miércoles, 31 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXVII –Wilmaaaa, ábreme la puerta!!!-

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

“La hija del molinero cabalga a medianoche sin silla sobre un penco. ¡Oh! Madre. No te hallo en semejante espesura. Tú, por lo menos, te sentaste en la crin.”

Su fina voz hendía como un cuchillito de cálido filo la gelidez que lo envolvía. Hacía tanto frío, que los pensamientos discurrían torpemente por la mente, igual que trozos de hielo a través de una caña. 

Cuando regresaba de la taberna, le gustaba marcar el paso con los zapatos por el empedrado que conducía hasta su hogar. Hasta había dado con sonoridades del cuero contra los adoquines, que conformaban notas musicales; pudiendo improvisar curiosas canciones, como la de la desdeñosa “Julia”, a la que su eterno pretendiente mandaba al infierno, invitando a besarla en cierta región; o la del “Jardinero de los pulgares verdes”. Aquella noche, sin embargo, el suelo estaba recubierto por una capa gélida, a la que no era posible arrancar sonido alguno. Resbaló en un par de ocasiones intentando su juego habitual, y al final tuvo que agarrarse a los salientes de la calle para llegar hasta el portal.

Se había preparado a conciencia para luchar contra las tinieblas y el desdén, contra los malos músicos, y el vino rebajado con nieve. Al igual que Don Quijote, al que había dado voz en una ocasión, distinguía perfectamente a los pérfidos gigantes que trataban de hacerse pasar por molinos. Había puesto bajo grilletes la discordia que amenazase a las hadas y los duendes del bosque, propiciando los esponsales de Oberón y Titania; y más aún, había conjurado a Timón de Atenas, contribuido a la fundación de Roma, alejando a Eneas de Cartago, y dignificado a la raza Británica, forjando Escálibur para el glorioso Monarca. Y cuando no había podido evitar que la muerte cubriera de seda negra el Trono Inglés, al menos pudo proporcionar el consuelo de sus marchas al Pueblo:

“Pobre Reina María, tan joven aún, tan llena de vitalidad y sentimiento.”

No hacía ni un año de su muerte, pero los ojos se le llenaban de lágrimas cuando pensaba en ella. Le gustaba tanto la música de él; casi tanto como a él sus mejillas encarnadas de novia, tras la noche nupcial; unas mejillas que la viruela salpicó obscenamente de dolor. Y si bien las partituras que compuso para sus exequias, no pudieron restituirle la vida; al menos preservarían para los hombres el recuerdo de aquél cuello firme y marmóreo, envuelto en su primoroso collar de rizos castaños.

A todas estas adversidades había hecho frente él, saliendo siempre victorioso; pero había un enemigo contra el que no tenía armas y que aquella noche de noviembre estaba aguardándole, pertrechado en lo alto del balcón de la casa: su adorable, pero en ocasiones temible, esposa Frances.

Tras varias intentonas, tan arduas como la introducción de una espada en una botella, logró que su llave penetrase en el ojo de la cerradura, pero apenas lo hizo medio centímetro y es que había otra llave por dentro, impidiéndole abrir la puerta de la casa.

Frances, cerró el balcón y no volvió a abrir. Henri se hizo un ovillo dentro de su abrigo, y se acomodó lo mejor que pudo junto a la puerta. Hacía frío, pero hacía rato que había dejado de sentirlo. En realidad ya conocía esa sensación, en la famosa escena “What power art Thou”, del Rey Arturo. No era muy distinta a la de su música: una especie de tremor de baja intensidad, un soplo sin intermitencias que discurría por sus tendones y articulaciones para llenar las oquedades de sus huesos, y luego navegar por su sangre, hasta ir aposentándosele en el cerebro. Podía vencerlo con más facilidad que al corazón de su tierna, pero inflexible esposa. ¿No había conjurado antes a las bestias de la Tierra? ¿No había conmovido a los hombres hasta el llanto, y una pena próxima a la muerte con sus sones?

No tenía que ser tan difícil: bastaba con guardar dentro de sí el calor que era capaz de desprender su música, bastaba con permanecer allí unas horas hasta que saliera el Sol, bastaba con no morirse.

Por la mañana, Frances Purcell, abrió la puerta y se encontró con el diablo de su marido petrificado ante su puerta. Lanzó un grito de horror; y, por última vez, le dio la razón: se arrepentiría para siempre de ello; y sin embargo, a Henri no parecía importarle demasiado; a tenor de la sonrisa de satisfacción que el frío esculpiera en su boca, y con la que sería enterrado con honores, como él más grande de los artistas ingleses.

martes, 30 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXVI –Al mejor violinista del Mundo-

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    Discutían alegremente en una mesa de su Club predilecto, acerca de si la cadenza de Beethoven escrita, para la transcripción para piano y orquesta, de su concierto para violín, debía ser transcrita para su interpretación en el original; cuando un camarero se les acercó. Les entregó un sobre, y a continuación señaló una mesa al fondo del salón, desde la que dos jovencitas les contemplaban ensimismadas.

Al percatarse de que su recado había sido entregado, ambas se echaron a reír, y cuchichearon, una al oído de la otra. Una traviesa precaución del todo inútil; ya que, desde allí, resultaba imposible escuchar una palabra de cuanto decían.

Las dos muchachas, en cambio, bebían algo que a juzgar por el color debía ser un “Sanfrancisco”. El camarero asintió.

Heifetz, impaciente, le pidió que abriese el sobre. Elman entonces reparó en lo que habían escrito en el exterior de éste:

“Al mejor violinista del Mundo”

Solían hablar en ruso cuando se encontraban, a fin de poder realizar comentarios “picantes” en torno a las mujeres que llamaban su atención; pero ambos hablaban un inglés perfecto, sin ningún tipo de acento, pues llevaban en Estados Unidos, desde la adolescencia. Aún así, dependiendo de la ocasión, solían recuperar su antiguo deje ruso, pues sabían que éste podía hacer enloquecer a sus admiradoras, tanto o más que el más salvaje de los arpegios; bueno, en realidad hasta lo fingían un poco, porque verdaderamente, Heifetz era lituano, y  Elman de Ucrania, pero les unía mucho, además de tocar el mismo instrumento, eran judíos los dos.

Decidieron llamar al camarero, y pedirle que llevase la botella más cara de Champagne que tuvieran, a la mesa de las chicas.

Éstas, lanzaron un gritito de delirio, cuando vieron aparecer la cubeta llena de hielos, con la botella en su interior. Les mandaron sendos besos por el aire.

Todavía no habían abierto el sobre. Elman insistía en que fuera Heifetz quien lo hiciera:

Elman miró a las chicas mordiéndose los labios para que su sonrisa no se desbocase.

Tomaron el sobre entre las manos, y lo rasgaron a la vez. Una pequeña nota en papel azul con aroma a lavanda cayó en la mesa.

Elman la leyó, su cara fue un poema; y  no precisamente el de Shoshone.

Heifetz, no sabía si reír o llorar. Las chicas hicieron lo primero al ver que leían la nota, pero luego sus risas se trocaron en desconcierto cuando les vieron levantarse, y pedir sus abrigos.

Los dos amigos pagaron la consumición que habían tomado. El Camarero, muy hábilmente, les preguntó por la botella de Champagne.

Y dudó, sobre si entregar al Camarero la nota en cuestión, pero la cogió y la arrugó entre sus dedos; luego la depositó en el cenicero de la mesa, entre las colillas que habían consumido su velada.


Y se marcharon, dejando a las dos muchachas sumidas en una expresión de confusa admiración.

lunes, 29 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXV -Un descafeinado, por favor-

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     En medio del Scherzo se escuchó algo que no estaba escrito en la partitura, el maestro Liszt perdió por unos instantes la concentración; pero, sus dedos, haciendo honor a la leyenda, apenas tardaron una fracción de segundo en recuperar su elasticidad habitual, y posarse donde indicaba el pentagrama.
Sólo un genio de su talla se hubiera podido percatar del ligerísimo tropezón experimentado como consecuencia de aquél… ¡¿Ronquido?!

A lo largo de su carrera, Liszt había escuchado muchos; sobre todo en París, donde la peculiar “r” francesa retumbaba con especial irritación entre los labios entreabiertos de comisuras babeantes. Pero nadie se hubiera atrevido jamás a insultarle de esa manera en el salón de su propia casa, en Weimar. Franz Liszt volvió la vista atrás, reteniendo en su memoria la parte del Scherzo que no podía ver, para que sus manos no perdieran el hilo de la misma. Nunca había tocado aquella pieza, puesto que era la primera vez que la tenía ante sus ojos. Y había sido, como acostumbraba, un acto de cortesía hacia un músico joven y desconocido; aquél que ahora dormitaba, con infantil placidez, en medio de los presentes.

Remegni, que estaba a su lado, le dio un codazo suave, que no consiguió el propósito de despertarle; y luego le hundió, sin ningún miramiento en el costado. El joven resopló molesto y trató de acomodarse en la silla; en esto, abrió sus ojos rasgados, y se encontró con los del furioso Liszt, que había abandonado el teclado, y lo observaba ahora “en jarras”.

El joven, se limpió la saliva de los labios con el revés de la mano. Azorado, miró a su alrededor. Estaba poco acostumbrado a ser el centro de atención; ni siquiera cuando de niño tocaba el violín en las cervecerías para mantener a su pobre familia, llegó a ser objeto de tal expectación.

Y fue a contarle al Maestro, que había viajado de noche, sin apenas descanso; y que estando allí, tan a gusto escuchándole, se había dejado llevar por la emoción.

Las excusas no sirvieron de nada. Dos criados le instaron  a abandonar el salón. El joven no opuso resistencia; pero acabaron por empujarle cuando se volvió para preguntarle al Maestro:

Así pues, el joven fue expulsado del hogar de Franz Liszt, donde había sido calurosamente acogido, apenas un par de horas antes.

Dado que ya no contaba con la protección del compositor húngaro, que sus allegados le habían asegurado que no le costaría obtener, decidió probar suerte con su segunda opción: Robert Schumann. Le habían dicho que era un tipo osco y esquivo, que más que hablar balbuceaba; y que era implacable con los que él llamaba “Filisteos de la Música”. Lleno de dudas, decidió viajar a Dusseldorf, si pedirle siquiera una cita. A esas alturas, no tenía nada más que sus juveniles partituras, por lo que tampoco tenía gran cosa que perder.

En Dusseldorf, fue el propio Schumann, el que le abriera la puerta. Dado que ambos eran tímidos, el muchacho permaneció casi dos minutos temblando ante él sin pronunciar palabra, hasta que Schumann se impacientó:

El joven le mostró sus partituras. Schumann arrugó la nariz al verlas; pero luego, una vez ojeadas, le dijo lo siguiente:

Y el muchacho permaneció ante la puerta largo rato. En esto, se puso a llover, pero él no osó entrar. Cuando Schumann regresó, el joven temblaba de frío y de nervios; con los ojos muy abiertos, inyectados en sangre.

La puerta se cerró a las espaldas del joven, que no tardó en verse reconfortado por el calor de aquel hogar. Le prestaron una toalla, y le hicieron tomar asiento.

Clara tocó la primera de las dos sonatas que había traído consigo.


Johannes Brahms, negó educadamente con la cabeza, tratando dominar el temblor que brotaba de su tronco; cimbreando, una y otra vez, sus extremidades. Y, es que, en previsión de que no volviera a sucederle lo mismo, había tomado la precaución, de beberse una docena de cafés antes de llamar a la puerta de Robert Schumann.

martes, 23 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXIV –Cavalleria Rusticana-

 Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

     Estaba harto de ser el tipo que había escrito “Cavalleria Rusticana”. Odiaba a la histérica de Santuzza, que no era más que una palurda ruin. Odiaba la prepotencia de Alfio, y los cascabeles de su caballo; a los recolectores de naranjas, y su empalagosa alegría; y sobre todo, detestaba a Turiddu, al cual, él mismo hubiese cosido a navajazos, de haber tenido ocasión.

Porque, a esas alturas, él ya no era Pietro Mascagni, si no Cavallería Rusticana: un arranque de entusiasmo juvenil, que empezaba ya a pesarle a sus treinta y ocho años de edad; ya habían pasado once, desde que, excitado por el reclamo de un concurso, se lanzara a escribir a marchas forzadas, aquella operita de un acto, que pudo entregar cuando ya estaba cerrándose la ventanilla de admisiones.
Para su sorpresa, salió elegido entre setenta y tres aspirantes; y la noche del estreno, en el teatro Constanzi, se sintió no menos feliz que Garibaldi cuando entró en Nápoles. Coronado de laureles, lo proclamaron “El Nuevo Verdi”.

Y él lo había intentado, vaya que sí; se esforzó todavía más que con “Cavalería”, y les brindó trabajos que ni Hércules hubiera querido para sí. Con la sangre de su frente que destilaron las aristas de los laureles. Y es que, llevarlos una noche era una cosa; pero, no poder quitárselos de la cabeza, era una suerte de calvario cotidiano. Pues no reverdecían si no con el rocío del Triunfo, y éste no era un amante a quien gustase repetir cama. Y ahí tenía la prueba: ¿quién se acordaba ahora de los rivales de Rossini, de Donizetti y Bellini?

Él, disciplinado y apasionado, les brindó “L’amico Fritz”, como muestra renovadora de su talento. Los laureles volvieron a adquirir un tono esmeralda, aunque quizá no tan vivo como el de “Cavallería”.

Luego vinieron otros títulos, que tan pronto como llegaron se fueron. “Guglielmo Ratcliff” hubiera podido ser algo, pero los imbéciles de los Tenores, se negaron a cantarla, por considerarla demasiado difícil para sus gargantitas de cristal de Murano.

Zanetto, con sus madrigales florentinos, les pareció una broma carnavalesca sin demasiada gracia; respecto a “Iris”, con su protagonista convertida en flora al final de obra, ¿qué se podía decir? Una ópera ambientada en Japón jamás tendrá éxito –eso es lo que se afirmaron. Y probablemente tuvieran razón.

Lo peor de todo, es que en ese tiempo, su Nombre tuvo dos encontronazos en el cartel. El primero con el bueno de León Cavallo. Le gustaba su música, y le gustaba él, pero ya no encontraba tan agradable que los confundieran.

El otro gran inconveniente, fue el avispado de Puccini. Le gustaba su música, pero no él. Cuando triunfó con “Manon Lescaut”, se dijo que sería “flor de un día”; pero después, vinieron “La Boheme” y “Tosca”. Y ya se empezó a hablar seriamente de un sucesor de Verdi. Y lo peor de todo, es que a él, nunca le confundían con Puccini.

Pero todavía contaba con el cariño del Público; de eso estaba seguro. Por eso se embarcó en la empresa más grandiosa llevada a cabo por un compositor de óperas: “Le Maschere”; la comedia del Arte y la bufonería rossiniana, de la mano, en un título no podía, si no deleitar a los amantes de las delicias canoras.
Convenció a los Empresarios de llevar a cabo un estreno simultáneo en: Génova, Turín, Roma, Venecia y Verona. Ni “Aida” contó con un despliegue semejante en su puesta de largo.

Nada podía fallar. El texto había sido escrito por uno de los libretistas de Puchini, garantía segura de éxito; y en La Scala, cantaría Caruso, y dirigiría Toscanini. Él mismo tomaría la batuta en Roma.

Llegó la noche del diecisiete de enero de mil novecientos uno: en Roma. Los aplausos fueron más tibios de lo que Mascagni esperaba, quizá más cálidos que los de “Guglielmo Ratcliff”, o “Iris”; pero en modo alguno, los que él anhelase.

Como era costumbre, salió del escenario a la primera salva, sin demasiadas ganas de regresar. Su asistente le entregó los telegramas: un fracaso rotundo en las otras cinco ciudades. En Génova, incluso, los abucheos no dejaron concluir de función. En la Scala se rieron del, en absoluto grácil de Caruso, y la Fenizze se habían puesto a cantar el “Adio a la Mamma” de Turiddu en pleno segundo acto. De Turín y de Verona,  mejor no hablar.

Estaba claro, que los tibios aplausos romanos, no eran si no una cortesía al propio autor allí presente. Mascagni palideció y regresó al escenario para disfrutarlos, antes de que se acabasen de apagar.

Esa noche, Pietro Mascagni, regresó al hotel caminando, con las manos en los bolsillos. En una calle oscura, sin comerlo, ni beberlo, se vio abordado por una muchacha de talle ajustado, que primero le pidió fuego, y después diez liras. Al poco, se les unió el compinche de ella, amenazando con armar un escándalo. Vinieron dos carabineros, dispuestos a llevarse al indignado compositor al cuartel.

Ellos le confesaron que no.

Pietro Mascagni, se atusó las solapas, y después, ajustándose lo mejor que pudo al papel que la Historia le tenía reservado, repuso con voz altisonante:

Pues, sepan Ustedes que tienen ante sí al Autor de “Cavallería Rusticana”.

lunes, 22 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXIII –La Gran Verdad–

Texto extraído del programa de RNE: "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

       Le habían dicho que la operación era arriesgada para su edad, así que decidió poner en orden sus asuntos. Caroline Alice, trató de alejar aquellas ideas de su mente; pero, cuando intentaba animarle con palabras de aliento, él la miraba con la misma expresión con la que escuchase los cañonazos, más allá del Canal durante los días de la guerra. En el fondo, Caroline sabía que ahora que ésta había acabado, él se sentía fuera de lugar. Su música ya no causaba el interés que antes. Sus amigos se habían marchado ya; y quienes se acercaban a verle, no dejaban de considerarle una suerte de reliquia, de cuya amistad presumir, más en ciertos Pubs, que en los mentideros musicales de Londres. En realidad, ahora que la hija de ambos se había consagrado a su vida de casada, sólo le quedaba ella.

La tarde antes de la operación él le tocó al piano su “Canción de la Noche”; a lo que Caroline, hubiera preferido que le tocase la de “La Mañana”. Antes de entrar a la sala de operaciones, la abrazó sin fuerza; como si temiera que le fuera imposible arrancarla de sus brazos. Los médicos trataron de animarle; pero, ni ellos mismos, se mostraban seguros de lo que iba a suceder allí.

A la mañana siguiente, Elgar emergió de entre las brumas de un sueño tan apacible, que acaso no le hubiese importado que fuera el último; pero, cuando se vio en aquella habitación impregnada de éter y lágrimas de alivio de Caroline, levantó su mano derecha y contrajo los dedos, como pellizcando el aire: quería una pluma y papel. Un escalofrío le recorría los sentidos y era preciso fijarlo a la materia, igual que la mariposa a la cajita entomológica, antes de que se disipase a la velocidad del dolor último.

Era un tema que, de puro renqueante, parecía deshacerse nota a nota.

Sería éste el tema de arranque para su concierto de violonchelo.

Una vez repuesto, Elgar volvió a abrir su cabaña de Bringwheels, a la cual creyó que nunca regresaría, y decidió escribir la partitura allí. Al sentarse en su silla de trabajo, un frío mortecino le subió de las caderas hasta la nuca; como preguntándole: ¿qué hacía todavía por allí?

Su respuesta fueron aquellos cuatro movimientos: dolor, impotencia, resistencia, mar bravía, gloria, resignación, angustia, nada. Todos estos términos, previamente trasmutados en compases, iban insertándose como cuentas de un collar en aquella música que se había traído consigo de las tinieblas.

Aunque el viejo Elgar ya distaba mucho de llamar la atención, el respeto a logros pasados, le abrió como siempre las puertas a los grandes auditorios. Albert Couch, se comprometió a representar el concierto, en una velada con la Sinfónica de Londres, en la que también dirigía obras suyas. Al final de la interpretación, los pocos aplausos que ésta arrancó, resonaron en el corazón de Caroline, con la misma furia destructiva que los obuses alemanes. Elgar, sentado a su lado, no dijo nada; de echo, afirmó sentirse cansado –¿No podrían irse a casa? Al levantarse hubo algunos aplausos más de respeto a quien fuese una vez una Gloria. Aquello resultó todavía más insultante que el más impenetrable de los silencios.

Al día siguiente, los periódicos al parecer hartos de la resaca de la posguerra, decidieron hacer énfasis en otras noticias de menos trascendencia, como por ejemplo: en la enésima constatación de que Elgar ya no era capaz de inducir a las masas, si no a la tristeza y el bostezo. “– Su estilo actual, oscurece triunfos pasados, como el de la Primera Sinfonía –escribió un crítico–. Quizá sería hora de que admitiese al fin que es momento de dar paso a las nuevas generaciones”.

Caroline, indignada, quiso hablar con el solista, Félix Salmon. El violonchelista, con lágrimas en los ojos, reconoció que la obra no se había ensayado apenas, y que Coach, había dedicado todas sus energías y atención a sus propias fanfarrias; que, por cierto, sí lograron entusiasmar al respetable.

La esposa de Elgar, ya abiertamente indignada, obligó a su esposo a ponerse su abrigo y tomaron un taxi a Londres. Coach les recibió de mala gana, y admitió con la boca pequeña, que sí, que había mirado el concierto una vez por encima.

No requería de muchos misterios. Luego, miró a Eduard que permanecía en silencio sentado en un rincón.

Caroline le tomó del brazo y se fueron. En el viaje de vuelta, le dijo:

Y Caroline Alice, lo había abandonado todo por aquél oscuro músico, para colmo católico y pobre.

Alice murió seis meses después; durante el servicio fúnebre, Eduard volvió a sentir con fuerza el tema maldito, souvenir del averno… que su mente se había traído al Mundo de los Vivos, como un jeroglífico que sólo pudiera desencriptarse en el momento de la Gran Verdad.

¿Lo ves Alice? –juraron sus allegados que le escucharon decir, al arrojar el puñado de tierra sobre el féretro–; ahora tú lo entiendes también.

sábado, 20 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXII –Deidad terca-

Texto extraído del progama de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    El Público de San Luis ardía en deseos de ver la Lucia de Lammermoor, de la húngara Etelka Gerster. Lamentablemente, Mademoiselle Gerster, no parecía tan entusiasmada de presentarse ante los habitantes de San Luis.

Lejos de imponerle respeto, semejante perspectiva, enconó todavía más los ánimos de la Prima Donna, que envió esa tarde una nota a Bruno a su habitación.

Tal y como sospechaba, Bruno se encontró el amenazante cartel de: No Disturbing, en la puerta de la suite de la Cantante. A pesar de que temía una pataleta, llamó con los nudillos.

La convenció de que se dejara examinar por un médico. El Teatro les demandaría si ella se ausentaba sin más. Era preciso un certificado que acreditara su enfermedad.

Accedió perezosamente.

El Médico hizo su aparición media hora después con su maletín, un par de anteojos empañados, y las patillas afiladas que tanto odiase Mademoiselle Gerster.

Estaba medio tumbada sobre un diván, con una bata de seda con motivos japoneses de fantasía, decorándole las amplias mangas. La parte del pecho estaba cubierta por el dibujo de unos juncos sobre los que levantaban el vuelo dos grullas. Hablaba en un tono tan extraordinariamente bajo de voz, que sólo pegando el oído a los labios, podía entenderse lo que decía.

Ella le lanzó una mirada asesina que, ante su indiferencia, redirigió hacia Bruno; y permitió que los juncos se partieran por la mitad, y las grullas se alejasen: una al este y la otra al oeste.

El Médico, le recorrió el pecho con su instrumental, y luego le permitió cubrirse de nuevo. Carraspeó profundamente, y luego anunció con la misma falta de entusiasmo que un vendedor a última hora del mercado:

La expresión de la Gerster fue un poema. Iba a hablar para protestar, pero el Médico se puso el dedo sobre los labios:

Y le ordenó meterse en la cama y aplicarse compresas frías sobre la frente y emplastos calientes en el pecho. Ella no tuvo más remedio que obedecer; el Médico se marchó al fin de la suite.

Una vez se hubo marchado al fin, la Gerster saltó furiosa de la cama y comenzó a quitarse el camisón, y las otras ropas de cama con las que le ordenase vestirse el Médico para estar caliente.

Y Etelka Gerster, cantó la mejor Lucía que se recordase jamás, ya no en San Luis, si no en todo Estados Unidos; y salió a saludar y una vez más sus adoradores la confirmaron en su posición de “Deidad de las Artes Canoras”. Pero en esto, estuvo a punto de desatarse una segunda escena de locura, más alucinante todavía que la del original “donecitiano”: y es que la Diva, se quedó de un pasmo al descubrir al “Doctor” que la provocase con insultante prescripción, con indumentaria de criado, entre los figurantes que representaban a los invitados de la boda de Lucía. Sin anteojos, sí, pero con las mismas ordinarias patillas, inclinándose entre sonrisas a los aplausos del Público.
Y ya fue a dirigir su proverbial mirada criminal a Bruno en primera fila, pero éste, consciente de la conveniencia de cambiar de aires; ya había puesto, para entonces, “pies en polvorosa”.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XXI –Y se rompió el hi…-

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

    Las funciones de Turandot de aquella temporada, constituyeron un éxito enorme, pese a lo cual, Rudolf Bing no dejó de observar que, últimamente, Corelli se salía del escenario durante el acto segundo cuando la Princesa China, cantaba el “In Questa Reggia”, y sólo regresaba al final de este número, a cantar su parte.

El Director del Metropolitan reflexionó:

Aquí sí que Corelli se defendió elegantemente:

El Tenor no daba crédito a lo que escuchaba:

¿Morderla? Pero eso iba a ser un suicidio. Y, ¿cómo se supone que debía hacerlo?

Dicho y hecho, llegó la última función. Cuando la música de Puccini se extinguía para dar paso a los fragmentos, malamente enhebrados por Alfano a partir de los bocetos del Maestro; se producía aquel dúo desmadejado en el que sólo era posible intuir ideas que, convenientemente desarrolladas, hubieran podido ser geniales.

Y llegó el momento del beso; y Franco Corelli, abrió su boca lo más que pudo, y fue a hendir su dentadura en el cuello de Birgit Nilsson. Los ojos, convenientemente maquillados, para parecer asiáticos de la Soprano, se abrieron con perplejidad, rasgando de furia el aire.

Sin separarse de él, Nilsson trató de separarse hundiendo la punta de sus zapatos de princesa en el tobillo; a pesar del puntapié, Corelli no soltó su presa, y apretó todavía más los dientes.

Nilsson masculló algo en sueco en su oído, que Corelli intuyó que sólo podía significar una cosa. La apretó entre sus brazos mientras ella agitaba con desesperación los suyos en el aire, dolorida. Finalmente, la Cantante, soltó un grito agudo, al lado del cual, su “In Questa Reggia” no era si no una pequeñez. No había duda: su hielo, se había roto.

El Público prorrumpió en aplausos de emoción; Corelli la soltó entonces, y se limpió de inmediato los labios, descubriendo en ellos unas gotas de sangre imperial. El Coro cantó el famoso tema del “Nessum Dorma”, y cayó el telón. El Público se extrañó mucho al ver que los intérpretes no salían a saludar.

Y le arrojó los zapatos a la cabeza; y luego, cuantos brazaletes y anillos llevaba su personaje; uno de ellos, alcanzó en la frente a Corelli, que rompió a sangrar copiosamente. El Coro, acabó por cogerlos, y meterlos a la fuerza en el escenario.

Pero no se pudo negar que aquel final de Acto, fue el más electrizante, ya no de aquella producción, si no de toda la historia de Turandot.

Unas semanas después, Rudolf Bing recibió un telegrama de Birgit Nilsson, comunicándole que estaba indispuesta, y que no podría representar el personaje en las funciones que habían programado en Cleveland. Bing la llamó por teléfono a su hotel, en Nueva York, y, tras mucho insistir, logró hablar con ella.

Lo veo muy complicado, querido Rudolf –replicó la Diva, al otro lado de la línea. Creo que me han contagiado la Rabia.

martes, 16 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XX –El Perfume de las Magnolias-

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

Tarde de primavera pintada en violeta y jazmín sobre lienzos de esparragueras. Encontró a la pequeña Dolly vestida de azucena ante un circulito de guijarros en un recodo del hermoso jardín de los Bardac. La tarde iba diluyéndose, como un terrón de azúcar rosado en la infinita taza de té del firmamento. Los voluminosos dientes de Dolly enfatizaban la alegría de su carita de muñeca “Kammer & Reinhart”, a la par que sus ojillos de tonalidad menta proyectaban una acuosa serenidad sobre cuanto la rodeaba. Un angelito sin alas, con bucles de orquídea silvestre.

Le explicó que era su jardín particular, en el que nadie podía entrar; ni siquiera él.

Había plantado, malamente, algunos lirios arrancados de otro lugar, una ramita de cerezo, y una crucecita hecha con mondadientes.

Las mejillas le refulgían como carboncillos de invierno.

“Miau” era como ella llamaba a su hermano; una contracción, ingeniosamente infantil, de Monsieur Raúl.

El tío Gabriel encontró a Emma vocalizando junto a su atril, en la pequeña cabaña construida en el jardín para esparcimiento de los niños. Emma, falló una nota al verle, y luego retomó el hilo de su ejercicio vocal con una sonrisa. Una vez acabado, se acercó a él y le tomó de las manos.

Emma reparó entonces en las partituras que él traía consigo, y estiró la mano para cogérselas; a su vez, él quiso abrazarle la cintura. Emma lo apartó con una elegancia digna de “prima ballerina”, y luego se refugió tras una pequeña mesita para el té.

Y recordó, una vez más, aquel día maldito en que decidiera tomar esposa, extrayendo al azar un papelito arrugado de un sombrero, entre tres nombres. Se había acabado casando con Marie, la hija del escultor Fremiet; y una horrible maniática de la limpieza. Su delirio, llegaba al extremo de bañar a los dos hijos de ambos cada vez que volvían de la calle, y a fregar la casa una docena de veces al día; limpiando incluso hasta los mecanismos de los relojes. Ahora vivían puerta con puerta, comunicándose únicamente por carta. Maldita fuera ella, y maldito aquél…

Gabriel Fauré, soltó la mano de Emma Bardac, que tenía cogida por debajo de la mesita, y meneó la cabeza con agradecimiento. Lo tomó y se lo puso de medio lado en la cabeza, y empezó a imitar el andar oscilante de un borracho. Ambas estallaron en risas.

Y se sentó al piano tocando la cuarta pieza del álbum. Dolly se aferró a los índices del músico, y comenzó a bailar aquel vals, al que pronto se sumó la perrita Kitty, una caniche que precisamente era quien daba nombre a la pieza.

Fuera, la tarde ya era historia. El Mundo se deslizaba por esquina de la noche, como el pañuelo multicolor que regresa a su escondite en la manga de un ilusionista.

Vendrían muchas primaveras, los árboles perderían sus hojas y los crucifijos no estaría hechos ya de mondadientes; y aquella niña dejaría de ser niña, y su inocencia del color del crepúsculo perdido, sería un recuerdo más en la memoria de los que una vez la conocieron. Y todos ellos desaparecerían con la evanescencia del “diente de león” al soplido de la infancia. Pero nadie podría robarle a Gabriel Fauré aquella tarde, mecida al viento de las campánulas.

Siempre había deseado tener una niña y una mujer como aquellas; un jardín en el que siempre fuera abril; y hasta un caniche nervioso, mordisqueándole las perneras de los pantalones. Y gracias a aquel pequeño álbum de piezas infantiles, todo aquello sería para él para siempre, aunque se marchase luego por donde había venido para no regresar jamás; y otros músicos, acaso más apuestos, y mejores compositores que él, amasen a Emma Bardac.

El vals acabó, pero el entusiasmo de Dolly era tan inagotable como el perfume de las magnolias.

-Ven, tío Gabriel –le dijo risueña–. Vamos a dormir a mi muñeca

domingo, 14 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XIX –El Estante Maldito–

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

       Al principio, su imponente presencia física los cohibió; sus brazos, hinchados como velámenes a sotavento, estaban surcados por cicatrices de anzuelos, sirenas de ojos azules; y otras marcas, cuyo origen, inflamó la imaginación de los chicos.

Mascaba tabaco, y despedía un penetrante aroma a salitre y brumas de países soñados. Indudablemente era uno de tantos marineros que arribaban al puerto de Vigo, aunque su presencia resultaba insólita en la casa “Musical Gaos”. Preguntó por el regente del negocio. Andrés, de trece años, repuso que estaba de negocios, en Coruña. ¿Podrían atenderle ellos?

El problema es que no se sabía ni el título ni la letra; eso sí, podía tararearla. Andrés le instó a hacerlo; y así, el marinero, entonó lo mejor que pudo una melodía que ninguno de los pequeños supo reconocer.

Se miraron entre sí, encogiéndose de hombros; y, ya iba Pepe a decirle que no la tenían, cuando Andrés le guiñó un ojo. Señaló el estante donde atesoraban polvo las partituras pasadas de moda, que nadie se llevaba nunca.

Y cogió una partitura al azar, que colocó sobre uno de los atriles que tenían a la venta. Luego tomó su violín, y fingiendo leer la partitura, comenzó a tocar, lo mejor que pudo, la melodía tarareada por el marinero.

Andrés le entregó la partitura.

Y el marinero lo hizo. Y Andrés, asistido por su hermano, repitió la jugada de fingir que leía una de las partituras del estante “maldito”; y la tocó perfectamente al violín, permitiéndose hasta unas variaciones sobre la melodía.

Al hombre, se le saltaban las lágrimas.

El marinero se marchó muy contento con seis partituras bajo el brazo; pero más felices estaban Andrés y Pepe: contemplando el montoncito de monedas con el que les pagó, y que introdujeron cuidadosamente en la caja.

A la mañana siguiente, Don Andrés ya estaba de vuelta de su viaje Coruñés, y lo que menos esperaba era encontrarse a un furibundo marinero, ante la puerta de la tienda, con varias partituras bajo el brazo.

Con no poco trabajo, Don Andrés pudo calmar al hombre; al que, no sólo devolvió el dinero, si no regaló una partitura de la “Salve Marinera”, por las molestias. Éste, se alejó contemplándola con gran recelo.

Estaba claro que los niños necesitaban un castigo, pero cuál. La proeza era grande; apenas un año antes, Pablo Sarasate se había quedado perplejo ante las habilidades de Andrés; y, hasta llegó a proponer llevárselo consigo de gira por Europa. A lo que dijeron que no; todavía era demasiado pronto. ¿O, se equivocaron al rechazar aquella oportunidad? Sólo el tiempo lo diría.

Hizo llamar a sus hijos, que le preguntaron si estaba satisfecho con lo bien que habían llevado el negocio aquellos días.

Y sacó del bolsillo su talega, que hizo tintinear en la palma de la mano, antes de entregársela.

Le besaron en las mejillas, y salieron de allí escopeteados, sintiéndose los “Reyes del Mundo”.

A las cuatro de la tarde vinieron a traerle recado a Don Andrés de que sus hijos estaban en la comisaría; puesto que, después de haberse regalado con una opípara comida en una marisquería; habían pretendido pagar con una bolsa llena de botones de marinero.

Y, mientras iba poniéndose la chaqueta, reflexionó sobre la verdadera lección que aprenderían los chiquillos; especialmente Andrés; sobre la diferencia entre: pagar con moneda falsa y ser pagado con ella; entre un equilibrista del violín, y un músico disciplinado y responsable; que no necesitara del truco fácil para alagar superficialmente a un público deseoso de alardes.


Seguro que aprendería la lección; y, sin caber en sí de orgullo, Don Andrés se encaminó a la comisaría, tratando de adoptar, sin conseguirlo, la expresión severa que su posición paterna le exigía, a la hora de traerse a los chicos de vuelta a casa.

sábado, 13 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XVIII –Dos Ángeles-

Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

      Hacía frío en aquella calle de Londres; acaso por la “gelidez” que exudaban los corazones de las gentes que transitaban por ella; tan sensibles como el mármol a la letanía lamentosa de aquel violín medio roto, el del viejo Jack; mendigo de los soportales de un iglesia cuyos feligreses salían tan limpios de pecado del servicio religioso, que no necesitaban purificar su conciencia, echando unas monedas dentro de su sombrero.

Cada pordiosero londinense tenía adjudicada su propia esquina desde donde aguardar, con trémula paciencia, su fin en aquel invierno de la misericordia.

Los que le conocían bien, preferían pasar de largo, puesto que alimentar su cuerpo, siquiera por unas horas, hubiera implicado de alguna manera, echar leña verde al fuego de su esperanza. Y eso hubiera sido mucho más cruel que dejarle morir allí de hambre y frío, algo a lo que estaba tan abocado, como las aves a emigrar al sur, o las hojas secas a asfaltar el empedrado de la calle.

Dado que la mendicidad no estaba tolerada; al viejo Jack, ni siquiera se le permitía extender su mano enfundada en un guante sin dediles, a fin de que algún alma despistada, depositara en ella un poco de frío metal con el que prolongar un día, o dos más, su agonía. La única arma con la que contaba en aquella batalla perdida de antemano, era el viejo violín; que una vez un estudiante de música le regalase cuando iba camino de tirarlo a la basura, debido a su estado inservible. Y así, sin saber música, raspaba malamente cual espinazo de perro vagabundo, las cuerdas de aquella “cosa”. Y su gruñido, pues no era otra cosa lo que emitía, rebotaba como una bola de papel, en los cristales del indiferente vecindario.

A todo esto, el viejo Jack escuchó los pasos de dos hombres que resonaban extranjeros en eco del pavimento. Cuando les escuchó hablar, vio confirmada esta impresión; pero, ¿qué hablaban? Sonaba parecido al italiano, pero sin serlo; igual que lo que emitía su violín trataba también de parecer música, sin acabar de serlo del todo.

Este es el diálogo que, aunque no pudo comprender palabra por palabra, acabaría entendiendo, a tenor de los hechos que sucedieron a continuación:

Y en esto, el viejo Jack sintió que le arrebataban el violín de las manos. Fue a protestar, pero comprendió de inmediato que no pensaban robarle.

Y el mendigo escuchó entonces unos quejidos como de recién nacido como de recién nacido, del interior de la madera de aquella caja de zapatos con cuerdas. Y de repente, tras un volteo de clavijas, una vibración nueva acarició sus oídos; ¿provenía acaso del instrumento?

Y entonces pasó algo sorprendente: el violín empezó a sonar, y su canto sonó tan impresionante como los sones que el viejo Jack intuía que debían recibirle a uno al llegar a la otra vida. Y el compañero del violinista comenzó a cantar. Y era el sonido de su voz tan puro como el del violín ahora; al instante, se les unió un insospechado coro, el de los postigos de las ventanas de la calle abriéndose de par en par, y comenzó a llover; pero, ¿qué clase de gotas eran aquellas que rebotaban con un plateado tintineo sobre los hombros de Jack? No era granizo, no tampoco nieva, y menos lluvia. Se llevó una de las gotas a la boca y la mordió. ¡Eran chelines!

E iniciaron un nuevo dúo, siempre en esas dos hermosas lenguas: la de la música, y la de aquel idioma desconocido; que, hasta ahora sentía como propio.

Jota, Zortziko; nunca olvidaría aquellos vocablos maravillosamente extraños.

Cuando los extranjeros acabaron su actuación, los aplausos del vecindario y los transeúntes, habían inundado de calidez aquella calle londinense.

El viejo Jack ya no tenía frío, ni siquiera necesitaba el sombrero; que le fue entregado ahora con algo dentro. Hundió la mano, ¿eran monedas? ¿Es que había muerto y estaba en el Paraíso? No; porque, en todo caso, allí no le haría falta aquel tesoro.

Le fue devuelto el violín, y los extranjeros se alejaron de él entre vítores.

Pablo Sarasate, dio una amistosa palmada al hombro de su querido amigo, el también navarro, el tenor Julián Gayarre.


Y en esto se vieron sobresaltados porque el viejo Jack les vino por detrás a tientas y les tocó la espalda con las manos, tratando de buscar las alas de aquellos dos que, desde luego, no podían ser si no ángeles.

jueves, 11 de diciembre de 2014

La Llama Eterna: Relato XVII –Deja que vuelva al infierno–

   Texto extraído del programa de RNE "Sinfonía de la Mañana", por Martín Llade.

      Estaban cumpliéndose las sentencias por los crímenes de Mathaussen-Gusen, y el teniente Spolding fue puesto al frente de un curioso cometido: revisar las últimas peticiones de los condenados y satisfacerlas en la medida de lo posible, siempre teniendo en cuenta que ello no habían ofrecido esta posibilidad a ninguna de sus víctimas.

Cuando ojeó el folio escrito con minuciosa caligrafía médica del Eduard Krebsbach, Spalding reparó con cierta perplejidad en un nombre que le resultó familiar de su grata estancia por el conservatorio: Franz Schubert. Aquel monstruo pedía escuchar música del gran compositor austriaco después de la que sería su última cena. Lo comentó con el teniente Epstein, que cómo venía siendo habitual en el proceso le respondió con un:

Pero Spalding le preguntó si sería posible encontrar aquella música. Epstein pareció estar a punto de mandarle al infierno también a él, pero le sugirió que se dirigiera a un gran hangar en las afueras de Langsberg, donde había almacenado las pertenencias de muchos de los ahora ilustres huéspedes de la prisión.

Spalding se pasó por allí aquella misma tarde y encontró en efecto una gran cantidad de discos, muchos de ellos hechos pedazos, pues habían sido sacados de entre los escombros; pero al fin dio con algo que juzgó de lo más interesante.

Llegó al fin la última noche de aquél al que llamaban: “doctor inyección”, inspector de epidemias de: Letonia, Lituania y Estonia.

Krebsbach cenó un codillo alsaciano regado de cerveza y de postre un pedazo de tarta Saja. Invitó a Spalding a brindar con él, pero este le dijo:

Después Spalding introdujo el gramófono en la celda, y dejó que el aguja trazara con parsimonia los surcos del disco; que, pese a estar aún manchado de polvo, no sonó mal.

Los ojos de Krebsbach se iluminaron.

Spalding negó con la cabeza.

La melodía se interrumpía abruptamente cuando el narrador salía de su ensueño para enfrentarse a la crudeza invernal.

Las lágrimas que no arrancaron sus novecientos presos inyectados con benceno en el corazón, brotaron de los ojos de aquél hombre con aquella pequeña canción.

Spalding prefirió no verlas, y bajó la vista unos segundos.

Spalding dijo entonces su nombre, cuidándose mucho de esbozar la sonrisa que pugnaba por brotar de sus labios.

La mirada humedecida del médico se endureció. Y al igual que Pedro antes de cantar el gallo, repuso de forma mecánica:

Spalding lo miró fijamente cruzando los brazos. ¿Cómo no iba a saberlo? Ellos lo habían echado de su país. Ahora triunfaba en Broadway.

Allí, en aquella pequeña celda, Krebsbach ya no era aquella siniestra figura con fusta, bota y monóculos; eligiendo entre fila y fila, quienes debían morir en el acto, o un tiempo después. No, no era si no un alfeñique escuálido y amarillento; que, finalmente, se encogió de hombros, y repuso:

Spalding recogió los restos de la cena y ya fue a retirarse cuando sintió la voz del nazi a sus espaldas:

Eduard Krebsbach fue colgado a la mañana siguiente. No se arrepintió y pronunció el saludo nazi antes de morir. Pero Spalding, que se llevó el disco consigo a América, y lo escuchaba en las tardes en que lo asediaban las imágenes de los horrores vistos en Europa, no dejó nunca de preguntarse: si Richard Tauber no habría logrado purificar a Krebsbach siquiera en los últimos instantes de su miserable existencia.