana de Corpus Christi, no hizo si no confirmar al gran artista que perdían; y es que, sólo un músico extraordinario, hubiera sido capaz de tocar tan “acertadamente” mal, y con demoníaca irritabilidad, el noble instrumento de la Catedral de Clermont-Ferrand.

jueves, 15 de enero de 2015

ACEPCIONES. Capítulo 9 --El Enigma--

9 El Enigma.
El Enigma es el Silencio profundo y oscuro, el promotor de los Deseos del Arquitecto, el incitador de su Curiosidad, su Némesis.

9.1 El Silencio.
Es la Música (8.1) en Reposo ().

9.2 La Curiosidad.
Es la única debilidad del Arquitecto (-1) (10), su Caos (6.6). Gracias a la Curiosidad, el Arquitecto sigue construyendo.

9.2.1 La Creatividad.
Es la satisfacción del Deseo de Curiosidad del Arquitecto y por ende de cualquier Ser; incluso los Seres Inanimados tienen Curiosidad por sentirse un Ser Animado.

9.2.1.1 La Genialidad.
Es la expresión sublime de la Creatividad (9.2.1) en el Ser Animado (7.1) que da por resultado el Arte (8).

9.2.1.1.1 El Genio.
Es el Ser Humano (7.1.5) agraciado por el Arquitecto con la Genialidad.

9.3 La Emoción.
Es la invasión forzada a la Consciencia (2) del Ser (7) por la Satisfacción (9.3.1) cumplida del Deseo Supremo del Arquitecto [La Música (8.1)].

9.3.1 La Satisfacción.
Es la Capacidad () para percibir y disfrutar de la Emoción (9.3).

La Llama Eterna: Relato XXXVIII –¡¡Qué historia!! -

   Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Mojó la pluma en tinta, y los labios en vino francés. Estaba sólo, como nunca lo había estado antes. Él, al que las multitudes aclamaban cuando su carruaje penetraba en las murallas de las grandes capitales europeas; al que Príncipes y Reyes se llegaron a disputar, lo mismo que a la más preciada pieza de caza, o el más famoso de los cocineros. Sólo y desconcertado, en aquel cuchitril de París.

Decían que la capital francesa era la ciudad de los sueños, y que después de visitarla, uno podía morirse ya en paz; pero, en modo alguno, hubieran podido esperar que sucediera, especialmente cuando quedaban tantas cosas por hacer; tantos conciertos, obras que presentar a los impresores más prestigiosos, encargos que recibir de los más destacados visitantes de Versalles. Y ahora, todas sus esperanzas se habían evaporado con la misma evanescencia que una tenue llama ante un soplido sin esfuerzo. Así de frágil era la carne, y acaso el día que a él le llegase la hora, bien pudiera sucederle así, con una especie de sueño tembloroso en el que los sentidos se desvanecieran sin dolor.

Los últimos días, Ella ya no había podido siquiera escuchar sonido alguno, pero aún así le pidió que tocase algo para hacerle más llevadera su agonía; y dado que en aquella horrible pensión no había teclado alguno, lo que le obligó a componer directamente sobre papel. Tuvo que pedir prestado un violín. Odiaba aquel instrumento, sí; pero en casos de necesidad como aquél, resultaba útil. Lo había aprendido a tocar a los cinco años, sin esfuerzo alguno; únicamente observando a su Padre.

Todavía podía recordar las lágrimas de emoción de Ella, la tarde en que pidió el instrumento, que apenas podía sostener sobre sus escuálidos hombros; y reprodujo de memoria las partes del primer y segundo violín de un cuarteto de Stamizt que habían estado tocando. En realidad, no entendió el porqué de tanto alboroto, Stamitz no tenía ninguna complicación para Él.

En ese sentido, era difícil sorprenderle, por no decir que imposible; pero tenía que reconocer, que lo que estaba pasando le descolocaba por completo. Aquello no podía estar sucediendo. Se arañó la frente. Pellizcó con sus nudillos; y hasta metió la cabeza en una jofaina de agua fría. No aguardaba si no el instante en que pudiera despertar de la pesadilla. Le daba igual hacerlo en Mannheim, en casa de la encantadora familia Weber, a la que había conocido recientemente; o en Salzburgo, despertado por los impacientes apremios de su Padre. En cualquier parte menos en aquella habitación, con Ella aún envuelta en un extraño hábito; las manos al pecho, una cruz y un rosario entre los dedos; sobre un jergón miserable, traspasado por hebras de la paja. Durante los últimos días no dejó de quejarse de que éstas le rasgaban la piel, he hizo todo lo posible por paliar su sufrimiento; dio la vuelta al jergón, lo envolvió en su propio abrigo, incluso hasta trató de recortar las hebras con una tijerita, pero fue inútil. Se quejó como era lógico en alemán; pero, los perversos dueños de la pensión, fingieron no entender lo que era a todas luces evidente; incluso llegaron a tratar de echarlos de allí, para que la muerte no se produjera bajo su techo; pero eso ya fue demasiado, y ahí Él sacó el carácter fuerte de su Padre, que ignoraba que pudiera pasar más allá de lo musical, y los echó a empujones de la habitación, blandiendo un bastón.

Los dejaron entonces tranquilos.

Por desgracia, los compromisos adquiridos eran ineludibles porque, de algún modo, hubieran podido permitirse siquiera miserable estancia si no daban los recitales apalabrados. Y tuvo que ir; y cada vez que acababa, las lágrimas le nublaban la vista de tal manera, que pedía a alguien que le tomase del brazo, y le sacara de la estancia. En cada ocasión en que regresaba a la pensión, vivía con la angustia de encontrársela allí, sin haber podido despedirse de ella; pero al volver a verla, en medio de las convulsiones que evidenciaban que la vida aún no había abandonado aquel frágil cuerpecillo, sentía regresar por unos instantes la esperanza, para retornar luego al desánimo.

Una tarde, alguien le mandó un sacerdote que hablaba algo de alemán, le dio la extremaunción; cuando éste se hubo marchado, Él se dio cuenta de que ya no le quedaba más que una cosa. Le dijo adiós de noche, sin ruido, tras haber tomado la mano de Él en la suya, y acercársela al vientre donde una vez lo hubo albergado; luego, su cabeza cayó sin ruido.

Habían pasado dos días desde aquello, y la impaciencia de los Dueños del hostal era palpable. Él se encerró, dándole ya igual un concierto que tenía que dar, no recordaba dónde, y para no sabía que Conde imbécil, y trató una y otra vez, de acercar el cálamo al papel:

“Querido Padre…”. Comenzaba siempre. Escribió esa frase, no menos de cincuenta veces, pero luego acababa arrugando el folio. Llegó un momento, en que sólo le quedó una hoja de las que llevaba en el equipaje para componer. Tendría que rendirse a la evidencia.

Haber  escrito ya a sus veintidós años diez óperas treinta sinfonías, quince conciertos; más de veinte sonatas, una docena de divertimentos, y decenas de obras más; y no ser capaz de poner sobre el papel las siguientes palabras: “Padre; Madre ha muerto”.

No, no podía hacerlo. Sabía que él le culparía por ello:

Llamaron otra vez a la puerta. Había empezado a entender algo el francés, a fuerza de oírlo gritado:

Suspiró. Tendría que decirle misa en una lengua extraña un sacerdote que no la conociera; y no podría visitar nunca su tumba, para la cual ignoraba de dónde sacaría el dinero. En un cementerio a miles de kilómetros de Salzburgo.

Le vino entonces a la mente el nombre del buen Abad Bullinger de Salzburgo; un hombre pío y de verbo envolvente. Él podría decirle a su Padre lo que había pasado. Prefería morir junto a Ella, antes que escribirle directamente a él. Con esa idea en mente, logró que sus dedos recuperaran el pulso, y comenzó al fin la carta:


“Querido Abate, me hallo en París, en medio de una trágica circunstancia, de la que espero que Usted de cuenta a mi Padre, Leopold Mozart”.

domingo, 11 de enero de 2015

La Llama Eterna: Relato XXXVII – Este Tipo está para que lo encierren -

Texto extraído íntegramente del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.
    
    En alemán, la palabra “leiden” significa sufrimiento; pero es también el nombre de la ciudad holandesa, en la que el eminente Doctor se hallaba de vacaciones. Por ese motivo, le fastidiaba que aquel histérico Director de Orquesta le enviara un telegrama urgente, pidiendo una sesión con él.

Aceptó entonces una cita, pero debían ajustar horarios. Podían verse, apenas tres horas, el veintiséis de agosto; a fin de que el Músico no tuviera que renunciar a sus compromisos.

Fue a recogerlo a la estación de tren, y le propuso que dieran una vuelta a pie por la parte antigua de la ciudad. Visto de cerca, lejos del oropel del podio de Director, el Músico destacaba por una tez rojiza, que le daba un aspecto de extrema delicadeza; como de vasija antigua recién desenterrada a punto de romperse el primer rayo de sol.

Y el Compositor habló. Le sorprendió descubrir que no pronunciaba bien las “erres”; lo que le daba cierto aire trágicamente cómico a su discurso.

Y  le contó todo: desde la aventura de ella con el joven arquitecto, a las frecuentes discusiones; a los reproches por haberla arrinconado, como si fuera un jarrón; hasta su poco recomendable amistad con Zemlinsky, o lo mucho que dependía de sus padres; especialmente de su padre. El Doctor, tomó nota mentalmente de todos aquellos detalles, y luego preguntó “a bocajarro”:

El Músico le miró con la misma expresión que le hubiera ocasionado un desgarro interior; luego, apianando la voz, rememoró un día de su infancia en el que hubo una gran discusión; tan fuerte, que sus hermanos pequeños se pusieron a llorar; y a los gritos, les siguieron piezas de vajilla reventando contra las paredes. Y él, en lugar de defenderla, salió corriendo, y en el camino se encontró a un organillero que tocaba una canción: “Oh! Du lieber Augustin”.

No pudo evitar tararearla mientras lo recordaba. La canción, le había hecho sentirse infelizmente alegre, tristemente dichoso; como un terrón de azúcar escondido en una cucharada de aceite de ricino. Una forma perversamente deliciosa de placer, dentro del más estricto dolor; igual que el día en que llamó a la puerta del Arquitecto. Él, que se había visto como un Jesualdo furibundo, dispuesto a destrozar al amante de su mujer, se sorprendió gratamente al llamar a su puerta y encontrar a un joven de facciones agradables, y modales exquisitos.

Y no pudo evitar, ni aún en medio de los amargos reproches que le dirigió, sentir que aquel muchacho, el arquitecto Oropius, parecía idóneo para ella: culto, refinado; y, a pesar del pecado cometido, de corazón noble. Alguien de quien inmediatamente intuyó que cuidaría de Alma el día que Él faltase; y, a juzgar por el estado de su corazón, quizá no faltara mucho para ello.

Se había despedido del Arquitecto como si se tratase de un viejo amigo; tras lograr de éste, la solemne promesa de no volver a las andadas; al menos mientras Él siguiera en éste mundo. Y, tras este encuentro, no se le ocurrió otra cosa que silbar: “Oh! Du lieber Augustin”.

El Doctor encontró aquello de lo más interesante.

El Compositor suspiró. Cuando se casaron, le había prohibido que Ella siguiera componiendo; no era algo que la gente fuera a ver bien. Y Ella obedeció. Decidió entonces rescatar algunas de las canciones compuestas por Alma, y se las mostró, animándole a volver a crear; a tratar de recuperar parte de aquella alegría que, de alguna manera, se quedase en el camino durante sus años de matrimonio; especialmente, tras la muerte de la pequeña María, la hija mayor de ambos.

Y Alma, había llorado de alegría al sentir que Él le devolvía una parte de su personalidad, custodiada bajo llave durante demasiado tiempo.

¿Su Padre? El Músico se mostraba cada vez más abrumado. El Especialista, le brindó al fin su conclusión:

Habían recorrido todo el casco antiguo de Leiden. Si no desandaban rápidamente lo andado, Él perdería su tren de regreso. Se encaminaron a la estación.

Ambos se despidieron con un formal apretón, con la sensación certera de que no volverían a verse. Cuando el tren hubo partido, Sigmund Freud, encendió un pipa, y decidió regresar a pie hasta su hotel, muy satisfecho, pues creía que, a pesar de la rapidez del encuentro, había logrado que su paciente realizara grandes progresos.

Mientras, en el tren, Gustav Mahler, contempló por la ventanilla la silueta de la ciudad de Leiden, “sufrimiento” en alemán, siendo devorada poco a poco por el horizonte; y pensó a su vez sobre su encuentro con el eminente “Padre del Psicoanálisis”:

<<Este tipo está para que lo encierren.>>

La Llama Eterna: Relato XXXVI –Sucedió en Ypres-

  Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Sucedió en Ypres, aunque podía haber ocurrido en cualquier otro lugar del Mundo; porque el Mundo estaba en guerra, y no había lugar suficiente sobre su faz, para dar cabida a tanto odio.

Cavaron trincheras de cinco, diez, hasta quince metros de profundidad; y, ni aún así, lograron almacenar toda aquella cólera que les bullía en los pechos. Y, aunque inventaron ametralladoras que cortaban el sonido en dos, con la misma facilidad que el lino unas tijeras de costurita; y crearon gases capaces de matarlo todo; no pudieron asfixiar el odio. Su boca negra que, a cada macabra sonrisa, mostraba dos hileras de proyectiles humeantes, era capaz de inhalarlo todo, y sin necesidad de máscaras antigas; como un espantapájaros negro, a cuyo paso la tierra quedase en carne viva, el Odio avanzaba por los campos de Europa cosechando lágrimas. No se vio nunca una vendimia tan amarga; su sabor perduraría hasta muchas generaciones después.

Y, si embargo, hubo un Ypres. Como todavía estaban en la prehistoria de las grandes matanzas, los ejércitos no sabían aún como era lícito comportarse. Era Nochebuena, y a nadie se le ocurrió que aquello tuviera que continuar; al menos no durante aquella fiesta que todos ellos tenían en común; y que les recordaba, aunque fuera por unos instantes, que pertenecían al mismo Género. Que dormían de noche y vivían de día. Que se reían con los mismos chistes. Que degustaban con la misma ceremoniosa intensidad un cigarrillo, o una carta de sus amadas; tan lejanas ahora para ellos, como las pirámides de Egipto.

 Y las ametralladoras, con su letanía rota de escupitajos metálicos, callaron por unas horas; y entonces, en medio de aquella tierra de nadie, a la cual un día regresarían todos tan desnudos como cuando surgieron de ella, se escuchó el hermoso sonido del silencio; y los grillos, asustados, volvieron ha hacer chisporrotear la oscuridad, y las lechuzas ulularon en los huecos de los postes telegráficos; preguntándose, las unas a las otras, si aún seguían allí.

Los ejércitos, no tenían para cenar si no lo de costumbre: “rancho disputado a las ratas”; pero, condimentado con aquel silencio de tierra abierta, de lodo herido y musgo rojo, les supo mejor que nunca; y entonces, las botellas de vino y cerveza, escondidas para la última noche de los tiempos, fueron saliendo desde sus escondrijos. Y los reticentes a compartir el tabaco hasta ese momento, lo ofrecieron a los demás, a cambio de una sonrisa; por aquel entonces, era más difícil verlas que a las comadrejas, huidas en desbandada ante aquél vendaval de piedras y fuego, levantado insensatamente por los mal llamados: “Seres Humanos”.

Y en esto, unos se pusieron a cantar; eran los alemanes, la canción la consideraban suya, puesto que la habían escrito en su lengua dos austriacos de un pueblecito perdido. Los ingleses silbaron. ¿Era esa forma de cantar el “Holly Night”? Pero las tropas escocesas, arrojaron el guante, interpretándola directamente en la lengua de Shakespeare.

Algo debió prender en la mente de un soldado. Hay quienes dicen que un alemán, que arriesgándose a ser fulminado por un disparo, asomó la cabeza gritando en la lengua de sus enemigos:

Alguien improvisó una bandera blanca con una camisa sucia; y pronto, a la luz de las linternas, dos hombres, de uniforme distinto, pero temblando al unísono, se encontraron en “tierra de nadie”, pisando con delicadeza el terreno para no poner el pie sobre el cuerpo de algún compañero caído.

Los dos hombres intercambiaron una tableta de chocolate y unos cigarrillos. Ambos fumaron tranquilamente. El primer humo, no mortífero, que emanaba de aquel lugar en mucho tiempo. Se les unieron los demás. Iban cantando “Noche de Paz”, cada uno en su propia lengua. Las notas musicales al unísono, un escalofrío recorriéndoles la espina dorsal, de forma más reconfortante que la sangre, o la sarna.

Alguien hizo una pelota con trapos, y jugaron un partido, con las alambradas como portería. Dado que estaban en un bosque de pinos, convirtieron a éstos en abetos, colgando latas vacías, pinzas para la ropa, cartucheras, y cascos de sus ramas. ¡Cómo pesaban aquellos pertrechos! Y, a pesar del frío, ¡qué bien se sintieron! Quitándoselos de encima por una noche.

A la mañana siguiente, la bruma los confundió. Volvieron lo más ordenadamente que pudieron a sus posiciones. Cuando salió el frío sol del invierno, las “nuevas” de aquella flagrante traición, ya habían llegado a sus respectivos mandos. El Odio, exigió explicaciones por haber sido ninguneado de aquella manera.


Y cumplieron su palabra, porque, desde aquel día, no volvió a haber más Noches de Paz.