domingo, 30 de marzo de 2014

Memorias de Metrópolis --¿vale más el agua que el oro?--

El agua no puede tener precio, lo mismo que el aire, es esencial para la vida. Otra cosa es que, a través del uso de agua, tengamos que pagar, no por el agua en sí, si no por el beneficio residual que obtenemos de ella, digo residual, porque el beneficio principal, que es nuestra vida, debe estar garantizado gratuitamente. Cuanto más beneficio por litro de agua usada obtengamos, más deberemos pagar por ella y siempre deberemos devolverla, al menos, con la misma calidad que nos la prestaron. ¿A quién debemos pagarla y devolverla? Pues siempre al Estado, que es quien tiene la obligación de cuidarla, administrarla, y repartirla equitativamente. 
La propiedad del agua nunca debe dejarse en manos privadas. El agua que usamos, es un préstamo de un bien común (no sólo de los humanos). Si en su uso la convertimos en otro producto, por ejemplo en vino o un refresco, entre productores y consumidores, deberemos pagar al Estado por devolverla a su calidad original. Esto significa que el depurado de las aguas también es una competencia y una obligación Estatal.

viernes, 28 de marzo de 2014

Reparando el concepto de Democracia. Parte IV -Evolución vs Revolución-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

PARTE IV:              -EVOLUCIÓN vs REVOLUCIÓN-

En el capítulo anterior:...Detenido al otro lado de la calle, no sé cuántas veces había cambiado el semáforo de color pero, cuando el coche de los "pastores" pasó a mi lado y sentí la mirada blanca, y la sonrisa congelada del joven recién infectado, mirándome por la ventanilla; vi luz verde, rascando la caja de cambios, metí primera y, ni demasiado deprisa, ni demasiado despacio, huí como un cobarde.

No podía quitarme de la cabeza aquellos ojos en blanco. Conduje nuestro destartalado concepto de Democracia, tratando de evitar las grandes avenidas con sus semáforos de esperas interminables. Preocupado por toparme de cara con algún piquete, me perdí un par de veces. La radio no funcionaba, y ninguno de mis compañeros de viaje decía algo; así que, aparte del petardeo del motor, no se oía nada. Al fin, cuando tomamos el cinturón de ronda, aliviados por la fluidez del tráfico, comenzamos a comentar. El primero en abrir la boca fue el camarero:
--Parece mentira que estemos cayendo tan bajo de nuevo.
--Es verdad -confirmó la enfermera-. Cada vez más gente se comporta como si cuarenta años de democracia nunca hubieran existido.
--Pasó lo mismo cuando se acabó la dictadura, mucha gente estaba ansiosa por hacer cosas que luego aborreció por el exceso, o simplemente porque iban contra-natura -les contestó el profesor de instituto.
--¿Qué quieres decir con eso? -le inquirió uno de los dos parados, impresor-encuadernador de profesión, y continuó-: ¿acaso crees que se nos devolvió más libertad de la necesaria?
--¿Devolver dices? Nunca antes la gente tuvo tanta libertad en este país -aclaró el profesor.
--En eso lleva razón, señor profesor -afirmó el otro parado, peón de albañil, de profesión.
--¿Razón? ¿Qué se sabe él? -interpeló enfadado el encuadernador en paro-. Por muy profesor que seas no tienes ni idea de lo que pasó en la antigüedad. Toda la historia ha sido amañada por las monarquías y el clero. Si no hubieran destrozado la biblioteca de Alejandría sabríamos muchas cosas que nos han ocultado.
--¡Vamos hombre! -gritó sorprendido el profesor por la contundente afirmación del librero-. Parece mentira que un hombre que ha trabajado toda su vida haciendo libros diga una cosa así. Estoy de acuerdo en que la historia la han escrito los vencedores, pero si hubiera habido antes un periodo con un grado de libertad como el que hemos vivido los últimos años, habría sido imposible esconderlo.
--Tú puede que hayas leído mucho, pero yo conozco a los que pagan por publicar los libros, y te garantizo que todos están vendidos al poder. Y no digamos nada de los que escriben los periódicos; esos son lo peor de lo peor -afirmó el librero, a todas luces muy resentido por haber tenido que cerrar su taller de impresión independiente.
--Puede que ignore la realidad del pasado -convino el profesor tratando de eludir una discusión que no deseaba mantener-. pero no me negarás que ahora la gente le da más importancia a la subsistencia que a la libertad.
--¿Quieres decir que el ser humano no está capacitado para subsistir en libertad? -preguntó la enfermera.
--No es eso exactamente -replicó el profesor, y continuó-: lo que ocurre es que, al cabo de cierto tiempo, la gente necesita un cambio que suele ser en sentido contrario a la tendencia inicial.
--¿Una revolución? -preguntó la enfermera.
--Exacto -sentenció el profesor.
--Es decir, darle la vuelta a todo para dejarlo como está después de mucho sufrimiento y, con frecuencia, cientos o miles de muertos -aclaró el barrendero-. ¡Anda que no he recogido yo panfletos y adoquines arrancados en ésta ciudad! Hasta un dedo, me encontré una vez; y total, para acabar mandando siempre los mismos.
-- Más bien ir avanzando en ciclos: dos pasos adelante y uno atrás, para reflexionar -aclaró el profesor.
-- No me extraña que estemos como estamos, si a tipos como tú les dejan ser profesores de nuestros hijos. ¡Eres un puñetero vendido al Sistema! -estalló el librero.
-Y tú un folletinero anacrónico y resentido porque has tenido que cerrar ese cuartucho pseudo-ilegal en el que editabas esos libruchos de ciencias ocultas que no hacían sino confundir a pobres incautos.
El librero, herido en su orgullo, se abalanzó sobre el profesor pasando por encima del albañil con tanto ímpetu que la furgoneta, marca Democracia modelo del 78, casi se me va de las manos y nos estampamos contra una camioneta de reparto que circulaba junto a nosotros y que nos pitó hasta un buen rato después adelantarnos.
Asustado por el cuasi accidente y la trifulca de golpes e insultos: ¡carca! ¡Vendido! ¡Revolucionario de pacotilla! ¡Fascista!... Que escuchaba en los asientos traseros, me aparté a la derecha, y paré en seco.
--¡¡Ya está bien!! -grité tal alto como pude, y la pelea se detuvo en el acto-. No tengo ni idea de porqué oscuro o claro designio del destino, me encuentro al volante de este cacharro, pero hice una promesa y pienso cumplirla. Hace un rato sabía hacia donde debíamos dirigirnos, se trataba de huir del peligro; ahora que hemos dejado atrás las hordas de "pastores", y he tenido que aguantar vuestra estúpida discusión, lo tengo muy claro. No me voy a quedar aquí parado, no voy a dar marcha atrás, buscar el camino más ancho, ni subir y bajar según me indique el terreno. Este viaje no va a ser una Revolución, no pienso dar vueltas en círculos: ni concéntricos, ni en ochos, ni de muelle; nada. Vamos TODO RECTO. Hacia delante. Lo que viene, queridos vecinos, es una EVOLUCIÓN.  Quién no esté dispuesto a renunciar a su fe como atajo hacia la sabiduría, al culto como bandera, al egoísmo consumista como objetivo, y a su supremacía de especie sobre las otras de este Planeta: ¡que se baje de aquí ahora mismo!

Esperé al menos un minuto, nadie rompió el silencio, nadie se bajó. Crecido por el éxito de mi diatriba (tiempo después descubriría lo cafre que fui), hinché mi pecho, rascando, metí segunda, levanté el embrague, y se me caló el auto. Todavía con más altanería: di el contacto, arranqué el coche, metí primera, aceleré, y me dirigí, todo recto, a una gasolinera que tenía unos cien metros delante de mí; en ella, aparcado a la entrada, había un coche patrulla de la Guardia Civil, cuando me acercaba a ellos, me echaron el alto.

Continuará....