jueves, 11 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XVII –Deja que vuelva al infierno–

   Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

      Estaban cumpliéndose las sentencias por los crímenes de Mathaussen-Gusen, y el teniente Spolding fue puesto al frente de un curioso cometido: revisar las últimas peticiones de los condenados y satisfacerlas en la medida de lo posible, siempre teniendo en cuenta que ello no habían ofrecido esta posibilidad a ninguna de sus víctimas.

Cuando ojeó el folio escrito con minuciosa caligrafía médica del Eduard Krebsbach, Spalding reparó con cierta perplejidad en un nombre que le resultó familiar de su grata estancia por el conservatorio: Franz Schubert. Aquel monstruo pedía escuchar música del gran compositor austriaco después de la que sería su última cena. Lo comentó con el teniente Epstein, que cómo venía siendo habitual en el proceso le respondió con un:

Pero Spalding le preguntó si sería posible encontrar aquella música. Epstein pareció estar a punto de mandarle al infierno también a él, pero le sugirió que se dirigiera a un gran hangar en las afueras de Langsberg, donde había almacenado las pertenencias de muchos de los ahora ilustres huéspedes de la prisión.

Spalding se pasó por allí aquella misma tarde y encontró en efecto una gran cantidad de discos, muchos de ellos hechos pedazos, pues habían sido sacados de entre los escombros; pero al fin dio con algo que juzgó de lo más interesante.

Llegó al fin la última noche de aquél al que llamaban: “doctor inyección”, inspector de epidemias de: Letonia, Lituania y Estonia.

Krebsbach cenó un codillo alsaciano regado de cerveza y de postre un pedazo de tarta Saja. Invitó a Spalding a brindar con él, pero este le dijo:

Después Spalding introdujo el gramófono en la celda, y dejó que el aguja trazara con parsimonia los surcos del disco; que, pese a estar aún manchado de polvo, no sonó mal.

Los ojos de Krebsbach se iluminaron.

Spalding negó con la cabeza.

La melodía se interrumpía abruptamente cuando el narrador salía de su ensueño para enfrentarse a la crudeza invernal.

Las lágrimas que no arrancaron sus novecientos presos inyectados con benceno en el corazón, brotaron de los ojos de aquél hombre con aquella pequeña canción.

Spalding prefirió no verlas, y bajó la vista unos segundos.

Spalding dijo entonces su nombre, cuidándose mucho de esbozar la sonrisa que pugnaba por brotar de sus labios.

La mirada humedecida del médico se endureció. Y al igual que Pedro antes de cantar el gallo, repuso de forma mecánica:

Spalding lo miró fijamente cruzando los brazos. ¿Cómo no iba a saberlo? Ellos lo habían echado de su país. Ahora triunfaba en Broadway.

Allí, en aquella pequeña celda, Krebsbach ya no era aquella siniestra figura con fusta, bota y monóculos; eligiendo entre fila y fila, quienes debían morir en el acto, o un tiempo después. No, no era si no un alfeñique escuálido y amarillento; que, finalmente, se encogió de hombros, y repuso:

Spalding recogió los restos de la cena y ya fue a retirarse cuando sintió la voz del nazi a sus espaldas:

Eduard Krebsbach fue colgado a la mañana siguiente. No se arrepintió y pronunció el saludo nazi antes de morir. Pero Spalding, que se llevó el disco consigo a América, y lo escuchaba en las tardes en que lo asediaban las imágenes de los horrores vistos en Europa, no dejó nunca de preguntarse: si Richard Tauber no habría logrado purificar a Krebsbach siquiera en los últimos instantes de su miserable existencia.

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