sábado, 14 de junio de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte VI -El Club Isis-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

En Capítulos anteriores:
Como soy así de oportuno, abrí mi primer y último negocio, un taller de Filosofía, en medio de una crisis social inducida por el hastío capitalista, huésped del virus social de la intolerancia, que estaba convirtiendo a las personas en una masa violenta y gregaria, conducida por unos individuos proselitistas: los "pastores"; llamados así por su habilidad para reunir y conducir rebaños humanos infectados.
Resignado a no recibir ni un sólo cliente, fue para mí una gran sorpresa que, nada más abrir la puerta, entraran a toda prisa cuatro intelectuales trayendo consigo "a rastras" el destartalado concepto de Democracia, instaurada en nuestro Estado después de la dictadura. Venían perseguidos de cerca por la chusma infecta.
Tan apresurados como vinieron, se largaron para poner a salvo sus interesantes y "culturalizadas" vidas, dejándome la responsabilidad de restaurar y poner a salvo su apreciada Democracia modelo del 78; todo un clásico.
Enfervorizado por mi negocio recién estrenado, me puse manos a la obra, no si antes vérmelas con los "pastores" quienes, conducidos por sus perros (todos tenemos patrón), vinieron a mi taller atraídos por el rastro de tan insigne y respetado Concepto; el más valioso trofeo de caza para ellos.
Acorralado por los perros de los "pastores", pero ayudado por tres vecinos que también huían de la gleba alienante, conseguí arrancar de nuevo la Democracia y, subidos en ella, salimos sigilosos de la ciudad, cruzando tumultos y hostigamientos, en los que los ciudadanos normales caían en brazos de la enfermedad de modo exponencial. La batalla estaba perdida. Si nos deteníamos, no tardaríamos en pegarle fuego nosotros mismos a nuestra querida Democracia.
Al fin, rodeados de otros ciudadanos que también conducían tratando de encontrar refugio en la paz del campo, o en otras ciudades menos infectadas, conseguimos abandonar la cuidad. Pero teníamos que repostar, y al parar en una gasolinera, la Guardia Civil de Tráfico, a quienes nadie había dado orden de hacer otra cosa que su trabajo, nos obligó muy amablemente a inmovilizar nuestra Democracia por no tener pasada la ITV. Con la de "fragonetas" destartaladas que habrán visto pasar en su vida. Y para colmo, nos recomendaron que pernoctáramos en un hotel de carretera: el Isis.

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte VI                   -EL CLUB ISIS-
Anochecía. Dispuestos a no contravenir a los guardias, al menos mientras no se largaran, aparcamos en la puerta del hotel, que en realidad no era un hotel, pues bajo unas enormes letras de neón rosa luminoso, ponía en pequeño, en azul, pero apagado: "Nigth Club".

Paré el motor y, después de pensarlo dos veces, pregunté a mis compañeros:
--¿Qué hacemos?
--¿No esperaras que pase la noche en un "puticlub"? -respondió Julia, la enfermera en paro, con sarcasmo.
--Pues tampoco parece tan mala idea -afirmó Antonio, el propietario de imprenta cerrada.
--Si pagas tú la estancia -le dijo Alvaro, el profesor de instituto despedido.
--No va a ser necesario discutirlo, tiene la persiana echada. Está cerrado -les informé.
--¡Lástima! -dijo Antonio, para fastidiar a Julia.
--Muy gracioso -Añadió ella.
--¿No os parece raro que apenas haya tráfico en la autovía? -advirtió entonces Ernesto, el camarero en paro.

Nos volvimos todos a comprobarlo en el momento mismo en que pasaban tres coches a una velocidad de vértigo; los guardias, todavía en modo automático: "vigilancia de tráfico", conectaron su sirena, y salieron pitando tras el último. Acto seguido, el empleado de la gasolinera también salió zumbando en su deportivo rojo y barato.
Me quedé paralizado mientras las luces azules y el sonido de la policía se iban extinguiendo.
Se hizo el silencio.
--¿A qué esperas? ¡Arranca! -me exigió Antonio.
--Sí, perdona es que me he quedado absorto. No entiendo nada de lo que está ocurriendo -dije, todavía muy confundido.

Arranqué el motor, y disponía a incorporarme a la autovía, cuando pasó un coche a velocidad infernal y con el maletero ardiendo; dos todo-terreno "pick-up" cargados de violentos le seguían de cerca. Al verlos frené en seco, y metí marcha atrás.

--¿Qué haces? -me reprendió Antonio de nuevo.
--¿Qué quieres? ¿Que vayamos tras ellos? -le contesté.
--¿Acaso se te ocurre alguna idea mejor? Vendrán más, y si nos encuentran aquí estaremos perdidos.
--En eso te doy la razón. Pero la autovía es un callejón sin salida. Debemos abandonarla por los caminos.
--¡¿Con éste cacharro?! -intervino entonces Ernesto, y añadió-. ¿Has visto los coches que llevan? Ya casi es de noche. Si queremos tener alguna oportunidad debemos seguir por la autovía. La próxima salida está apenas a dos kilómetros. Esos que huían no creo que se hayan entretenido a salir por ella. Habrán pasado de largo a toda mecha.
--Pues yo creo que es mejor buscar una salida desde aquí o pasar la noche ocultos detrás del Club -añadí.
--Tú haz lo que te dé la gana, pero nosotros nos vamos -concluyó Antonio.
--¿Julia? -le pregunté a ella, pues parecía más sensata.
--No sé, Ramón. Este lugar me da malas vibraciones. Mira cómo ha salido corriendo el de la gasolinera. Ahí adelante pueden estar los guardias, ellos nos protegerán hasta la próxima salida.
--¿Los guardias? Esos estarán multando al de la gasolinera por exceso de velocidad. No saben hacer otra cosa.

En aquél momento sonaron dos detonaciones, en dirección a la ciudad se observó un gran resplandor y todas las luces de la estación de servicio se apagaron. Mis compañeros se pusieron muy nerviosos y me corearon:
--¡Arranca ya!
--¡Que no! -insistí-. Nos han visto, y nos estarán esperando.
--¿Esperando? ¿Acaso crees que a esos le importa volver por la autovía en sentido contrario? Eres un iluso. Debí darme cuenta cuando acepté ayudarte con este cacharro. Seguro que ni es el original y nos has mentido -me acusó Álvaro.
--No creo que tú seas la persona más adecuada para llamarme mentiroso. Experto en engañar a los muchachos -le dije sin reparos.
--Está bien -dijo Álvaro, bajándose del coche-. Tú lo has querido.

Álvaro, que además de profesor de Historia había sido deportista, abrió mi puerta, me sacó de un tirón dejándome en el suelo, ocupó mi sitio, y, con la puerta todavía abierta, salió seguido de una gran nube blanca.

--¡No iréis muy lejos! ¡Estáis locos! -grité.

Exonerado por la fuerza de mi responsabilidad, por mi cabeza pasaron toda clase de infortunios que podrían suceder a nuestra desvalida Democracia. Había fallado en mi primer trabajo serio. La verdad es que era más de lo mismo. Toda mi vida había estado llena de grandes ideas frustradas. Era un fracasado a quien sólo le quedaba esperar que los "pastores" le inocularan el virus de la intolerancia. No opondría gran resistencia, luego podría descargar todas mis frustraciones castigando a los insumisos.

La noche cerrada me encontró sentado en el suelo. No hacía frío, y el silencio de la humanidad huida, había dado paso a los sonidos de la naturaleza. Por un momento me olvidé de lo que estaba ocurriendo, y me sentí a gusto, tanto que casi me dormí. Un sonido tecnológico me espabiló, venía de parte del Club, era el cebador del tubo de neón que, de repente se encendió, escribiendo en la negrura que me rodeaba el gran letrero: "ISIS", y una flecha roja que invitaba a acercarse a la puerta.

Sin dudarlo dos veces, como una polilla, me acerqué. Si había alguien dentro, podría ayudarme, pero lo primero sería rogarle que apagase la luz, pues suponía un reclamo para los "pastores" que seguramente aún circularían contagiando o exterminando a cuantos tratasen de circular por la autovía.

Mientras subía los peldaños que precedían al atrio porticado de un edificio simple, de corte clásico entre egipcio y griego, la persiana metálica que protegía la puerta principal comenzó a abrirse automáticamente.

Una puerta de cristal negro se abrió ante mí. Del interior salió una luz tenue y rojiza. Tan pronto como crucé el portal, como si me hubieran adivinado el pensamiento, la luz de neón exterior se apagó, y se cerró la puerta de cristal. Frente a mi, en penumbra, había un recibidor, detrás de él, una mujer.

La recepcionista del puticlub, vestida con una túnica blanca plisada en toda su longitud, un peto de pedrería de ámbar y un tocado egipcio, me pareció la mujer más hermosa que había visto en mi vida. No era una muchacha, ni una mujer madura; podría tener algo más de treinta, quizá treinta y tres, pero en realidad, parecía no tener edad definida.

--Hola Raaamon -dijo la fulana cariñosa, como si yo fuera un cliente conocido, pero tartamudeando un poco al decir mi nombre-, te estábamos esperando.
--¿Me esperabais? Perdona, pero nunca había estado aquí. ¿Me conoces? -le pregunté muy sorprendido.
--No, pero nos dijeron que vendríais.
--¿Os dijeron? ¿Quién? ¿Los guardias? -pensé que los guardias, al largarse, les habían pedido por teléfono que nos dieran refugio.

No me contestó, en su lugar dijo:

--Perdona, no me he presentado, soy Isis, la encargada de este lugar. He visto como te dejaban abandonado tus compañeros. Han sido unos irresponsables.
--Desde luego que sí. Estoy muy preocupado por lo que les haya podido ocurrir. A ellos y a mi furgoneta.
--Esa furgoneta era muy importante para ti, ¿verdad? -me preguntó, con su voz dulce, pausada y armónica. (Nunca más la oí tartamudear, excepto cuando decía mi nombre)
--Por supuesto. Es un modelo único, un clásico muy valorado. Aunque, en realidad no es mía, unos amigos me la dejaron para que la reparara. Y ahora me la han robado. Soy un desastre. ¿Pero... porqué dices "era"? Espero que hayan conseguido escapar.
--Disculpa mi incorrección. Estoy segura de que lo habrán conseguido.
--No te preocupes. ¿Estás sola? ¿Dónde están...?
--¿Te refieres a mis compañeras?
--Sí.
--Les dije a todas que se fueran esta mañana. Aquí no estaban seguras.
--¿Y tú? ¿Porqué te quedaste?
-- Era mi obligación.
--¿Cuidar de ésto? ¿Tú sola?
--No estoy sola. Ellos cuidan de mí -dijo, señalando detrás de mí.

El susto que me llevé cuando me dí la vuelta, estuvo a punto de pararme el corazón. Seis morlacos negros, vestidos con trajes marciales completamente negros, múltiples armas negras y gafas negras, llenaban el amplio espacio que me separaba de la puerta de cristal, negro. No los había visto, ni oído venir.

--Tu guardia pretoriana. ¿Eh? -le dije con una sonrisa floja, y añadí-. No he venido para crearte problemas. No me importa, de veras, me buscaré la vida por el campo, deja que me marche. No diré que estáis aquí.
--No son mi guardia pretoriana, son nuestros guardianes -afirmó Isis, muy seria.
--¿Nuestros..?
--Sí. Espera aquí un momento.Vuelvo enseguida.

¿Que esperara allí? ¿Dónde podía ir? ¿Por encima de qué cadáveres? Pensé con sarcasmo.
Isis volvió en un cuarto de hora. Es evidente que había ido a cambiarse de ropa, pues volvió también uniformada de negro, pero con un modelito tan ajustado y sugerente, que... Mejor os ahorro detalles para que no sufráis mucho de envidia.

-Sígueme Raaamon -me ordenó.

Obediente como un corderito (todos tenemos amo), la seguí. Bajamos a un sótano profundo guardado por una puerta blindada. Al abrirla, se extendió ante nosotros una estancia blanca que crecía a medida que se iban encendiendo docenas y docenas de hileras de fluorescentes. Aquello, más que un sótano era un hangar, en él había coches de altísima gama, motos, hasta una lancha; armarios con armas dentro, bidones, y más soldados; eso sí, todo de color negro sobre un fondo blanco impoluto.

--Sube -me pidió Isis, después de que uno de sus (nuestros) esbirros abriera la puerta trasera de un Hammer negro.

En cuanto Isis se hubo acomodado a mi lado, como una exhalación, salimos seis Hammer disparados por una  rampa larga, al final de la cual, una puerta acabó de abrirse justo cuando el morro del que iba delante de nosotros la alcanzó.

Contra lo que yo esperaba, entramos en la autovía que permanecía desierta. A toda velocidad, avanzamos en convoy. Apenas llevábamos un minuto de viaje cuando disminuimos ligeramente la velocidad, varios coches dificultaban el paso, entre ellos nuestra furgoneta. Estaba abandonada y carbonizada, de mis convecinos, ni rastro. ¿Era aquél el fin de nuestra Democracia?

Continuará...

Próximo capítulo: La Aureocracia.

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