domingo, 22 de diciembre de 2013

Memorias de Metrópolis --El Apocalípsis y el "Yo" efímero--

Mirando de reojo al retrovisor, Ramón Jordán se deleitaba observando el reflejo incisivo del sol de invierno en sus gafas de sol nuevas y pensaba en el fabuloso premio que le acababan de otorgar; entonces oyó la noticia en la radio: "tras abandonar hace años la clonación terapeútica, científicos californianos estaban ultimando la tecnología necesaria para la clonación humana a partir de una técnica denomianada iPS, acrónimo en inglés de: Células Pluripotentes inducidas, y comprendió que la profecía del Apocalipsis, tardaría algún tiempo, pero acabaría por hacerse realidad y los muertos saldrían de sus tumbas. 

Más que temor al fin de los días, lo que sintió fue una sensación de desprecio hacia toda esa gente, los mismos estúpidos de siempre dispuestos a gastarse mucho más dinero del que tendrían alguna vez, para clonarse o clonar a cualquier ser querido o deseado, humano o no, de quién aún se pudiera recuperar suficiente masa genética, y así devolverlos de nuevo a la vida.


¡Por favor! A Ramón, sólo de pensarlo, se le revolvían las tripas. Se imaginaba sufriendo de nuevo a quienes se suponía no volvería a ver ni en cielo, ni infierno, pues en éstos no creía; por no hablar de aquéllos para quienes la muerte había supuesto una auténtica liberación propia o ajena. Por duro que parezca, si había algo, aparte de que la realidad de la muerte siempre sería injusta y dolorosa, que consideraba realmente justo y le reconfortaba, era la certeza de que nadie volvería jamás, y su convencimiento de que no hay vida póstuma, ni efímera, ni eterna.

Su airada reflexión le llevó a plantearse la siguiente situación futura: “y si algún día después de muerto, alguien se empeñara en resucitarle” ¿Cómo podría evitarlo? ¿Qué honestas o interesadas? ¿Qué claras u oscuras razones? podrían moverles a hacerlo. Empezó a pensar en ello y, mientras se tranquilizaba, Ramón imaginaba sus propios restos dentro de una incineradora, comenzó a tomar conciencia de que aquella espectacular y estúpida noticia podría influir en el resto de su vida. Puesta la posibilidad en el mercado ,¿quién le garantizaba que estaría libre del suplicio de la clonación?

No consentiría que su “yo” pudiera clonarse ¿Con qué derecho?; pero tras una muerte de las “normales”, en un entorno “normal” como el suyo ¿Como podría estar seguro que alguien no reservaría algún fragmento suficiente para su clonación? ¡No podía consentirlo! entonces decidió dedicar el esfuerzo suficiente para trazar un plan que le garantizase al cien por cien que se libraría de ese “infierno”. Sin saberlo acababa de inventar su propia religión, donde: el cielo, el nirvana, la perfección, era la consecución de la unicidad del YO efímero.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Reparando el Concepto de Democracia. Parte II -Huyendo hacia la frontera-

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte II                   -HUYENDO HACIA LA FRONTERA-

Al principio, la idea de que volvieran los pastores al día siguiente me atenazaba el estómago y me nublaba la mente, pero no tenía tiempo que perder. En cuanto me puse a trabajar, me sentí mejor. 
A pesar de que los desperfectos visibles desde fuera eran espectaculares y le daban al Concepto de Democracia un aspecto de chatarra inservible, ninguno de ellos era concluyente para que no funcionase. Así que decidí echarle un vistazo al motor. 
Me costó levantar el capó; estaba deformado, asqueroso y pesaba mucho más de la cuenta, debido a la gran cantidad de palomino que tenía acumulado; seguramente de los miles de palomas mensajeras utilizadas para traer sobres llenos de dinero negro hasta los despachos de políticos.
¡Uff! El motor estaba cubierto de polvo negro, mirándolo de cerca comprobé que se trataba de cenizas de papel, montones de documentos quemados que obstruían los tubos de entrada de aire nuevo, tan necesario para la correcta consecución de la Igualdad Social. Se trataba de documentos secretos comprometedores, lo supe porque aún quedaban algunos retazos a medio quemar donde se podía leer: “Sr. X ..toriza ……..vención GAL.” “….scala aero..erto Palm… …ntanamo” “.. implicados cr….....sser” “...moria histórica”
Cogí el aspirador y limpié a fondo el motor que, después de todo, no tenía tan mala pinta. Comprobé La batería  (el Fondo de Reserva), estaba al mínimo así que, le hice un puente al contador de la luz y la puse a recargar. Al fin y al cabo los bancos son los propietarios de las eléctricas y ellos se llevaron buenos bocados del Fondo de Reserva para sufragar sus deudas. Quien roba a un ladrón….
Una vez cargada la batería, le di de nuevo al contacto; el motor ni giró. 
<<--¿Qué hago ahora yo? –me pregunté, desesperado.>>
Tal vez no tenía combustible (el sector primario). En un país sin materias primas, por mucho que se quiera mantener en marcha la Igualdad Social, resulta imposible, enseguida aparecen los desequilibrios que acaban por detener la Democracia. Afortunadamente no era ese el problema, tal como me dijera el joven “progre” y rockero, el depósito de combustible de nuestra Democracia, una mezcla de agua, carbón, aceite de oliva, vino, leche, aceite de girasol, proteína de vaca y cordero, grasa de cerdo y harina de trigo sometido todo a la acción de la energía solar, estaba ligeramente por encima de la reserva; suficiente para llegar “a ralenti” hasta la próxima gasolinera (nuevo modelo productivo).
<<--Quizá sea la cadena de la distribución –pensé.>>
Pero no, paradójicamente ésta estaba nueva: una red de carreteras, autovías, autopistas, aeropuertos, puertos, etc… Garantizaban una perfecta distribución de los recursos y de la energía.
<<--¿Serán las bujías? –me pregunté.>>
En absoluto, el sistema eléctrico, a pesar de cierta caída de tensión (déficit tarifario), estaba renovado y funcionaba perfectamente, bien es cierto que, para mantener alta la tensión eléctrica en los sistemas “esenciales”, alguien había desconectado a algunos elementos periféricos supuestamente prescindibles (inmigrantes sin papeles, parados de larga duración, desahuciados y sin techo) como las luces traseras y la calefacción de la luna trasera, donde no llegaba la electricidad; pero en cuanto arranque el motor de la Igualdad Social, restableciendo las conexiones necesarias, la tensión se recuperará y el suministro eléctrico llegará a todos por igual.
Sólo me quedaba por comprobar el carburador, en él se lleva a cabo la mezcla del combustible con el aire puro.
Desmonté el carburador y, ¡Oh sorpresa! Alguien había metido dentro un montón de papeles con extraños símbolos religiosos que obstruían el paso del aire.
<<--¿Cómo iba a funcionar con toda esta porquería dentro? –pensé.>>
Volví a intentar arrancar, pero nada, ni se movió.
Tenía pinta de ser el motor de arranque (los Políticos). Lo desmonté y encontré que también estaba hecho una mierda. Todo lleno de “grasa” (dinero negro) y “polvo” de escobillas (marihuana, crak y cocaína) hasta un condón usado enroscado en el rotor. ¡Qué asco! Pensé en limpiarlo, pero desistí, aquello ya no admitía limpieza, era hora de una renovación integral. Fui al almacén buscando un motor nuevo, tenía varios, pero todos: made in germany, made in USA, made in China ¡horror! made in Italy.
Nada fabricado aquí, aunque, después de lo visto, casi mejor. Pero no podía poner un motor de arranque extranjero, aunque alguno de ellos fuera bueno, mi conciencia me lo impedía. Entonces, se me ocurrió algo genial.
Eran las siete de la mañana, estaba amaneciendo y los propietarios del Concepto no venían. Mis queridos vecinos, preparados para ir a trabajar o a buscar trabajo, ya se oían trastear en los pisos sobre el taller, entonces, les llamé y les pedí a ellos que me ayudaran a empujar.
Dos parados, un barrendero, un profesor de instituto, una enfermera, un camarero y yo, empujamos como posesos el pesado Concepto de Democracia por nuestra calle, cuesta arriba, pues hacia la parte baja ya se oía la “esquilada” del rebaño afeitado que, fiel a su promesa, venía a comprobar mi trabajo. 
Con la caja de cambios (moneda exterior) en segunda, empujamos con todas nuestras fuerzas. El vehículo, grande como una furgoneta pesaba muchísimo, y la cuesta parecía no acabar nunca. Los perros pastores al vernos, se dirigieron hacia nosotros gritando como fieras, si nos alcanzaban sería nuestra perdición y la de nuestra querida Democracia. Al fin, el escape petardeó un par de veces, salieron varias nubes de humo negro, una blanca enorme y, de pronto, arrancó.
De un salto me metí dentro, me puse al mando de nuestro querido Concepto de Democracia y pisé a fondo el acelerador.
De pronto caí en la cuenta de la situación en la que dejaba a mis queridos convecinos, así que, dí un frenazo, rascando la caja de cambios, puse marcha atrás y volví a buscarlos.
--Vamos entrad, ¡deprisa! ¡Si os cogen os devorarán! –les grité.>>
Sin dudarlo, se metieron todos de un brinco en la furgoneta, justo a tiempo de esquivar los mordiscos de los perros y las piedras lanzadas con onda por los pastores.
Con un motor sin arranque, ni luces traseras, el depósito en reserva y sin carnet para conducir Conceptos tan pesados como la Democracia, huimos a toda velocidad en busca de un lugar donde repostar, conseguir un motor de arranque nuevo y un Gobierno con carnet legítimo que condujese la Democracia. Instintivamente me dirigí al norte, hacia la frontera.
Continuará…

Reparando el Concepto de Democracia. Parte I -Apertura del Taller de las Acepciones-

EL TALLER DE LAS ACEPCIONES Y LOS CONCEPTOS by Phineas Theron

REPARANDO EL CONCEPTO DE DEMOCRACIA

Parte I                      -APERTURA DEL TALLER DE LAS ACEPCIONES-

Ha sido abrir la puerta y ya tengo un cliente, y es VIP: un Concepto de Democracia ya entradito en años. 

Lo acaban de meter empujando cuatro progresistas maduros muy preocupados, alarmados diría yo. 
--Pasábamos por aquí y nos acaba de dejar tirados en su mismísima puerta. Mire que puede hacer con él –me dijo resollando el más viejo, que vestía chaqueta marinera sobre camisa hawaiana, y lucía abundante melena ondulada y canosa, asomando de una gorra de lona azul.
--¿No será que no le han puesto combustible? –les dije sonriendo, al verles tan apurados.
Mi comentario jocoso no les hizo no pizca de gracia.
--No. No tiene el depósito lleno, pero para el trayecto que nos queda, es más que suficiente –me corrigió serio el más joven, sin quitarse sus gafas oscuras, y sin sacar las manos de los bolsillos de su chupa de cuero negro-.  Por favor haga algo, lo necesitamos con urgencia –añadió.
--Veré que puedo hacer –le dije, mostrando sincero interés.
--¿Podrá arreglarlo hoy? –me preguntó otro, que era mujer, alta, muy delgada, y vestía a lo “Garbo”.
-- ¿Cómo quiere que lo sepa, señora, si todavía no sé lo que le pasa? –le contesté, tan cortés como pude.
--¿Habéis oído eso? –exclamó, otro bajo y regordete, mientras ajustaba nervioso sus gafitas redondas de pasta-. ¡Ya vienen! –concluyó, aterrado.
--¿Quién viene? –les pregunté, muy intrigado-. ¿No lo habrán robado?
--No, no; no es eso. Créame señor –me dijo el más viejo, y le creí.
--Por favor, cierre la puerta del taller –me suplicó la mujer, y le obedecí.
Mientras cerraba, vi aparecer al principio de mi calle algo insólito: un rebaño de ovejas blancas recién esquiladas, pastando en un prado azul oscuro que se deslizaba sobre un entramado de botas negras relucientes. Las ovejas no iban solas, varios pastores, de los que sólo veía blandir sus cayados al aire, las guiaban y un par de perros guardianes las mantenían a raya dando saltos y ladrando. Asustado, cerré el portón, y eché la llave suavemente, sin hacer ruido.
--¿Qué ocurre? –les pregunté susurrando.
--Vienen buscándonos para arrebatárnoslo y llevarlo al desguace –me informó el bajito intelectual.
--Hombre, y razón no les falta. La verdad es que este Concepto está en un estado lamentable -les dije, mientras le echaba un vistazo por encima.
--Sí, pero sin él, los más viejos y los desfavorecidos no podremos ir a ninguna parte –me dijo el anciano canoso, rascándose la cabeza bajo la gorra.
--Eso no es así –le corregí-. Ahora hacen unos modelos de Concepto de Democracia muy cómodos y manejables –les informé.
--Usted… ¿Arregla Conceptos, o los vende? –me preguntó el joven, muy irritado.
--Arreglo, arreglo –afirmé, algo avergonzado.
-- Mire joven –añadió el gafotas erudito y barbudo, con tono de profesor universitario-, esos modelos a los que usted se refiere, sólo están al alcance de unos pocos privilegiados. Lo que esos de ahí fuera buscan, es el motor de nuestra Democracia para hacer con él un camión en el que transportar a su rebaño.
--¿El motor de la Democracia? –pregunté, muy intrigado.
--La Igualdad Social –me informó el anciano.
Dicho esto, sonaron dos golpes secos en la puerta de chapa de mi taller recién inaugurado.
--¡Joder! ¡Nos han encontrado! –susurró la señora-. ¿Tiene otro lugar por el que salir de aquí? –añadió.
--Sí, pero antes ayúdenme a esconderlo en ese cuarto de ahí.
Metimos corriendo la antigualla en el laboratorio, la ocultamos tras una lona y les acompañé apresurado hasta una puerta que da a otra calle y que, afortunadamente, permanecía desierta.
--Volveremos esta noche –me dijo el más joven, mientras salía.
--Por favor trate de arreglarlo, y, si por cualquier circunstancia no volviéramos, haga lo que pueda pero no deje que ellos lo encuentren –me advirtió el anciano-. Trate de devolverlo al pueblo llano, pues le pertenece legítimamente  –me rogó después.
--Oiga, ¿dónde quieren esos pastores llevar a su ganado? –le pregunté, antes de que se marchara.
--Al matadero hijo mío, al matadero –me dijo muy triste, y se alejó apresurado.
Hasta cuatro veces más golpearon antes de que yo abriera. Abrí la puerta y me encontré de frente a dos pastores rudos y fornidos apoyados en sus cayados, tras de ellos el rebaño esperaba balando impaciente. Los perros, acostumbrados a moverse a sus anchas, no esperaron mi permiso y se metieron en el taller pasando entre mis piernas. 
--Buenas, ¿arreglan aquí Conceptos? –me preguntó uno de los pastores.
--Sí Señor: Conceptos y Acepciones –le contesté simpático-. ¿Tienen alguno para reparar? –le pregunté, falsamente interesado.
--No es el caso, pero nos gustaría ver como los arregla. ¿Podemos pasar?
--Por supuesto, pasen; pero le informo de que todavía no tengo ninguno en el taller, pues precisamente voy a abrir mañana –le mentí.
--Día de Santa Lucía. Buena fecha para abrir un negocio, en estos tiempos le hará falta buena vista para ver venir las oportunidades.
--Desde luego que sí –asentí.
Me aparté invitándoles a pasar, pero como los perros no indicaban nada, pues, o llevaban mucho tiempo sin oler la Democracia o quizá ni sabían a que olía, el pastor sólo metió su cabeza, miró de lado a lado y dijo:
--Mejor volveremos mañana, a ver cómo le va el negocio.
--Como quieran. Aquí les estaré esperando –dije, sonriendo.
No dijeron ni adiós. Esperé saludando a que se alejaran y luego me encerré en el taller.
Me senté en mi despacho. El corazón me iba a cien y tardé un buen rato en reaccionar. En cuánto me recuperé, corrí al laboratorio y desvelé la Democracia, no tenía tiempo que perder.


Síntomas:
Desgaste superficial: fruto de estar mucho tiempo aparcado en la calle y expuesto a la intemperie. Seguramente en su garaje habrán guardado alguno de esos Conceptos más nuevos y lujosos que tanto gustan a la Clase Media, como el Neo-liberalismo y el Neo-feudalismo Empresarial.
Daños por vandalismo: abundantes erosiones y abolladuras producidas por conductores borrachos que han colisionado con Conceptos tan peligrosos como el Neo-nacionalismo, el Independentismo, o la Alianza de Civilizaciones.
No arranca: seguramente porque le faltan multitud de piezas perdidas en las colisiones, y empeñadas para pagar los fastos justificados con la escusa de mantener una falsa Paz Social.
...
<<--¿Seré capaz de arreglar esto? ¿Tendrá arreglo? –me pregunté, desolado.>>

sábado, 14 de diciembre de 2013

Neonacionalismos

... ¡Hay! ¡Esos países de fábula hiperbórea! que escuchan de charlatanes mesiánicos, cuentos de gigantes furiosos que los tomaron entre sus manazas, arrugándoles hasta convertirlos en pequeñas regiones recónditas y montañosas, y andan desesperados buscando su grandeza perdida entre los pliegues de la mitología, pues no la saben encontrar entre las páginas de la historia real... 

sábado, 30 de noviembre de 2013

La Rebelión del Agua

Claire, sentada en las austeras gradas de la piscina cubierta, leía ensimismada un tratado sobre niños índigo. De vez en cuando, levantaba su cabeza con un sincronismo tal, que coincidía justo con el momento en que su esposo paraba para descansar después de cinco largos; entonces se saludaban con una sutil sonrisa y vuelta a empezar; así durante unos cuarenta minutos. 
A Claire le encantaba acompañar a Ramón en las tardes de invierno pues, a través de los enormes ventanales del la piscina cubierta, podía observar el río Ebro que se encuentra a pocos metros y, mediante un juego mágico de reflejos y luces del atardecer, podía imaginarle nadando en un río cristalino mientras ella le observaba leyendo desde la orilla. El ruido del agua le permitía ensimismarse en la lectura más que la tranquilidad de su despacho; en realidad, esta costumbre la había adquirido años antes cuando llevaba a sus hijos, Bárbara y Joseph, a sus clases de natación. Éstos, ocupados ahora con sus estudios, ya no la practican y es Ramón quien les ha tomado el relevo; por consejo de Claire, claro está.
A Ramón, la natación le gustaba, pues le servía para mantenerse en forma, pero sobre todo era la excusa perfecta para estar aislado bajo la atmósfera celestial del filtro azul de sus gafas de natación, y así poder divagar su mente, pues imaginar era en realidad su ejercicio preferido. 
Aquel día, Ramón iba pensando sobre la suerte que tenía de haber vivido el momento en que la ciudad de Zaragoza dejara de “darle la espalda” al río Ebro, y lo lejos que quedaba poder cumplirse el sueño de su querido Odón de Buen: un Planeta Tierra que viviera “de cara” a sus océanos. Impaciente por llegar a verlo, mientras volteaba rabioso dando una fuerte patada sobre la pared de la piscina, recordó un artículo visionario de la NGS, publicado a principios del siglo XX, donde el oceanógrafo y explotador polar, Jean-Baptiste Charcolí, ya imaginaba un futuro en el que las naciones disputarían con fiereza por los casquetes polares; tanto o más por los secretos ocultos bajo el hielo, como por éste mismo. El explorador francés apuntaba la posibilidad de que la Humanidad aprovechase en el futuro el agua de los polos como un mineral puro, tan valioso como lo eran en aquellos días el hierro o el cobre, considerando cualquier mezcla del mismo con otras aguas o sustancias como aleaciones a tratar por separado. Charcolí ideó toda una ciencia del tratamiento del agua, lástima que su vida se viera truncada de repente al morir ahogado en 1.936. Desgraciadamente todos sus estudios y proyectos se diluyeron el Océano Ártico.
Ramón, de pronto, creyó tener una revelación; si se quería mantener en el futuro un suministro de agua de calidad para el consumo humano, era necesario crear dos circuitos separados de agua, uno de agua potable tratada y de calidad para todo aquél uso que suponga contacto directo o indirecto con la alimentación humana, gestionado por el Ministerio de Salud Pública, y otro de agua procedente de depuración para el resto de usos, gestionado por el Ministerio de Industria y Minería; además, este agua debería ir coloreada, por ejemplo del mismo azul topacio donde ahora flotaba la angelical silueta de una joven bañista excepcionalmente esbelta que le superaba por la calle paralela. 
Ramón recordaba aquellas líneas y se convencía a si mismo de que habría que ir aún más lejos: <<a este segundo fluido no debería llamársele agua, y debería regularse su tratamiento para que en el futuro nunca más se mezclase con ella, sin haber pasado antes por destilación y un largo periodo de cuarentena tal vez de decenios o centenares de años. ¿Cómo se le podría llamar…?>>
Estaba tan metido en sus reflexiones, que por un momento se olvidó del medio en que se encontraba, y debió ser por eso que dejó de sacar la boca fuera del agua para respirar, absorbiendo una bocanada de agua, tan grande, que a pesar de la presteza con que su epiglotis reaccionó, no pudo evitar que penetrase algo en sus pulmones. El contacto del agua con su garganta, le produjo una tos convulsiva que, lejos de mejorar la situación, sólo hizo que empeorarla.
Ramón agitaba sus brazos en la piscina como un niño que no supiese nadar y por más que se esforzaba no conseguía recuperar la serenidad. Cada vez tragaba más agua, y a cada trago, le quemaba más, como si se tratase de un fuerte licor; tanto, que tuvo que dejar de mover los brazos para llevarse las manos a la garganta, entonces empezó a hundirse. La presión del agua aumentó, y tuvo que taparse la boca con la palma de la mano tratando de evitar que esta penetrase en su boca, pues a pesar de tenerla cerrada con fuerza parecía insuficiente para evitarlo. 
Ramón se vio a si mismo reposando contra el fondo de la piscina con los brazos en cruz y las piernas separadas como si unos grilletes invisibles le amarraran. Un fuego interno le quemaba por dentro entrando por su boca que, incomprensiblemente paralizado e incapaz de cerrarla, mantenía totalmente abierta. Poco a poco, aquél precioso azul topacio se convirtió en un gris que fue oscureciéndose hasta el negro, excepto en un punto blanco central que poco a poco fue haciéndose más grande hasta que inundó totalmente su retina con una luz intensa, entonces cerró los ojos.

Ramón, cariño mírame- ¿Estás bien? -le susurraba Claire.

Ramón, abrió los ojos lentamente y miró a Claire que estaba a su lado, su cara muy cerca de la suya. Le sorprendió verla sin sus gafas y con el pelo muy despeinado. Ramón trató de hablar para preguntarle que había pasado pero de su boca no podían salir palabras, sintió un fuerte escozor en la garganta que se lo impedía. Finalmente susurró:

¿Que ha sucedido?
Mon Cherie, se pasaron un montón con la mezcla de cloro de la piscina, te viste afectado y te hundiste al fondo. A pesar de que fueron unos segundos tragaste mucha agua, perdiste el conocimiento y has estado tres días en coma.
¿Tres días en coma...?

Texto no incluido en la mi novela: Los Viajeros del Agua (2012)

domingo, 24 de noviembre de 2013

VAGABUNDO VI. "Rotonda vacía"

¿No les ha pasado alguna vez que piden a sus hijos que se abriguen y hacen caso omiso? Es más, aún salen menos abrigados. A Israel, cansado tal vez de "consejitos" paternales, fue darle mi chaqueta y la recomendación de que se la pusiera, y no se le ha vuelto a ver; ha abandonado Rotonda seguido de todo su séquito imaginario.
Su ausencia nos ha dejado fríos. Echamos en falta una despedida. Por un lado, nos consolamos pensando que quizá ha vuelto a casa; por otro, dudamos, y creemos que lo más seguro es que haya emigrado hacia tierras más cálidas.

¿Continuará?

viernes, 22 de noviembre de 2013

Una gota de agua.

¿Qué tiene el agua dentro que sirve para todo?

Una gota de agua puede parecer poca cosa, pero con ella se puede: formar una gota de lluvia, un copo de nieve, dar brillo a nuestros ojos, demostrar que te has emocionado, que estás triste; desbordar un vaso, un borrón, un cortocircuito; hacer barro que será piedra, pintar un sol con acuarela, escribir un nombre con tinta; puede albergar un veneno mortal o la semilla de la vida; ser la baba de un niño o la de su abuelo; en ella crecen los microbios y nadan rojos los obreros de construyen nuestro cuerpo.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Reflexión económica.

Dicen los analistos económicos que la sociedad del bienestar está muy endeudada, que hay que recortar gasto. No será como en aquel pueblo de 1.000 habitantes donde todo el mundo debía 100€, y a todo el mundo le debían 100€ (deuda total 100.000€); si es así, fabricando un billete de 100€  falso y prestándolo, se pueden saldar todas las deudas, incluido el préstamo falso, pues la deuda real es 100€ falsos, es decir: 0€. Al final se puede quemar el billete falso y aquí no ha pasado nada ilegal.
Es una exageración falaz, pero si ponemos lo que debemos y lo que se nos debe a cuenta de nuestro trabajo/patrimonio/ahorro, quizá no sea tanta la deuda como se nos dice; y, en cualquier caso, si está todo el mundo endeudado: ¿a quién se le debe el billete falso?

sábado, 16 de noviembre de 2013

Vagabundo V. "Otoño en el Reyno de Rotonda"

Ya hace frío en Rotonda. Ayer, un viento de guante blanco robaba impune el oro de las ramas de los árboles y un par de grados a los termómetros. Su Majestad, Israel I de Rotonda, daba cortos paseos circulares frente a su trono y se abrazaba a sí mismo; era evidente que estaba aterido, pues su indumentaria, la misma que llevaba el 10 de agosto (día de asados en parrilla) ya es insuficiente para el clima zaragozano. Martha, alarmada, en cuanto llegamos a casa se sumergió en mi armero, perdón quise decir armario, y un rato después salió armada, perdón quise decir arropada, con una chaqueta marrón de lana gruesa con cuello alto, también de lana, canesú y frontal de piel, cremallera rústica, y forrada de borreguillo; una especie de "remake noventero" de la que popularizó Marcelino Camacho cuando también daba pequeños paseos circulares.

-- ¿Te acuerdas? -me preguntó, mientras se miraba en el espejo coqueta.
-- Te queda muy grande -le respondí, fingiendo indiferencia.
-- Y a ti muy pequeña -me dijo, mirando mi barriga "paulanera" y recriminando mi frialdad.
-- ¿Qué cosa que te acuerdas ahora de esa chaqueta? -le pregunté.
-- ¿Te importa si se la damos a Israel? -me preguntó ella, mientras se la quitaba.
-- Vale. Puede que ese estilo "grunge" le guste. Hará juego con su corona de lana sobada -le dije, sonriendo.
-- No sé, la verdad es que me da pena desprenderme de ella. Huele a tu colonia -dijo Martha, estrujándola sobre su cara. 
-- No seas sentimental, el calor que nos dio no se arrancará de nuestros recuerdos; además, cada vez que le veamos con ella, a él le calentará y a nosotros nos refrescará la memoria.
-- Entonces, sí que te acuerdas -me preguntó aliviada.
-- Pues claro que me acuerdo, como podría olvidar un paseo de otoño como aquél en el bosque del Betato.
-- Y aún así no te importa desprenderte de ella.
-- Sí me importa, pero ahora prefiero que se la des.
-- Está limpia. ¿Se la llevas? -me pidió, mientras la plegaba para meterla en una bolsa.
-- ¿Ahora? -protesté, caliente y repantingado en el sofá.
-- ¿Tú has visto el frío que hace? -me recriminó.
-- A ver, Martha, que haya nevado en el Pirineo no significa que aquí esté helando -insistí, perezoso.

(Martha, jaquesa de nacimiento, guarda en su impronta una inexplicable asociación climática con el Pirineo, y en cuanto se entera que ha nevado en la Peña Oroel, se le enfrían las manos y comienza a buscar abrigo)

-- Está bien, yo se la llevo. El pobre chico se va ha helar de frío -sentenció decidida.
-- Dame -respondí, mientras me incorporaba.
-- Espera un momento, que te preparo algo para que cene.

Cuando llegué a Rotonda, Israel I, abandonado por sus súbditos que ya se habían retirado a sus nobles aposentos (cajeros más cercanos), de pie se comía una manzana que sostenía con su mano izquierda. Enseguida me ofreció una sonrisa y un saludo de su mano derecha. ¿Zurdo? Seguramente ambi-diestro, virtudes de la realeza.

-- ¡Hoola. amigo Phineas! -me saludó, como de costumbre.
-- Sana costumbre la de comer fruta. Yo siempre la tomo antes de las comidas -le dije.
-- Sí. Esta muy buena, quieres una. -me respondió, mientras rebuscaba en una de sus numerosas bolsas.
-- Pero no quedarán para ti.
-- No te preocupes, tengo dos más -me dijo su Majestad, haciendo gala de su inmensa generosidad.
-- Está bien, dame una -le respondí.
-- Están limpias, las he lavado en la fuente -me advirtió, mientras me ofrecía una grande y amarilla.
-- ¿Tienes frío? -le pregunté, justo antes de darle un buen bocado a la manzana.
-- No. Estoy genial, ahora mismo me iba a ir al albergue.
-- Pero hoy es más tarde que otros días -le pregunté extrañado.
-- No sé, como no llevo reloj -me respondió, ocultando su impaciencia.
-- Martha ha buscado esta chaqueta para ti, me ha dicho que le gustaría saber que te la pones le dije.
-- ¿Es tuya? -me preguntó.
-- Sí, pero ya no me entra -le respondí. Ambos nos reímos.
-- Vale, muchas gracias -me agradeció cogiéndola, mientras miraba la otra bolsa que yo llevaba.
-- Aquí tienes algo para cenar. Ten cuidado, hay un vaso con café caliente. Ah, y la fruta está lavada -los dos nos reímos de nuevo.
-- Muchas gracias, amigo; dale las gracias también a Martha.

Nos quedamos un momento en silencio, cada uno disfrutando de su manzana. Entonces, me pregunté cuánto tiempo más seguiríamos ocultándonos la verdad: que él no tiene intención u oportunidad de volver a casa y que yo me aprovecho de su experiencia vital para fabular escribiendo una historia que hoy en día no importa nadie. A punto estuve de contárselo, pero pensé que en aquel momento era más importante para él comer algo y refugiarse, que escuchar las divagaciones de un novelista aficionado.

-- Cuídate y ve al albergue, procura no dormir por ahí -le advertí, finalmente.
-- No te preocupes. Estoy genial. Que paséis buen fin de semana -me dijo, simpático.
-- Gracias por la manzana -le respondí, dándole otro bocado-. Tienes razón, está muy buena.

Volví a casa decidido a contarle todo la próxima vez que le vea; quién sabe, quizá me cuente porqué está en la calle y así nos podamos ayudar mutuamente.



lunes, 21 de octubre de 2013

El sueño del Yo.

Yo he estado durmiendo. Yo he tenido un sueño: viajábamos mi esposa y Yo, solos. Yo conducía. Íbamos muy despacio, por un camino flanqueado por árboles; pinos grandes, viejos y con sus troncos retorcidos. Hablábamos de trivialidades, de mi trabajo. Como siempre, Yo dirigía la conversación, con elocuencia y cierta vehemencia. Ella disfrutaba mirando el paisaje con su acostumbrada dulzura y serenidad, y como, la “puñetera”, es capaz de hacer varias cosas a la vez, me seguía la conversación y tecleaba mensajes a nuestra hija.
Atolondrado por mi disertación, Yo tomé un desvío y me acerqué a la orilla de un lago. La superficie era tensa y oscura. Pulida; en ella se reflejaban, el Sol, las plantas acuáticas y los montes circundantes. Nuestro camino, atravesando una ligera pendiente de césped, parecía terminar en la orilla. Yo seguí conduciendo hasta pisar el agua con las ruedas delanteras. Yo, miré y pude ver que el camino se introducía en el agua. Sin parecerme demasiado extraño, Yo decidí seguir; quizá porque, un poco más adentro, detrás de unos carrizos, flotaba otro coche que había tomado la misma decisión. ¡Que gozada! Parecía un sueño. No demasiado preocupados por el prodigio, avanzamos detrás del otro coche que se dirigía lentamente hacia una rampa de cemento que salía del agua en la otra orilla, no demasiado lejos. Entonces, Yo pensé: <<si se mete agua por el tubo de escape se parará el motor y no podré llegar a la rampa>> y Yo, aceleré. El auto, en lugar de “navegar” más rápido, comenzó a oscilar de adelante a atrás. Ella y Yo nos asustamos un poco, así que Yo levanté el pié del acelerador, y el coche, poco a poco, se estabilizó. Nos tranquilizamos. Yo miré a mi alrededor y pude ver otros coches que flotaban en el lago erráticamente. Sus ocupantes parecían disfrutar del “crucero”; demasiado inertes, quizá. Arrastrados por el impulso inicial, y precedidos por el otro coche, grande y negro, nos íbamos aproximando a la rampa de salida. Yo ya estaba impaciente por llegar. Al fin el otro coche alcanzó la rampa, luchó por salir, pero apenas avanzaba. Yo me aproximaba a él, si Yo llegaba antes de que él saliese del agua, chocaría, me frenaría y perdería el impulso necesario para salir. Desesperado: Yo le increpé. Pareció surtir efecto, el tipo de delante sacó del agua su coche alto, negro y bien calzado; paró y bajó a observarme, era mayor, obeso, repeinado y bien vestido; subió de nuevo a su coche y se largó a toda prisa. Al fin, sin más contratiempos, Yo alcancé la rampa, de pronto, Yo sentí que los bajos de mi auto raspaban con la rampa. <<Malas noticias>> --Pensé Yo, y Yo me preocupé, pero Yo enseguida sentí que las ruedas tocaban suelo. Esperanzado, Yo aceleré. Nada: las ruedas resbalaban en el cemento liso y mojado. Yo volví a acelerar y las ruedas chirriaron, pero apenas se elevó el morro del auto. Ella y Yo nos miramos angustiados. Yo Aceleré más y más, las ruedas levantaron cortinas de agua y chirriaron. Chirriaban las ruedas y su chirriar se convirtió en el cantar de los pájaros al otro lado de mi ventaba. Yo me había despertado.
En lo primero que pensé fue en la película “La Cabina” de Antonio Mercero.
Luego Yo me pregunté: ¿Si, Yo soñaba, Yo conducía, Yo decidía, Yo disfrutaba, Yo sufría, Yo aceleraba, Yo miraba, Yo increpaba? ¿Quién hizo pasar mi camino por el lago? ¿Quién me enajenó hasta hacerme creer que mi auto flotaría? Y, lo que es más preocupante: ¿quién decidió que mi coche podía funcionar con el tubo de escape inundado pero no podría salir por la rampa?

Hasta hoy estaba convencido de que, para bien o para mal, yo era dueño de mi destino; ahora no lo tengo tan claro. Si alguien o algo es capaz de engañarnos hasta meternos en una trampa mortal: ¿Dónde quedan la identidad del Yo y el Libre Albedrío 

ACEPCIONES. Capítulo 2 --La Consciencia--

2 La Consciencia.
La Consciencia es la percepción de cualquier Deseo como propio. Véase también: el Alma (2.5).

2.1 La Conciencia.
La Conciencia es la juez de la Consciencia.

2.1.1 La Inconsciencia.
Es un estado accidental y alterado del Ser, en el que se pierde transitoria o definitivamente la Consciencia. Difiere del Sueño porque durante la Inconsciencia se pierde total o parcialmente el contacto con la Memoria almacenada y, o no se Sueña (7.1.6), o no se hace correctamente, por lo que, al recuperar la Consciencia, se corre el riesgo de de haber perdido la Identidad del propio del Ser. Amnesia ().

2.1.1.1 Inconsciencia inducida.
Es aquella a la que se llega por la interacción, voluntaria o forzada, del Ser con Materias  o Deseos Psicotrópicos (Drogas, Hipnosis, Fanatismo, …) capaz de inducir al Sueño en estado Consciente, alterando su función de tal modo que se permite a la Conciencia jugar libremente con la Memoria Real almacenada: construyendo Recuerdos () Reales () e Irreales (), generando Visiones (), que dependerán de su capacidad de Imaginación (); pudiendo, durante el proceso, quedar almacenado todo ello como Memoria Verdadera, lo que puede dar lugar a graves alteraciones del Ser como la Paranoia, la Esquizofrenia y la Locura. En este estado es el único en el que el Ser puede “soñar” que es otro Ser, pudiendo, al “despertar”, sufrir un cambio de Personalidad () irreversible.

2.1.1.2 Inconsciencia Colectiva.
Es la amplificación de los factores desencadenantes de la Inconsciencia Inducida individual, por la exposición simultánea de un Colectivo Humano (), produciendo de un modo mucho más eficaz, la alteración unánime en la percepción del Ser de varios e incluso todos los Seres Humanos expuestos; que puede desencadenar en la Paranoia y la Locura Colectivas (). Los factores Psicotrópicos que pueden inducirla son: Materiales (Drogas, necesidad extrema de Agua, Alimentos, …), o de Deseo (Religión, Política, Hipnosis Colectiva, Deporte, Familia, …).
2.1.2 La Memoria.
Corresponde al registro en el Subconsciente (2.4) de todos los Deseos cumplidos del Ser, ya sea como Sucesos Reales (6.2.1.1) o Sucesos Verdaderos (6.2.1.2).

2.1.2.1 Memoria Real.
Es el registro de los Sucesos Reales que el Ser Observa (7.1.15) de modo Consciente: acontecimientos, vivencias, observaciones, aprendizajes, sueños conscientes…; y también las observaciones del Ser de modo Inconsciente: sueños inconscientes, sensaciones,  alucinaciones, “déjà-vu”, recuerdos colectivos... que el Ser registra como Memoria Real. La Memoria Real pertenece en exclusiva al Ser.

2.1.2.2 Memoria Verdadera.
Es la Memoria del Arquitecto que, como Ser, registra todos sus Deseos cumplidos como Sucesos Verdaderos. La Memoria Verdadera pertenece al Arquitecto, pero reside como Memoria Colectiva () en todos los Seres Deseados por él.

2.1.2.3 Memoria Colectiva.
El la Memoria Verdadera distribuida entre todos los Seres. A veces, el Arquitecto permite a la Consciencia de los Seres el acceso restringido a la Memoria Colectiva para crear Recuerdos Colectivos () que permitan el desarrollo de Ideas Colectivas ().

2.1.3 Los Recuerdos.
Son la forma que adopta la Consciencia de cada Ser en cada momento.
2.1.3.1 Los Recuerdos Reales.
El Ser, de modo consciente, construye Recuerdos con los ladrillos de su Memoria Real.

2.1.3.2 Los Recuerdos Verdaderos.
Son los Recuerdos del Arquitecto.

2.2 La Inteligencia.
Es la capacidad de conseguir Felicidad de modo recurrente, sin perjudicar a nadie ni a nada. La Inteligencia pertenece a los Seres (7) que tienen la Conciencia (2.1) Sana ().

2.2.1 La Felicidad.
Es el logro mantenido de auto-aceptación, alcanzado sólo a través de la Inteligencia.

2.2.2 La Desgracia.
Es el resultado de actuar sin Inteligencia. A veces es el propio Arquitecto (-1), quien, seducido por el Enigma (9), actúa sin inteligencia y construye desgracias que afectan a los Seres (7).

2.2.3 El Bien.
Es cualquier acto inteligente realizado, obviamente, para alcanzar la Felicidad.

2.2.4 El Mal.
Es cualquier acto, que aún inteligente en apariencia, no lo es, por no observar la máxima de no perjudicar a nadie ni a nada. El Mal se produce por la Conciencia (2.1) Enferma () debida al Triunfo () del Enigma (9) sobre el Arquitecto (-1), el Silencio (9.1) sobre la Música (8.1), El Orden (6.5) sobre el Caos (6.6),…; dando como resultado un Deseo (1) permanente de Felicidad inalcanzable.

2.3 El Sexo.
Es la relación entre dos o más individu@s, destinada a inhibir mutua y transitoriamente la Consciencia y la Conciencia, para obtener un momento reversible de “Deseo de No Ser” (pequeña muerte).

2.4 El Subconsciente.
Es la Consciencia del Arquitecto residente en todos los Seres.

2.4.1 El Subconsciente Humano.
Es la Consciencia del Arquitecto residente en todos los Seres Humanos.

2.4.2 El Subconsciente Colectivo Humano.
Es la permanencia material de todos los recuerdos del Arquitecto en la Genética de los Seres Humanos. 

2.5 El Alma.
Es la Consciencia del Arquitecto Residente en el Ser Animado (7.1), que el Arquitecto permite gestionar autónomamente mientas el Ser Animado vive, convirtiéndose en su Consciencia (2), y que, cuando muere, éste debe devolver al Arquitecto. El Alma es la cosecha del Arquitecto.

2.5.1 El Alma Humana.
Es la Consciencia Humana, y es la parte de la Consciencia del Arquitecto Residente en el Ser Humano (2.5.1), que el Arquitecto cede al Ser Humano mientras vive, con el objeto de que la utilice mediante el ejercicio del Libre Albedrío (2.5.1.1). El Ser Humano la devuelve al morir, así el Arquitecto enriquece su Consciencia con experiencias ajenas libres.  

2.5.1.1 El Libre Albedrío.
El Ser Humano es Libre (1.3.1) para hacer con su Alma lo que su Conciencia (2.1) le consienta, el resultado siempre será aceptado por el Arquitecto. El Alma Humana, seguramente constituye uno de sus alimentos más preciados para construir la Armonía Universal ().

2.5.1.2 La Muerte Humana.
Es el acto en el que el Ser Humano devuelve el Alma al Arquitecto en el momento de Morir (7.1.12). El fruto de la Consciencia del Ser Humano puede ser agradable o no al Arquitecto, pero no premia ni castiga al Ser Humano por ello; pues, en cuanto éste le devuelve el Alma, ya no es un Ser Humano.

2.5.1.3 La Resurrección.
Con las Almas Humanas, el Arquitecto elabora nuevos Deseos y construye nuevas Consciencias Humanas, cuya composición le dicta su Conciencia, en el ejercicio de su propio Libre Albedrío. Cuando, a su gusto, obtiene una mala cosecha de Almas Humanas, normalmente fruto de vidas demasiado tiempo expuestas a la acción del Orden (6.5) o del Enigma (9), el Arquitecto acelera el Ciclo Vital de la Humanidad () con el objeto de disponer de Almas jóvenes menos elaboradas, que amortigüen el enrarecimiento global de la Armonía Universal () amenazada por el Orden (6.5) y el Silencio (9.1). Algo así como arreglar un vino demasiado rancio con una añada joven.

2.6 El Yo. EN REVISIÓN
Hasta hoy estaba convencido de que, para bien o para mal, yo era dueño de mi destino; ahora no lo tengo tan claro. Si alguien o algo es capaz de engañarnos hasta meternos en una trampa mortal: ¿Dónde quedan la identidad del Yo y el Libre Albedrío (2.5.1.1)?.

2.7 El Espíritu.
Es el Deseo de Ser del Alma (2.5) prevaleciente en la Nada (3); es el hueco “no destruido” que el Alma deja en la Materia cuando ésta desaparece convirtiéndose en Antimateria. El Espíritu es una anomalía en la Nada (3), que  da lugar a la No Muerte (7.1.13), y aunque carece de Consciencia (2) porque ya no es un Ser Animado (7.1), en determinadas circunstancias, el Espíritu puede aprovecharse del Deseo de Ser de la Nada, llamado Antinada (3.1) para materializarse durante un breve espacio de tiempo. Esta materialización suele ser en base a la aparición o combinación de parámetros y elementos físicos primarios, o poco consistentes: frío, calor, luz, sombra, sonido, electricidad estática, radiación, gravedad (5.3.1), antigravedad (), gases, vapor de agua…

Nota: Estoy investigando sobre la participación voluntaria del Arquitecto en este tipo de anomalías; y, si éstas, como otras aparentemente inexplicables, ocurren de modo espontáneo: como un conflicto entre el Orden (6.5) y el Caos (6.6) en la transición entre la Vida (6.7) y la Muerte (6.8), al verse el Alma sometida a algún tipo de acción traumática.

2.7.1 El Espíritu Santo.
Si el Arquitecto fuera el Padre () y el Ser Animado (7.1) el Hijo (); el Espíritu Santo sería el Deseo de Ser del Alma propia del Arquitecto No Muerto (7.1.13).

2.8 La Voluntad.
La Voluntad es el resultado del diálogo entre la Consciencia (2) y la Conciencia (2.1) escuchado por la Intuición () del Ser (7). A este diálogo le denomino Diálogo Moral ().
El idioma de la Consciencia es el del Deseo (1), el cual tiene varios dialectos: el Amor (7.3), la Amistad (7.4), el Odio (), la Pasión (), la Indiferencia (), el Triunfo (), etc… El idioma de la Conciencia es el Instinto (), éste también tiene algunos dialectos: el Maternal (), de Supervivencia (), de Entrega (), Represor (), etc...
A pesar de que la Consciencia y la Conciencia hablan idiomas diferentes, el Ser los comprende gracias a un intérprete, que es su Intuición (). La Intuición está escuchando permanentemente el Dialogo Moral, incluso sin la atención del Ser, la Intuición determina el resultado del entendimiento entre la Consciencia y la Conciencia dictando la Voluntad del Ser.

A los Seres Humanos (7.1.5), a veces, la Intuición () nos juega malas pasadas.

2.9 El Lenguaje.
Es la manifestación Consciente (2) del Deseo (1) con el objeto de compartirlo.

2.10 El Miedo.
Es la Capacidad () para percibir la amenaza del Deseo de No Ser (1.2), al enfrentarse a Deseos de Ser Divergentes (1.1.2).


martes, 15 de octubre de 2013

El Vagabundo III. "El Príncipe de Rotonda"

...
Lo encontré de nuevo pocos días después; se había afincado en la plaza más recóndita de nuestro barrio: de pie, frente al banco sobre el que reposaban sus bolsas de papel y una botella de agua medio llena, gesticulaba y hablaba; no sé si solo, o con la morera frondosa bajo cuya sombra se refugiaba. Esperé un momento a que "volviera" de su conversación, y me acerqué a él:

-- Hola Israel -le saludé.
--¡Aah! ¡Hoola amiigo! -me contestó, sorprendido y simpático.
-- Pensaba que habrías vuelto a Madrid -le dije,  mostrando cierto disgusto de verle aún así.
-- No. No he vuelto. Voy a quedarme unos días más por aquí.
-- ¿No tienes calor con tanta ropa? -le dije, mirando a su gorro de lana, calado hasta las orejas.
-- Estoy bien así, gracias.
-- Si esperas un rato aquí, te traeremos comida y algo de ropa de verano -le prometí.
-- Como quieras, pero estoy bien. De verdad. Tengo de todo -dijo, señalando sus bolsas de papel.
--¿Has comido? -le pregunté.
--Ahora me iba a preparar un bocadillo -me contestó.
--¿Comes bocadillos todos los días?
-- No; algunos días voy al Refugio de San Blas, allí me guardan las cosas, como, y me ducho.
-- La verdad es que la ropa no, pero "por dentro" pareces aseado -le dije, mirando a su rostro blanco, ligeramente pecoso, y a sus manos y antebrazos limpios.
-- Tienes razón, la ropa no está limpia -reconoció algo avergonzado, pero sin perder su sonrisa, que se tornó algo pícara;- a fin de mes iré al Refugio y me cambiaré, allí tengo de todo.

¡Es increíble lo limpios que lleva siempre sus dientes! Todo parece indicar que no fuma, no bebe, ni se droga; entonces: ¿por qué está en la calle un chico tan joven? ¿Y por qué se empeña en descuidar su aspecto, si se preocupa tanto de su higiene personal? Es como si la necesidad de parecer un mendigo, prevaleciera sobre el deseo de serlo realmente; una forma de llamar la atención, y con nosotros lo había conseguido.

-- Y cuando no vas al refugio, ¿qué comes? -le pregunté.
-- Hay un abuelo que me trae galletas -me dijo, como si con eso fuera suficiente.
-- Vaya menú. No te vayas, vuelvo en un rato.
-- Vale amigo -contestó, sin mostrar preocupación por si volvería o no.

Regresé con Martha en apenas media hora, le damos una bolsa con ropa, comida, bebida y algo de dinero metido en el bolsillo de una cazadora.

-- ¿Cuantos años tienes? -le preguntó Martha.
-- Veintitrés, creo -contestó Israel, algo dubitativo.
-- Madre mía, pero si eres... -"un crío", murmuró Martha, y añadió:- ¿Y tu familia? Estarán muy preocupados.
-- Bastante, pero no saben bien como estoy, ellos creen que duermo siempre en un albergue.
-- Toma, llámalos -le dije, ofreciéndole mi móvil.
-- Ahora no, gracias -dijo, rehusando mi ofrecimiento amablemente.

No mostró tristeza, ni contrariedad que nos hiciera pensar que tratar de su familia le produjera dolor o disgusto. Insistí un par de veces, pero ya ni me contestó, sólo sonrió y desistí.
A partir de ese día Israel pasó a formar parte de nuestras actividades diarias, le llevamos comida, calzado, ropa.
Israel nunca se ha quejado de su situación ni nos ha pedido absolutamente nada, sin embargo, todo lo ha agradecido con educación refinada.

-- ¡Ah! ¡Se agradece el agua de la nevera! -dijo un día que parecía algo afligido por el calor.

Pasaron los días, nosotros nuestra rutina, él la suya: dormir en un cajero, pasar la mañana en su isla verde, redonda y rodeada por un océano de asfalto, donde tiene su banco, sombra abundante, agua de la fuente, césped para la siesta, la escasa compañía de palomas, gorriones, un par de urracas y algunos ancianos; parece ser que hay más habitantes en su isla, pero sólo él los ve. Ciertamente se trata de un espacio al que hay que ir de propio, pues, aunque la rodean coches permanentemente; andando, no cae de camino a ninguna parte. El lugar perfecto para naufragar.
Le veíamos casi a diario. No hablamos mucho, porque nos parecía un abuso andar sonsacándole sobre su vida, sólo por el echo de que le ayudamos un poco. Aún así, os puedo resumir algunas conversaciones que mantuvimos:
-- ¿No tienes miedo? -le pregunté un día.
-- No, nada. En esta ciudad hay gente muy buena.
-- No creas, aquí hay de todo, como en cualquier lugar. Creo que eres extraordinariamente valiente, pero ten mucho cuidado.
-- No te preocupes amigo; sólo un día un abuelo se metió conmigo y me llamó "vago". Pero, ¿sabes lo que hice?
-- No, dime.
-- Hice como que no le oía -su afirmación me preocupo mucho, pues me pareció algo infantil.
-- Buena táctica. ¿Porqué viniste a Zaragoza? -aproveché a preguntarle.
-- Mis abuelos eran de aquí, de niño pasé algunos días con ellos. Vivían en el barrio del Arrabal, pero ya se murieron los dos.
-- Y no tienes a nadie más aquí.
-- No.

Llegaba septiembre y, antes de terminar nuestras vacaciones, pensamos que era momento de tener una conversación seria con él. Si se trataba de una aventura estival, era momento de ponerle fin.
-- Israel -le dije, poniéndome algo grave,- ya ves que en todo este tiempo no hemos tratado de cuestionar tu elección de vida. Eres mayor de edad. Dices que estás bien, que tienes trabajo en el taller de motos de un amigo, llave de tu casa, una familia esperándote, y que puedes volver cuando quieras, pero la verdad es que cada día que pasa te vemos más abandonado, no has usado la ropa ni el calzado que te dimos; aunque pareces aseado y feliz, creemos que estar así, no pueda hacerte bien. Si necesitas otro tipo de ayuda, dínoslo y nosotros te ayudaremos.
Entonces, él, sin esconder su sonrisa blanca, ni mostrar contrariedad, guardo la mini-radio de cuerda que le habíamos regalado, y me dijo:

-- No creas estoy así porque huya de alguien ni de algo. Necesitaba tomarme un tiempo a solas para encontrarme a mí mismo.
-- Me parece muy bien que quieras encontrarte a ti mismo, pero puede ocurrir que una vez que has iniciado este viaje, primero tengas miedo de volver, luego vergüenza, el tiempo pasa deprisa y puedes terminar olvidando el camino de regreso.
-- Me acuerdo de mi familia a diario -me respondió serio, por primera vez desde que le conociera.- Voy a estar unos días más por aquí y volveré.
--Perfecto -le dije,- eso me tranquiliza. Nos vamos fuera un par de semanas y no podremos ayudarte.
-- ¿De vacaciones? -me preguntó,  entre contento y preocupado.
-- No, hoy termino mis vacaciones; nos vamos porque tengo que trabajar fuera -le respondí.
Israel se quedó mirándome en silencio sin saber que decir. Entonces le dije:
-- Llevo prisa, más tarde vendrá Martha y te dará un sobre con dinero, no es para que te vayas, es para que vuelvas. La mitad para que vuelvas a tu casa, y la otra mitad, para vuelvas a vernos algún día y nos invites a comer. Ya tenemos ganas de verte con otra pinta.
--Muchas gracias amigo -dijo, ofreciéndome su mano, que estreche.
 Desde luego no era la mano de un mecánico de motos, si no, más bien, la de un pianista. Agarrándole cordialmente por su hombro huesudo, le dije:
--Vuelve a casa muchacho, si es cierto que tienes donde ir, si no, dime qué más podemos hacer por ti.
--A primeros de mes tengo que ir por el Refugio, recogeré mis cosas y volveré. Descuida.
-- Está bien Israel, hasta la vista, vecino -le dije, bromeando.
-- Muchas gracias, Phineas. Sois encantadores.
Martha, algo recelosa por tener que hablar con él sola, hizo lo acordado, le dio el dinero, más ropa, y una bolsa de viaje.
Pasamos tres semanas fuera de Zaragoza, a nuestro regreso lo primero que hicimos fue ir a la plaza insular y redonda donde Israel había vivido varios meses. Nos reconforto comprobar que no estaba, claro que era tarde y a esas horas solía refugiarse en algún cajero. Al día siguiente, domingo, salimos a pasear y nos pasamos de propio para comprobar su ausencia.
Israel estaba sentado en el mismo banco de madera, con la misma indumentaria sucia y rota, la barba muy crecida y desigual. Junto a él sus bolsas de papel, llenas a saber de qué, en sus manos una revista. Estaba leyendo y escuchando música.
El Príncipe harapiento de la Isla Redonda, no había vuelto a casa, o quien sabe si ya se encontraba en ella.
Nos acercamos a él; en cuanto nos vio se incorporó, se quitó los cascos y nos dijo:

--Hoola, amiigos, me alegro de veros; me teníais preocupado.

Continuará...






lunes, 7 de octubre de 2013

Días de panes y peces

Ramón Jordan, tenía otro día "de ranas"; de ese modo tan peculiar y personal definía la sensación de culpa que le rodeaba de niño cada vez que volvía de la Balsa de la Higuera después de haber pasado la tarde con sus amigos, atrapando, que no pescando,  ranas entre los juncos de la orilla, para someterlas después a tantas tropelías como su amplia imaginación de pequeños exploradores les ofrecía: meterlas en un frasco de cristal de Nescafé con tarántulas o "arraclavos", darlas de comer a una culebra, hacerlas fumar hasta explotar, diseccionarlas con un estilete oxidado entre fraseos seudocientíficos, para luego ensartarlas en un palo de anea y asarlas. Afortunadamente nunca se las comieron, su querido perro Moro, tampoco. Por la noche, sin saber porqué, o se desvelaba o tenía pesadillas con aguas oscuras llenas de batracios. Siempre se preguntó si a sus compañeros les costaba tanto conciliar el sueño como a él. A sus cincuenta años recién cumplidos, pensar en semejantes barbaridades todavía le producía remordimientos de conciencia.
El incidente con los peces le tenía una vez más sobrecogido, sabía que no había sido por su culpa, pero, qué más daba eso: entre todos la tenían...
Llevaba varias jornadas entre guardias y biólogos, colaborando hasta la extenuación en tareas extrañas que no le eran propias: capturar peces muertos o redivivos y, lo peor de todo, aguantar humillaciones y exageraciones del incidente.
El lugar de los hechos, tan precioso como recóndito, no permitía otra intendencia que bocadillos de jamón con tomate que llegaban a primera hora de la tarde, así pues, llevaba varios días entre panes y peces. Protagonista de una parábola surrealista en la que los primeros parecían multiplicarse cada vez que su ayudante traía la comida y los segundos, muertos o redivivos, en cada recuento de los guardias.
Ramón no daba crédito a lo que le estaba ocurriendo; atenazado por un remordimiento inducido por la propaganda sesgada y la confusión, decidió hacer algo a propósito. Una tarde, cuando regresaba solo, con el ocaso de cara ensartado en las agujas de Peña Telera, y sonando a toda mecha la radio con Maria Ewing interpretando "voi che sapete" de las Bodas de Fígaro, al pasar junto a una manada de caballos que flaqueaban su camino, detuvo su "todo-terreno", paro el motor, bajo la ventanilla, el volumen de la radio y, dirigiéndose a uno de ellos, que curiosamente era blanco y negro, le dijo:
-- ¿A ti, qué te parece todo esto?
El caballo no contestó; ¡imagínense que lo hubiera hecho! En su lugar, el "ying-yang" equino, abandonó la tasca frondosa, se acercó a la ventanilla, metió su cabeza dentro, olisqueó la mano de Ramón buscando rastros de olor a pan y se quedó paralizado, apuntando sus dos orejillas dentro, absorto con los encantos canores de contratenor mozartiano.
Ramón, buscando consuelo o absolución, volvió a preguntar al caballo:
-- Tampoco ha sido para tanto ¿No?
El caballo no respondió, increpado por otro más alto y todo negro se alejó; éste, que a todas luces era el jefe de la manada, le tomó el relevo.
Ramón aprovechó para formularle la pregunta:
-- ¿Usted qué opina? ¿Ha sido delito?
Como era de esperar, éste tampoco contestó, pero Ramón Jordán se vio reflejado en sus grandes ojos de azabache y, atravesado por aquella mirada, comprendió.
-- Entiendo. Haré algo al respecto.
Ramón, bajó del auto, se quitó la camisa, buscó con sus dedos un poco de barro tierno en las suelas de sus botas; tal como lo había visto hacer a los indios en las películas, rayó con él su cara y su pecho, se encaramó sobre el techo del coche, y, mirando al pantano embarrado, abrió los brazos en cruz y rezó de la única manera que sabía.
Ramón pidió perdón por sus pecados, y por los de esta Humanidad que, mientras encierra algunos animales en jaulas de oro, a otros los hacina en porquerizas con el propósito de multiplicarlos, no por que les importe su existencia, sino para tener más número que meter troceados dentro de millones de barras de pan.
Terminada su expiación particular, Ramón, recobró su aspecto doméstico lavándose y poniéndose la camisa. De camino de casa, mientras en la radio, Cecilia Bartoli, declaraba a grito pelado: "Io son contenta". se juró a si mismo que aquél sería su último día de "panes y peces".

domingo, 25 de agosto de 2013

El Vagabundo II. -Israel-

Pasaron varios días sin que volviéramos a verle. Al principio aún lo nombrábamos cuando pasábamos paseando junto al banco donde le vimos la primera vez. Transcurridas un par de semanas, ambos convencimos nuestras conciencias asumiendo que habría vuelto a casa, que se había tratado de un experimento propio de un muchacho culto y bohemio, pero que ya estaría en su apartamento, quién sabe si de La Moraleja. Asunto zanjado.

Dejar el trabajo para venir a Zaragoza a vivir como un indigente. Hay gente "pa tó".

Como de costumbre, el primer sábado de mes, habíamos hecho limpieza de papeles: correo comercial, periódicos y revistas llenas de vicios y tonterías; libros no, aunque hay un par que ya han dormido durante unos días en el "saco" de los papeles "para tirar", aunque finalmente los he indultado. Uno de ellos no lo escribí yo, y el otro no lo escribió Sánchez Dragó.

Estaba pues introduciendo los papeles en el contenedor Azul, cuando le vi emerger de entre los contenedores Verdes. Volver a verlo, me sorprendió tanto como me decepcionó.

Llevaba exactamente la misma indumentaria que de costumbre: zapatillas irreversiblemente destrozadas, pantalón de pana marrón dos tallas más grande, largo y muy erosionado por los bajos, jersey con vida propia, y el gorro de lana negra calado hasta la nuca; todo igual, sólo que veintiocho días más sucio y con quince grados más en el termómetro de la calle. Su barba pelirroja , que también había cumplido un mes más, aumentaba la blancura impoluta de sus dientes, las pecas de su cara todavía no curtida por el sol, y la claridad de sus ojos grises.

--- Hola --le saludé al pasar a mi lado.
--- ¡Ah! ¡Hola! No te había reconocido --me dijo, pausado y muy seguro de si mismo.
--- Entonces; ¿te acuerdas de mí? --le pregunté vanidoso.
--- Sí. Sí que me acuerdo.
--- Hace días que no te veíamos. Pensábamos que te habrías ido.

No me contestó.

--- ¿Necesitas algo? --le pregunté.
--- No gracias. Estoy genial --me respondió; siempre sonriendo.
--- Pero, estas buscando... --dije, señalando a los contenedores Verdes.
--- No, de verdad. Estoy genial --repitió, mostrándome sus dos bolsas de papel resistente, llenas de mendrugos de pan, botellas de agua medio llenas, y qué se yo que más.

La muletilla recurrente: "Estoy genial", me hizo pensar que el muchacho podía tener algún tipo de trastorno que le había llevado a un estado tan lamentable, lo cual aún reforzó más mi preocupación por él. De repente tuve la necesidad de saber más de él, reconozco que con la intención de poner a prueba su "fortaleza" mental. Como si yo tuviera aptitudes para semejante examen. :)

--- ¿Cómo te llamas? --le pregunté, con cierto pudor y esperando que no me contestaría.
--- Israel --me contestó, sin pensarlo dos veces.
--- Phineas --le dije, tendiéndole mi mano, que el aceptó tras dejar una de sus bolsas en el suelo.
--- ¿De dónde eres? --le pregunté, en otro alarde de genialidad psicoanalítica.
--- De Madrid. --me contestó enseguida.

Ahora sé que, de haber seguido el interrogatorio, me habría dicho todo sobre él. Y os podría mentir diciendo que me sentí como un... "Gestapo", interrogando a un pobre joven; pero la verdad es que sentí cómo, la aparente sinceridad con la que Israel desvelaba su intimidad, ponía en peligro la mía, así que: en lugar de preguntarle su nombre completo, dónde estaba tu familia, si quería que le pusiera en contacto con ellos, o al menos decirle "ven conmigo que te vamos a ayudar", huí de la siguiente forma hipócrita:

--- Si necesitas cualquier cosa, pasa por ese portal (que no era el mío) todos los días a las ocho de la tarde.
--- Vale. Gracias. Estoy genial, de verdad. Estoy genial --me contestó.
--- Bueno, pero si quieres, ya sabes --insistí, sinceramente.
--- Gracias --repitió, recogiendo su bolsa y alejándose de mí.
--- Bueno. Adiós Israel.
--- Adiós Phineas --correspondió sonriendo.

Observé en que dirección desaparecía y volví a casa con la conciencia revuelta. Al llegar, le conté a Martha lo sucedido. Ella, de inmediato, se puso a preparar una bolsa de lona con ropa usada de nuestro hijo, más acorde a la época del año en la que entrábamos, bebida y comida  para dos días.

Corrimos a buscarlo, pero no le encontramos.

Continuará....

jueves, 22 de agosto de 2013

El Vagabundo I.

La vida nos rodea con unos límites sociológicos que definen el campo de batalla de nuestro ejercicio vital. Estos límites cambian con el tiempo; con frecuencia nos afanamos en ampliarlos con conquistas que no siempre conseguimos, incluso llegamos a perder terreno en amargas derrotas. A veces lo hacen espontáneamente, ora abriéndonos nuevos horizontes, ora limitando o impidiéndonos el acceso a espacios ya conocidos. Otras veces, las alteraciones resultan de la entrada o salida de actores nuevos, que suman o restan su espacio al nuestro: amig@s, espos@s, hij@s, novi@s, seres queridos que nos dejan. Excepcionalmente, aparecen personas que irrumpen en nuestras vidas de forma totalmente inesperada, incluso involuntaria y sin aportar nada a cambio, al menos aparentemente.

Algo así nos viene ocurriendo a mi esposa y a mí desde hace unos meses.

Comenzó a primeros de mayo, aún hacía frío; ya sabéis cuánto tardó en llegar esta primavera "otoñal" que hemos sufrido. Paseábamos por nuestro barrio. Como siempre, ella fue la primera en observarlo, advertido por ella, enseguida lo vi también. Quizá fue su blanca sonrisa, o su mirada limpia de inocente, lo que llamó nuestra atención, pero lo que nos conmovió profundamente, fue lo joven que parecía para ser un vagabundo.

Estaba sentado sobre el respaldo de un banco de la calle. Los pies, con unas zapatillas viejas y sucias, sobre el asiento. Los brazos, apoyados en sus rodillas, sujetaban su cabeza agachada, hasta que pasamos junto a él, entonces levantó la cabeza y nos regaló una sonrisa cautivadora que ambos le devolvimos como si le conociéramos del barrio.

Os parecerá una obscenidad lo que voy a decir, pero si existiera una boutique para vestir indigentes, el muchacho parecía haberse vestido en ella: unos pantalones de lona marrón, arrugados y más largos de la cuenta, se amontonaban sobre las zapatillas citadas; una camiseta, todavía blanca, se asomaba por el cuello redondo de un jersey amplio de lana, muy rozado y comido por el sol, quizá fue de color marrón; un gorro negro, también de lana, ajustado sobre su cabeza, dejaba escapar algunos rizos, casi pelirrojos, emergiendo hacia su nuca.

Mal afeitado, una barba de cabellos rojizos, incipiente y poco espesa, denotaba su juventud. Yo no le eché más de veintitres años.

--- Pobre muchacho --dijo mi esposa y continuó--. ¿Es posible que esté en la calle? Parece tan joven.
--- Parece extranjero. Habrá venido en plan hippie, con la VISA en el bolsillo. --dije yo displicente.
Pero una bolsa de papel como único equipaje y su soledad, hicieron reconsiderar mi afirmación.
Seguimos nuestro paseo camino de casa comentando lo difíciles que se estaban poniendo las cosas, y la suerte que teníamos nosotros, de momento, pues la preocupación por nuestros hijos, seguramente, ya no nos la quitaremos nunca de encima.

Los dos días siguientes no hubo paseo, llegué a casa demasiado tarde, pero llegado el viernes nuestro paseo de costumbre no faltó. De vuelta a casa, después de disfrutar una pinta en el Murray's,  ya con las últimas luces de la tarde, volvimos a verle en el mismo sitio, misma postura, misma indumentaria; sólo un cambio, en lugar de una, eran dos las bolsas de papel que le acompañaban.

No cabía duda, el muchacho estaba en la calle.

Escandalizados, seducidos por la terrorífica idea de que un hijo nuestro pudiera verse en semejante trance, sin que nadie le ayudara, vacilamos un momento con la idea de preguntarle, pero cierto pudor y algo de reparo, nos lo impidieron; en  su lugar aceleramos el paso camino de casa.

-- Corre, vamos a casa, le prepararé algo para que cene --dijo mi esposa, atacada de instinto maternal.

Media hora más tarde, sólo, armado con una bolsa de plástico que contenía un gran bocadillo, zumos, batidos, agua y frutos secos, me presenté en el lugar donde le habíamos visto. El muchacho no estaba. Durante una hora, mientras mi hijo se preparaba en casa un examen de matemáticas y mi padre debía estar acostándose en su cama de la residencia de ancianos, anduve por las calles de mi barrio buscándolo. Nunca había hecho algo así, y me resultaba rarísimo verme a mi mismo haciéndolo por un extraño: quería encontrarle, llegué a desearlo con desesperación. ---Con el frío que hace ¿Dónde pasará la noche?---. Me preguntaba, cuando sonó mi móvil. Era Martha.

--- ¿Estás bien?
--- Sí.
--- ¿Le has encontrado?
--- No. A lo mejor sí tiene piso, y está así en la calle, es porque está un poco trastornado.
--- Está bien vuelve a casa. Es muy tarde. Si le volvemos a ver le preguntaremos.
--- Ok.

Auto-convenciéndome de lo precipitada y exagerada que había sido nuestra reacción, volví a casa y me comí el bocadillo del vagabundo.

Al día siguiente, sábado, salíamos de nuestra calle camino de la compra semanal, cuando le vimos de nuevo, ésta vez fue el colmo, con equipaje de bolsas de papel, estaba rebuscando en una papelera, encontró una lata de refresco, la cogió y la escurrió infructuosamente sobre su boca.
Nos armamos de valor, aparcamos el coche precipitadamente, y nos acercamos a él como quien se acerca a un animalito silvestre, con sigilo, de cara, mirándole a los ojos y mostrándole nuestras manos desarmadas.

--- Perdona --le dije, algo temeroso.
--- ¿Sí? --dijo él, en perfecto castellano.
--- Es que te hemos visto varias veces por aquí, y bueno... Es que... ¿Vives en la calle? --pregunté al fin.
--- Sí --afirmó él, simpático, rotundo, sin pudor ni preocupación.
--- Pero... eres tan joven --dijo Martha.
--- ¿Estás bien? --le pregunté yo.
--- Sí, estoy genial --contestó sonriendo y convencido de su afirmación.
--- ¿Dónde te alojas?
--- A veces voy al refugio de San Blas.
--- ¿Tienes comida? ¿Necesitas algo? --le preguntó Martha, protectora.
--- No gracias. De verdad. Estoy genial  --repitió.
--- Es que eres tan joven --insistió Martha--. ¿Quieres el teléfono para llamar a alguien?
--- No gracias, tengo trabajo y casa. Estoy en la calle por voluntad propia. Cuando quiera puedo volver. Tengo llaves de casa.
--- ¿De verdad no necesitas nada?
--- Estoy genial. Gracias  --dijo con su sonrisa blanca y perfectamente"odontologizada"
--- Bueno, si es una elección tuya no te molestamos más.
--- Gracias, estoy genial --concluyó, con su dicción de bachiller castellano.
--- Cuídate muchacho.
--- Gracias. Que pasen buen día.

Sin decir más, nos rodeó con amabilidad, y prosiguió con paso firme.

Continuará....


Los Bandoleros del Siglo XXI (inspirado en la canción El Bandoler, de Lluis Llach

Ahora, en el siglo XXI, los bandoleros ya no parecen tan malvados, no asaltan carruajes y ya no clavan sádicos sus dagas oxidadas a el pecho de los viajeros desprevenidos. Se ocultan con semblantes amables e inocentes, tras atriles, mostradores, púlpitos y pantallas de plasma; desde donde siguen vaciando los bolsillos de los ciudadanos confiados. Parecen más civilizados, no disfrutan de la sangre brotando de sus víctimas, prefieren el silencio de sus bolsillos vacíos; eso sí, siguen sin mostrar piedad de sus desahuciados.

¿Les quedará a las víctimas el consuelo: de verlos condenados, arrodillados rezando delante de la Virgen del Carmen, pidiendo piedad?

Ningú ho veurà (Nadie lo verá).

El Indio Ibérico

Ya nos falta menos para volver al Indio Ibérico. ¡Fuera el urbanismo romano! ¡A cascarla el derecho canónico! Olvidemos el misticismo post-visigodo, ni hablar de cultura árabe. ¡Qué puñetas fue eso del descubrimiento de América! ¡Abajo los nuevos ricos indianos! !Vivan Mandonio e Indívil!

Un ejemplo:
Nuestras carreteras comarcales. Cuando sean todas de tierra, serán mucho menos peligrosas. Es sarcasmo ¡Eh! Ya me parece estar viendo a los futuros indios rastreadores ibéricos, vestidos con taparrabos hechos de jirones de táctel, ornamentados con una raya blanca partiendo en dos su rostro, el pecho con listas rojigualdas; agachados entre los arbustos en busca de trazas de la antigua vía Almodense.
El hijo le dice al padre en su lengua aborigen:

-- Mira papaaïta, here pos veure Handiak Serp Blanca aztarna.

A lo que el padre responde:

-- Uzten ver, little Ikerjordi.

La Era de Acuario.

Justo después de que la siniestra guadaña de Chronos segara el último instante de nuestra Era, Clio dio vuelta a la Clepsidra. La gran renovación de los tiempos había llegado, la Era de Acuario daba comienzo.

La boda (Dentro del Agua, 1986).

Al salir del hotel, justo antes de partir hacia su luna de miel, Ramón entregó a Andrea una cajita pequeña. Ella, bellísima, sonrió; seguramente por lo lamentablemente envuelta que estaba. La abrió deprisa. Dentro había un teléfono móvil muy usado, lo reconoció al instante, era el viejo móvil que Ramón hacía tiempo no usaba.
 Que seáis muy felices ___Andrea, a su lado, lloraba de alegría.
...

El viaje de vuelta a casa (1986).

Aquella fría y ventosa tarde de principios de marzo; Ramón, mientras conducía de vuelta casa, vio una bandada de aves que venían volando desde África. Luchaban contra el viento para conseguir suficiente altura y así remontar los Pirineos. Al verlas, reflexionó sobre la importancia que nos damos los seres humanos cuando repasamos nuestra historia, se nos hincha el pecho pensando en Aníbal, en Colón, en Napoleón y en tantas otras gestas épicas aunque con frecuencia dudosamente honrosas. Pensó que en ese mismo momento él podía estar presenciando una gesta que, por natural, no podía ser menos épica y desde luego mucho más honorable; cuyos personajes, podían estar expuestos a aventuras tan gloriosas como las de los propios humanos. Sin embargo, nadie hablaría jamás de ellos.

La resurrección de los muertos (1985).

Mientras, mirando de reojo al retrovisor, se deleitaba observando el reflejo incisivo del sol en sus nuevas gafas de sol, Ramón oyó la noticia en la radio y entonces comprendió que la profecía del Apocalipsis, aunque aún tardaría mucho tiempo, acabaría por hacerse realidad y los muertos saldrían de sus tumbas. Pero más que temor al fin de los días, lo que sintió fue una sensación de desprecio hacia esa gente, los mismos estúpidos de siempre, sólo que ahora sin religión ni creencias morales, estarían dispuestos a gastarse hasta el dinero que no tenían, para clonarse o clonar a cualquier ser querido o deseado, humano o no, de quién aún se pudiera recuperar suficiente masa genética, y así devolverlos de nuevo a la vida.

¡Por favor! sólo por pensarlo se le revolvían las tripas. Se imaginaba compartiendo de nuevo con aquellos a quien se suponía no volvería a ver ni en cielo, ni infierno, pues en estos no creía, por no hablar de aquellos para quienes la muerte había supuesto una auténtica liberación propia o ajena. Por duro que parezca, si había algo, aparte de que la realidad de la muerte siempre sería injusta y dolorosa, que consideraba realmente justo y le reconfortaba, era la certeza de que nadie volvería jamás, y su convencimiento de que no hay vida póstuma ni efímera ni eterna.

La Bandera (1987)

Una buena bandera, tirada en el suelo, es como una madre caída, hay que ayudar a izarla, aunque no sea la tuya.

Me voy y me quieren (1977).

Es tarde, demasiado tarde,
demasiados pasos hacia delante.
Siento como la última brisa
me dice, sin su sonrisa,
que no volverá a visitarme.
Veo, desde mi féretro engalanado,
como un perro asustado,
que en el horizonte de la calle,
ya ha cambiado su dulce talle
por un retorcido temor,
que en mí ha quebrado en olor.
Y es el putrefacto olor que me empieza a rodearme,
y si es mi cuerpo el difunto; ¿Por qué estuvo aquel perro a punto,
de por mí una lágrima soltar?

Alzheimer.

Cuando falla la memoria, los recuerdos vuelan y se confunden entre las ramas de los árboles como gorriones asustados por la algarabía de unos niños jugando. ¿Servirá de algo enjaularlos entre los negros barrotes de las páginas de un libro?

Nuestros Hijos.

Nuestros hijos no nos pertenecen, son sólo los portadores anónimos de nuestro pasado. Debemos prepararlos para la vida, despertar su consciencia y, llegado el momento, observarlos desde la distancia que ellos establezcan, disfrutando de sus éxitos, y siempre dispuestos a ayudarles cuando nos lo pidan.

Cuadernos de la infancia (2006).

..acaso esos cuadernos que escribimos cuando niños y que luego olvidamos, no quedan condenados a una espera que podría ser eterna; a que algún día los volvamos a leer.
-- ¡Qué triste! Entonces, porque nos empeñamos en que nuestros hijos los escriban.
-- Hace miles de años, aprendíamos a caminar dejando nuestras huellas sobre la arena, luego el viento o el mar las borraba y a nadie le importaba; Tiempo después, ya erguidos, manchamos con nuestras manos ensangrentadas lo más profundo de las cuevas, con la esperanza de que sólo los dioses lo vieran. Especie dominante, conquistamos el mundo recorriendo montañas y selvas. Para pisotearlo todo, nos metimos en máquinas que se movían, para acabar caminando sólo por diversión. Del mismo modo, aprendimos a leer y a escribir para conquistar la sabiduría, pero también acabamos confiando el conocimiento a las máquinas. Pronto no será necesario aprender, el saber necesario nos vendrá dado en la impronta. Sólo los arqueólogos leerán.
-- Quieres decir que no será necesario aprender a leer y a escribir.
-- Sí lo será, pero sólo para quienes realmente lo necesiten.
-- ¿Y el resto?
-- Les valdrá con ideogramas.
-- ¿Entonces la historia se repite?
-- Sí, cada 3600 años.
-- Pero si quieres decir algo, escríbelo, la letra siempre aguanta más que la palabra.

El Confitero.

Terminada su novela, el escritor, vació sobre su escritorio el cestillo lleno de palabras preciosas que había recolectado durante los seis últimos meses, lo que le trajo a la memoria que, como descuidó su huerto pues el oficio de inventar historias le había tenido muy ocupado, algunas las había tenido que hurtar en la calle y otras muchas, las había robado en las mejores almunias literarias. 
Sin importarle más, y del mismo modo que un confitero reparte frutas glaseadas, guindas, moras y frambuesas por lo alto de un pastel, pasó el resto de la tarde salpicándolas por la superficie de su novela; así, donde antes puso poeta, ahora pone rapsoda, donde dijo médico ahora dice galeno, para decir superviviente dijo redivivo, para acalorado, vehemente,…
… al final, creyendo que aún era mucho pastel para tan poca guirnalda, echó mano de la conserva, y paseando su dedo índice por un bote de la Real Academia, seguramente caducado, fue eligiendo chocolatinas tan empalagosas como inapropiadas, dejando caer virutas como manolo, bracero, lumia, jorongo; entre otras.

La indigestión estaba asegurada.

Megalomanía (1995).

La megalomanía es la manía de creerse uno a si mismo muy grande, mucho más de lo que realmente es; así, el niño maniático y temeroso, pasea descalzo por la orilla del mar y, abriendo sus ojitos azules, se funde con él, y siente que es grande, tan grande como el mar; por lo mismo, en su cumbre, el escalador, hinchando sus pulmones con el aire frío de la montaña y dejando caer su mirada hacia el horizonte, montaña se siente y es grande, tan grande como el mundo que tiene a sus pies. El hombre querido, que habiendo alcanzado el cenit de su vida, observa desde la cristalina escalera que le conduce al cielo, a aquellos que quedaron atrás para rezarle, se siente grande. Así yo, maniático y enamorado de ti hasta la muerte, a tu lado me siento GRANDE, tan grande como TÚ. 

Martha (1988).


Cariño, fija tu mirada en un punto cualquiera del cielo, en pleno día; si miras al sol brillante, su luz te cegará; si miras a la luna, su embrujo te dominará; si miras a las nubes, en ellas tus ojos se dormirán; pero, si tienes suerte, y miras al limpio y profundo cielo azul, tu mirada viajará lejos, y aunque caiga la noche no se enterará; así, un día de suerte, mis ojos se fijaron en los tuyos y de mirarlos nunca se cansarán.

Dulce es el color de tu mirada.

Frío el tacto de tus manos vacías.

Negro es el sabor de tu ausencia.

Rojo el de tus labios.

Cálido el tacto de tus finos cabellos

Salado el color de tus lágrimas secas.

Azul el sabor de la brisa que eriza tu pelo, a la orilla del mar.

La Dama del agua (1978).


A ti, sola, viva, muerta;

a ti, mujer de mi puerta.

A la tarde vivida,

al momento inspirado,

al recuerdo expulsado,

a la letra sentida,

al párrafo borrado;

censurado, no escuchado.

!Que no se enteren!,

que si pueden, me hieren.

Que no sepan lo que te he amado.

Que sólo tú; tú, mi Dama conocida;

tú, entre mil elegida,

seas la única en saberlo.

PhineasTheron (23_nov_1978)

miércoles, 21 de agosto de 2013

Bossa Nova.

Nació en Ipanema, una mañana de un día como hoy de 1956. Bossa Nova no fue alumbrada, fue la luz misma que irrumpió violenta en la oscura estancia de un club nocturno, al abrir puertas y ventanas para ventilar sus paredes aterciopeladas de su impregnación a éxtasis erótico, tabaco y náusea etílica. 

Había sido una noche aciaga y negra. La luna, ausente, no había acudido a mecerse desnuda desdibujándose en las aguas poco profundas de Ipanema, ni en las de Copacabana. Después de varias horas de Samba y Cachaça, los habitantes de la oscuridad, se habían guarecido taciturnos, ocultándose en los reservados purpúreos y neblinosos del Baronneti’s Club; sólo la agitación y el sudoroso brillo de sus cuerpos semidesnudos, delataba su presencia.

Bossa Nova vino con el Sol y no lo hizo de cara, sino a traición, por las puertas traseras del Club, pues en Río amanece tarde y desde las montañas. Los últimos clientes dormían sobre los senos hinchados de jovencitas cariocas, que aprovechaban para desayunar un café con leche y bromear entre ellas con signos que no despertasen a sus bestias. La orquesta, en la más absoluta oscuridad, seguía tocando de modo automático e hipnótico compases erráticos de Jazz. Al recibir la luz del Sol, los músicos, en lugar de finalizar la velada ocultándose en sus aposentos góticos, fueron animando el ritmo al tiempo que las pupilas de los camareros se abrían después de levantar sus cabezas del frío mármol de la barra del bar. 

Arrastrados por una fuerza sobrenatural, todos los presentes despertaron de su letargo matinal y comenzaron a zarandear sus cabezas y cinturas con el son agradable de la melodía “nueva”. Al final todos bailaban suavemente sobre la pista de cobre iluminada por un fogonazo de luz solar. Eran las doce del mediodía austral, había nacido Bossa Nova.

Amigos míos, la alegría no es eterna, la tristeza sí, y vive permanentemente dentro de nosotros, pero no os escandalicéis, la tristeza no es lo contrario a la alegría, es otro estado de ánimo. Lo contrario a la alegría es la desgracia. La tristeza es agridulce y cuando nos falta la alegría, si no somos desgraciados, podemos disfrutar de nuestra tristeza.

Para quienes os encontréis a menos de una hora del mar y no estéis alegres, todavía hay tiempo para cargar esta música en vuestro ipod y correr a pasear vuestros pies desnudos sobre la arena, dejando que el mar los acaricie, saborear vuestra tristeza hasta que la luz de un día nuevo os llene de alegría.


PD: En compañía es más seguro, no os vaya a dar un ataque de melancolía y acabéis imitando a Alfonsina y el Mar.