domingo, 25 de agosto de 2013

El Vagabundo II. -Israel-

Pasaron varios días sin que volviéramos a verle. Al principio aún lo nombrábamos cuando pasábamos paseando junto al banco donde le vimos la primera vez. Transcurridas un par de semanas, ambos convencimos nuestras conciencias asumiendo que habría vuelto a casa, que se había tratado de un experimento propio de un muchacho culto y bohemio, pero que ya estaría en su apartamento, quién sabe si de La Moraleja. Asunto zanjado.

Dejar el trabajo para venir a Zaragoza a vivir como un indigente. Hay gente "pa tó".

Como de costumbre, el primer sábado de mes, habíamos hecho limpieza de papeles: correo comercial, periódicos y revistas llenas de vicios y tonterías; libros no, aunque hay un par que ya han dormido durante unos días en el "saco" de los papeles "para tirar", aunque finalmente los he indultado. Uno de ellos no lo escribí yo, y el otro no lo escribió Sánchez Dragó.

Estaba pues introduciendo los papeles en el contenedor Azul, cuando le vi emerger de entre los contenedores Verdes. Volver a verlo, me sorprendió tanto como me decepcionó.

Llevaba exactamente la misma indumentaria que de costumbre: zapatillas irreversiblemente destrozadas, pantalón de pana marrón dos tallas más grande, largo y muy erosionado por los bajos, jersey con vida propia, y el gorro de lana negra calado hasta la nuca; todo igual, sólo que veintiocho días más sucio y con quince grados más en el termómetro de la calle. Su barba pelirroja , que también había cumplido un mes más, aumentaba la blancura impoluta de sus dientes, las pecas de su cara todavía no curtida por el sol, y la claridad de sus ojos grises.

--- Hola --le saludé al pasar a mi lado.
--- ¡Ah! ¡Hola! No te había reconocido --me dijo, pausado y muy seguro de si mismo.
--- Entonces; ¿te acuerdas de mí? --le pregunté vanidoso.
--- Sí. Sí que me acuerdo.
--- Hace días que no te veíamos. Pensábamos que te habrías ido.

No me contestó.

--- ¿Necesitas algo? --le pregunté.
--- No gracias. Estoy genial --me respondió; siempre sonriendo.
--- Pero, estas buscando... --dije, señalando a los contenedores Verdes.
--- No, de verdad. Estoy genial --repitió, mostrándome sus dos bolsas de papel resistente, llenas de mendrugos de pan, botellas de agua medio llenas, y qué se yo que más.

La muletilla recurrente: "Estoy genial", me hizo pensar que el muchacho podía tener algún tipo de trastorno que le había llevado a un estado tan lamentable, lo cual aún reforzó más mi preocupación por él. De repente tuve la necesidad de saber más de él, reconozco que con la intención de poner a prueba su "fortaleza" mental. Como si yo tuviera aptitudes para semejante examen. :)

--- ¿Cómo te llamas? --le pregunté, con cierto pudor y esperando que no me contestaría.
--- Israel --me contestó, sin pensarlo dos veces.
--- Phineas --le dije, tendiéndole mi mano, que el aceptó tras dejar una de sus bolsas en el suelo.
--- ¿De dónde eres? --le pregunté, en otro alarde de genialidad psicoanalítica.
--- De Madrid. --me contestó enseguida.

Ahora sé que, de haber seguido el interrogatorio, me habría dicho todo sobre él. Y os podría mentir diciendo que me sentí como un... "Gestapo", interrogando a un pobre joven; pero la verdad es que sentí cómo, la aparente sinceridad con la que Israel desvelaba su intimidad, ponía en peligro la mía, así que: en lugar de preguntarle su nombre completo, dónde estaba tu familia, si quería que le pusiera en contacto con ellos, o al menos decirle "ven conmigo que te vamos a ayudar", huí de la siguiente forma hipócrita:

--- Si necesitas cualquier cosa, pasa por ese portal (que no era el mío) todos los días a las ocho de la tarde.
--- Vale. Gracias. Estoy genial, de verdad. Estoy genial --me contestó.
--- Bueno, pero si quieres, ya sabes --insistí, sinceramente.
--- Gracias --repitió, recogiendo su bolsa y alejándose de mí.
--- Bueno. Adiós Israel.
--- Adiós Phineas --correspondió sonriendo.

Observé en que dirección desaparecía y volví a casa con la conciencia revuelta. Al llegar, le conté a Martha lo sucedido. Ella, de inmediato, se puso a preparar una bolsa de lona con ropa usada de nuestro hijo, más acorde a la época del año en la que entrábamos, bebida y comida  para dos días.

Corrimos a buscarlo, pero no le encontramos.

Continuará....

jueves, 22 de agosto de 2013

El Vagabundo I.

La vida nos rodea con unos límites sociológicos que definen el campo de batalla de nuestro ejercicio vital. Estos límites cambian con el tiempo; con frecuencia nos afanamos en ampliarlos con conquistas que no siempre conseguimos, incluso llegamos a perder terreno en amargas derrotas. A veces lo hacen espontáneamente, ora abriéndonos nuevos horizontes, ora limitando o impidiéndonos el acceso a espacios ya conocidos. Otras veces, las alteraciones resultan de la entrada o salida de actores nuevos, que suman o restan su espacio al nuestro: amig@s, espos@s, hij@s, novi@s, seres queridos que nos dejan. Excepcionalmente, aparecen personas que irrumpen en nuestras vidas de forma totalmente inesperada, incluso involuntaria y sin aportar nada a cambio, al menos aparentemente.

Algo así nos viene ocurriendo a mi esposa y a mí desde hace unos meses.

Comenzó a primeros de mayo, aún hacía frío; ya sabéis cuánto tardó en llegar esta primavera "otoñal" que hemos sufrido. Paseábamos por nuestro barrio. Como siempre, ella fue la primera en observarlo, advertido por ella, enseguida lo vi también. Quizá fue su blanca sonrisa, o su mirada limpia de inocente, lo que llamó nuestra atención, pero lo que nos conmovió profundamente, fue lo joven que parecía para ser un vagabundo.

Estaba sentado sobre el respaldo de un banco de la calle. Los pies, con unas zapatillas viejas y sucias, sobre el asiento. Los brazos, apoyados en sus rodillas, sujetaban su cabeza agachada, hasta que pasamos junto a él, entonces levantó la cabeza y nos regaló una sonrisa cautivadora que ambos le devolvimos como si le conociéramos del barrio.

Os parecerá una obscenidad lo que voy a decir, pero si existiera una boutique para vestir indigentes, el muchacho parecía haberse vestido en ella: unos pantalones de lona marrón, arrugados y más largos de la cuenta, se amontonaban sobre las zapatillas citadas; una camiseta, todavía blanca, se asomaba por el cuello redondo de un jersey amplio de lana, muy rozado y comido por el sol, quizá fue de color marrón; un gorro negro, también de lana, ajustado sobre su cabeza, dejaba escapar algunos rizos, casi pelirrojos, emergiendo hacia su nuca.

Mal afeitado, una barba de cabellos rojizos, incipiente y poco espesa, denotaba su juventud. Yo no le eché más de veintitres años.

--- Pobre muchacho --dijo mi esposa y continuó--. ¿Es posible que esté en la calle? Parece tan joven.
--- Parece extranjero. Habrá venido en plan hippie, con la VISA en el bolsillo. --dije yo displicente.
Pero una bolsa de papel como único equipaje y su soledad, hicieron reconsiderar mi afirmación.
Seguimos nuestro paseo camino de casa comentando lo difíciles que se estaban poniendo las cosas, y la suerte que teníamos nosotros, de momento, pues la preocupación por nuestros hijos, seguramente, ya no nos la quitaremos nunca de encima.

Los dos días siguientes no hubo paseo, llegué a casa demasiado tarde, pero llegado el viernes nuestro paseo de costumbre no faltó. De vuelta a casa, después de disfrutar una pinta en el Murray's,  ya con las últimas luces de la tarde, volvimos a verle en el mismo sitio, misma postura, misma indumentaria; sólo un cambio, en lugar de una, eran dos las bolsas de papel que le acompañaban.

No cabía duda, el muchacho estaba en la calle.

Escandalizados, seducidos por la terrorífica idea de que un hijo nuestro pudiera verse en semejante trance, sin que nadie le ayudara, vacilamos un momento con la idea de preguntarle, pero cierto pudor y algo de reparo, nos lo impidieron; en  su lugar aceleramos el paso camino de casa.

-- Corre, vamos a casa, le prepararé algo para que cene --dijo mi esposa, atacada de instinto maternal.

Media hora más tarde, sólo, armado con una bolsa de plástico que contenía un gran bocadillo, zumos, batidos, agua y frutos secos, me presenté en el lugar donde le habíamos visto. El muchacho no estaba. Durante una hora, mientras mi hijo se preparaba en casa un examen de matemáticas y mi padre debía estar acostándose en su cama de la residencia de ancianos, anduve por las calles de mi barrio buscándolo. Nunca había hecho algo así, y me resultaba rarísimo verme a mi mismo haciéndolo por un extraño: quería encontrarle, llegué a desearlo con desesperación. ---Con el frío que hace ¿Dónde pasará la noche?---. Me preguntaba, cuando sonó mi móvil. Era Martha.

--- ¿Estás bien?
--- Sí.
--- ¿Le has encontrado?
--- No. A lo mejor sí tiene piso, y está así en la calle, es porque está un poco trastornado.
--- Está bien vuelve a casa. Es muy tarde. Si le volvemos a ver le preguntaremos.
--- Ok.

Auto-convenciéndome de lo precipitada y exagerada que había sido nuestra reacción, volví a casa y me comí el bocadillo del vagabundo.

Al día siguiente, sábado, salíamos de nuestra calle camino de la compra semanal, cuando le vimos de nuevo, ésta vez fue el colmo, con equipaje de bolsas de papel, estaba rebuscando en una papelera, encontró una lata de refresco, la cogió y la escurrió infructuosamente sobre su boca.
Nos armamos de valor, aparcamos el coche precipitadamente, y nos acercamos a él como quien se acerca a un animalito silvestre, con sigilo, de cara, mirándole a los ojos y mostrándole nuestras manos desarmadas.

--- Perdona --le dije, algo temeroso.
--- ¿Sí? --dijo él, en perfecto castellano.
--- Es que te hemos visto varias veces por aquí, y bueno... Es que... ¿Vives en la calle? --pregunté al fin.
--- Sí --afirmó él, simpático, rotundo, sin pudor ni preocupación.
--- Pero... eres tan joven --dijo Martha.
--- ¿Estás bien? --le pregunté yo.
--- Sí, estoy genial --contestó sonriendo y convencido de su afirmación.
--- ¿Dónde te alojas?
--- A veces voy al refugio de San Blas.
--- ¿Tienes comida? ¿Necesitas algo? --le preguntó Martha, protectora.
--- No gracias. De verdad. Estoy genial  --repitió.
--- Es que eres tan joven --insistió Martha--. ¿Quieres el teléfono para llamar a alguien?
--- No gracias, tengo trabajo y casa. Estoy en la calle por voluntad propia. Cuando quiera puedo volver. Tengo llaves de casa.
--- ¿De verdad no necesitas nada?
--- Estoy genial. Gracias  --dijo con su sonrisa blanca y perfectamente"odontologizada"
--- Bueno, si es una elección tuya no te molestamos más.
--- Gracias, estoy genial --concluyó, con su dicción de bachiller castellano.
--- Cuídate muchacho.
--- Gracias. Que pasen buen día.

Sin decir más, nos rodeó con amabilidad, y prosiguió con paso firme.

Continuará....


Los Bandoleros del Siglo XXI (inspirado en la canción El Bandoler, de Lluis Llach

Ahora, en el siglo XXI, los bandoleros ya no parecen tan malvados, no asaltan carruajes y ya no clavan sádicos sus dagas oxidadas a el pecho de los viajeros desprevenidos. Se ocultan con semblantes amables e inocentes, tras atriles, mostradores, púlpitos y pantallas de plasma; desde donde siguen vaciando los bolsillos de los ciudadanos confiados. Parecen más civilizados, no disfrutan de la sangre brotando de sus víctimas, prefieren el silencio de sus bolsillos vacíos; eso sí, siguen sin mostrar piedad de sus desahuciados.

¿Les quedará a las víctimas el consuelo: de verlos condenados, arrodillados rezando delante de la Virgen del Carmen, pidiendo piedad?

Ningú ho veurà (Nadie lo verá).

El Indio Ibérico

Ya nos falta menos para volver al Indio Ibérico. ¡Fuera el urbanismo romano! ¡A cascarla el derecho canónico! Olvidemos el misticismo post-visigodo, ni hablar de cultura árabe. ¡Qué puñetas fue eso del descubrimiento de América! ¡Abajo los nuevos ricos indianos! !Vivan Mandonio e Indívil!

Un ejemplo:
Nuestras carreteras comarcales. Cuando sean todas de tierra, serán mucho menos peligrosas. Es sarcasmo ¡Eh! Ya me parece estar viendo a los futuros indios rastreadores ibéricos, vestidos con taparrabos hechos de jirones de táctel, ornamentados con una raya blanca partiendo en dos su rostro, el pecho con listas rojigualdas; agachados entre los arbustos en busca de trazas de la antigua vía Almodense.
El hijo le dice al padre en su lengua aborigen:

-- Mira papaaïta, here pos veure Handiak Serp Blanca aztarna.

A lo que el padre responde:

-- Uzten ver, little Ikerjordi.

La Era de Acuario.

Justo después de que la siniestra guadaña de Chronos segara el último instante de nuestra Era, Clio dio vuelta a la Clepsidra. La gran renovación de los tiempos había llegado, la Era de Acuario daba comienzo.

La boda (Dentro del Agua, 1986).

Al salir del hotel, justo antes de partir hacia su luna de miel, Ramón entregó a Andrea una cajita pequeña. Ella, bellísima, sonrió; seguramente por lo lamentablemente envuelta que estaba. La abrió deprisa. Dentro había un teléfono móvil muy usado, lo reconoció al instante, era el viejo móvil que Ramón hacía tiempo no usaba.
 Que seáis muy felices ___Andrea, a su lado, lloraba de alegría.
...

El viaje de vuelta a casa (1986).

Aquella fría y ventosa tarde de principios de marzo; Ramón, mientras conducía de vuelta casa, vio una bandada de aves que venían volando desde África. Luchaban contra el viento para conseguir suficiente altura y así remontar los Pirineos. Al verlas, reflexionó sobre la importancia que nos damos los seres humanos cuando repasamos nuestra historia, se nos hincha el pecho pensando en Aníbal, en Colón, en Napoleón y en tantas otras gestas épicas aunque con frecuencia dudosamente honrosas. Pensó que en ese mismo momento él podía estar presenciando una gesta que, por natural, no podía ser menos épica y desde luego mucho más honorable; cuyos personajes, podían estar expuestos a aventuras tan gloriosas como las de los propios humanos. Sin embargo, nadie hablaría jamás de ellos.

La resurrección de los muertos (1985).

Mientras, mirando de reojo al retrovisor, se deleitaba observando el reflejo incisivo del sol en sus nuevas gafas de sol, Ramón oyó la noticia en la radio y entonces comprendió que la profecía del Apocalipsis, aunque aún tardaría mucho tiempo, acabaría por hacerse realidad y los muertos saldrían de sus tumbas. Pero más que temor al fin de los días, lo que sintió fue una sensación de desprecio hacia esa gente, los mismos estúpidos de siempre, sólo que ahora sin religión ni creencias morales, estarían dispuestos a gastarse hasta el dinero que no tenían, para clonarse o clonar a cualquier ser querido o deseado, humano o no, de quién aún se pudiera recuperar suficiente masa genética, y así devolverlos de nuevo a la vida.

¡Por favor! sólo por pensarlo se le revolvían las tripas. Se imaginaba compartiendo de nuevo con aquellos a quien se suponía no volvería a ver ni en cielo, ni infierno, pues en estos no creía, por no hablar de aquellos para quienes la muerte había supuesto una auténtica liberación propia o ajena. Por duro que parezca, si había algo, aparte de que la realidad de la muerte siempre sería injusta y dolorosa, que consideraba realmente justo y le reconfortaba, era la certeza de que nadie volvería jamás, y su convencimiento de que no hay vida póstuma ni efímera ni eterna.

La Bandera (1987)

Una buena bandera, tirada en el suelo, es como una madre caída, hay que ayudar a izarla, aunque no sea la tuya.

Me voy y me quieren (1977).

Es tarde, demasiado tarde,
demasiados pasos hacia delante.
Siento como la última brisa
me dice, sin su sonrisa,
que no volverá a visitarme.
Veo, desde mi féretro engalanado,
como un perro asustado,
que en el horizonte de la calle,
ya ha cambiado su dulce talle
por un retorcido temor,
que en mí ha quebrado en olor.
Y es el putrefacto olor que me empieza a rodearme,
y si es mi cuerpo el difunto; ¿Por qué estuvo aquel perro a punto,
de por mí una lágrima soltar?

Alzheimer.

Cuando falla la memoria, los recuerdos vuelan y se confunden entre las ramas de los árboles como gorriones asustados por la algarabía de unos niños jugando. ¿Servirá de algo enjaularlos entre los negros barrotes de las páginas de un libro?

Nuestros Hijos.

Nuestros hijos no nos pertenecen, son sólo los portadores anónimos de nuestro pasado. Debemos prepararlos para la vida, despertar su consciencia y, llegado el momento, observarlos desde la distancia que ellos establezcan, disfrutando de sus éxitos, y siempre dispuestos a ayudarles cuando nos lo pidan.

Cuadernos de la infancia (2006).

..acaso esos cuadernos que escribimos cuando niños y que luego olvidamos, no quedan condenados a una espera que podría ser eterna; a que algún día los volvamos a leer.
-- ¡Qué triste! Entonces, porque nos empeñamos en que nuestros hijos los escriban.
-- Hace miles de años, aprendíamos a caminar dejando nuestras huellas sobre la arena, luego el viento o el mar las borraba y a nadie le importaba; Tiempo después, ya erguidos, manchamos con nuestras manos ensangrentadas lo más profundo de las cuevas, con la esperanza de que sólo los dioses lo vieran. Especie dominante, conquistamos el mundo recorriendo montañas y selvas. Para pisotearlo todo, nos metimos en máquinas que se movían, para acabar caminando sólo por diversión. Del mismo modo, aprendimos a leer y a escribir para conquistar la sabiduría, pero también acabamos confiando el conocimiento a las máquinas. Pronto no será necesario aprender, el saber necesario nos vendrá dado en la impronta. Sólo los arqueólogos leerán.
-- Quieres decir que no será necesario aprender a leer y a escribir.
-- Sí lo será, pero sólo para quienes realmente lo necesiten.
-- ¿Y el resto?
-- Les valdrá con ideogramas.
-- ¿Entonces la historia se repite?
-- Sí, cada 3600 años.
-- Pero si quieres decir algo, escríbelo, la letra siempre aguanta más que la palabra.

El Confitero.

Terminada su novela, el escritor, vació sobre su escritorio el cestillo lleno de palabras preciosas que había recolectado durante los seis últimos meses, lo que le trajo a la memoria que, como descuidó su huerto pues el oficio de inventar historias le había tenido muy ocupado, algunas las había tenido que hurtar en la calle y otras muchas, las había robado en las mejores almunias literarias. 
Sin importarle más, y del mismo modo que un confitero reparte frutas glaseadas, guindas, moras y frambuesas por lo alto de un pastel, pasó el resto de la tarde salpicándolas por la superficie de su novela; así, donde antes puso poeta, ahora pone rapsoda, donde dijo médico ahora dice galeno, para decir superviviente dijo redivivo, para acalorado, vehemente,…
… al final, creyendo que aún era mucho pastel para tan poca guirnalda, echó mano de la conserva, y paseando su dedo índice por un bote de la Real Academia, seguramente caducado, fue eligiendo chocolatinas tan empalagosas como inapropiadas, dejando caer virutas como manolo, bracero, lumia, jorongo; entre otras.

La indigestión estaba asegurada.

Megalomanía (1995).

La megalomanía es la manía de creerse uno a si mismo muy grande, mucho más de lo que realmente es; así, el niño maniático y temeroso, pasea descalzo por la orilla del mar y, abriendo sus ojitos azules, se funde con él, y siente que es grande, tan grande como el mar; por lo mismo, en su cumbre, el escalador, hinchando sus pulmones con el aire frío de la montaña y dejando caer su mirada hacia el horizonte, montaña se siente y es grande, tan grande como el mundo que tiene a sus pies. El hombre querido, que habiendo alcanzado el cenit de su vida, observa desde la cristalina escalera que le conduce al cielo, a aquellos que quedaron atrás para rezarle, se siente grande. Así yo, maniático y enamorado de ti hasta la muerte, a tu lado me siento GRANDE, tan grande como TÚ. 

Martha (1988).


Cariño, fija tu mirada en un punto cualquiera del cielo, en pleno día; si miras al sol brillante, su luz te cegará; si miras a la luna, su embrujo te dominará; si miras a las nubes, en ellas tus ojos se dormirán; pero, si tienes suerte, y miras al limpio y profundo cielo azul, tu mirada viajará lejos, y aunque caiga la noche no se enterará; así, un día de suerte, mis ojos se fijaron en los tuyos y de mirarlos nunca se cansarán.

Dulce es el color de tu mirada.

Frío el tacto de tus manos vacías.

Negro es el sabor de tu ausencia.

Rojo el de tus labios.

Cálido el tacto de tus finos cabellos

Salado el color de tus lágrimas secas.

Azul el sabor de la brisa que eriza tu pelo, a la orilla del mar.

La Dama del agua (1978).


A ti, sola, viva, muerta;

a ti, mujer de mi puerta.

A la tarde vivida,

al momento inspirado,

al recuerdo expulsado,

a la letra sentida,

al párrafo borrado;

censurado, no escuchado.

!Que no se enteren!,

que si pueden, me hieren.

Que no sepan lo que te he amado.

Que sólo tú; tú, mi Dama conocida;

tú, entre mil elegida,

seas la única en saberlo.

PhineasTheron (23_nov_1978)

miércoles, 21 de agosto de 2013

Bossa Nova.

Nació en Ipanema, una mañana de un día como hoy de 1956. Bossa Nova no fue alumbrada, fue la luz misma que irrumpió violenta en la oscura estancia de un club nocturno, al abrir puertas y ventanas para ventilar sus paredes aterciopeladas de su impregnación a éxtasis erótico, tabaco y náusea etílica. 

Había sido una noche aciaga y negra. La luna, ausente, no había acudido a mecerse desnuda desdibujándose en las aguas poco profundas de Ipanema, ni en las de Copacabana. Después de varias horas de Samba y Cachaça, los habitantes de la oscuridad, se habían guarecido taciturnos, ocultándose en los reservados purpúreos y neblinosos del Baronneti’s Club; sólo la agitación y el sudoroso brillo de sus cuerpos semidesnudos, delataba su presencia.

Bossa Nova vino con el Sol y no lo hizo de cara, sino a traición, por las puertas traseras del Club, pues en Río amanece tarde y desde las montañas. Los últimos clientes dormían sobre los senos hinchados de jovencitas cariocas, que aprovechaban para desayunar un café con leche y bromear entre ellas con signos que no despertasen a sus bestias. La orquesta, en la más absoluta oscuridad, seguía tocando de modo automático e hipnótico compases erráticos de Jazz. Al recibir la luz del Sol, los músicos, en lugar de finalizar la velada ocultándose en sus aposentos góticos, fueron animando el ritmo al tiempo que las pupilas de los camareros se abrían después de levantar sus cabezas del frío mármol de la barra del bar. 

Arrastrados por una fuerza sobrenatural, todos los presentes despertaron de su letargo matinal y comenzaron a zarandear sus cabezas y cinturas con el son agradable de la melodía “nueva”. Al final todos bailaban suavemente sobre la pista de cobre iluminada por un fogonazo de luz solar. Eran las doce del mediodía austral, había nacido Bossa Nova.

Amigos míos, la alegría no es eterna, la tristeza sí, y vive permanentemente dentro de nosotros, pero no os escandalicéis, la tristeza no es lo contrario a la alegría, es otro estado de ánimo. Lo contrario a la alegría es la desgracia. La tristeza es agridulce y cuando nos falta la alegría, si no somos desgraciados, podemos disfrutar de nuestra tristeza.

Para quienes os encontréis a menos de una hora del mar y no estéis alegres, todavía hay tiempo para cargar esta música en vuestro ipod y correr a pasear vuestros pies desnudos sobre la arena, dejando que el mar los acaricie, saborear vuestra tristeza hasta que la luz de un día nuevo os llene de alegría.


PD: En compañía es más seguro, no os vaya a dar un ataque de melancolía y acabéis imitando a Alfonsina y el Mar.

Dolores.

Hoy se cumplen diez años del fallecimiento de madre, Dolores: una infancia en guerra, veinte años con el reloj social girando al revés, cuatro décadas de sumisión y trabajo duro, aquí y en el extranjero. Dos hijos bien criados, una jubilación merecida pero efímera, truncada por la enfermedad y once años postrada en la cama; en coma vegetativo. Una tragedia vaticinada por su nombre.

Oración: Qué gran abuela se perdieron mis hijos. ¡¡Redios!!

La Peña Montañesa.

Dice el romance del loco, que fue un visionario: que duerme la joven pastora, su sueño milenario. Sábanas de nieve sobre su cuerpo lozano, al río se fueron en cuanto llegó el verano, y cúbrenlo ahora las nubes, de la mirada del villano, hasta que un príncipe Cheso, la despierte de un beso.

Color vs Escala de Grises.

Quizá el Ser Humano lleva menos tiempo viendo colores que grises. Además si nos sumergimos en la noche de los tiempos: aquellas larguísimas tardes y noches glaciares, acurrucados en torno a las brasas de una hoguera, donde los contrastes claroscuros estimulaban la trasmisión oral de mitos y leyendas ancestrales. Ése es el estímulo de la ausencia de color.

Aunque cueste creerlo, reproducir el color es un lujo neuronal. Si no es imprescindible, el cerebro "ataja" omitiéndolo en nuestros recuerdos, por eso casi nunca soñamos en color. Como contraprestación nos regala sensaciones atávicas que refuerzan los recuerdos. De ahí nuestro gusto por la escala de grises. Pero no os emocionéis, vivir rodeado de grises sería horrible; ¿acaso habéis olvidado los 60-70?

Nino Bravo. In memoriam

Murió el hombre, su voz no morirá jamás. Aunque cierren todos los Karaokes, se acabe la electricidad y se gasten todas las pilas, mientras haya un hombre a quien le guste cantar, tenga voz y cuente con la protección acústica de una ducha de agua, oiremos a Nino, o algo parecido. Su espíritu permanecerá.

Agua, III: Agua para todos.

Si se hace racionalmente, en el camino del agua hay lugar para casi todo; en orden: esquí, pesca, producción hidroeléctrica, boca, riego, vela, rafting, piscifactoría, ganadería, otro riego, industria, ocio, más riego... Eso sí: todos toman, todos pagan; por consumo y proporcionalmente al beneficio obtenido; y ninguno ensucia ni malgasta. Quien consume tiene preferencia sobre quien no lo hace, pues se entiende que consumir agua es esencial para él (boca, ganadería, agricultura e industria, por este orden) Hay una cantidad que es propiedad de la Naturaleza, se trata del caudal ecológico o de mantenimiento del ecosistema. Calcular este caudal en cada tramo es posible y es una obligación responsabilidad de los técnicos competentes, escuchando a todos los partícipes; para eso están las Confederaciones Hidrográficas. Saludos septentrionales.

Relatividad.

Tras el cristal de su realidad, observa inmóvil el pasajero estoico cómo el mundo que le rodea se disuelve en la bruma viscosa de sus sueños y se reconstruye cada vez que su mirada regresa del infinito interior de sus pensamientos. Nada se mueve, sólo el tiempo. No hay viaje, sólo cambio metafísico.

Otón.

Es mucho más justo morir uno por todos que todos por uno. Hace unos días, comiendo con un buen amigo, común a muchos de nosotros, (si quiere que se manifieste :) ), me comentó un hecho histórico que yo desconocía; no porque ese día no asistiera a clase de historia, si no porque carezco de la formación histórica necesaria. Se trataba del efímero (tres meses) emperador romano, Otón; que tiene a gala haber sido protagonista de un hecho apenas emulado (acaso por uno de Santiago de Chile y por otro Belén, aunque de éste no lo tengo muy claro). Otón sacrificó su vida para evitar la muerte de muchos en una batalla iniciada por él mismo y que no necesariamente daba por perdida. Llevo dos semanas dándole vueltas a la gesta de éste romano, y me pregunto si, por el bien de ya no de muchos si no de casi todos, no es el momento de que alguno(s) de los que nos han llevado a este debacle socio-económico se sacrifique, dejando de la voluntad o de la conciencia de otros, la decisión de acompañarle a la pira. ¡Qué tiempos aquellos de los romanos!

Graffiti.

Algunos encuentran en los rincones de nuestra cotidianidad, el vacío perfecto donde perpetuar sus sueños. Pobres ingenuos, no saben que nuestra cotidianidad es tan efímera como sus mejores sueños.

Agua, II: Aquademia.

Hay aspectos de la cultura humana que precisan de una atención especial, tal era el caso de la seguridad laboral que, ante la sangría de accidentes de trabajo, hizo necesaria una legislación penal de urgencia para los responsables y una formación tardía, intensiva y recurrente de todos los trabajadores, hasta conseguir una reducción drástica de los accidentes de trabajo. La Cultura de Seguridad todavía no es asignatura troncal en la educación primaria, así nos va aún. Pero, a lo que iba, ¿y la Cultura del Agua? ¿Como andamos de ésta? Mal. La urbanización de la Sociedad nos ha separado de la preocupación por el agua y nos ha convencido de que es un producto de consumo que otros fabrican y nos ponen en casa a un precio asequible, pero cada vez más ligado a los caprichos liberales de modo que, algún día, no todos tendremos capacidad de adquirir agua de calidad. ¡Pues no señor! Agua potable para beber, aire limpio para respirar y el suelo firme donde pisar, son derechos inalienables de todos los seres vivos de éste planeta; y no puede ser que tengamos que pagar más por agua más dulce, aire más limpio o tierra que no se inunde. Quien ensucie el agua, apeste el aire, o desborde los ríos, que se haga responsable. Nacemos con la convicción de que estamos en un planeta muy favorable para la vida y con recursos inagotables. Antes, nuestros progenitores se encargaban de convencernos de lo contrario, con permanentes consejos de Seguridad ante los innumerables peligros que nos depara este planeta que, seguramente, no es el nuestro y con advertencias permanentes de que el Agua, igual que sobra puede faltar. Pero eso se ha perdido: primero, con el ánimo de la dominación del planeta, nos convencieron de que la seguridad no es tan importante y morir por una causa (con frecuencia ajena) era noble y tenía recompensa eterna; luego, que los recursos estaban ahí para nuestro beneficio (que casi siempre era el de otros). La Cultura de la Seguridad ha vuelto tímidamente porque era políticamente incorrecto que los ladrillos y los coches se manchen con sangre, pero en el caso de los recursos esenciales todavía ni se ha empezado. No debemos permitir que la ausencia o la perturbación de una Cultura del Agua ancestral nos convenza de que somos súbditos de intereses ajenos. Es necesario que vuelvan los buenos consejos y el respeto al elemento que nos da la vida. En esto Acuademia va ha ser pionera docente. Vayan por delante mi modesto agradecimiento y ánimo. Pido disculpas por mi extensión, pero es que me emociona esta iniciativa. Nota: lo aquí expresado es mi humilde opinión que no tiene porqué ser compartida por Acuademia.

El Tesoro de Puerta Cinegia.

Hace años, tomaba a diario el autobús en la Plaza de España, frente al espacio vacío, demolido y cercado, donde ahora se encuentra el centro comercial Puerta Cinegia. Mientras aguardaba a que llegase el urbano, observaba de reojo algo que durante un tiempo me hizo soñar despierto: se trataba de una caja fuerte empotrada en uno de los muros descarnados que delimitaban el solar en obras citado; antes, tabique norte de un tercer piso, aún recubierto por jirones medio despegados de un papel pintado, horroroso. Lo que más me intrigaba era que, a pesar de que hacía meses que los obreros habían derribado los pisos, la caja permanecía cerrada. Qué honrados los obreros pensaba. Seguro que está vacía, me decía a mi mismo; pero…, y si unos por otros, nadie intentó abrirla; ahora, a esa altura ya nadie llega. ¿Qué tendrá dentro? Seguramente documentos de algún comerciante de ultramarinos finos (¡Cómo me gusta esta palabra!) de los que había en el Coso. Quién sabe si dinero antiguo. De regreso a casa, me abstraía imaginando qué tesoros podía guardar y cómo podría ingeniárselas un ladrón o un curioso enfermizo para hacerse con ellos. Al poco me trasladaron y me olvidé del asunto. A mi vuelta todo había desaparecido bajo un edificio moderno, bueno todo no, aparecieron restos arqueológicos que pueden verse bajo el suelo acristalado del pasaje. Pero de la caja y su tesoro: ni rastro.

El Creador, I



Alguien dijo que el Creador hizo al hombre con el único propósito de que le compusiera música. Así que guardo la esperanza de que las mejores melodías aún están por escribirse.

Así pues, continuará...




Mi abuelo, I

Mi abuelo estuvo en Argeles Sur Mer, pero pudo volver. Dos paisanos suyos no tuvieron suerte, todo porque uno era sordo (mudo) y su hermano no lo abandonó y eso que estaba casado (eso es fraternidad). Los franceses los entregaron a los nazis y terminaron sus días en Ausbiss o como quiera que se llame el pueblucho aquél. Mi abuelo había dejado tres hijas y decidió volver. Curiosamente lo emplearon para trabajos forzados en las ruinas de Ampurias. 

Sonrió a veces, que yo lo vi, pero nunca volvió a reír.

La Señora de Susín.

Nuevo en la Comarca, la semana pasada, mientras volvía de Sallent en compañía del emérito ex-alcalde de Senegüe, éste me comentó sobre esta Señora de quien yo no tenía noticia, y me gustó mucho su relato vital: el de una mujer inteligente, sensible, valiente y querida; que no sé, si por voluntad propia, pero con la misma determinación de quien funda un pueblo nuevo, había decidido ser su última moradora. Intrigado, desde la carretera de Biescas, busqué entre el bosque nevado las pocas casas que aún se ven de Susín, con la ingenua esperanza de verla en la distancia. 

---Un día iremos a que la conozcas --me prometió José Ángel. 

Ahora sé que no será posible, y siento su ausencia como quien se ve obligado a leer la última página de un relato fabuloso, antes de comenzar a leerlo. 

D.E.P. Señora de Susín.

Memorias de Quinin, II

Una vez, de mocete, reformando la casa de mis padres me atrapé dos dedos con una viga de hormigón y se me pusieron las uñas índice y corazón negras y me hacían "tras-tras". Tomé una aguja, la puse al rojo, y alivié la presión de la sangre. Evité que se me cayeran. Entonces no había internet, ni médicos en la familia. Lo había aprendido un año atrás de un primo segundo mío, nacido en Chaville-París, que se aplastó un dedo tratando de extraer una "pichilina" de una roca caliza en los montes de mi pueblo.

Las “Pichilinas”.
Así era como llamábamos en mi pueblo a unas piedrecicas mu majas, que resulta que eran fósiles de: ammonites, tebrerátulas y richonellas.

Memorias de Quinin, I

Cuando era niño, teníamos una estufa en el centro de la clase y la preparábamos por turnos cada día. Una vez, no recuerdo como, a un paisano se le ocurrió (él ya sabría algo) traer trozos de pezuña de la herrería y los metió entre el carbón. El olor fue tan nauseabundo que hubo que desalojar. Compartí el castigo por colaborar en lo que pensaba era un experimento temprano de bio-combustible.

Agua, I

Qué tiene el agua dentro que sirve para todo.

Una gota de agua puede parecer poca cosa, pero con ella se puede: formar una gota de lluvia, un copo de nieve, dar brillo a nuestros ojos, demostrar que te has emocionado, que estás triste; desbordar un vaso, un borrón, un cortocircuito; hacer barro que será piedra, pintar un sol con acuarela, escribir un nombre con tinta; puede albergar el veneno mortal, la semilla de la vida; ser la baba de un niño o la de su abuelo; en ella crecen los microbios y nadan rojos los obreros de construyen nuestro cuerpo.

El pozo de mi abuelo.

Uno de mis mejores recuerdos de la infancia, el pozo en el huerto de mi abuelo: antiguo, redondo, profundo, negro, fraguado. La soga, la garrucha, el caldero de zinc, la higuera oportunista que impedía que el sol se mirase dentro y que, sin la mano dura de mi abuelo muerto, creció tanto a su lado que acabó por estrangularlo desmoronando sus paredes de mampostería rústica. Aún recuerdo el descenso telúrico e impaciente del cubo metálico caliente y sediento, su sonido refrescante al chocar con el agua, la tensión de la cuerda en su negativa para subir de nuevo, su peso imposible para mis brazos de niño, su ascenso perezoso y reticente, el reposo al dejarlo, ya lleno, sobre la losa, el color invisible del agua derramada sobre la pila grande de piedra; su frescura, ideal para las gaseosas "de sobre" en las tardes de agosto. Crecí mirando al cielo y rogando para que lloviera, o que llegara el canal prometido; desilusionado, viajé a lugares más húmedos; lo logré. He visto rios, arroyos, pantanos, embalses, mares, océanos, lagos, ibones, goteos cavernarios musicales... Seducido por el poder infatigable del agua, llevo media vida viviendo a costa de su trabajo sin que me pida nada a cambio, es mi inspiración, mi sustento; le estoy muy agradecido y todo porque, de niño, me enamoré de un elemento insípido pero dulce, fresco pero no frío que, aunque no lloviera, siempre estaba al fondo del pozo de mi abuelo, sólo hacia falta hacerse hombre para sacarlo. Gracias abuelo por tu pozo. Gracias agua.

La doncella Bohemia.

Aniquilada su belleza por la celosa inquina de un incapaz despechado, juró una doncella bohemia volver a mostrarse divina. Erró siglos desnuda entre álamos desfigurados, buscó que los pastores la vieran vagando por los prados; siguió con pasos de escarcha a labradores fatigados y a la luz de la luna, vestida de bruma, bailó con los soldados. Al fin, una mañana de mayo, aún no se cumplen cien años, cayó la semilla del árbol sobre su corazón parado. Nació torcida la ira del espíritu ultrajado; mas, como ánade en nido extraño, creció bella y lozana para encanto del profano. Hízose pues justicia para los ojos del enamorado. Decidme Señor dónde se encuentra ese árbol torneado, que en sus raíces de algodón, duerme a un corazón asesinado.

El Reyno del Boilgues.

Ramón llevaba un buen rato decidiendo si enviaba el informe de seguridad o si, por el contrario, se limitaba a hacer lo mismo que sus dos o tres antecesores, es decir: nada. El informe suponía solicitar la tala de un árbol octogenario, un magnífico ejemplar de pinus nigra de unos veinte metros de altura, que rivalizaba en vigor y rectitud con una sabina albar, vecina. Desde luego, este matrimonio vegetal era el más hermoso del contorno; tanto, que con una ligera licencia literaria: bien podrían considerarse como la pareja regente del recóndito reino vegetal del valle de río Boilgues.

El caso es que, en su medrar lozano, el rey-árbol del Reyno de Boilgues, había terminado por romper el muro de piedra seca que contenía la terraza donde había crecido el matrimonio, derribándole y quedándose con la mitad de sus raíces al aire. Plantado cuando apenas era más grueso que un cayado de pastor, por los mismos obreros que explanaron el solar donde, hace ochenta y ocho años, construyeron la central hidroeléctrica de Vallanca, ahora tenía un tronco imposible de abrazar por dos hombres. 

Ramón sabía que existían nueve probabilidades de diez de que el pino, desposeído por culpa de su avaricia, de la mitad de su reino terrenal y amenazado por su aborrecida consorte Doña Junípera, de que soltaría sus raíces antes que verse arrastrada en su caída, acabaría por caerse antes de una década. También sabía que existía una posibilidad entre un millón de que en su caída, atrapase al menos a una persona en su caída. Tenía ante sí un auténtico dilema ¿Qué era mejor? Sentenciar a muerte a un rey decadente o dar remotas posibilidades a una tragedia humana.


Mediocridad Ibérica.

Con el debido respeto a quienes sostienen que somos mediocres, yo no opino que la familia de pueblos ibéricos, actualmente denominada España, sea un país mediocre. La mediocridad es un síntoma. Como las pústulas en un cuerpo enfermo, desagradables y dolorosas, son el resultado evidente de millones de células que luchan infatigablemente por salvar al cuerpo, como la fiebre que obnubila la razón y nos hace sentir desgobernados, lo que nos ocurre en este territorio nuestro, es que nos vienen inoculando enfermedades morales, desde fuera y desde hace tiempo, para las que el ser humano, en general, es más sensible: la envidia y la codicia. Sólo sociedades enfermas de envidia y codicia pueden contagiar algo así. La codicia nos la vienen estimulando en hospicios y aulas desde principios del siglo XIX, con el monopolio en la educación desde lo que queda del antiguo, pero no extinto, Imperio Romano, ocupado y "zombificado" por una ideología ancestral y pastoril, que viene sustituyendo los principios igualitarios alcanzados con la Revolución Francesa (educación para la ciudadanía) por preceptos de fe irracionales, alienantes, exclusivistas y subyugantes, e infundidos con la promesa falsa y codiciosa de la Vida Eterna. ¿Puede haber codicia mayor? La otra epidemia, la envidia, llegó más tarde, con el desarrollo industrial y el neoliberalismo y a través de los medios de comunicación: "todos podíamos conseguir más que nuestro hermano, vecino,...". Llegó un momento que, en este territorio, todos éramos más ricos que los demás. No somos mediocres, alguien, interesadamente, desde fuera (con estúpida colaboración interna) ha despertado y propagado esos gérmenes patógenos que llevamos dentro hasta hacer enfermar al Indio Ibérico. ¿No nos estaremos enfrentando a una limpieza étnica con el insano propósito de arrebatarnos nuestro Jardín del Edén particular? Nuestra querida Península Ibérica en la que no falta de nada esencial. Tal vez sea el precio que hemos de pagar por lo que les hicimos nosotros a los Indios Americanos. Donde las dimos las tomamos.