domingo, 22 de junio de 2014

El bosque tenebroso y el soldado Torres.

 De esto hace ya más de veinticinco años, y todavía se me eriza la piel cada vez que lo recuerdo. Íbamos diez en expedición por el Pirineo Oscense; cosas de la mili. Era la cuarta jornada de una marcha que comenzó en la residencia cuartel de Cerler, con escalas de campaña en Bonansa, Roda de Isábena, Santaliestra y San Quílez, y final previsto en Aínsa, donde nos reuniríamos con el resto de la Brigada.
Tras pernoctar en Las Eras de Santaliestra, y tomar un desayuno repelido por la resaca de la noche anterior, partimos camino del Humo de Rañín, donde teníamos planeado preparar nuestro siguiente vivac. Habíamos madrugado mucho; aún no se había asomado el Sol por encima del Morrón de Güell, y bajo el horizonte de nuestros ojos ya podían verse los Tozales de la Virgen y el de Ligüerre, atenazando las aguas del Ésera hasta retorcerlas en una serpentina celeste y espumosa.
Los primeros repechos de la sierra de Formigales, despertaron por fin nuestro apetito y, cuando a eso de las diez de la mañana, llegamos a las ruinas del Monasterio de San Martín de Caballera, nos detuvimos a almorzar. Como era a finales de noviembre y hacía fresco, la tropa, resudada, aprovechando los sillares caídos,  se sentó dando la cara al sol de la mañana y apoyando sus espaldas contra el muro templado y oriental, de lo que quedaba en pié de la iglesia románica.
Éramos un grupo numeroso, pues a mi sección se había sumado un cuarto pelotón del Batallón de Ingenieros, ya que nuestra misión era adelantarnos a la llegada de la Brigada acorazada que venía desde Tremp, para buscar y asegurar la localización de un vado en el río Cinca al norte de Aínsa, con el objeto de garantizar el avance de las tropas hacia el frente occidental, que en ese momento se encontraba en Sabiñánigo; cosas de la mili. Así pues, contándome a mí, éramos treinta y siete hombres; quizá demasiados para un Alférez de Complemento.
En pocos minutos habíamos devorado el bocadillo de fiambre y el paquete de galletas que nos dieran los de intendencia antes de partir; y allí nos hubiéramos quedado adormilados al sol como los abuelos en un mentidero, si no hubiera sido porque saltó sobre nosotros una niebla espesa desde poniente; devorando la luz, las sombras y el calorcito matinal. Espoleados  por el abrazo gélido de la niebla y por los gritos de los cuatro suboficiales que me acompañaban, los soldados se pusieron en orden de marcha. 
Respaldado por la ventaja de mi rango, fui el último en incorporarme. Me había sentado en el soportal de la única puerta de la iglesia que aún se mantenía en pie, pero, antes de marcharme, quise echar un último vistazo al interior de las ruinas, que, a diferencia de su fachada principal y del techo, que estaban completamente derruidos, mantenía bastante bien sus muros laterales, y el ábside también en muy buenas condiciones. Disfruté de la escena: la niebla, ya muy densa, parecía encubrir las mutilaciones del edificio dándole un aspecto renovado a la vez que tétrico; evocador. 
Espabilado por los gritos de los sargentos, salí del embrujo esotérico en el que me había sumergido, y dispuse a ponerme al frente de mi Unidad; entonces, me dí cuenta que en el lugar donde algún día hubo un altar, todavía había un soldado: estoico, de pie, cabizbajo, de espaldas a mí y de frente al ábside, parecía estar rezando con las manos cubriendo su rostro. Emocionado por la estampa, esperé unos segundos para dejarlo terminar, más o menos lo que cuesta recitar un “padrenuestro” pero, como no parecía tener fin, le llamé:
¡Soldado! ¡Vamos! ¡Que nos están esperando!
¡Voy mi alférez! –gritó el muchacho sobresaltado, a la vez que se volvía hacia mi para salir corriendo.
Cuando pasó a mi lado, su pasamontañas no me dejó verle la cara, pero supe que no era de mi Compañía, pues en su “galleta” identificativa ponía: TORRES. Era un soldado del Batallón de Ingenieros.
¡Venga! Tiempo tendrás de rezar esta noche –le dije, al tiempo que hacía ademán de darle un falso puntapié, que no llegó a tocarle.
Perdone, mi alférez –se disculpó el muchacho, y se sumergió entre la niebla y sus compañeros.
Envueltos por la niebla, nos pusimos de nuevo en camino: yo encabezando la marcha, y los suboficiales repartidos entre los pelotones. Ascendimos por un sendero con una pendiente fuerte y resbaladiza que nos llevaría hasta un collado junto al monte Albas; al otro lado, encontraríamos una pista forestal. Eso decía el plano. 
De pronto la niebla se disipó frente a mi, y el sol brilló con intensidad a mi espalda. Tras avanzar unos cien metros más por una canchalera caliza de un blanco refulgente, paré y me volví para comprobar como la niebla iba expulsando, uno a uno, un rosario de soldados verdes, armados con sus fusiles y cargados con mochilas enormes. Los muchachos, sin una orden que les obligara a hacerlo, no se pararon, y siguieron pasando junto a mí ignorándome, en cuanto vi salir al sargento Sanz, que cerraba la fila, y me hacía un gesto de que estábamos todos, me apresuré a ponerme de nuevo al frente de la expedición.
Alcanzado el collado, el camino mejoró notoriamente, y el paisaje se extendió en todas las direcciones. Hacia levante, el Valle del Ésera seguía zigzagueante su camino hacia el remanso del Embalse de Barasona, frente a nosotros el valle amplio del Cinca con el embalse de Mediano a fondo, se abría en un abanico de brillos plateados sobre las aguas de los pantanos, verdes oscuros de los pinares y carrascales, y el blanco impoluto de los bancos de niebla que envolvían la sierra, y de los que sólo sobresalía, al norte, la cima del Monte Campanué. 
Atravesamos una zona llana y limpia llamada “Los Solanos” y el brillo del sol de mediodía espabiló a los jóvenes soldados quienes, al tiempo que aligeraron el paso, comenzaron a cantar las típicas canciones de marcha militar juvenil: combinación de proezas sexuales, exageración de las debilidades y afeminamiento de otras unidades, y caricaturas simpáticas de los mandos presentes. Cosas de la mili.
La marcha prosiguió sin contratiempos por un camino por el que parecían haber pasado décadas sin que alguien transitase. Atravesamos el frondoso Pinar del Rey, dejamos a nuestra izquierda las casas caídas de tres aldeas abandonadas llamadas Latorre, Lavilla y la Solanilla, así las llamaba el plano, y cruzamos el Carrascal. Después, subiendo de nuevo, nos dirigimos hacia el Cajicar con la intención de alcanzar la ladera sureste de la Sierra de Campanué; superada ésta, sólo tendríamos que descender la pendiente escarpada de su ladera noroeste, para encontrarnos con la llanura  cultivada de La Fueva, y el Humo de Rañín, donde nos prepararíamos el rancho y pernoctaríamos.
Pasaba de la una y media, cuando llegamos al collado del Solán Mayor. Asomados hacia el vacío, pudimos ver los pueblos de Solipueyo, Rañín y el Humo de Rañín, nuestro destino, pero la ladera de la Sierra, seguía oculta bajo un banco de niebla persistente que se agarraba entre los árboles del bosque. Azuzados por el hambre, seguimos ladera abajo y nos dejamos devorar por la niebla que parecía empeñada en digerir lentamente el Pinarón del Rector.
El bosque, orientado al norte, era húmedo y oscuro; estaba formado por pinos altos, sanos y robustos pero, a nivel del suelo, era una maraña de árboles muertos en descomposición que dificultaban un camino que, en realidad, no existía. Sumergidos en un vaho lúgubre, no había más vida que nosotros y multitud de hongos y setas, todas ellas seguramente venenosas. No se oía nada más que nuestro jadeo y el eco del crepitar de las ramas rotas. En fin, la ostia de tenebroso. Ante la inexistencia de un sendero definido, y la casi nula visibilidad provocada por la niebla y la oscura frondosidad de la capa vegetal superior, decidí poner en práctica una técnica para comprobar que nadie se extraviaba: mientras se avanza en fila por un pantano oscuro y peligroso, ir numerando el pelotón de cabeza a cola: uno, dos, tres.... nueve y luego viceversa de cola a cabeza: nueve, ocho… tres, dos, uno; y vuelta a empezar. 
Ligeramente atemorizados, pero muy machotes para reconocerlo, cosas de la mili; comenzamos a contar:
¡Uno! –grité.
¡Dos! –continuó el soldado que seguía unos veinte pasos detrás de mi. 
Me extrañó que no fuera la voz del sargento primero Otal la que sonara tras de mí, quizá se había rezagado y un soldado le había sustituido.
¿Ha visto al sargento primero Otal? –le pregunté al vacío blanco de la niebla, mientras oía amortiguarse la cuenta en la algodonosa quietud del bosque tenebroso: cinco, seis...
Sí, mi alférez, está detrás de mí –contestó el soldado, y reconocí su voz, era la del piadoso orador.
¿Torres? –le pregunté.
El mismo, mi alférez –contestó enseguida.
¿Qué haces aquí? No estás con tu pelotón.
He pedido permiso al sargento primero, porque quería hablar con usted.
¿Conmigo? ¿De qué?
Quería pedirle disculpas, por haberme quedado despistado en la iglesia.
Hombre, no tiene importancia. Enseguida ha cumplido con su deber.
Pero, imagínese que me quedo allí, perdido en la niebla.
Habríamos vuelto a por usted. Ya ve que me preocupo de que estemos todos controlados.
Gracias, señor. Si llego a perderme a mi madre le habría dado un gran disgusto.
Vamos hombre, que no es para tanto, nadie se va a perder. Esto es sólo un juego táctico.
Entonces escuché de nuevo la voz del sargento primero Otal, esta vez sí que la reconocí:
¡Treinta y seis! 
¡Treinta y siete! –añadió el soldado Torres.
¡Treinta y ocho! –concluí.
Tardé un par de segundos en darme cuenta del error. ¡Me sobraba uno!
El sargento primero Otal, que tardó otros dos segundos en darse cuenta, comenzó a gritar:
¡Menos cachondeo! ¡A ver si nos lo tomamos en serio! ¡Pásalo Fortún! –dijo, pidiéndole a su compañero, el sargento Leza, que trasmitiera la reprimenda.
Convencido de que me estaban tomando el pelo, comencé el recuento reforzando mi voz con énfasis marcial: 
¡¡Uno!!
¡Dos! –me siguió Torres, enérgico.
¡¡Treess!! –dijo Otal, ya de mala leche.
Cuatro. Cinco…
Dispuesto a sancionar la falta de respeto si volvía a repetirse la broma, esperé la vuelta del recuento. 
¿También estaba usted rezando? –me preguntó Torres.
No exactamente –respondí, algo sorprendido por la pregunta.
No le comprendo –dijo el soldado, que ahora se le oía más cerca de mi.
No soy creyente, y por lo tanto no le rezo a nadie; sin embargo, a veces y en algunos lugares, tengo sensaciones que podríamos decir… Me hacen percibir cierta trascendencia.
¿Le pasó eso en las ruinas? –insistió el joven.
No tuve tiempo de tal cosa –le mentí–. Pero me emocionó observar su devoción. 
Usted es una buena persona que se preocupa por los demás, esa es otra forma de rezar.
Reconozco que a veces siento cierta envidia de quienes sienten la fe.
¿Usted no tiene fe? –me preguntó el soldado insolente.
Tengo fe en ustedes, y en que no me sigan tomando el pelo.
¡Treinta y cinco! –se escuchó detrás del sargento primero Otal.
¡Me cago en la ostia! –gritó entonces él, y añadió–: ¡me parece que esta noche alguno se la va a pasar repitiendo la tabla de multiplicar del nueve!
¡Está bien! –grité–. Otal, recorra la sección y cuente el personal.
¡A la orden, mi alférez! 
¡Uno! –dije.
¡Dos! –Torres, pocos pasos detrás de mí.
¡Treeees! –Otal y se esperó a que llegara el siguiente para corear con él.
Cuaaatro. Ciiiinco…
¿Por quién rezaba usted? –pregunté a Torres.
Rezaba por mi madre, para no se preocupe tanto por mi. Lleva meses sin verme y me muero de ganas de volver a casa.
¿Cuándo vuelve?
Me licencio a fin de año, pero estoy seguro de que me darán “la blanca” el día de la lotería.
Seguro que sí hombre. El capitán Pizarro es un buenazo –le dije para consolarle.
¿Usted se licencia o se va a reenganchar? –el muchacho era muy curioso, pero su sinceridad hacía que no le tuviese en cuenta su insolencia, además el hecho de que no pudiéramos vernos, convertía nuestra conversación en una especie confesión.
Todavía no lo he decidido –respondí, sinceramente.
Al ejército le irá bien con mandos como usted.
Quizá, pero no estoy seguro de mi vocación.
La verdad es que se necesita vocación para ser militar. No por la disciplina, ni por el riesgo. ¿Sabe lo que peor llevaría si tuviera que ser oficial? –me preguntó Torres.
¿Qué se burlen de usted los soldados? –le dije sonriendo.
No. Lo peor sería tener que ir a decirle a una madre que su hijo ha muerto bajo mi mando.
A veces yo también pienso en ello. Espero no pasar nunca por una situación así. Debe ser horrible.
En cualquier caso, esté donde esté, si tiene gente a su cargo, no se olvide de que, detrás de cada persona, hay una familia que le espera –hoy no sé si el soldado Torres me dijo esto realmente, o escuché a mi propia conciencia.
Lo tendré en cuenta. Muchas gracias por el consejo.
También le aconsejo que compruebe siempre los frenos de los camiones antes de salir con su unidad de maniobras –me espetó, sin venir a cuento.
¿Por qué me dice eso? –le pregunté muy sorprendido.
No obtuve respuesta, de repente la niebla se disipó, el bosque se terminó, e irrumpí en un claro formado para el trazado de una gran línea eléctrica. Me costó adaptar la vista al fogonazo del sol. Me volví hacia el soldado Torres buscando una explicación a su extraño consejo, pero no estaba. En su lugar, el sargento primero Otal venía apresurado, frotándose los ojos y resoplando.
Treinta y ocho, mi alférez. Nos sobra uno –me dijo extrañado y resignado.
No puede ser. Mande formar de a cuatro en cuanto salgan todos del bosque. –le ordené.
En cuanto el sargento Sanz salió del bosque y me indicó que era el último, Otal ordenó formar:
¡A formar! ¡De a cuatro! ¡Por pelotones! ¡Aar!
La tropa, desconcertada por las órdenes, e incomodada por las irregularidades del terreno, se apresuró con cierta torpeza a crear la formación. Cuatro pelotones en fila de ocho soldados encabezados por un suboficial; treinta y seis almas, y la mía, inquieta y enfurecida, dando vueltas alrededor: treinta y siete. No faltaba ni sobraba nadie.
Me da la impresión que, o no saben contar, o me están tomando todos el pelo. Sepan que, aunque lleve fama de blando y no sea militar de carrera; no voy a consentir que sigan burlándose de mí –les arengué, realmente enfadado.
Con su permiso, mi alférez –me interrumpió Otal–. Le juro que he contado bien, lo he hecho hasta dos veces –Otal, era un militar veterano y formal, de mi total confianza. Yo estaba convencido de que no me mentía.
Pues entonces, no entiendo nada –dije, algo alterado.
Habrán sido los nervios, señor, la verdad es que este bosque ponía los pelos de punta –se disculpó Otal.
Está bien, no le voy a dar más importancia de la que tiene. Lo importante es que no se ha perdido nadie.
Entonces recordé que tenía pendiente una explicación a la sorprendente y extraña recomendación que me hiciera el soldado Torres justo antes de salir del bosque tenebroso. 
¡Torres! ¡Salga de la formación!
Nadie se inmutó.
¡¿Torres?!
Como si nada. La tropa comenzó a mirarse entre sí con perplejidad.
¡Ya empezamos otra vez! ¡Al final me voy a cabrear! ¡Atención! ¡Firmes! ¡Ar!
Todos me obedecieron de inmediato. Entonces, solicité al sargento del pelotón de ingenieros que me ayudara.
Leza, saque al soldado Torres de la formación.
El sargento Leza, con cara de incredulidad, se puso colorado como un tomate, y, antes de responderme, se lo pensó bien:
Con el debido respeto mi alférez, en mi pelotón no hay ningún soldado apellidado Torres.
¡¿Cómo que no?! –estallé–. He estado media hora hablando con él. Haga el favor de sacarle de la formación; si lo hago yo será peor.
El sargento salió de la formación y se puso a buscar al soldado en su fila. Sin éxito. Luego se acercó a mí apresurado, se cuadró, me saludó y me dijo:
Mi alférez, no hay ningún soldado Torres en mi pelotón.
¿Qué dices? –interrumpió el sargento primero Otal–. Yo también he hablado con él, es de tu pelotón, me ha pedido permiso para adelantarse y hablar con el alférez. Ha sido todo el rato el número dos.
Hombre, por fin alguien en su sano juicio –dije, consolado, y dirigiéndome a la tropa, añadí–: Torres, ¿se puede saber a qué está jugando?
Un murmullo fue creciendo entre los soldados, especialmente entre los del pelotón de ingenieros.
¡Silencio! –gritó Otal, y se callaron.
Está bien, Torres, le voy a sacar de la oreja. 
Recorrí la formación comenzando por el pelotón de ingenieros, ningún nombre coincidía. Volví a recorrerlo haciéndoles pronunciar su nombre para ver si le reconocía por la voz. Nada. Hice lo mimo con los míos. No me hizo falta hacerlo dos veces, pues les conocía a todos de sobra.
Desconcertado, me acerqué al sargento primero Otal:
José, tú has hablado con él, ¿verdad? Un muchacho robusto, con acento valenciano.
Sí mi alférez. Me ha dicho que se llama Vicente Torres, de Ingenieros. Me he fijado bien en él. Le he oído hablar con usted, numerarse; pero le juro que ahora no está aquí. Yo tampoco entiendo nada.
Pues ya sabemos porqué no nos salían las cuentas. Hemos tenido un polizón –concluí.
Ante nuestro desconcierto, el murmullo entre los soldados fue creciendo hasta romperse el silencio y la formación. Entonces, el sargento Leza, se acercó a mí, y me dijo:
Mi alférez, Vicente Torres Jiménez, fue uno de los dos soldados del Batallón de Ingenieros, fallecidos en el accidente que sufrió hace un mes un vehículo al caer al río Ésera en el Congosto del Ventamillo.

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