sábado, 30 de noviembre de 2013

La Rebelión del Agua

Claire, sentada en las austeras gradas de la piscina cubierta, leía ensimismada un tratado sobre niños índigo. De vez en cuando, levantaba su cabeza con un sincronismo tal, que coincidía justo con el momento en que su esposo paraba para descansar después de cinco largos; entonces se saludaban con una sutil sonrisa y vuelta a empezar; así durante unos cuarenta minutos. 
A Claire le encantaba acompañar a Ramón en las tardes de invierno pues, a través de los enormes ventanales del la piscina cubierta, podía observar el río Ebro que se encuentra a pocos metros y, mediante un juego mágico de reflejos y luces del atardecer, podía imaginarle nadando en un río cristalino mientras ella le observaba leyendo desde la orilla. El ruido del agua le permitía ensimismarse en la lectura más que la tranquilidad de su despacho; en realidad, esta costumbre la había adquirido años antes cuando llevaba a sus hijos, Bárbara y Joseph, a sus clases de natación. Éstos, ocupados ahora con sus estudios, ya no la practican y es Ramón quien les ha tomado el relevo; por consejo de Claire, claro está.
A Ramón, la natación le gustaba, pues le servía para mantenerse en forma, pero sobre todo era la excusa perfecta para estar aislado bajo la atmósfera celestial del filtro azul de sus gafas de natación, y así poder divagar su mente, pues imaginar era en realidad su ejercicio preferido. 
Aquel día, Ramón iba pensando sobre la suerte que tenía de haber vivido el momento en que la ciudad de Zaragoza dejara de “darle la espalda” al río Ebro, y lo lejos que quedaba poder cumplirse el sueño de su querido Odón de Buen: un Planeta Tierra que viviera “de cara” a sus océanos. Impaciente por llegar a verlo, mientras volteaba rabioso dando una fuerte patada sobre la pared de la piscina, recordó un artículo visionario de la NGS, publicado a principios del siglo XX, donde el oceanógrafo y explotador polar, Jean-Baptiste Charcolí, ya imaginaba un futuro en el que las naciones disputarían con fiereza por los casquetes polares; tanto o más por los secretos ocultos bajo el hielo, como por éste mismo. El explorador francés apuntaba la posibilidad de que la Humanidad aprovechase en el futuro el agua de los polos como un mineral puro, tan valioso como lo eran en aquellos días el hierro o el cobre, considerando cualquier mezcla del mismo con otras aguas o sustancias como aleaciones a tratar por separado. Charcolí ideó toda una ciencia del tratamiento del agua, lástima que su vida se viera truncada de repente al morir ahogado en 1.936. Desgraciadamente todos sus estudios y proyectos se diluyeron el Océano Ártico.
Ramón, de pronto, creyó tener una revelación; si se quería mantener en el futuro un suministro de agua de calidad para el consumo humano, era necesario crear dos circuitos separados de agua, uno de agua potable tratada y de calidad para todo aquél uso que suponga contacto directo o indirecto con la alimentación humana, gestionado por el Ministerio de Salud Pública, y otro de agua procedente de depuración para el resto de usos, gestionado por el Ministerio de Industria y Minería; además, este agua debería ir coloreada, por ejemplo del mismo azul topacio donde ahora flotaba la angelical silueta de una joven bañista excepcionalmente esbelta que le superaba por la calle paralela. 
Ramón recordaba aquellas líneas y se convencía a si mismo de que habría que ir aún más lejos: <<a este segundo fluido no debería llamársele agua, y debería regularse su tratamiento para que en el futuro nunca más se mezclase con ella, sin haber pasado antes por destilación y un largo periodo de cuarentena tal vez de decenios o centenares de años. ¿Cómo se le podría llamar…?>>
Estaba tan metido en sus reflexiones, que por un momento se olvidó del medio en que se encontraba, y debió ser por eso que dejó de sacar la boca fuera del agua para respirar, absorbiendo una bocanada de agua, tan grande, que a pesar de la presteza con que su epiglotis reaccionó, no pudo evitar que penetrase algo en sus pulmones. El contacto del agua con su garganta, le produjo una tos convulsiva que, lejos de mejorar la situación, sólo hizo que empeorarla.
Ramón agitaba sus brazos en la piscina como un niño que no supiese nadar y por más que se esforzaba no conseguía recuperar la serenidad. Cada vez tragaba más agua, y a cada trago, le quemaba más, como si se tratase de un fuerte licor; tanto, que tuvo que dejar de mover los brazos para llevarse las manos a la garganta, entonces empezó a hundirse. La presión del agua aumentó, y tuvo que taparse la boca con la palma de la mano tratando de evitar que esta penetrase en su boca, pues a pesar de tenerla cerrada con fuerza parecía insuficiente para evitarlo. 
Ramón se vio a si mismo reposando contra el fondo de la piscina con los brazos en cruz y las piernas separadas como si unos grilletes invisibles le amarraran. Un fuego interno le quemaba por dentro entrando por su boca que, incomprensiblemente paralizado e incapaz de cerrarla, mantenía totalmente abierta. Poco a poco, aquél precioso azul topacio se convirtió en un gris que fue oscureciéndose hasta el negro, excepto en un punto blanco central que poco a poco fue haciéndose más grande hasta que inundó totalmente su retina con una luz intensa, entonces cerró los ojos.

Ramón, cariño mírame- ¿Estás bien? -le susurraba Claire.

Ramón, abrió los ojos lentamente y miró a Claire que estaba a su lado, su cara muy cerca de la suya. Le sorprendió verla sin sus gafas y con el pelo muy despeinado. Ramón trató de hablar para preguntarle que había pasado pero de su boca no podían salir palabras, sintió un fuerte escozor en la garganta que se lo impedía. Finalmente susurró:

¿Que ha sucedido?
Mon Cherie, se pasaron un montón con la mezcla de cloro de la piscina, te viste afectado y te hundiste al fondo. A pesar de que fueron unos segundos tragaste mucha agua, perdiste el conocimiento y has estado tres días en coma.
¿Tres días en coma...?

Texto no incluido en la mi novela: Los Viajeros del Agua (2012)

domingo, 24 de noviembre de 2013

VAGABUNDO VI. "Rotonda vacía"

¿No les ha pasado alguna vez que piden a sus hijos que se abriguen y hacen caso omiso? Es más, aún salen menos abrigados. A Israel, cansado tal vez de "consejitos" paternales, fue darle mi chaqueta y la recomendación de que se la pusiera, y no se le ha vuelto a ver; ha abandonado Rotonda seguido de todo su séquito imaginario.
Su ausencia nos ha dejado fríos. Echamos en falta una despedida. Por un lado, nos consolamos pensando que quizá ha vuelto a casa; por otro, dudamos, y creemos que lo más seguro es que haya emigrado hacia tierras más cálidas.

¿Continuará?

viernes, 22 de noviembre de 2013

Una gota de agua.

¿Qué tiene el agua dentro que sirve para todo?

Una gota de agua puede parecer poca cosa, pero con ella se puede: formar una gota de lluvia, un copo de nieve, dar brillo a nuestros ojos, demostrar que te has emocionado, que estás triste; desbordar un vaso, un borrón, un cortocircuito; hacer barro que será piedra, pintar un sol con acuarela, escribir un nombre con tinta; puede albergar un veneno mortal o la semilla de la vida; ser la baba de un niño o la de su abuelo; en ella crecen los microbios y nadan rojos los obreros de construyen nuestro cuerpo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Reflexión económica.

Dicen los analistos económicos que la sociedad del bienestar está muy endeudada, que hay que recortar gasto. No será como en aquel pueblo de 1.000 habitantes donde todo el mundo debía 100€, y a todo el mundo le debían 100€ (deuda total 100.000€); si es así, fabricando un billete de 100€  falso y prestándolo, se pueden saldar todas las deudas, incluido el préstamo falso, pues la deuda real es 100€ falsos, es decir: 0€. Al final se puede quemar el billete falso y aquí no ha pasado nada ilegal.
Es una exageración falaz, pero si ponemos lo que debemos y lo que se nos debe a cuenta de nuestro trabajo/patrimonio/ahorro, quizá no sea tanta la deuda como se nos dice; y, en cualquier caso, si está todo el mundo endeudado: ¿a quién se le debe el billete falso?

sábado, 16 de noviembre de 2013

Vagabundo V. "Otoño en el Reyno de Rotonda"

Ya hace frío en Rotonda. Ayer, un viento de guante blanco robaba impune el oro de las ramas de los árboles y un par de grados a los termómetros. Su Majestad, Israel I de Rotonda, daba cortos paseos circulares frente a su trono y se abrazaba a sí mismo; era evidente que estaba aterido, pues su indumentaria, la misma que llevaba el 10 de agosto (día de asados en parrilla) ya es insuficiente para el clima zaragozano. Martha, alarmada, en cuanto llegamos a casa se sumergió en mi armero, perdón quise decir armario, y un rato después salió armada, perdón quise decir arropada, con una chaqueta marrón de lana gruesa con cuello alto, también de lana, canesú y frontal de piel, cremallera rústica, y forrada de borreguillo; una especie de "remake noventero" de la que popularizó Marcelino Camacho cuando también daba pequeños paseos circulares.

-- ¿Te acuerdas? -me preguntó, mientras se miraba en el espejo coqueta.
-- Te queda muy grande -le respondí, fingiendo indiferencia.
-- Y a ti muy pequeña -me dijo, mirando mi barriga "paulanera" y recriminando mi frialdad.
-- ¿Qué cosa que te acuerdas ahora de esa chaqueta? -le pregunté.
-- ¿Te importa si se la damos a Israel? -me preguntó ella, mientras se la quitaba.
-- Vale. Puede que ese estilo "grunge" le guste. Hará juego con su corona de lana sobada -le dije, sonriendo.
-- No sé, la verdad es que me da pena desprenderme de ella. Huele a tu colonia -dijo Martha, estrujándola sobre su cara. 
-- No seas sentimental, el calor que nos dio no se arrancará de nuestros recuerdos; además, cada vez que le veamos con ella, a él le calentará y a nosotros nos refrescará la memoria.
-- Entonces, sí que te acuerdas -me preguntó aliviada.
-- Pues claro que me acuerdo, como podría olvidar un paseo de otoño como aquél en el bosque del Betato.
-- Y aún así no te importa desprenderte de ella.
-- Sí me importa, pero ahora prefiero que se la des.
-- Está limpia. ¿Se la llevas? -me pidió, mientras la plegaba para meterla en una bolsa.
-- ¿Ahora? -protesté, caliente y repantingado en el sofá.
-- ¿Tú has visto el frío que hace? -me recriminó.
-- A ver, Martha, que haya nevado en el Pirineo no significa que aquí esté helando -insistí, perezoso.

(Martha, jaquesa de nacimiento, guarda en su impronta una inexplicable asociación climática con el Pirineo, y en cuanto se entera que ha nevado en la Peña Oroel, se le enfrían las manos y comienza a buscar abrigo)

-- Está bien, yo se la llevo. El pobre chico se va ha helar de frío -sentenció decidida.
-- Dame -respondí, mientras me incorporaba.
-- Espera un momento, que te preparo algo para que cene.

Cuando llegué a Rotonda, Israel I, abandonado por sus súbditos que ya se habían retirado a sus nobles aposentos (cajeros más cercanos), de pie se comía una manzana que sostenía con su mano izquierda. Enseguida me ofreció una sonrisa y un saludo de su mano derecha. ¿Zurdo? Seguramente ambi-diestro, virtudes de la realeza.

-- ¡Hoola. amigo Phineas! -me saludó, como de costumbre.
-- Sana costumbre la de comer fruta. Yo siempre la tomo antes de las comidas -le dije.
-- Sí. Esta muy buena, quieres una. -me respondió, mientras rebuscaba en una de sus numerosas bolsas.
-- Pero no quedarán para ti.
-- No te preocupes, tengo dos más -me dijo su Majestad, haciendo gala de su inmensa generosidad.
-- Está bien, dame una -le respondí.
-- Están limpias, las he lavado en la fuente -me advirtió, mientras me ofrecía una grande y amarilla.
-- ¿Tienes frío? -le pregunté, justo antes de darle un buen bocado a la manzana.
-- No. Estoy genial, ahora mismo me iba a ir al albergue.
-- Pero hoy es más tarde que otros días -le pregunté extrañado.
-- No sé, como no llevo reloj -me respondió, ocultando su impaciencia.
-- Martha ha buscado esta chaqueta para ti, me ha dicho que le gustaría saber que te la pones le dije.
-- ¿Es tuya? -me preguntó.
-- Sí, pero ya no me entra -le respondí. Ambos nos reímos.
-- Vale, muchas gracias -me agradeció cogiéndola, mientras miraba la otra bolsa que yo llevaba.
-- Aquí tienes algo para cenar. Ten cuidado, hay un vaso con café caliente. Ah, y la fruta está lavada -los dos nos reímos de nuevo.
-- Muchas gracias, amigo; dale las gracias también a Martha.

Nos quedamos un momento en silencio, cada uno disfrutando de su manzana. Entonces, me pregunté cuánto tiempo más seguiríamos ocultándonos la verdad: que él no tiene intención u oportunidad de volver a casa y que yo me aprovecho de su experiencia vital para fabular escribiendo una historia que hoy en día no importa nadie. A punto estuve de contárselo, pero pensé que en aquel momento era más importante para él comer algo y refugiarse, que escuchar las divagaciones de un novelista aficionado.

-- Cuídate y ve al albergue, procura no dormir por ahí -le advertí, finalmente.
-- No te preocupes. Estoy genial. Que paséis buen fin de semana -me dijo, simpático.
-- Gracias por la manzana -le respondí, dándole otro bocado-. Tienes razón, está muy buena.

Volví a casa decidido a contarle todo la próxima vez que le vea; quién sabe, quizá me cuente porqué está en la calle y así nos podamos ayudar mutuamente.