miércoles, 18 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VII -La República Phi-Armónica-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VII                   -LA REPÚBLICA PHI.ARMÓNICA-

En el capítulo anterior:
--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Hasta donde alumbraban los focos, la escena de la barbarie estaba completamente desierta. Tampoco perdimos ni un minuto en comprobar si había heridos más allá de las cunetas. Esquivamos los vehículos quemados y nuevamente avanzamos a toda velocidad por la autovía. El viaje no fue muy largo. Aproximadamente media hora después abandonamos la autovía y, tras pasar un par de rotondas, tomamos un camino forestal que, con pendiente pronunciada, se adentró en la Sierra entre muros de pinos altísimos. En ningún momento nos cruzamos con alguien, ni vimos vehículo alguno.

--¿Ha vuelto la cobertura? -pregunté a Isis, que no paraba de escribir sobre la pantalla de su móvil.
-- Nunca he dejado de tenerla -me contestó, con amabilidad.
-- ¿Qué operadora tienes? La mía lleva una semana sin dar línea.
--Es un teléfono satélite -me contestó, ahora con algo menos de dulzura.
--¿Dónde vamos? -seguí impertinente.
--A un lugar seguro -dijo, algo seca.
--¿Puedes ver en tu móvil noticias sobre lo que está ocurriendo? -insistí.
--Hemos llegado -me contestó.
--¿Yaa? -pregunté, mientras comprobaba que una gran puerta de rejas se abría delante de nosotros.

Tras la valla, un camino asfaltado nos llevó hasta una gran plaza de tierra, todo ello oculto tras árboles que, con la perspectiva de los potentes focos de los coches sobre la oscuridad de la noche, me parecieron altísimos.
Aparcaron todos los vehículos en una formación militar. Sólo después de que sus ocupantes salieran y formaran delante de nuestro vehículo, Isis dió orden a nuestro conductor de que parara el motor, a lo cual él obedeció de inmediato. El copiloto bajó, abrió mi puerta y se cuadró a un lado invitándome a bajar.
Reconozco que tanta parafernalia castrense comenzó a acojonarme. Titubeé antes de obedecer al guardia.

--Baja, por favor -me dijo Isis, haciéndome ver que saldría por el mismo lado que yo.
--¿Dónde me habéis traído? -pregunté demostrando fastidio y preocupación.
--Ya te lo he dicho: a un lugar seguro.
--¿Qué es esto? ¿Un cuartel? ¿Sois militares?
--No y sí.
--¿Cómo?
--Que no es un cuartel, y, sí somos militares, o algo parecido.Vamos, baja. Nadie te hará daño. Te lo prometo.

Viniendo de unos labios como aquellos, no podía negarme. Bajé, y tras estirar las piernas, di un vistazo a mi alrededor.
La formación de vehículos seudo-militares alumbraba un gran descampado en el centro del cual había un mástil en el que ondeaba una bandera grande de color claro (con la luz de los faros no se distinguía si era blanca, amarilla o gris); la bandera sólo lucía un símbolo negro fácilmente distinguible. Era la letra griega Phi.

--¿Qué es esto? -pregunté a Isis indignado-. ¿Un campamento fascista?
--En absoluto -me contestó ella muy serena y sonriendo ante mi perplejidad.
--Entonces ¿Qué clase de bandera es esa?
--Es nuestra bandera -me confesó sin más.
--No tiene gracia Isis. Reconoce que no son formas de tratar a una persona que estaba abandonada a expensas de la sin razón. Yo no quiero participar de algo así, prefiero volver donde abandoné a mi vieja y querida Democracia, y honrar con mi sacrificio el de aquellos que la hicieron posible.
--Tienes razón Raamón. Sólo quería conocer la parte de tus sentimientos relativos a la libertad.
--¿Me estás poniendo a prueba?
--Perdóname y acompáñame. Ahora te lo explicaré todo -me dijo, ofreciéndome su mano como si de mi madre se tratara.

Rehusé a tomar su mano, pues me pareció una cursilería. Por la cintura sí la habría cogido a gusto, pero no era el momento. En fin, que la seguí a lo largo de un pasillo de guardianes formados, hasta la puerta de una gran mansión neoclásica que me pareció el edificio del que hubieran tomado muestra para la construcción del puticlú Isis.

Al igual que en aquél, unas escalinata recibía antes de la puerta y unas puertas de cristal negro se abrieron automáticamente al acercarnos, y del mismo modo se cerraron en cuanto hubimos pasado dentro. En el interior, un enorme patio porticado y muy bien iluminado por focos amarillos, rodeaba un estanque rectangular en el que se reflejaba la luna en toda su redondez. Alrededor del estanque numerosas personas charlaban en corrillos, o leían sentados sobre bancos de mármol. Apenar un murmullo salía de tanto personal. Al vernos entrar, se pusieron todos en pie y aplaudieron con interés pero sin efusividad.

--Bienvenido a la República Phi-Armónica. Donde nos gobernamos por la Aureocracia -me dijo Isis con una sonrisa en su boca igual a la que pone una madre cuando muestra a su hijo el camino a una escuela nueva.

Continuará...



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