martes, 15 de octubre de 2013

El Vagabundo III. "El Príncipe de Rotonda"

...
Lo encontré de nuevo pocos días después; se había afincado en la plaza más recóndita de nuestro barrio: de pie, frente al banco sobre el que reposaban sus bolsas de papel y una botella de agua medio llena, gesticulaba y hablaba; no sé si solo, o con la morera frondosa bajo cuya sombra se refugiaba. Esperé un momento a que "volviera" de su conversación, y me acerqué a él:

-- Hola Israel -le saludé.
--¡Aah! ¡Hoola amiigo! -me contestó, sorprendido y simpático.
-- Pensaba que habrías vuelto a Madrid -le dije,  mostrando cierto disgusto de verle aún así.
-- No. No he vuelto. Voy a quedarme unos días más por aquí.
-- ¿No tienes calor con tanta ropa? -le dije, mirando a su gorro de lana, calado hasta las orejas.
-- Estoy bien así, gracias.
-- Si esperas un rato aquí, te traeremos comida y algo de ropa de verano -le prometí.
-- Como quieras, pero estoy bien. De verdad. Tengo de todo -dijo, señalando sus bolsas de papel.
--¿Has comido? -le pregunté.
--Ahora me iba a preparar un bocadillo -me contestó.
--¿Comes bocadillos todos los días?
-- No; algunos días voy al Refugio de San Blas, allí me guardan las cosas, como, y me ducho.
-- La verdad es que la ropa no, pero "por dentro" pareces aseado -le dije, mirando a su rostro blanco, ligeramente pecoso, y a sus manos y antebrazos limpios.
-- Tienes razón, la ropa no está limpia -reconoció algo avergonzado, pero sin perder su sonrisa, que se tornó algo pícara;- a fin de mes iré al Refugio y me cambiaré, allí tengo de todo.

¡Es increíble lo limpios que lleva siempre sus dientes! Todo parece indicar que no fuma, no bebe, ni se droga; entonces: ¿por qué está en la calle un chico tan joven? ¿Y por qué se empeña en descuidar su aspecto, si se preocupa tanto de su higiene personal? Es como si la necesidad de parecer un mendigo, prevaleciera sobre el deseo de serlo realmente; una forma de llamar la atención, y con nosotros lo había conseguido.

-- Y cuando no vas al refugio, ¿qué comes? -le pregunté.
-- Hay un abuelo que me trae galletas -me dijo, como si con eso fuera suficiente.
-- Vaya menú. No te vayas, vuelvo en un rato.
-- Vale amigo -contestó, sin mostrar preocupación por si volvería o no.

Regresé con Martha en apenas media hora, le damos una bolsa con ropa, comida, bebida y algo de dinero metido en el bolsillo de una cazadora.

-- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó Martha.
-- Veintitrés, creo -contestó Israel, algo dubitativo.
-- Madre mía, pero si eres... -"un crío", murmuró Martha, y añadió:- ¿Y tu familia? Estarán muy preocupados.
-- Bastante, pero no saben bien como estoy, ellos creen que duermo siempre en un albergue.
-- Toma, llámalos -le dije, ofreciéndole mi móvil.
-- Ahora no, gracias -dijo, rehusando mi ofrecimiento amablemente.

No mostró tristeza, ni contrariedad que nos hiciera pensar que tratar de su familia le produjera dolor o disgusto. Insistí un par de veces, pero ya ni me contestó, sólo sonrió y desistí.
A partir de ese día Israel pasó a formar parte de nuestras actividades diarias, le llevamos comida, calzado, ropa.
Israel nunca se ha quejado de su situación ni nos ha pedido absolutamente nada, sin embargo, todo lo ha agradecido con educación refinada.

-- ¡Ah! ¡Se agradece el agua de la nevera! -dijo un día que parecía algo afligido por el calor.

Pasaron los días, nosotros nuestra rutina, él la suya: dormir en un cajero, pasar la mañana en su isla verde, redonda y rodeada por un océano de asfalto, donde tiene su banco, sombra abundante, agua de la fuente, césped para la siesta, la escasa compañía de palomas, gorriones, un par de urracas y algunos ancianos; parece ser que hay más habitantes en su isla, pero sólo él los ve. Ciertamente se trata de un espacio al que hay que ir de propio, pues, aunque la rodean coches permanentemente; andando, no cae de camino a ninguna parte. El lugar perfecto para naufragar.
Le veíamos casi a diario. No hablamos mucho, porque nos parecía un abuso andar sonsacándole sobre su vida, sólo por el echo de que le ayudamos un poco. Aún así, os puedo resumir algunas conversaciones que mantuvimos:
-- ¿No tienes miedo? -le pregunté un día.
-- No, nada. En esta ciudad hay gente muy buena.
-- No creas, aquí hay de todo, como en cualquier lugar. Creo que eres extraordinariamente valiente, pero ten mucho cuidado.
-- No te preocupes amigo; sólo un día un abuelo se metió conmigo y me llamó "vago". Pero, ¿sabes lo que hice?
-- No, dime.
-- Hice como que no le oía -su afirmación me preocupo mucho, pues me pareció algo infantil.
-- Buena táctica. ¿Porqué viniste a Zaragoza? -aproveché a preguntarle.
-- Mis abuelos eran de aquí, de niño pasé algunos días con ellos. Vivían en el barrio del Arrabal, pero ya se murieron los dos.
-- Y no tienes a nadie más aquí.
-- No.

Llegaba septiembre y, antes de terminar nuestras vacaciones, pensamos que era momento de tener una conversación seria con él. Si se trataba de una aventura estival, era momento de ponerle fin.
-- Israel -le dije, poniéndome algo grave,- ya ves que en todo este tiempo no hemos tratado de cuestionar tu elección de vida. Eres mayor de edad. Dices que estás bien, que tienes trabajo en el taller de motos de un amigo, llave de tu casa, una familia esperándote, y que puedes volver cuando quieras, pero la verdad es que cada día que pasa te vemos más abandonado, no has usado la ropa ni el calzado que te dimos; aunque pareces aseado y feliz, creemos que estar así, no pueda hacerte bien. Si necesitas otro tipo de ayuda, dínoslo y nosotros te ayudaremos.
Entonces, él, sin esconder su sonrisa blanca, ni mostrar contrariedad, guardo la mini-radio de cuerda que le habíamos regalado, y me dijo:

-- No creas estoy así porque huya de alguien ni de algo. Necesitaba tomarme un tiempo a solas para encontrarme a mí mismo.
-- Me parece muy bien que quieras encontrarte a ti mismo, pero puede ocurrir que una vez que has iniciado este viaje, primero tengas miedo de volver, luego vergüenza, el tiempo pasa deprisa y puedes terminar olvidando el camino de regreso.
-- Me acuerdo de mi familia a diario -me respondió serio, por primera vez desde que le conociera.- Voy a estar unos días más por aquí y volveré.
--Perfecto -le dije,- eso me tranquiliza. Nos vamos fuera un par de semanas y no podremos ayudarte.
-- ¿De vacaciones? -me preguntó,  entre contento y preocupado.
-- No, hoy termino mis vacaciones; nos vamos porque tengo que trabajar fuera -le respondí.
Israel se quedó mirándome en silencio sin saber que decir. Entonces le dije:
-- Llevo prisa, más tarde vendrá Martha y te dará un sobre con dinero, no es para que te vayas, es para que vuelvas. La mitad para que vuelvas a tu casa, y la otra mitad, para vuelvas a vernos algún día y nos invites a comer. Ya tenemos ganas de verte con otra pinta.
--Muchas gracias amigo -dijo, ofreciéndome su mano, que estreche.
 Desde luego no era la mano de un mecánico de motos, si no, más bien, la de un pianista. Agarrándole cordialmente por su hombro huesudo, le dije:
--Vuelve a casa muchacho, si es cierto que tienes donde ir, si no, dime qué más podemos hacer por ti.
--A primeros de mes tengo que ir por el Refugio, recogeré mis cosas y volveré. Descuida.
-- Está bien Israel, hasta la vista, vecino -le dije, bromeando.
-- Muchas gracias, Phineas. Sois encantadores.
Martha, algo recelosa por tener que hablar con él sola, hizo lo acordado, le dio el dinero, más ropa, y una bolsa de viaje.
Pasamos tres semanas fuera de Zaragoza, a nuestro regreso lo primero que hicimos fue ir a la plaza insular y redonda donde Israel había vivido varios meses. Nos reconforto comprobar que no estaba, claro que era tarde y a esas horas solía refugiarse en algún cajero. Al día siguiente, domingo, salimos a pasear y nos pasamos de propio para comprobar su ausencia.
Israel estaba sentado en el mismo banco de madera, con la misma indumentaria sucia y rota, la barba muy crecida y desigual. Junto a él sus bolsas de papel, llenas a saber de qué, en sus manos una revista. Estaba leyendo y escuchando música.
El Príncipe harapiento de la Isla Redonda, no había vuelto a casa, o quien sabe si ya se encontraba en ella.
Nos acercamos a él; en cuanto nos vio se incorporó, se quitó los cascos y nos dijo:

--Hoola, amiigos, me alegro de veros; me teníais preocupado.

Continuará...






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